39 Aparición
Fue un día que comenzó como todos. Sasha se había ido hacía seis meses atrás y Miko ya lo estaba entendiendo. Las charlas entre él y el alma de su amor continuaban. Le seguía diciendo que lo amaba, pero ahora, de vez en cuando, le reclamaba su partida.
«Aceptación».
Según la psicóloga estaba en una nueva fase del duelo, había hecho un gran progreso. Miko se sentía peor que antes. Más cansado y apático de todas las actividades que antes llenaban su día a día.
Miko se vistió para la misa de la mañana.
Poca gente concurría a ella, era más sencilla, más tranquila, a él le agradaba.
El aroma a incienso y mirra se esparció en el ambiente, el hombre se apoyó en el altar y se humedeció los labios.
Había escrito algunos ayudamemoria, ya que últimamente se le hacía difícil improvisar.
Miko levantó la mirada y su boca se secó cuando observó el último banco.
«No puede ser».
Miko pestañeó y se olvidó el idioma en que hablaba. Balbuceó y buscó las notas con desesperación. Estaba loco, Sasha no podía estar sentado allí. Cerró los ojos y respiró profundo, su vista regresó a ese sitio y la imagen continuaba allí, el hombre era real, no producto de su mente delirante.
«¿Por qué carajo te apareces recién ahora? ¿Quién te crees para invadir la poca paz que he conseguido?».
La rabia nubló sus sentidos, pero de inmediato se apaciguó.
Miko no podía volver el tiempo atrás, tampoco lo deseaba.
Había tenido más pasión en esos meses que en sus veinticinco años.
Había conocido el amor en su más grandiosa expresión, había sufrido el dolor lacerante de la pérdida una vez más.
Ese hombre lo hizo sentir vivo, le mostró que estaba hecho de carne, no solo de espíritu.
No odiaba a Sasha Kozlov, pese a que quisiera convencerse, ¿cómo podría cuando el hombre se empeñó en hacerlo adicto a él?
No había muerto, Sasha estaba ahí, sentado al final del pasillo a unos pasos de la imagen de la Virgen María. Miko se preguntó si ese hombre entendería que casi había muerto desangrado por dentro.
«Ya no importa».
Miko desvió sus ojos verdes hacia los feligreses y dio misa.
Se concentró en su labor como nunca. Habló sobre la bondad y la redención.
Estuvo tentado a reír ante la ironía. No lo observó ni por un segundo, carecía de sentido, sin embargo, la escena prosiguió durante varias semanas para tortura del sacerdote, y, cuando Miko finalizaba la misa, Sasha desaparecía.
Así sin más, sin una palabra de arrepentimiento o incluso burla.
Durante tres largas semanas, Miko se preguntó qué estaba mal en su vida, porque no podía librarse del recuerdo de un hombre que aparecía como un fantasma para torturarlo.
Un hombre que lo llevó a cuestionar su cordura y la esencia misma de ese acto de impartir sabiduría y amor porque para él, siempre se trató de un acto de amor.
Miko se sentó frente al altar una vez que finalizó la misa ese viernes y miró a Cristo en la cruz como era su costumbre. Acarició la biblia que siempre lo acompañó, la biblia que su madre le había regalado.
Una figura conocida se instaló a su lado.
Miko percibió el calor de su cuerpo, lo había extrañado tanto que pensó que se desmayaría.
estuvieron así por quince minutos, quince tortuosos minutos, en los cuales al sacerdote le costó hasta respirar.
Apoyó la biblia en su abdomen, sobre la enorme cicatriz que ahora lo acompañaba.
—Este lugar trae paz, creo que se parece mucho a ti.
Miko reprimió las ganas de llorar cuando escuchó su voz después de meses.
—Tienes suerte, a mí ya no me trae nada—replicó con tristeza.
«Cierra este ciclo y sigue adelante».
Miko entendió que su labor había terminado en ese instante, entendió que su mundo nunca sería igual y que debía seguir con su vida, lejos de la iglesia.
Ya no era el padre Subaru, dejó de serlo mucho tiempo atrás.
Apretó con fuerzas la biblia de esa mujer con ojos tristes y soñadores que fue su madre.
—Miko.
—¿Qué quieres, Sasha?—preguntó con su voz tan firme que se enorgulleció.
—Quiero que me perdones.
Miko estuvo a punto de soltar una risita.
Contempló la cruz, se enfocó en el Jesús bañado en sangre y entendió que era hora de servir desde un lugar menos corrompido, desde un sitio con menos hipocresía y sobre todo sin miedo.
Miko tuvo miedo toda su vida. Miedo a su padre y a su clan, miedo a que lo encontraran, miedo a perder a su hermano, miedo de perder a sus amigos, respiraba miedo.
¿Qué clase de vida era esa? ¿Podía seguir la obra de Dios siendo quién era? ¿Un ser débil que vivía alejado del mundo, que vivió privado de tentaciones hasta que se sumergió en ellas hasta el cuello, hasta que devoró e incluso se extasió con el pecado y con la promesa de lo profano?
Si quería ser un soldado de Dios debía dejar de mentirle a todo el mundo y, sobre todo, dejar de mentirse a sí mismo.
—Perdóname.—La voz de Sasha a su lado se entrecortó. El hombre de hielo, de pronto, se hizo trizas—. También me gustaría una confesión.
Miko dio un suspiro, controló las profundas ganas de abofetearlo, golpearlo hasta que le dolieran las manos, hasta que las lágrimas incansables, por fin se agotaran.
—¿Por qué debería perdonarte?—Miko indagó—¿Por tomarme prisionero? ¿Por insultarme o burlarte de mi fe? ¿Por dejarme a un lado, por desaparecer y dejarme con un vacío inenarrable en el pecho? Dime, ¿por qué debería perdonarte?
Miko pasó la palma de la mano derecha por su frente. Carajo, la molestia no se iba.
—No podía quedarme a tu lado.
—Ya estabas a mi lado, imbécil.—Miko le dio una mirada asesina por primera vez desde que el tipo se sentó a su lado—¿Qué te costaba quedarte? ¿Qué te costaba no fingir tu muerte?
—¡No podía!—Sasha gritó y golpeó el banco con tanta fuerza que hizo eco en el espacio vacío.
Miko no se inmutó. Estaba acostumbrado a su violencia—¿Es que no lo entiendes, Miko?
Era incapaz de destruir lo más bello que me pasó en la vida.
Porque, a medida que me conectaba contigo, me decía que no debía arrastrarte al infierno.
Dime, ¿cómo podría un ángel sobrevivir al infierno?
Porque eso es lo que tú eres, padre Subaru, un ángel, y, por primera vez, fui incapaz de destruir lo que amaba.
Sé que me odias, sé que debí regresar y decirte que estaba vivo, pero fue lo mejor.
Nadie le quita un ángel a Dios sin ser castigado, y, créeme, que yo lo he sido.
He sido castigado cada puto día de mi vida desde que me alejé de ti.
¿El corazón podía doler un poco más de lo que ya dolía? Miko se percató de que sí, de hecho, estaba sufriendo como nunca.
—¿Qué es lo que quieres confesar?—preguntó a sabiendas de que lo más coherente sería levantarse y dejar a Sasha allí.
—Es algo vergonzoso.—Sasha titubeó. Miko puso sus labios en línea recta.
—Es una confesión, lo que digas estará solo conmigo. Será entre tú y yo, por hoy, dejaremos a Dios afuera de esto.
Sasha asintió y se miró las manos.
—Soy consciente de que fue duro para ti.
No pienses que no lo he pensado, y por eso me avergüenzo de mi conducta.
Al principio, rogué que me olvidaras, que dejaras la iglesia y encontraras a alguien que te ame como nunca antes.
Luego me di cuenta. Yo no soy una buena persona, Miko, ya lo sabes, así que, tuve que ser honesto conmigo mismo.
La verdad es que no quiero que me olvides, no quiero que ames a otro, solo a mí, anhelo que me recuerdes cada día de tu vida, como yo lo haré.
No deseo que otras manos te toquen, y sería capaz de matar a quien tuviera la osadía de rozar tu piel.
Carajo, esto debe sonar tan mal para ti, porque en mi cabeza suena horrible y yo estoy loco.
Miko cerró los ojos por un momento y escuchó su confesión, la última confesión que ese hombre a su lado le haría.
Fue así como se sintió en su corazón.Sasha no quería volver, no le estaba pidiendo una nueva oportunidad, solo que le diera paz a su conciencia, pues que así fuera, el sacerdote ya estaba cansado, estaba harto de llevar ese peso en su alma, en su cuerpo, en su corazón destruido.
—Está bien Sasha. Te perdono.—Dicho esto, Miko asió la mano del hombre y colocó la biblia sobre ella.
Era momento de seguir—. Es un regalo para ti, para el hombre que me enseñó del infierno y que también me sacó de él.
El Miko Subaru que recibió esta biblia de las manos de su madre, te pertenece.
Puedes hacer lo que quieras con él.Tienes mi perdón y amor eterno. Sé feliz, Sasha, yo lo intentaré.