36 Seppuku
Barrio residencial Den en Chofu, Tokio. Japón.
Inicio de la luna llena. Celebración del seppuku .
Miko se mantuvo de rodillas rezando desde que lo alojaron en una de las habitaciones a la espera de su sentencia. No pedía por él, Dios ya había decidido su destino en el momento en que lo engendraron sino por las personas que amaba.
Pidió por su hermano y su familia, por esos dos pequeños que no merecían el dolor que los estaba afectando.
«Si alguna vez hice algo que te agradara, pido que lo consideres y los libres del mal».
Las lágrimas corrieron por sus mejillas, Sasha vino a su cabeza en ese momento, sus besos, su cuerpo, su manera de ser que a veces era tan fría, pero otras no tanto.
«Permítele conseguir la paz, dale la oportunidad de convertirse en un hombre nuevo, entrego mi vida, padre, a cambio de ello. Sé que ambos te hemos fallado muchas veces. Sé que no puedo negar que lo amo con todo mi corazón. Tú que siempre defendiste el amor en todas sus formas, protégelo».
El seppuku era una parte clave del bushidō , el código de los guerreros samurái .
El acto podía ser voluntario, usado por los guerreros para evitar caer en manos del enemigo o para expiar un fallo al código del honor, u obligatorio, por mandato de un daimyō o señor feudal, shōgun o tribunal en caso de que un samurái cometiera un delito de asesinato, robo o corrupción.
En tal caso, lo habitual era poner al acusado bajo custodia concediéndole un plazo para la consumación del seppuku .
De no producirse, el reo era automáticamente ejecutado.
Lo normal era que se efectuase a su debido tiempo, ya que la familia de un ejecutado heredaba su deshonor y era despojada del patrimonio a su cargo, lo que significaba perder la pertenencia a la casta samurái y prácticamente morir de hambre en muchos casos.
Aquí no había honor, esto era solo un circo para engrosar el ego de un psicópata con problemas de infancia.
Miko sacudió la cabeza ante la sensación de injusticia ¿Por qué debía morir?
Él nunca había querido nada de los Matsudaira, se mantuvo puro y casto siempre, honró la palabra de Dios con amor, y ayudó a todo aquel que le pidió ayuda.
Miko no quería enojarse, no quería irse con el corazón lleno de ira con su padre celestial, con la virgen María, no quería, pero era tan difícil.
Observó la yukata de color blanco sobre su cama. Habían elegido la tela de peor calidad como una muestra más de humillación. Como si se tratara de alguien indigno, alguien sin valor.
«Eres demasiado valioso, por eso busca asesinarte».
Miko se lo repitió varias veces a lo largo de todo el proceso. Hora tras hora que estuvo a la espera de la luna llena. Todavía le resultaba inverosímil pensar que él mismo se mataría, que él mismo se condenaría al suicidio, al tormento de su alma.
«¿No te parece que ya he sufrido bastante?».
Miko dejó caer las lágrimas de nuevo, el reclamo hacia Dios salió del fondo de su corazón. Sí, quizás se equivocó en entregarse en cuerpo y alma a un hombre, pero ¿de pronto eso borraba todas sus buenas obras?
Miko dio un profundo suspiro. Se bañó como le ordenaron, se perfumó con esencia de rosas, el aroma era embriagador, Miko lo olió entre sus manos y se transportó a otro mundo, a un universo en que su vida sería feliz, un sitio donde podría estar con quien amaba, un espacio en donde su amor no lo abandonaba en busca de sangre y venganza.
Miko se secó las lágrimas, debería estar enojado con Sasha, pero simplemente era imposible.
Secó su cuerpo y se vistió para la ceremonia.
El corazón galopaba en su pecho, el temblor en sus manos resultó imparable.
Iba a morir, iba a morir por su propia mano.
Su reflejo en el espejo de la habitación le mostró lo peor de él.
El miedo se notaba en cada gesto, en cada mueca, en sus ojeras, en sus ojos rojizos, en el verde oscuro apagado de sus orbes que alguna vez irradiaron luz y entusiasmo.
Los pasos se escucharon a través del pasillo.
Las puertas de la enorme habitación se abrieron y un par de hombres le hicieron seña para que los acompañara.
Miko tragó saliva y asintió. Estuvo a punto de retroceder e intentar huir más de una vez en el trayecto, pero su cabeza le dijo que eso era peor.
Los hombres lo escoltaron fuera de la mansión, descendieron por las escalinatas de piedra y dieron pasos a través de un jardín rodeado de cerezos.
Las flores caían y coloreaban de rosa el suelo, las flores blancas alrededor creaban una especie de sendero que se combinó junto con los cerezos.
Había cuatro hogueras en el sector donde se realizaría el ritual, una en cada punto cardinal, el suelo allí estaba cubierto de una alfombra de color rojo que muy pronto se teñiría con su sangre.
Miko se ubicó en el centro de la plataforma ceremonial, alrededor de esta, comenzaron a llegar hombres vestidos con kimonos elegantes y tomaron posición, Miko observó hacia todos lados, los hombres estaban perdidos con su mirada en el suelo, en sus rostros se denotaba que era más bien una obligación presenciar ese acto de «honorabilidad».
Kaname carecía de honor, ¿cómo carajo podía exigir eso a los demás?
El Oyabun apareció vistiendo un kimono turquesa con ribetes dorados, el dibujo de un pavo real atravesaba su manga.
«Fecundidad, nacimiento, comienzos, riqueza».
Lo último ya lo tenía, Miko pensó en el innumerable poder acumulado por ese bastardo. Kaname se deslizó con calma por el mismo sendero por el que Miko había llegado a cumplir su sentencia.
—Mis leales saiko koman —dijo una vez que estuvo a algunos metros frente a Miko entre las dos hogueras gigantes que ardían en fuentes dotadas que poseían grabados de dragones—. Gracias por estar aquí hoy.
Miko tensó la mandíbula cuando un hombre, al parecer un sirviente, acercó una serie de tantos a donde él estaba. El sacerdote negó.
—No voy a elegir el cuchillo de mi muerte.—Miko interrumpió el discurso de Kaname—. Elígelo tú, ya que este teatro es tu puta idea.
El rostro de Kaname se deformó. Miko se mantuvo firme en el lugar mientras los murmullos entre sus consejeros fueron inevitables. Kaname tembló, pasó una mano para arreglarse su ceja derecha y le sonrió.
El sirviente se volvió hacia Kaname y mostró las espadas. Kaname las acarició y tomó una que tenía un mango de color verde con el dibujo de una hechicera. Fue él mismo quien dio pasos hacia el centro de la plataforma y lo colocó frente a Miko.
—Uno de los tantos de tu padre.—Kaname se burló—. Es una buena opción para un traidor.
—Estimo que hablas de ti mismo.—Miko lo desafió.
Kaname lo lanzó al piso y le dio una mirada de desdén.
—Levántalo, perro. Busca tu muerte.
Miko apretó los dientes. Le echó un vistazo al tanto y al lugar donde se encontraba Kaname, podía tomarlo y clavarlo en su garganta.
«¿Qué hay de tu familia?».
La voz de la razón frenó el instinto de supervivencia y la rabia del sacerdote quien se agachó y asió la espada corta.
Todos tomaron asiento, los sirvientes sirvieron el sake , incluso a Miko quien no lo bebió.
Una vez que el ritual de la bebida finalizó se prepararon para la parte central de la ceremonia.
Un viento fresco se había levantado, los cerezos desperdigaban flores por cada espacio, las llamas de las hogueras danzaban en la promesa de muerte.
—Miko Subaru, has sido condenado por traición a esta familia, por deshonrar el nombre de tu padre y del mío, por deshonrar el código de los Matsudaira portando incluso un apellido ajeno. Ahora, es momento de cumplir la sentencia.
Miko observó la espada entre sus manos y rogó por un nuevo milagro.
Se sentó sobre sus talones y respiró hondo.
La hoja filosa parecía burlarse de él, de la misma forma la mujer que tenía grabada.
A su mente vino una imagen parecida, la del cuchillo de Sasha.
Miko cerró los ojos y contuvo las lágrimas.
Apoyó el tanto en su vientre y lo hundió.
—¡Cuidado!
Dos de las fuentes de las hogueras rodaron y prendieron fuego la alfombra, los saiko koman ardieron entre sus elegantes kimonos, entretanto Kaname se levantó en busca del perpetrador.
El dolor de la herida en el vientre era demasiado, la sangre comenzó a manchar la yukata blanca como la nieve.
Su visión se tornó borrosa, los gritos se intensificaron, el sonido de disparos y dos hombres que venían hacia él.
Esto debía ser un delirio propio de su estado mortal.
Su mente buscando darle imágenes para llevarse en el viaje que comenzaría.
Dohko y Sasha corrían hacia él, Miko supo que se trataba solo de un sueño.