Sacrílego (Prohibidos 1) 28 Posesividad
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28 Posesividad

«Ojalá pudiéramos decidir a quién le entregamos el corazón, padre Subaru, sin duda la vida sería menos dolorosa».

El agua y el jabón líquido se deslizaron con suavidad por su cuerpo maltratado y colmado de marcas de amor.

Miko tenía un nudo en el estómago desde esa mañana. La conversación con Anastasia lo había dejado con una palpable tensión. El final se acercaba y, sin importar el desenlace, la vida lo separaría de Sasha Kozlov.

«Te entregaste a un hombre que te abandonará».

¿Había otra alternativa? Miko exploraba en su mente las posibilidades.

Sasha era un hombre libre, un asesino que tomaba todo lo que deseaba, que destruía familias y torturaba.

Él era un sacerdote, un hombre que jamás debió mirar a alguien más con deseos lujuriosos, y mucho menos a un hombre.

Después de la visita de la Yakuza en su propia iglesia, su destino estaba sellado.

Debería haber hablado con su hermano, contarle lo sucedido, pero luego también debería contarle de Sasha y lo que hizo con esos dos tipos, entonces calló.

Guardó silencio, porque la verdad era demasiado triste.

El pecho le dolía cada vez que pensaba que Sasha se iría.

«Se ha enamorado de él».

¿Cómo no hacerlo? Sin importar la manera en que comenzaron, Sasha se mostró sincero en todo momento, le dio un giro vertiginoso a la vida, lo hizo sentir de una manera indescriptible.

Se sentía como si su alma hubiera clamado por él, por su encuentro.

Miko dio un suspiro. No quería llorar. Fue cuando las manos enormes y conocidas rodearon su cintura.

—Sasha. —Miko se apoyó en el pecho del hombre que lo abrazó desde atrás. Ni siquiera lo escuchó ingresar al baño.

—Has estado callado, chinito ¿Qué te sucede?

Miko se mordió el labio inferior cuando las manos enjabonadas de Sasha lo recorrieron y los dedos jugaron con sus pezones que, al parecer, eran su debilidad por la manera en que los tocaba y los chupaba. Miko se volteó hacia el hombre. Su cuerpo estaba húmedo y caliente.

—Anastasia lo sabe.

Sasha arqueó una ceja.

—Vieja metiche.

—No—Miko lo detuvo—, solo me lo dijo porque ella sostiene que somos demasiado obvios. Está protegiéndonos.

Sasha dejó escapar una risa sin humor.

—Eres tan fácil de manipular, chinito.

—¿Es que eres incapaz de ver bondad?

Miko frunció el ceño, intentó zafarse del agarre, pero Sasha no lo permitió.

—No estoy acostumbrado a recibir muestras de cariño o caridad. Tarde o temprano, la gente muestra su verdadera cara.

El sacerdote dio un suspiro, todavía estaba molesto.

—Nunca tendrás a nadie a tu lado si piensas así.

—No lo necesito—replicó Sasha—, no me queda mucha vida después de todo.

Esta vez, la mirada de Miko fue a los ojos fríos de Sasha. No era una broma, Sasha en realidad estaba seguro de que la muerte no tardaría en abrazarlo.

—No pienses así—expresó Miko y ocultó sus sentimientos, el corazón dio un vuelco al pensar una vida sin ese hombre. El asesino que había irrumpido en su mundo y lo puso patas para arriba en solo semanas.

Sasha apresó la boca de su amante con la suya. Lo arrinconó contra la pared de baldosas blancas. Miko gimió de dolor, porque lo había empujado muy fuerte.

—Deja de pensar en el futuro.—Sasha le musitó en el oído—. Que pase lo que tenga que pasar, ahora estás conmigo.

Miko rodeó su cuello con sus brazos y asintió. Contuvo el dolor que lo embargó en cada centímetro de su cuerpo y se entregó a la pasión de ese hombre.

Sasha presionó sobre las nalgas y lo levantó.

Las piernas de Miko se atenazaron a su cintura.

El agua se deslizó sobre su piel y se mezcló con sus fluidos.

Los dedos húmedos ingresaron sin problema en su cuerpo.

Miko se dio cuenta de que follaban tan a menudo que necesitaba poca preparación.

Sus pieles se llamaban hacia un baile acompasado, en donde el control y la sumisión se sentían una.

Sasha creía que dominaba al hombre al cual penetraba con ímpetu sobre la pared, pero Miko solo necesitaba gemir y mirarlo con esos orbes verdosos para que perdiera todo raciocinio.

«Nadie ha provocado esto en mí».

Miko se estaba convirtiendo en su debilidad.

Después de lo sucedido aquella noche, de las lágrimas por su amante muerto, Sasha había soñado con Mijail, había acariciado su rostro, besado sus labios y todo fue abrumador, pero en algún momento, las manos que sostenía ya no eran sus manos, y la boca que adoraba no pertenecía a él.

Miko se coló en su mente de la misma forma que en su cuerpo.

Se dijo una y mil veces que esto solo era carnal, un desahogo a toda la basura que lo rodeaba, pero su estructura firme de convicciones se resquebrajó y el suelo se deslizó debajo de sus pies.

Sasha estaba allí, en el sueño, y su amor ya no era Mijail, sin importar cuánto se prometieron.

Miko lanzó un gemido agudo, entretanto sus caderas iban hacia adelante y hacia atrás, respondiendo a cada embestida brutal.

Sasha serpenteó con su lengua sobre el cuello y volvió a su labios, los mordió y estiró al punto de sangrarlos.

Miko se estremeció en sus brazos. El sonido de sus pieles chocando, el vaivén violento y lascivo que provocaba que abriera las piernas más y más.

Sasha podía tomarlo como le placiera, ya no habría crisis de conciencia, ni tristezas, solo el momento.

Sus cuerpos dándose un goce infinito, sus almas encontrándose en una simbiosis inexplicable con palabras.

Las uñas se tatuaron en la piel blanquecina de Sasha, el hombre chupó sobre el pezón derecho y Miko apoyó la cabeza sobre las baldosas.

Era demasiado e insuficiente al mismo tiempo.

—Miko—su nombre sonó como una despedida. El sacerdote lo abrazó mientras las embestidas adquirían velocidad—, mastúrbate.

Miko obedeció, su mano se metió en medio de ellos y empuñó su verga húmeda con potencia, del mismo modo a la increíble penetración.

El semen salpicó, todo lo que ocurría con él era un espectáculo digno de ver, un deleite para los ojos lujuriosos de Sasha.

La entrada se tensó cuando el orgasmo lo noqueó.

Sasha apretó los dientes y dio un gemido ronco cuando su miembro fue ordeñado tan fuerte que las piernas le temblaron.

Miko Subaru era un regalo del cielo, uno al que Sasha no quería renunciar.

Se bañaron, se quitaron los fluidos, solo para caer en la cama y continuar la faena.

Sasha se maldijo a sí mismo por vivir en una erección constante, pero allí estaba, la vaselina corrió por la entrada y su pene encajó sin problemas.

Miko estaba sobre sus manos y rodillas, su nalgas turgentes merecían decenas de azotes y Sasha no se privó de ello, no quería arrepentirse en un futuro, odiaba pensar en que le quedarían cosas pendientes para hacerle a ese cuerpo dispuesto, a ese ángel que no conocía del mal, pese a haber estado rodeado toda su vida de él.

Sasha se enterró hasta la empuñadura, las estocadas firmes, profundas, rápidas y duras tenían a Miko con la voz ronca.

Nunca se cansaría de escucharlo, era el sonido más maravilloso del mundo.

Sasha había escuchado gemidos masculinos y femeninos a lo largo de su vida, nada se comparaba a la dulzura de Miko Subaru, ni siquiera Mijail.

Observó el punto de unión de sus cuerpos, el pene que se deslizaba en el interior lubricado, y salía hasta quedar unido por la punta para ingresar con vehemencia una vez más.

Miko mantuvo los ojos cerrados y se dejó llevar a un nuevo universo, a un mundo paralelo en donde no necesitaban salir de esa cama.

«Usted nunca se ha permitido ningún placer de este mundo, padre Subaru. Ahora, solo ha comenzado a entender que incluso siendo un ángel está con los pies en la tierra».

Las palabras de Anastasia se colaron en su mente, rompieron la niebla del deseo por un segundo. Cuando Sasha lo notó, de inmediato lo volteó boca arriba y lo embistió de frente.

—Tu mente aquí, padrecito.

Miko no se inmutó, el enojo pasó a un segundo plano cuando las estocadas encontraron su próstata. El orgasmo comenzó a escalar en su vientre y lo recorrió como una potente corriente eléctrica. Sus caderas dieron espasmos, Sasha las acarició y continuó follando ese sitio del que nunca querría salir.

Esta vez, una idea infernal surcó su cabeza.

Sasha salió del cálido interior, Miko se retorcía con las réplicas del orgasmo y él se masturbó sobre el abdomen y su pecho.

La esencia bañó la piel blanquecina y llena de sus marcas.

Sasha odiaba cuando los chupetones y las mordidas se desvanecían en la piel.

Surcó con sus manos el cuerpo suave y sin vello.

Miko volvió a gemir y se retorció bajo su toque.

Olía a él, sabía a él, Sasha como una bestia sin límites, quiso adueñarse de todo lo suyo.

Se acostó a su lado y lo atrajo a su cuerpo para besarlo. Miko con la calidez que lo caracterizaba respondió con una sonrisa adormilada. Sasha siempre lo dejaba agotado, pese a ser trece años mayor que él. Tenía una resistencia que el sacerdote no poseía, incluso cuando estaba en sus veinte.

—¿Me elegirías por encima de Dios?

Miko lo observó confundido. Sasha no paraba de tocarlo y besar su rostro.

—¿Qué?

—Responde.

—Sasha, no deberías…

—Responde, maldita sea.—Sasha lo asió del cabello y adhirió su frente a la del hombre—¿Me elegirías por encima de Dios?

Los ojos de Miko se llenaron de lágrimas, besó su boca y descansó la cabeza en su pecho. La respuesta lo destrozó.

—Sí, Sasha. Te elegiría sobre todo, incluso por encima de Dios, y esa es mi condena.