Sacrílego (Prohibidos 1) 38 Gracias
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38 Gracias

No pude matar a Brandon, Miko. No pude. Él tiene a alguien como tú ¿Cómo podría hacerle daño a ese ángel?

Quizás Brandon no se lo merece, pero, si yo tuve la suerte de conocerte a ti, ¿porque él no tendría el mismo derecho?

¿Por qué iba a negarle esa posibilidad solo porque yo nunca podría quedarme a tu lado?

He escrito estas palabras porque quiero que sepas que nunca debí haberme marchado de tu lado, que fue una acción estúpida, y ahora debo cargar con esas consecuencias.

Por un momento, recordé las palabras de tu madre en esa biblia vieja que tú conservas con tanto amor, recordé esos versos que hablaban de Bernadette Subirous y pensé en que, tal vez, yo podría dar gracias del mismo modo.

Sí, soy muy consciente de que no soy un santo, pero estuve al lado de un ángel, eso debe contar, ¿no crees?

, así que, aquí están, espero no te rías con ello, o mejor sí, ríete, porque tienes la risa más hermosa que he escuchado en mi vida.

Supongo que Dios escucha a todo el mundo, entonces creo que también lo hará conmigo. Tú me enseñaste eso.

Por nacer en una familia sin corazón, te doy gracias, Señor.

Por el bastardo de mi padre que solo pensaba en sí mismo y siempre nos humilló, te doy gracias.

Por mis amores, por Mijail quien me ayudó a entender que podía amar y encontrar mi corazón cuando lo tenía sepultado, te doy gracias.

Por mis batallas ganadas, por mis batallas perdidas, te doy gracias.

Por la sangre de mi cuerpo, por mi capacidad para levantarme incluso de la muerte, te doy gracias.

Por mis hermanos, a los cuales nunca entendí, te doy gracias.

Por ponerme en el camino de un ángel, el cual, nunca merecí, te doy gracias.

Por Miko Subaru, por prestármelo por un tiempo para que me enseñara cosas que yo desconocía, te doy gracias.

Te doy gracias por el sol que me calentó en medio del hielo, por las tormentas que mojaron mi rostro en la sequedad del desierto, por las sonrisas y las tristezas, por la oportunidad que me diste de salvar a una persona, por todo, te doy gracias.

Miko, fuiste la primavera después de un eterno invierno.

Fuiste un soplo de vida mientras esperaba una muerte agónica.

Quizás, ambos nos habíamos esperado toda la vida y solo por eso, todo lo que pasé para llegar a este momento, ha valido la pena.

Si tuviera que volver a nacer, elegiría estar contigo para protegerte toda la vida.

Es irónico, divertido, o quizás trágico como tu Dios actúa.

Me hizo ver la luz sacrificando a uno de sus ángeles.

Me mostró que tenía derecho al amor, incluso en lo sacrílego.

Te amo, siempre voy a amarte.

Sasha.

Moscú, Rusia.

Dos meses después.

Los copos de nieve caían incesantes tiñendo el paisaje solitario del cementerio.

El frío congelaba sus pies y los dedos de las manos se entumecían a pesar de llevar guantes.

La tumba estaba descuidada. Nadie se había acercado en todo este tiempo.

Miko se agachó, acarició el nombre en la lápida de mármol y se persignó.

Habían puesto una cruz a su lado. El sacerdote levantó la vista y la contempló.

—¿Sigues pensando que está vivo?—Dohko habló a su lado.

Miko le sonrió con dulzura.

—No solo lo pienso, estoy seguro de ello. Él es como nosotros, un ave fénix.

¿Por qué no iba a pensarlo cuando nunca encontraron su cuerpo? ¿Por qué no albergaría esperanzas a pesar del rostro gris de quienes comentaban que nadie podría haber sobrevivido a ese incendio que consumió hasta los cimientos?

—Miko.

—Sé lo que vas a decir.—El sacerdote lo interrumpió—. No importa si no albergas esa fe, Dohko. En mi corazón tengo esa certeza. Puedo sentirlo incluso a kilómetros de distancia, lo sentiría a millones de años luz. Sasha está vivo.

El hombre dio un profundo suspiro y se abrazó a él mismo. El frío hacía estragos.

—¿Por qué no regresó a ti? ¿Qué? ¿Te salva y desaparece de tu vida?

Miko hizo una mueca de tristeza.

—Sasha siempre creyó que no estábamos destinados a estar juntos, de hecho, pienso que estaba en lo cierto, nunca lo estuvimos, pero eso no hace que lo ame menos.—El sacerdote suspiró—. De hecho, el amor por él se incrementa a cada minuto, ¿entiendes por qué no me resigno?

Dohko se encogió de hombros.

—Te entiendo, pero ¿no crees que estás persiguiendo un fantasma?

—¿Recuerdas cuando mamá decía que hablaba con tu padre en las noches?

—Dohko asintió—. Yo tengo las mismas charlas con él.

Le cuento mi día en la iglesia, le digo que todavía tengo mis dudas sobre seguir esta vocación, que ya no se siente como tal.

Quiero seguir ayudando, pero el alzacuellos cada día se siente más pesado.

—¿Y él qué te dice?—Dohko preguntó con curiosidad.

—Siento calor en el pecho, como si su alma me envolviera y me diera seguridad.

Dohko lo abrazó con todas sus fuerzas, ambos temblaron por el frío y rieron.

—Siempre voy a estar para ti. Lo sabes, ¿verdad?

—Mi hermano bello.—Miko lo asió del rostro—. Mi protector incansable.

Miko estuvo tres semanas en el hospital, a eso le siguió una lenta recuperación que llevó adelante en Alemania, no obstante, la imperiosa necesidad del sacerdote de conocer Rusia no cesó hasta que arribaron allí dos días atrás.

¿Qué esperaba de ese sitio? Miko no lo sabía con exactitud, pero eran pequeñas cosas que lo acercaban a su amor, al menos en su alma.

«Está vivo».

El pensamiento se mantuvo firme por varias semanas, hasta que una mañana el sacerdote se preguntó si todo era una fantasía, si su villano podría haber esquivado la muerte una vez más.

Había días que eran más luminosos que otros, días en los que soñaba despierto y escuchaba pasos en su casa, días en que el aroma a colonia y cigarrillos, que poco a poco desaparecía de sus sábanas y almohadas, regresaba con fuerza.

«Estás en negación».

La terapeuta que comenzó a visitar le dijo que apenas estaba procesando el duelo, que era normal cuando las personas perdían a alguien que amaban. Miko fue incapaz de cuestionar ese hecho.

Anastasia se llevó a Serafín, como le había puesto al pequeño gatito, una semana después que Miko llegó. Era lo mejor, ya que el sacerdote apenas podía hacerse cargo de algunas ocupaciones.

—Voy a traerlo cuando esté mejor.

—Gracias.

El animalito no tenía la culpa de sus desvaríos. Merecía paciencia y comprensión, cosa que el sacerdote ya no sabía cómo entregar, y este era, quizás, el mayor de los problemas.

Miko estaba en medio de la crisis existencial más grande de toda su vida. No sabía quién era, qué buscaba, había perdido el entusiasmo del principio, y su luz era tapada por las sombras de la verdad, la cual negaba.

Luego de dos meses, la esperanza se derritió como aquellos copos de nieve al ser besados por el sol.

Sasha no había regresado, no envió un mensaje, ni una foto, nada.

Miko se apretó el corazón un día mientras estaba sentado frente a la cruz y las lágrimas brotaron de sus ojos. Sasha Kozlov estaba muerto.