Sacrílego (Prohibidos 1) 31 Señuelo
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31 Señuelo

Casa de campo a las afueras de Múnich, Alemania.

Veinticuatro horas después.

—Mi hermano está triste.

Hanna dejó de amasar los panes saborizados y escuchó a su esposo hablar de Miko.

—¿De qué hablas? Yo lo vi muy alegre. Está muy entusiasmado con eso del voluntariado.

Dohko negó con firmeza.

—Tiene un tic desde que era bebé. Cuando está triste, su carita lo hace todo el tiempo.

Hanna rio.

—Cosa de hermanos, nunca las entenderé.

—Lo sé, amor, lamento que hayas sido hija única.—Dohko dio una sonrisa tranquila—. Miko fue un regalo hermoso, sin importar el modo en cómo llegó a este mundo.

Hanna tragó saliva, era de las pocas personas que conocía esa parte de la oscuridad.

Dohko lo mantuvo oculto hasta hacía solo unas semanas.

En un principio, Hanna se molestó, pero luego entendió el motivo.

Era una mezcla de rabia y vergüenza. Ahora admiraba más a su esposo y a su cuñado.

Su entereza a pesar del dolor, sus ganas de vivir eran algo que no todos poseían.

Se sintió feliz que esa sangre corriera por las venas de sus hijos.

No serían vencidos por las dificultades.

Quizás, después de todo, los mitos y leyendas de los ninjas y los samurái no eran solo eso.

—Miko se preocupa por todos—señaló Hanna—, sufre los dolores de los demás como propios, de seguro alguien llegó pidiendo ayuda y eso lo afectó. Lo has visto llorar por gente que ni conoce. Es una persona muy sensible.

Dohko asintió.

—Tienes razón, quizás por eso no nos dio detalles. Será lindo verlo la semana que viene de nuevo. Necesita cambiar de aire más seguido.

El timbre sonó y Hanna frunció el ceño.

—¿Alguien venía?

Dohko se encogió de hombros con tranquilidad.

—No que yo sepa.

Hanna puso los ojos en blanco.

—Espera, ya sé quién debe ser. La vieja charlatana que encontré el otro día en el mercado quiere que le de mi receta del strudel para presentarse en la feria.

Dohko arqueó una ceja.

—¿Tu competidora te está acosando por tu receta?

—Y piensa que soy tan mensa que se la daré.—Hanna entornó los ojos—. Lo lamento, pero no tengo pensado regalar el puesto número uno en la próxima feria.

Dohko rio, los niños jugaban en el jardín trasero.

Hanna se acercó a la puerta de madera y la estampida fue tan poderosa que la hizo volar.

El gigante de dos metros destruyó la endeble puerta y se coló en la casa.

Hanna gritó y buscó una manera de huir, pero otro de los tipos, la sujetó del cabello y la inmovilizó en el piso.

—¡Dohko! ¡Los niños!—Era todo lo que a Hanna le preocupaba.

Dohko se puso de pie y corrió hacia el jardín.

Habían pasado dos décadas desde los ataques.

Los bastardos se habían tomado su tiempo, no obstante, cualquiera que conociera a los Yakuza sabía que las deudas con ellos se pagaban, y aquí había una enorme deuda.

Hubo días en los que a Dohko le hirvió la sangre.

Esos hombres habían matado a su padre solo porque se atrasó en los pagos.

Está bien, su padre cometió un error, nunca debió recurrir a ellos, pero que ellos buscaran venganza cuando fueron los responsables de su muerte y el abuso de su mamá era inaudito.

Dohko se percató de que estos tipos no eran asiáticos. Es más, por lo que balbucearon hablaban en ruso.

Los hombres se dirigieron a Dohko. Hanna luchó con el gigante, se enganchó a su rostro y clavó sus uñas en él hasta desgarrarlo, el tipo gritó y le dio un puñetazo tan fuerte que la arrojó a un metro y la dejó inconsciente.

—¡Hanna!

Dohko se detuvo antes de salir por la puerta hacia el jardín trasero. Sus pies querían regresar y socorrer a su esposa, pero no tenía sentido. No podía ganar esta batalla, solo huir.

Los rostros de los tipos estaban descubiertos, eso aterrorizó a Dohko. En ningún momento les apuntaron con armas, solo utilizaron la fuerza física ¿Quiénes eran esta vez? ¿De qué clase de artimaña se habían valido los Yakuza ?

—¡Papi!—Nuri gritó con su vocecita quebrándose ante el escándalo en el interior de la casa. Dohko la alzó y dio pasos hacia Johan quien estaba estupefacto.

—¡Corran!—gritó para que se dirigieran hacia campo abierto. Necesitaban ayuda.

Los hombres se desplazaron con calma detrás de ellos. Dohko, que llevaba agarrado de una mano de Johan y en brazos a Nuri volteó para verificar si lo seguían. Sus ojos se abrieron cuando notó que los tipos no estaban allí.

—¡Papá!

—Corre, pequeño. Vamos, tú puedes.—Dohko le dijo con dulzura a su niño, mientras Nuri iba pegada a él como un bebé koala.

La próxima casa estaba a solo doscientos metros más. Dohko corrió entre los árboles hasta llegar a la casa vecina. Allí fue recibido por la señora Braun quien le sonrió, pero de inmediato se dio cuenta de que nada estaba bien.

—Dohko—su voz se le entrecortó—, ¿qué está pasando?

—Llama a la policía. Unos hombres han entrado a nuestra casa y…

Uno, dos, tres disparos. Dohko se congeló y los niños gritaron cuando el pecho de la señora Braun se abrió con tres balas.

El hombre se dio la vuelta hacia el lugar desde donde habían disparado.

Un tipo más delgado junto al gigante de dos metros tenía un rifle de asalto.

El hombre avanzó hacia él, y Dohko se rindió sin mayor resistencia.

El tipo le quitó a Johan, quien lloró desconsolado.

Nuri lo abrazó con todas la fuerza que albergaban sus bracitos.

Las lágrimas se deslizaron en el rostro de Dohko.

Los recuerdos guardados emergieron con la fuerza de un huracán.

De pronto, ya no era Johan quien lloraba, era su hermano Miko.

La impotencia y el miedo de perderlo todo lo invadieron.

—Por favor, no nos hagan daño.—Dohko buscó acercarse a Johan, pero el tipo lo asió del cuello y el aire se esfumó.

— Не делай глупостей, иначе ты нас узнаешь.

«Deja de hacer tonterías, de lo contrario nos vas a conocer».

— Пожалуйста.

«Por favor».

Fueron las únicas palabras que Dohko supo decir en medio del desasosiego. Dohko llevaba años sin hablar el idioma nativo de su madre, sin embargo, estaba allí, listo para salir cuando fuese necesario. Nunca esperó que fuese en circunstancias tan macabras.

El gigante le hizo una seña. Johan lloraba mientras lo agarraban de la camiseta celeste para que no escapara.

— Пойдем, нас ждет начальник.

«Vámonos, el jefe espera la confirmación».

Dohko dio pasos inseguros y el tipo que llevaba el rifle le apuntó a la espalda.

—Apresúrate, no tenemos todo el día.

Dohko apuró su caminata, Nuri no se movía en sus brazos, el hombre la observó y se percató de que se había desmayado. El trayecto se sintió como un peregrinar a la muerte. El gigante no dejaba que su hijo se acercara y eso provocaba que Dohko se pusiera todavía peor.

—Es mi hijo—dijo en un intento absurdo de ablandar su corazón—, déjalo que venga conmigo.—El asesino parecía sordo. Johan tironeó su brazo, pero fue en vano—. Cariño—Dohko le habló a su hijo por temor a que lo destrozaran de un golpe—, mantén la calma. Todo estará bien.

Johan lloraba sin consuelo. El corazón de Dohko, los pocos pedazos que lograron reconstruirse a lo largo de los años terminaron por estallar en su interior.

Sus hijos nunca se olvidarían de este hecho, y él se odió por pertenecer a la familia Subaru, se odió por maldecir a su madre y a su padre, se odió por pensar que las cosas deberían haber sido diferentes.

«Miko».

Pensó en su hermano, en lo que podría haber sucedido con él. Atravesaron el umbral de la puerta que daba al patio trasero y Dohko observó que Hanna estaba sentada en una silla. La sangre corría de su rostro, su nariz molida por el puñetazo, sus ojos entrecerrados, aún continuaba mareada.

—Mamá.—Johan se liberó del agarre y corrió hacia su mamá y la abrazó. La mujer, en una acción más instintiva que racional, abrazó a su hijo quien se desmoronó en lágrimas amargas.

El primer mastodonte que golpeó a Hanna llamó por celular a alguien. Dohko fue arrojado sobre una silla al lado de su esposa quien lo abrazó junto a su hija.

—¿Quiénes son?—preguntó con la esperanza de que su esposo supiera lidiar con esto, pero el hombre negó. Esto era diferente.

El asesino habló en ruso y luego activó el formato de videollamada y lo acercó a Dohko. Nuri se removió en su regazo y se estremeció al notar que no estaba en una pesadilla. El hombre la calmó y le besó la frente.

—Buenos días, señor Subaru.

Un hombre rubio de ojos azules, barba poblada, contextura física impresionante a pesar de que estaba en el umbral de los sesenta años.

—Buenos días.—Dohko se guardó todos los insultos que ansiaba propinarle a ese hijo de puta—¿Quién es usted?

—Mi nombre es Vitali Novikov, ¿cómo lo han tratado mis muchachos?

La sangre embulló en Dohko.

—Golpearon a mi mujer, asesinaron a mi vecina y me están apuntando con un arma a mí y mis dos hijos pequeños, diría que sus muchachos, como usted los llama, se han portado como la mierda.

Una leve sonrisa se dibujó en Novikov.

—Tranquilo, Dohko. Si su hermano coopera, muy pronto será libre de nuevo y no deberá preocuparse por nosotros.

El temor golpeó el corazón de Dohko una vez más.

—¿Qué quieren de mi hermano? ¿Quiénes son ustedes?

—Su hermano tiene algo que deseo, señor Subaru—explicó Novikov—, y usted me ayudará a que me lo entregue.