Sacrílego (Prohibidos 1) 35 ¿Quién eres?
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35 ¿Quién eres?

Casa de campo a las afueras de Múnich, Alemania.

El silencio era ensordecedor. Sasha atravesó uno de los alambrados que dividían algunos de los campos de la zona y se escabulló en los jardines de la casa de Dohko Subaru.

Había dos hombres afuera. Las luces en el interior de la vivienda estaban encendidas.

Dohko y su familia de seguro, estaba allí.

Sasha llevaba el rifle, un par de cuchillos y su destreza.

No necesitaba nada más en aquel momento.

«No te preocupes, Anastasia. El padre Subaru regresará».

El deseo ferviente de destruir a los que le hicieron daño a Miko era el único aliciente que lo impulsaba. Sasha era letal cuando se proponía algo, y estos idiotas se habían metido con algo que le pertenecía.

«No te pertenece, tú lo abandonaste».

Sasha sacudió la cabeza. Ya habría tiempo para lamentos y remordimientos. Estaba a unos pasos del hogar del hermano de Miko.

Sasha se escondió detrás de la arboleda y analizó la situación.

El sonido de los insectos era lo único que interrumpió la quietud de la noche.

Se acercó despacio, se movió entre las sombras y la escasa luz artificial fuera de la propiedad.

Los tipos estaban tranquilos, confiados ¿Tanto lo subestimaban? Eso enojó al mercenario.

—¿Piensas que Kozlov vendrá? ¿De verdad?—preguntó uno de los gigantes a su compañero más pequeño. Ambos estaban sentados en el césped del jardín. Sus rifles a un costado. La calma era tal que parecían los dueños de casa.

—Hemos tomado prisionero al sacerdote que lo ayudaba—afirmó el otro—. No tiene dinero, ni contactos a los que pueda acudir, solo le queda intentar matarnos, y se llevará una sorpresa.

Novikov se unió a los Matsudaira porque era su última alternativa para atraerlo a la boca del lobo. El próximo paso implicaba viajar directamente a reunirse con esa manada. Sasha se arrastró por la hierba hasta un árbol donde estaba apoyada una pala y un rastrillo. Asió la pala y sonrió.

—Un animal acorralado, me gusta—dijo el tipo de menor estatura—. Siempre quise ver a Kozlov así.

—Lamento pincharte el globo, amigo, pero eso no va a suceder.

Los hombres se dieron la vuelta, y Sasha golpeó al más grande con la pala.

Los dientes y la sangre volaron como en una película de terror.

El otro intentó levantar el rifle y disparar.

Sasha, con la pala que escurría de sangre la clavó en su abdomen con tanta fuerza que lo abrió de par en par, sin embargo, el tipo logró hacer un disparo y Sasha maldijo.

El disparo activó a los dos hombres en el interior de la casa.

Dohko y Hanna se observaron sin saber qué sucedía.

Uno de los tipos se quedó al lado de Dohko, las miradas cómplices del matrimonio lo dijeron.

Los niños estaban atados y lloraban en el sofá de la sala, lejos de ellos.

Dohko, a pesar de estar atado de manos y pies en la silla, aprovechó la distracción para arrojarse encima del tipo y desestabilizarlo.

El tipo de inmediato reaccionó y le dio una patada en el rostro, la cual, estuvo a punto de dislocarle el cuello, debido a la manera en que su cabeza se sacudió. Hanna gritó y observó los ojos perdidos de su esposo.

El mercenario le dio una nueva patada, esta vez en el estómago.

Le apuntó con el rifle con un gesto de desdén y asco.

Uno, dos, tres disparos, el tipo se sacudió como si estuviera recibiendo golpes eléctricos y cayó sobre Dohko.

Hanna gritó, presa de la desesperación y observó en el umbral de la puerta al enorme hombre que daba pasos seguros hacia ellos.

Pateó al bastardo que yacía muerto y levantó la silla. De inmediato asió el cuchillo y comenzó a cortar las cuerdas de las manos y los pies de Dohko. El hombre no entendía, este tipo lucía como los secuestradores, ¿por qué lo estaba ayudando?

—¿Quién eres?—preguntó Dohko y Sasha lo escrutó.

—Mi nombre es Sasha—replicó—. Soy amigo de tu hermano.

Una vez que liberó a Dohko, este, antes de continuar el interrogatorio, se levantó y ayudó a su esposa quien lo abrazó y corrió a la sala por sus pequeños.

—¡Mami!—Los niños lloraron entre sus brazos—¡Papi!

Dohko sintió que un mar de lágrimas se acumulaba en sus ojos. Estaban vivos. por Dios, habían sobrevivido gracias a ese desconocido. El celular entre la chaqueta del bastardo muerto sonaba. Sasha tensó la mandíbula y observó el número. Sabía de quién se trataba.

¿Había necesidad de provocarlo? Sasha se lo preguntó, pero se percató que, con el enojo, Novikov también cometería errores. Presionó para aceptar la llamada y se humedeció los labios.

—Novikov—dijo con voz calma—, tanto tiempo.

Desde el otro lado el silencio se volvió un manto que cubrió todo con incertidumbre e ira.

—Kozlov, supongo que has encontrado algunas de las sorpresitas que te envié, pero el tesoro no está allí, amigo.

Sasha dio un profundo suspiro, Vitali tenía un talento mayor a él a la hora de exasperar a la gente.

—¿Tan bajo has caído que te has metido con un pobre sacerdote?—Sasha cuestionó para quitarle peso a lo de tesoro.

—Dime, Sasha, ¿no ha quedado nada por corromper que ahora te revuelcas con los curas?—¿Cómo carajo lo sabía? Sasha tembló—¿Queres saber cómo lo descubrí? Bueno, es el tipo de víctima que a ti te gustaría, el tipo de hombre del cual tú te aprovecharías y que sería un pasivo sumiso.

—Tu hijo también era un pasivo sumiso, Vitali.—Sasha golpeó—.Una lástima que le gustara entregarle el culo a todo el mundo, incluso a los tipos ajenos.

—¿Qué acabas de decir hijo de puta?—Vitali siseó, la rabia a punto de explotar. Bien, ya lo tenía, había recuperado el control.

—No me importa dónde te escondas, Novikov.—Sasha esquivó el tema—. Bajaré al mismo infierno y te desollaré si le haces daño al padre Subaru.

—¿En serio? ¿Cómo hiciste con los que mataron a Mijail Serev?

—No tienes idea las cosas que tengo planeadas para ti—recalcó—, así que, más vale que me entregues al cura de una sola pieza, perfecto y bonito como estaba, o de lo contrario, tu y tus hombres que se preparen.

—Eso no será posible.—Vitali se burló—. Kaname Matsudaira tiene reservado otro destino para él. Ya no me corresponde a mí.

Sasha se enfocó en Dohko quien estaba a su lado. En la otra habitación se escuchaba a Hanna calmando a los niños.

—Miko Subaru es mío—afirmó con posesividad—. Voy a recuperarlo.

—Sasha, él no va a sobrevivir, y tú tampoco ¿Por qué no te haces la idea de qué perdiste?

Sasha cortó la comunicación y arrojó el celular contra el piso, se agarró la cabeza. Dohko lo sostuvo.

—Sé dónde está mi hermano.

—En Tokio—replicó Sasha—, lo sé, voy a ir por él.

—Voy contigo.

—No—Sasha lo detuvo—, serías un estorbo.

Dohko tensó la mandíbula.

—Pues estorbo o no, voy a ir. Yo me crie huyendo de esos bastardos, sé todo lo que mi madre y mi papá contaban acerca de ellos, te guste o no, necesitas mi ayuda, además, es mi hermano, y por mucho que lo estimes, yo lo amo.

—No lo amas más que yo.—El dolor era tan intenso que Dohko pudo percibirlo. Carajo, ¿en qué se había involucrado su hermano en este tiempo? Sabía que algo andaba mal, pero desconocía cuánto.

Dohko tragó saliva.

—Tú no me mandas, voy a ir—sentenció incluso cuando ese hombre poseía la capacidad de aterrorizar a cualquiera solo con su físico. Sasha puso los ojos en blanco.

—Está bien, me voy ahora. Despídete de tu familia ya, no me voy a demorar por ti.

Dohko corrió hacia su habitación y armó una pequeña mochila. Hanna se derrumbaba en lágrimas y lo abrazaba.

—Debo ir por él, Hanna.

—Lo sé, ya lo sé—añadió la mujer con resignación—. Te amo, siempre te voy a amar.

—Yo también.—Las palabras de Dohko se entrecortaron a pesar de que quiso mantenerse fuerte—. Volveré.

—Júrame que lo harás—rogó Hanna—. Júramelo.

—No te preocupes, él volverá.—Sasha habló desde la puerta y la pareja lo observó—. Ya, deja de llorar y apresúrate, hombre.

Dohko asintió y dejó otro beso en los labios de Hanna, abrazó a sus pequeños que también lloraban desconsolados, pero él les aseguró que volvería. El nudo en el estómago de Sasha se apretó, él había dejado a muchas familias sin sus padres y maridos, ¿por qué ahora le causaba lástima?

«Jamás me verás ser indiferente al dolor».

Sasha sacudió la cabeza, el chinito imbécil lo había ablandado hasta ese punto.

Dohko condujo su automóvil al aeropuerto, compraron los boletos y se sentaron a esperar su embarque.

Dohko, ahora con sus pensamientos más fríos, sintió que el miedo lo invadía.

Observó al hombre a su lado que estaba cruzado de brazos y con su vista fija en algún punto.

No parecía asustado, no parecía nervioso, era un glaciar.

—¿Desde cuándo conoces a mi hermano?—preguntó para romper el silencio molesto.

—Lo conocí varias semanas atrás—señaló Sasha.

Dohko se mordió el labio inferior y apretó la mochila que tenía en sus brazos.

—Dijiste que lo amabas.

—Así es.

Dohko bajó la mochila y se enojó.

—¿Eso es todo? ¿No vas a contarme nada?

Sasha arqueó una ceja.

—¿Qué quieres saber? ¿Cuándo empecé a follarlo?

El hombre se sonrojó y volvió su vista a la mochila.

—Eso, eso es…

—¿Qué?—Sasha interrumpió con burla—¿Pecaminoso?

—Es un sacerdote.

Sasha, esta vez, rio más fuerte.

—¡Sí! ¡Lo es, y folla como el cielo!

Dohko se rascó el rostro, Sasha contuvo un ataque de risa. Carajo, este todavía era más santurrón que el padre Subaru.

—¿Piensas que tienes un futuro con él?

La sonrisa de Sasha se desvaneció. Pensó en el rostro de Miko, en los cabellos lacios que le caían en la frente, en su sonrisa tierna y en el cariño desbordante no solo por él, sino por la humanidad.

—No, Dohko.—Sus palabras fueron una sentencia—. No hay futuro para nosotros, pero voy a asegurarme que lo haya para él.—Sasha sacó del bolsillo de su chaqueta la carta que le había escrito al padre Subaru—. Cuando esto termine, quiero que se la entregues.

El hombre asintió y asió el papel para guardarlo en su bolsillo.

—No te preocupes, Sasha. Lo haré.