Sacrílego (Prohibidos 1) 32 Rendición
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32 Rendición

Fráncfort del Meno, Alemania.

Miko intentó concentrarse en el excel que estaba haciendo en su computadora con los gastos mensuales, pero resultó imposible.

—Se fue, Anastasia. Me dejó.

—Lo lamento tanto, padre Subaru.

Los ojos le dolían y estaban hinchados ¿Por qué carajo su corazón masoquista volvía a la última conversación con ese idiota?

—Padre.—La voz de Anastasia lo sacó de la tortura—.

Le traje un café y unas donas. Las he preparado para la reunión de esta tarde.

Dígame, ¿qué le parecen?—Miko tenía un nudo en el estómago que le impedía que algo se mantuviera allí.

Había vomitado tres veces, sus ojeras y su deterioro eran evidentes—¿Por qué no descansa un rato?

—No puedo quedarme en cama simplemente llorando, Anastasia. No funciona así, de lo contrario, no voy a reponerme.

—No digo que se quede por meses, pero, por hoy, podría permitirse esto.

Anastasia habló con la misma calidez de siempre.

—Soy patético, ¿verdad?—preguntó con una risa sin humor—. Soy un sacerdote y me he enamorado de un tipo que no quiere nada conmigo. Un tipo que despertó cosas en mí que jamás esperé sentir ¿Para qué? ¿Para abandonarme? ¿Para dar vuelta la página sin miramientos?

—Ya se lo dije, uno no decide a quién amar, padre, simplemente sucede. Si fuera tan sencillo, se evitarían muchos divorcios.

—Me estoy muriendo por dentro, Ana.—Miko reconoció—. En un rato debo salir frente a un grupo de personas y ayudarlas, ¿cómo puedo? ¿Cómo ayudar cuando el que necesita una mano soy yo? No estoy acostumbrado a sentirme así.

—¿Así cómo?

—Desvalido—confesó—, desamparado, triste, enojado, decepcionado. No lo sé, es tal el revoltijo de sentimientos que ya no sé por dónde comenzar.

Anastasia se sentó frente a él en el despacho de la administración de la iglesia.

—Padre, ¿usted quiere seguir con esto?—Anastasia preguntó—. ¿Todavía conserva su vocación o Sasha se llevó todo lo que era?

—No lo sé—sus ojos se llenaron de lágrimas una vez más—, nunca tuve más sueños que esto.

Mi iglesia, mis feligreses, mi hermano, mis sobrinos y yo era feliz.

Lo era, a pesar de todo lo que me ocurrió en la vida, yo lo era, pero ahora, es como si me hubieran sacudido y mi mundo se puso patas para arriba. Amo a Dios, lo sigo amando, pero…

—¿Qué?

Miko dio un suspiro.

—Amo más a Sasha, amiga.—La voz se le entrecortó—. Pensé que me arrepentiría de mis dichos o mis pensamientos, pero no es así. Lo amo y estoy dispuesto a dejar todo, pero él no me quiere en su vida. Dime, ¿cómo hago para recuperar mi vida? ¿Cómo es posible borrar de mi mente todo lo vivido?

Anastasia se mantuvo en silencio. Asió su mano y la apretó entre las suyas.

Lo mejor que podía hacer era estar a su lado.

No había palabras que al padre Subaru le dieran alivio o aliento, eso debía venir de su interior, era un proceso duro, y debería seguir ese camino en solitario.

Sin embargo, Anastasia le mostraría que podía apoyarse en ella cuando estuviera agotado, llorar en su hombro cuando el hastío lo superara.

Eso es lo que hacían los amigos. Estar ahí, acompañar, y rogar que encontrara de nuevo el camino a casa.

El teléfono de la iglesia sonó. Miko recordó, en ese instante, que debía comprar un nuevo celular. Anastasia dio pasos hacia la mesita donde estaba instalado el teléfono todavía y contestó. Miko miró la pantalla de la computadora y los números se asemejaron a jeroglíficos egipcios.

—Padre Subaru.—Miko levantó la mirada y observó a Anastasia—. Es su hermano.

Miko le dio una sonrisa. Se encontrarían ese fin de semana así que, de seguro, quería ultimar detalles. El sacerdote estiró la mano hacia la mujer y esta le alcanzó el teléfono inalámbrico.

—Dohko, ¿cómo has estado?—Silencio. El frío fue tan intenso que Miko se congeló—¿Estás bien? ¿Me escuchas?

—Nos encontraron, Miko.

Miko se cubrió la boca. Los Yakuza no habían regresado hacia donde él estaba, habían ido hacia su hermano directamente.

—¿Cómo? ¿Estás bien? ¿Los niños?

La respiración de otra persona se oyó del otro lado de la línea. Una respiración agitada. Miko tembló.

—¿Quién es usted?

—Una camioneta pasará a buscarte dentro de una hora y te llevará al aeropuerto.—La voz gruesa y firme, decidida. A Miko le recordó la voz de Sasha—. Desde allí, uno de mis camaradas te entregará un pasaje de avión rumbo a Tokio. Le harás una visita a tu tío.

Miko se levantó de la silla. Anastasia sentía la desesperación vibrar en el cuerpo de su amigo.

—No—Miko negó con la cabeza y con su voz—, no puedo hacer eso. Yo no voy a regresar a ese lugar.

—¿Crees que estás en posición de negociar, idiota?—El tipo escupió las palabras—. Más vale que muevas el culo y te prepares, o, de lo contrario, recibirás la cabeza de tu hermano, su esposa y tus sobrinos. Es tu decisión, padre Subaru, solo tuya. Piénsalo muy bien.

—¿Quién es usted?—Las palabras se atropellaron en su garganta—. Usted no es japonés, su acento.

— Не задавайте глупых вопросов и сотрудничайте. Ваша судьба ждет вас, Matsudaira.

«No hagas preguntas idiotas y coopera. Tu destino te espera, Matsudaira».

Miko frenó el grito de horror y la desesperación.

—Usted trabajaba para Novikov, ¿no es así?

Las piezas del rompecabezas encajaron. Si no podían contra Sasha, los Matsudaira buscarían refuerzos, ¿y quién mejor que el exjefe vengativo?

— Уже поздно, малыш. Каждая минута имеет значение.

El hombre cortó y Miko gritó. Lanzó el teléfono contra la pared y este se molió en mil pedazos.

«Se hace tarde, niño. Cada minuto cuenta».

Anastasia corrió hacia el sacerdote quien era una bola de ira. Gritó como nunca, pateó el escritorio y arrojó la computadora al suelo y la pisoteó. La mujer lo sacudió de los hombros, y le dio una bofetada. Miko cayó de rodillas y Anastasia, sin saber qué había sucedido, entendió que era el fin.

Miko pensó en su hermano y en su familia.

En las caritas llenas de alegría de Nuri y Johan que ahora se teñían de eterna tristeza.

Nunca se olvidarían de este hecho, el trauma los acompañaría sin importar cuántos terapeutas visitaran a lo largo de los años.

Miko todavía veía a su madre muerta en las pesadillas, todavía escuchaba los pasos y los gritos a través del pasillo.

Miko había recibido una sentencia de muerte y lo único que lamentaba era el sufrimiento de sus sobrinos.

—Debo irme.—Miko se tambaleó y se puso de pie—. Debes cancelar las actividades, Anastasia, debo regresar a Japón.

La mujer frunció el ceño. Se puso de pie y siguió al sacerdote.

—¿A Japón? ¿Qué va a hacer allí?

—Ellos me quieren—Miko se pellizcó la sien con su vista fija en la cama—. Ellos me quieren y estoy harto de huir.

Anastasia pensó que le hablaban en un idioma desconocido.

—Miko—habló con toda la calma que pudo reunir—, no puedes ir a ningún lado en el estado que está.—El sacerdote sacaba una mochila y guardaba allí algunas pertenencias—¿Me estás escuchando?

—¡Los van a matar, Anastasia!—Miko gritó con todas sus fuerzas y tiró la mochila al suelo—¡Tienen a mi familia!

Anastasia se colocó las manos en la mejilla.

—Miko, explícame por favor, por lo que más quieras. Mira en el estado en que te encuentras.—Anastasia muy pocas veces lo tuteaba, pero las formalidades habían quedado de lado—. Debe ser un error.

—No, amiga.—Miko asió una vez la mochila y dio un suspiro—. El único error de todo esto siempre fui yo, y lo voy a remediar.