Sacrílego (Prohibidos 1) 37 Hoguera
88%

37 Hoguera

Una hora atrás.

—Así que esta es la residencia de los Matsudaira.

—Nunca había venido aquí—dijo Dohko mientras se encontraban apostados en los techos de la mansión contigua—¿Por dónde ingresaremos?

Sasha se encogió de hombros sin quitar la vista del lugar con sus binoculares.

—Pues por la puerta, ¿por dónde más?

Dohko frunció el ceño.

—Sasha. ¿te estás escuchando? ¿Has perdido la cabeza?

—Sí, desde el momento en que me enteré de que Miko había caído en manos de estos bastardos—afirmó—, o tal vez antes, no lo sé con exactitud. Ven, no nos demoremos más, parece que la ceremonia está a punto de comenzar.

Sasha le dio una palmadita a Dohko y corrieron a través de los techos, bajaron por uno de los laterales que conectaba a los árboles del enorme y perfumado jardín de esa mansión.

Caminaron despacio, Sasha había notado que había algo de diez hombres, pero todos eran japoneses, ¿dónde carajo estaba Novikov?

Eso lo preocupó, pero ya no tenían tiempo.

Avanzaron como kamikazes, Sasha se paró frente a los hombres en la puerta y les sonrió con socarronería.

—¿Cómo están, camaradas?

Cuando los tipos quisieron reaccionar, Sasha ya tenía su arma con silenciador en su mano y los eliminó a todos.

Dohko estaba un par de metros atrás y miraba la escena, boquiabierto, esos tontos jamás habían tenido oportunidad.

Las cámaras de la entrada los captaron de inmediato.

Sasha le dio un golpe en el brazo a Dohko.

—Prepárate, aquí vienen.

Sasha y Dohko corrieron hacia los jardines que ocupaban por lo menos dos mil metros. Se camuflaron con la vegetación y observaron cómo los saiko koman arribaban a la escena. Si los guardias los atrapaban, sería el final.

—¿Qué hacemos?—preguntó Dohko, expectante.

—¿Alguna idea?—dijo Sasha divertido.

Dohko observó las fuentes en las que ardían las potentes llamas y sonrió. No era un asesino entrenado, no tenía la capacidad letal de Sasha, pero no permitiría que su hermano muriera.

Sasha comprendió el mensaje.

—Tienes una vena sádica, Dohko. Me gusta.

Los hombres, esta vez, salieron de la oscuridad hacia las farolas, dos guardias les apuntaron y dispararon, Dohko lo esquivó y Sasha los noqueó como un búfalo.

Los tipos saltaron a varios metros. Dohko saltó sobre ellos y empujó las hogueras que se vertieron sobre las alfombras.

Las llamas se avivaron por el viento y el fuego se esparció hasta donde estaban los saiko koman.

—¡Mira!—Sasha señaló hacia el centro de la ceremonia, Miko tenía la espada clavada en su abdomen, pero no lo había rebanado.

—¡No! ¡Miko!—Dohko gritó.

La docena de asesores que acompañaban a Kaname gritaban en medio del fuego que se esparcía. A Sasha se le quebró el corazón, sí, ese órgano del cual pensó que carecía. En medio del desastre, corrieron hacia Miko y lo tomaron en brazos. Los ojos de Miko parpadearon.

—Sasha—pronunció con un hilo de voz. El hombre le besó la frente.

—Perdóname, de verdad perdóname por abandonarte.—Las lágrimas corrieron por las mejillas de Sasha y Miko le sonrió débilmente, sus ojos se cerraron—. Quiero que te vayas de aquí, busca ayuda.

El mercenario le ordenó a Dohko, pero este negó.

—¿Qué hay de ti?

—¡Quién se atreve a profanar la casa Matsudaira!

El grito ensordecedor de Kaname los trajo de nuevo a la realidad, al ambiente espeso teñido de gritos y de hombres que huían.

—Vete con él, necesita ayuda—pronunció Sasha y Dohko frunció el ceño de dolor.

—Sasha.

—Todo está bien ahora, Dohko.—Sasha estaba convencido de ello. Su misión había terminado en el momento en que encontró a Miko—. Llévatelo, por favor.

Dohko le echó un último vistazo a Kaname Matsudaira. tenía en su mano dos katanas. El hombre tragó saliva y salió del lugar. Si no lo hacía ahora, no podría hacerlo nunca. Los guardias, que ahora se perdían en los gritos y el tumulto reaccionarían y los apresarían una vez más.

Las ráfagas llegaron con más fuerza. Kaname estaba descalzo, se había hecho un rodete y tenía en su mano esa antigüedad. Sasha arqueó una ceja.

—¿De verdad vamos a pelear con esas reliquias?

Kaname le arrojó una de las espadas a Sasha y este la asió en el aire.

—Has profanado mi casa y ahora solo te queda la muerte.

—Si no hubieras tomado mis cosas, tu casa seguiría intacta, imbécil.

Kaname se puso en posición de combate. Sasha también lo hizo. Jamás en su vida había usado una espada, pero le gustaban los cuchillos y era hábil con ellos, de hecho, su pequeña sirena descansaba entre su cinturón en ese momento.

Los árboles de cerezo comenzaron a desmoronarse, las flores ardían y caían sobre el jardín y el viento las trasladaba al techo que también empezó a arder.

La mansión estaba en ruinas. Muy pronto, ellos también quedarían calcinados.

Kaname dio un grito y se lanzó a la batalla, Sasha levantó la katana y frenó el golpe inicial, el japonés tenía una habilidad suprema con la espada.

La maestría con la que la movía, al derecho y al revés, el avance y el retroceso en una especie de danza.

Sasha esquivó el corte en el cuello, Kaname inclinó la katana y tocó su pecho.

Sasha gritó ante el corte en su piel. Había atravesado la ropa como si nada.

Kaname se paseó sigiloso, Sasha lo siguió atento como un tigre ante el cazador, el mundo alrededor de ellos se tornaba cenizas.

El Yakuza se lanzó una vez más y con tanta fuerza que Sasha se vio obligado a retroceder y caer al suelo.

Kaname apretó la mandíbula y bajó la espada sobre el hombre, pero este movió su pierna y enredó la del Yakuza.

Kaname cayó de espaldas y arrojó la katana.

Sasha se levantó como un resorte y la pateó lejos de él.

Kaname intentó ponerse de pie, pero Sasha lo detuvo con la katana a la altura del cuello. Los ojos del hombre destilaban furia.

—No saldrás vivo de aquí—amenazó Kaname y Sasha asintió.

—Lo sé—Sasha hizo una mueca de decepción—, pero tú tampoco.—El mercenario asió la espada con las dos manos—. Te sentencio a ti, maldito bastardo, a perder la cabeza.

Los ojos de Kaname ardieron, su boca intentó abrirse, pero el filo letal de la katana atravesó su cuello.

La cabeza rodó hacia el fuego alrededor, su cuerpo convulsionó como normalmente ocurría en esos hechos.

Sasha lo observó, con un placer inenarrable, hacía tanto tiempo que no disfrutaba de una buena muerte.

Dos disparos cayeron en su espalda, Sasha se quedó estático, una sensación extraña, pero conocida, había sobrevivido a la muerte varias veces, pero esto se sintió diferente.

Otro disparo más y este lo tumbó. Sasha sintió que el piso se abría y el demonio reclamaba su alma.

Su respiración se entrecortó. Eran solo cuatro hombres, el bastardo salió en medio de las llamas y le sonrió.

—Tarde o temprano, ibas a ser mío, Sasha Kozlov.

—Sasha cerró los ojos, esa era la razón por la que el hijo de puta no había aparecido en ningún momento.

Estaba a la espera, como el asesino entrenado y experimentado que era.

Sasha balbuceó y tosió, la sangre empapó su camiseta.

Habló muy bajo y Vitali se puso de rodillas a su lado con burla—¿Qué pasa, Kozlov? ¿Tienes algo para decirme?

Sasha no era un hombre de palabras, sino de hechos. Con el último aliento tiró de Vitali sobre él y sus dientes se clavaron en su cuello. El hombre gritó, pero era sostenido con tal fuerza que fue imposible zafarse.

Los tres hombres buscaron la forma de ayudarle, de apuntarle a Sasha, pero su cuerpo estaba cubierto con el de Vitali.

Por salvarlo, iban a terminar matándolo.

Sasha, como el reptil que era, se enroscó a su exjefe y lo desangró con sus dientes.

El chorro de sangre embadurnó su cuello, rostro y ropa, pero no se detuvo.

Cuando Vitali se sacudió sobre él, Sasha asió el rifle que había quedado a su lado, usó al tipo como escudo y les disparó a sus camaradas, los cuales cayeron abatidos al suelo.

El fuego lo alcanzó, el humo llenó sus pulmones y el hombre intentó ponerse de pie.

—Miko—dijo con las fuerzas que le quedaban—, te amo.

***

Miko abrió los ojos y sintió que se ahogaba. Dohko corrió a su lado y lo sostuvo.

—Tranquilo, cariño—pronunció su hermano con lágrimas entre alegría y tristeza.

La cabeza del sacerdote dio vueltas, Miko buscaba a ese hombre que ahora sabía que había estado allí.

—Estoy vivo—pronunció sin dejar de buscar y Dohko asintió.

—Sí, estás vivo.

Miko sonrió nervioso, la desesperación comenzaba a ganarle, el dolor en su vientre lo trasladó a la cruda realidad. El sacerdote acarició las manos de su hermano.

—¿Dónde está? ¿Dónde está él?

Dohko frunció los labios, pero sus ojos colmados de lágrimas eran respuesta suficiente.

—Sasha, te dejó esto.—Dohko, con sus manos temblorosas le entregó el trozo de papel—. Él quería que lo tuvieras.

Miko se lo quitó de las manos y abrió el papel doblado. Leyó las primera líneas y se cubrió la boca, su rostro se deformó en un amargo llanto, gritó con todas sus fuerzas y Dohko lo abrazó. Había perdido a Sasha, y, esta vez, era para siempre.