34 Kaname
Fráncfort del Meno, Alemania.
Dos días después.
Sasha observó las puertas de la iglesia con un nudo en la garganta.
Recordó la primera vez que ingresó allí, la primera vez que se encontró con la cara más hermosa que había visto en su vida.
Se humedeció los labios y apretó la carta que llevaba en el bolsillo derecho de la chaqueta.
Si Miko no quería verlo, sería paciente, pero no iba a rendirse sin luchar por una oportunidad esta vez.
Dio pasos hacia el interior de la iglesia y leyó el cartel que estaba a la altura de los últimos bancos. El infierno se habría congelado en ese momento por el hielo que salió de Sasha. Caminó hacia el interior, y, desde allí, tomó el pasillo que conducía a la casa trasera.
—¡Sasha!—El grito quejumbroso lo hizo voltear hacia la mujer que apareció desde el confesionario—¡Por Dios! ¡Estás aquí!
La mujer asió sus enormes manos y Sasha negó.
—¿Qué sucede? ¿Miko está enfermo?—Anastasia soltó sus manos y se cubrió el rostro para llorar—. Por Dios, mujer, me estás asustando.
—Unos hombres, unos mafiosos.—Anastasia no paraba de llorar—. Miko me contó su historia, él…
—Lo sé—replicó Sasha y apretó sus brazos—, la puta madre, dime ¿qué coño pasó?
—Secuestraron al hermano de Miko y a su familia en su casa en Múnich—confesó Anastasia destrozada—, le dijeron al padre Subaru que, si no regresaba a Japón, ellos morirían.
«Esto es tu maldita culpa».
Sasha controló el ataque de ira contra sí mismo y se concentró en remediar el desastre. Miko no estaría en peligro si él se hubiera quedado a su lado.
—¿Sabes dónde vive su hermano?
—Sí—Anastasia afirmó—, es de la zona rural, él…
—Escucha, mujer—Sasha presionó sus brazos—, sé que conoces poco de mí y lo que Miko debió contarte no ha sido muy bueno, pero él me importa, me importa mucho y voy a rescatarlo.
Anastasia negó asustada.
—Miko dijo que su familia son una partida de monstruos.
Sasha rio y arqueó una ceja.
—Está claro que tú no me conoces, amiga.—Sasha se humedeció los labios—. Ahora dime todo lo que sabes del hermano de Miko y donde se encuentran, voy a ir por ellos.
***
Barrio residencial Den en Chofu, Tokio. Japón.
Las manos le sudaban y las piernas apenas lo sostenían.
La mansión era imponente, quizás la más grande que Miko contempló en su vida.
Todo gritaba sofisticación y dinero viejo.
Los hombres que lo escoltaron desde Alemania iban detrás de él cuando subió las escaleras y atravesó las puertas hacia un enorme despacho repleto de libros.
Había un sofá en una esquina en combinación con dos sillas de época, enormes jarrones de porcelana con dibujos de dragones grabados en ellos, una alfombra roja que combinaba con el mobiliario marrón oscuro.
Miko hizo de sus manos puños ya que no paraban de temblar.
En el centro del lugar había un escritorio antiguo y, detrás de él, un sillón que se asemejaba más a un trono.
Las paredes en color crema estaban decoradas con algunas pinturas y fotografías.
Hubo una que a Miko le llamó la atención.
Algo feo y oscuro se asentó en su estómago.
Después de todos estos años, pudo conocer a su padre.
La forma de sus mejillas y sus labios eran tan parecidos que el sacerdote no necesitó confirmación.
Miko se paró frente al escritorio vacío. Sus captores continuaban detrás de él.
Pasaron alrededor de cinco minutos, cinco minutos que se asemejaron a cinco siglos. Miko se miró las manos, las pasó por su ropa, pero fue una tarea en vano, el sudor jamás se secaba, de igual modo las gotitas que impregnaban su frente.
¿Si querían matarlo porque simplemente no lo hacían?
Era absurdo montar un espectáculo para lo inevitable. Miko no entendía lo que su tío pretendía.
—Bienvenido.—Las puertas se abrieron detrás de él y un hombre en un kimono blanco caminó hacia su encuentro. Miko tragó saliva.
—Señor Matsudaira.—Miko hizo una reverencia. Si este hombre se había vestido de gala, el sacerdote pensó que, quizás, había una esperanza.
Kaname lo observó de pies a cabeza. Una leve mueca de disgusto cruzó su rostro antes de dibujar una sonrisa de labios cerrados.
—Soy el Oyabun , sobrino.—Kaname lo corrigió y le dio una sonrisa falsa.
—Mis disculpas, Oyabun . No volverá a suceder.
Kaname se detuvo frente a él. Miko pensó que su presión sanguínea disminuiría a tal punto que colapsaría.
—Te desagrado, ¿verdad?
Los ojos de Miko se abrieron con sorpresa.
—¿Por qué lo haría? No lo conozco.
Kaname sonrió y negó. Les hizo una seña a los dos guardaespaldas para que se marcharan. El despacho quedó en silencio una vez que la puerta se cerró.
—Sé que piensas que tienes derecho a mi puesto—acusó Kaname—, solo porque mi hermano cometió un error.
La sangre le hirvió a Miko.
—Violar a una persona no es un error, es una aberración—replicó con la molestia vibrando en su voz—, y jamás pretendí formar parte de esta familia, es más, si por mi fuera, me cortaría las venas para que esta sangre, su sangre, se drenara de mi cuerpo.
Una bofetada le cruzó el rostro a Miko, fue tan fuerte que lo arrojó al suelo. Kaname ardía de furia, era visible en sus ojos oscuros que ahora tenían llamas.
—¿Cómo te atreves a hablar así de mi sangre, bastardo?
—reprendió a Miko y el sacerdote se tocó la mejilla y notó que su labio estaba sangrando—¿Sabes acaso quiénes somos?
¡Somos dioses!—Kaname exclamó como si de verdad lo creyera—.
Por siglos hemos tejido los hilos de esta sociedad, la hemos manejado a nuestro antojo, y tú te crees con derecho a decir basura de nuestro linaje.
—Tu linaje me hizo perder a mi madre.—Miko se puso de pie—. Tu linaje ha puesto en peligro a mi hermano y a su familia. Puedes vanagloriarte todo lo que desees, en el fondo, sabes muy bien que tengo la razón.
Kaname respiró y contuvo la furia que atravesó cada molécula de su cuerpo.
—El padre Subaru—Kaname se burló—, ¿escuchas como hablas? ¿A quién le puedes dar lecciones de moral?
—Yo nunca le di lecciones a nadie—dijo Miko—. A diferencia tuya, no me creo un dios.
Kaname sonrió una vez más.
—Puedo ver lo que mi padre vio en ti más allá de tu cuerpo escuálido—pronunció con desdén—. Lo veo incluso ahora cuando estás derrotado. Tienes la soberbia de Jun, esa imagen de pulcritud cuando en realidad, era todo lo contrario.
—¿Por qué no tomas lo que desea?—Miko respondió sin dudar—. Si quieres mi vida, puedes tomarla, deja en paz a mi hermano, él no tiene nada que ver con esto.
Kaname se alejó y caminó hacia el escritorio, acarició el borde, y se detuvo en la pared detrás de él donde descansaban tres katanas .
—Estas espadas han estado en mi familia por trescientos años—explicó con orgullo—. Han defendido el honor, y también la codicia. La del medio pertenecía a tu padre. Siempre creí que era la más hermosa de las tres.
—A mí me parecen iguales.
Kaname cerró los ojos y rio.
—Eres un mocoso tan ignorante.
—Y tú eres un viejo muy resentido.
—¿Qué?—La sonrisa se borró del rostro de Kaname.
—Tú quieres todo lo que tenía mi padre para apaciguar tu dolor, la manera en que te menospreciaban, pero es inútil.
—Miko no le tuvo piedad—. Las veces que te dejaron de lado, los desprecios y humillaciones de tu hermano y tu padre, sí, es así cómo funciona una persona que tiene tanto resentimiento que no puede con su alma.
Piensa que, si se apodera de todo del otro, logrará ser feliz.
Lamento decirte que tú nunca serás feliz, porque la envidia te consume.
Ya no importa que el abuelo esté bajo tierra igual que mi padre, tampoco interesa si me matas a mí, o a todos los Matsudaira del mundo, nunca será suficiente para ti, porque en el fondo, el problema es que tú no eres suficiente ¡Nunca lo has sido!
Las lágrimas brotaron de los ojos de Kaname. El hombre saltó sobre Miko y sus manos fueron a su cuello. Sus ojos estaban desorbitados, la humedad bañaba su rostro. El sacerdote buscó defenderse, pero fue inútil. Kaname era más grande y fuerte.
—Esta es la última que me haces, bastardo—Kaname pronunció entre dientes sin liberar la garganta de Miko—. En dos días, durante la noche de luna llena, vas a someterte al seppuku , ¿me escuchaste?
Kaname le dio un empujón y apartó a Miko con violencia. Este acarició su cuello. Estaba agitado y, poco a poco, el oxígeno volvió a llenar sus pulmones.
—No—replicó—, ejecútame tú. Me quieres ver muerto, quieres venganza, pues sé un hombre y mátame.
Kaname sonrió con malicia.
—¿Crees que no sé lo que intentas hacer?
¿Lo que significa para un sacerdote quitarse la vida?
—La sonrisa se desvaneció y su rostro se tornó monstruoso—.
Quiero verte llorar cuando claves el tanto en ti.
Cuando tus ojos se llenen de dolor ante el corte en el vientre y la profanación de cada uno de los órganos, mientras yo estaré frente a ti observando como exhalas tu último aliento.
Miko negó sin importarle las consecuencias.
—No voy a suicidarme, no lo haré—replicó sin mostrar un atisbo de miedo, pese a que no había dejado de temblar.
—Lo harás—Kaname sentenció con frialdad—, de lo contrario, traeré a tus sobrinos aquí y les enseñaré la katana de tu padre.
—Son niños.—Miko estaba horrorizado y asqueado—¡Son inocentes!
Kaname dio pasos de nuevo hacia el escritorio y tomó asiento.
—Depende de ti, sobrino. Estimo que, esta vez, actuarás con sabiduría.