Sacrílego (Prohibidos 1) 25 Mijail
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25 Mijail

Querías saber en qué momento me convertí en esto. Te dije que fueron una sucesión de hechos, pero no es verdad, fue uno, solo uno, un par de meses que se guardaron en mi memoria y me acompañarán hasta el día en que me muera.

Mijail, así es como se llamaba, así es como se presentó mi compañero de cuarto.

Era alto como yo, pero muy delgado. No tenía nada especial, cabello castaño claro, ojos marrones, nariz puntiaguda y pequeña, su rostro era más bien huesudo, sus pómulos destacaban en su tez blanquecina, tenía tres lunares en su mejilla derecha a modo de triángulo, eran más o menos del mismo tamaño.

No eran enormes ni tapaban su cara, ni nada de eso.

Mijail era un rusito promedio, al menos, eso creí cuando lo conocí, pero la vida tenía otras jugarretas para mí, inimaginables y dolorosas.

Te dije que apenas me dolió ver a mamá sufrir, pues con Mijail todo fue distinto. Algo en mí se abrió a experimentar sentimientos cuando ni siquiera sabía con claridad lo que eran.

Mijail fue obligado a formar parte de ese lugar.

Era un adolescente flacucho que sus familiares enviaron para hacer florecer su fuerza masculina.

Como si ser hombre representara molerse a golpes y decir groserías.

Bueno, quizás en ese momento todos los pensamos, pero algunos de nuestros instructores se movían con respeto, y no por eso dejaban de ser hombres fuertes.

Todo lo que hicimos, en lo que nos fuimos convirtiendo fue nuestra propia elección.

Podría haberme quedado en casa con una vida de lujos mientras mi padre organizaba orgías en la mansión.

Fui incapaz de hacerlo. Nadie que tuviera un poco de respeto por sí mismo aguantaría eso.

Sí, me encanta el dinero, pero estar ahí, comer de la mano de mi padre después de lo que le hizo a mamá me parecía grotesco, incluso una aberración.

En la escuela era diferente. Mi personalidad pronto llamó la atención de mis instructores.

Algunos buscaban desafiarme, provocarme con que yo no estaba a la altura.

Hice que se comieran cada palabra. Esos hijos de puta no supieron qué los golpeó.

Estaba en mi mejor momento cuando Mijail irrumpió en mi vida.

El tonto con el que compartía mi habitación, el que lloraba por las noches y rogaba morirse antes de seguir ahí.

Era exasperante, no se esforzaba lo suficiente.

Se quejaba de su vida todo el tiempo, lloraba a mares, pero no de la forma en que lo haces tú.

Mijail era egoísta, le gustaba ser víctima, jugar ese rol y la autocompasión es algo que nuestros instructores no iban a tolerar.

—Deja de lloriquear por los rincones.—Una madrugada me cansé de sus sollozos—. Las cosas no cambiarán por arte de magia o porque llores. Estos bastardos se ríen de tu dolor, dime, ¿te parece bien darles el gusto?

—Quiero volver con mi tío.

—¿Te envío aquí?

—Sí.

—¿Qué te hace pensar que tus ruegos lo van a conmover?

No le importas hombre y, ¿quieres que te diga una cosa?

¡Está muy bien! Al único que le debe importar tu patética vida es a ti.

Nadie moverá el culo para sacarte de aquí.

Más vale que lo entiendas, te acomodes los huevos y dejes de llorar como una muñequita idiota que necesita atención.

Mijail me observó con sus ojos grandes. Me di cuenta de que al principio me habían parecido comunes, pero no lo eran.

Eran de un color ámbar y tenían algo así como chispas de luz alrededor.

Mijail se limpió las lágrimas y guardó silencio.

Supongo que estaba procesando todo lo que le dije.

Luego, dio media vuelta y se durmió, por fin pude descansar después de días con el sonido constante de sus lloriqueos.

Después de esa madrugada, el panorama cambió.

Mijaíl dejó de protestar por la comida o por la dureza de los ejercicios.

Se volvió metódico y sacó todo su potencial.

Me sentí orgulloso. Fue como encontrar a alguien que necesitaba que lo guiara y yo encontré una labor más allá de jugar a los soldaditos.

Mijail era inteligente. Le enseñé tiro y se volvió mejor que yo, no reprobó ninguno de los exámenes y nos volvimos cada vez más cercanos.

Fue el primer amigo que tuve, he tenido pocos desde esa época hasta hoy.

Una noche, mientras hablábamos de estrategia, Mijail acercó su rostro al mío y me besó.

Me congelé por un segundo, pero luego lo así del cuello y nuestras bocas chocaron con violencia.

A partir de ahí, las cosas solo escalaron en intensidad.

Primero, solo compartimos algunas pajas, pero después no fue suficiente para ninguno de los dos.

Sucedió como todo lo nuestro. Fue extraño y placentero.

Mijail me miró todo el tiempo mientras me aventuraba entre sus piernas y descubría que podía sentir cosas por un hombre.

El miedo me embargó, creo que fue la última vez que sentí miedo, cuando me di cuenta de que el corazón latía más rápido cuando estaba cerca de él, me percaté de que las horas volaban cuando conversábamos o nos besábamos, cuando estábamos uno frente al otro en nuestra litera.

Mijail ya no era un chico promedio, no para mí.

Esos rasgos que, al principio, me parecían comunes, me resultaron con el devenir de los días, en los más hermosos que vi en mi vida.

Desde su cabello pajizo y castaño, su rostro pálido, sus pómulos puntiagudos y su nariz que era demasiado pequeña para su rostro alargado y claro, luego estaba su sonrisa.

La genuina, no la que le mostraba por compromiso a todo el mundo.

Sus dientes eran perfectos, de un suave tono blanco con el tamaño justo, amaba la sonrisa de Mijail.

Lo amaba. Me había enamorado de ese idiota. No había forma de negarlo.

—Ellos van a descubrirnos.

Mijail estaba aterrado. Le juré una y otra vez que nunca iba a pasar. Nuestro trato frente a los demás continuaba siendo inexistente. No nos mirábamos, no nos hablábamos, ¿quién sospecharía?

Subestimé a mis instructores. Lo supe cuando nos sacaron de la cama a las seis de la mañana a mí y a Mijail para hacer ejercicios.

El frío alcanzaba los quince grados bajo cero.

El vaho salía de nuestras bocas y también de nuestros cuerpos que se estaban entumeciendo a pesar del esfuerzo físico.

Corrimos a través del bosque desolado por dos horas.

—¡Levántate! ¡Ahora!—El instructor le gritó a Mijail quién había quedado tendido en el piso.

Yo continué mi camino. El paisaje blanco y los gritos de los dos instructores eran lo único que me acompañaba. Cerré los ojos y rogué.

«Levántate por favor, levántate».

Mijail, como si escuchara mis pensamientos, lo hizo. Se levantó y siguió detrás de mí. El viento helado se alzó y nos envolvió. Mis dientes castañearon. El final del recorrido estaba cerca. Solo un poco más.

Me detuve en el lugar indicado y me agaché para recuperar el aliento. Coloqué las palmas de mis manos en las rodillas, el frío golpeaba mi rostro, así que, me lo cubrí. Mijail llegó en ese instante. El alivio llenó mi cuerpo. Uno de los instructores se acercó a mí y sonrió.

—Muy bien, maricón. Hiciste un gran trabajo.—La mirada del tipo me mostró que esto no había terminado. Mijail estaba cruzado de brazos y temblaba—. Un nuevo objetivo. ¡Allá!

Vi la bandera roja en medio del inmenso lago congelado.

—No puedes hacer eso.

—¿No, Kozlov? ¿Por qué no?

—¿Por qué nos estás castigando?

El otro instructor caminó cerca de Mijail y golpeó su hombro.

—¿Por qué lo haríamos? ¿Te has portado mal? ¿Algo que nos quieras decir?

Nuestro temple no falló. No nos miramos.

Si no les decíamos la verdad, no tenían nada.

No podían acusarnos con nuestras familias, no podían expulsarnos por conductas indecentes.

Estos hijos de puta carecían de pruebas, pero estaban decididos a que confesáramos.

Temí por Mijail. Estaba mucho más agotado que yo.

Si él se rompía, me quedaría solo, y, si bien estuve tranquilo al principio, ahora que lo tenía a él, que era mío, ya no quería dejarlo, no iba a apartarme.

No me importaba que fuera ilegal o una aberración.

Yo amaba a ese idiota. Lo entendí en ese momento cuando lo único que deseaba era protegerlo. Lo amaba y era mío, me correspondía.

Una vez que terminara esta tortura se lo diría, le diría que lo amaba y que había sido lo único bueno que me pasó en la vida. Estaba decidido a luchar por él contra el puto mundo, si era necesario. Mijail me cambió la vida de maneras inimaginables.

—A mi señal corren hacia allí. Quiero esa bandera roja en mi poder—ordenó el instructor.

Me concentré en el objetivo. Quería que esto terminara.

Mijail también lo hizo—¡Ahora!—La voz del instructor se perdió en medio de las ráfagas de viento.

Corrimos con todas nuestras fuerzas al punto marcado.

Llegamos a la orilla del lago y observé su espesor—¿Qué esperan? ¡Avancen!

Obedecimos sin chistar. La bandera nos esperaba en el centro del lago.

El viento estaba a punto de elevarnos como una pluma y sacarnos en vuelo.

Corrimos, el hielo crujió, pero lo ignoré.

Estábamos en peligro. Había que salir de allí.

Me adelanté y le gané a Mijail. Saqué con toda mi fuerza el mástil improvisado con la bandera roja enterrado en el hielo y el desastre ocurrió.

Fueron milésimas de segundo. El hielo crujió, partiéndose en casi todas las direcciones. Mijail me observó, con esos enormes ojos marrones que jamás olvidaré. El terror lo eclipsó.

—No corras.—El pánico se apoderó de él e hizo todo lo contrario. Mijail corrió de regreso a tierra firme y fue tragado por el hielo—¡Mijail!

Los instructores gritaban en la orilla sin poder hacer nada.

Me deslicé a rastras hacia donde había caído.

El viento se intensificaba a cada segundo.

Busqué a Mijail, pero no lo encontré, entonces observé debajo de la capa de hielo que él luchaba por abrirse paso a la superficie.

Me puse de rodillas y usé mis puños como nunca antes.

Golpeé una y otra vez. Busqué con desesperación el hielo más fino y se lo señalé para que se moviera hacia allí, él lo hizo.

Me arrastré hasta allí y repetí la operación.

El hielo empezó a teñirse de rojo. La sangre de mis puños atravesó mis guantes.

—¡Ayuda! ¡Ayuda!—Uno de los instructores corrió alejándose.

Puse todo de mí, te juro que lo hice, no me rendí, pero Mijail sí lo hizo—.

No me abandones, por favor—susurré sobre el hielo empañado de mi sangre.

Él apoyó su mano y se despidió—¡No te atrevas hijo de puta!

Te amo, ¿me oíste? Te amo ¡Eres mío! ¡No tienes permitido dejarme! ¡No puedes dejarme!

Todo mi cuerpo se llenó de agujas, mi pecho se abrió en carne viva y mi corazón dejó de latir.

Mijail se hundió en el lago mientras yo le gritaba una y otra vez que no me dejara, que le diera una oportunidad a la vida incluso cuando había sido dura con él.

Debo haberme desmayado porque lo próximo que supe es que estaba en el hospital y que había despertado.

Mi hermana Svetia fue la única que me acompañó.

Me acarició la mano sin saber cómo consolarme.

Le pregunté por Mijail y ella solo negó con tristeza.

No hubo lágrimas ese día, ni al día siguiente, ni nunca. Jamás lloré después de eso. Lo enterré en mi corazón para siempre, lo atesoré como lo único bueno que tuve en mi vida.

Los instructores fueron expulsados, nunca hallaron pruebas de mi homosexualidad ,así que, seguí adelante. Si antes era hielo, a partir de ese momento, decidí que el odio sería mi único compañero.

Fue así como ingresé a los Spetsnaz, la unidad élite rusa, en dónde aprendí una infinidad de trucos que utilicé sin escrúpulos.

Cuando Wagner me pidió unirme a ellos no lo pensé demasiado.

La guerra era parte de mí, como una de las hélices del ADN.

¿Quién era yo sin un arma? ¿Quién era Sasha Kozlov si no podía destruir todo a su paso?

—Eres un Kózlov; es mi deber. No porque te considere valioso, sino por el simple hecho de que llevas mi apellido y me dejas en ridículo a mí y a mis verdaderos hermanos.

—Te recuerdo que yo también soy tu hermano, aunque no te guste.

—No lo eres—replicó—. Solo eres un polvo sin protección, ni más ni menos, Mischa. Cuanto antes lo entiendas, mejor.

Cuando mi hermano menor recurrió a mí pidiendo ayuda, no lo dudé.

Iba a destruirlo. Su debilidad me repugnaba, su vulnerabilidad cuando no había sufrido ni el uno por ciento de lo que sufrimos nosotros.

Al final, las cosas no salieron como las planeé, pero todavía tengo en mente deshacerme de él y su amante.

Abandonó todo por amor, dejó su vida tal cual la conocía por un hombre, mientras que yo estaba metido en relaciones sexuales con miembros de mi equipo que desconocían el significado de la lealtad.

Quizás, la envidia sea la nota más sobresaliente de mi personalidad, el fantasma que me persigue cada día y se burla de lo que jamás pude tener.

Mijail se llevó lo único bueno de Sasha Kozlov en esa gélida mañana.

Este hombre frente a ti ya no tiene nada que ofrecer, excepto muerte y venganza.