Sacrílego (Prohibidos 1) 24 Tienes un corazón
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24 Tienes un corazón

No me malinterpretes, chinito. No quiero contarte nada de mi vida porque hablar sobre el pasado es resucitarlo de una manera estúpida.

No soy como tú. Jamás tuve crisis de conciencia o me preocupé por todo el mal que había en el mundo, nunca agradecí toda la mierda, en la cual, la vida quiere enterrarse porque solo alguien con un gran desequilibrio mental haría eso.

Tuve dinero, millones, los tengo todavía, quizás mis hermanitos no lo cederían tan fácil, pero tarde o temprano lo harían porque es mi derecho, soy el mayor, aunque no me porté como tal demasiadas veces.

Nunca fui el hermano ejemplo, o el hermano protector, al cual, le cuentas tus confidencias.

Si Svetia, Ibrahim o incluso Mischa me hubieran contado sus intimidades, me habría carcajeado.

Cuando tuve que apartarme lo hice, y cuando tuve que ponerles mi bota en el cuello, los aplasté sin miramientos. Mi hermanito menor sabe mucho de eso.

Vengo de una familia que puede destruirte solo con un par de llamadas, y siento que, en parte, los Kozlov hemos disfrutado de ese poder, tiene cierto erotismo, esa cosa sensual que te arrastra y te lleva, algo así como una sirena, algo que no puedes dejar ir incluso cuando te arrastre hacia la muerte.

No obstante, una vez que me sumergí en el mundo militar me fijé como meta construir mis propios contactos.

Este hombre que ves aquí, que sus enemigos apodan «el Reptil» es el resultado de luchas y pérdidas, pero, sobre todo, de disciplina incluso cuando carecía de fuerzas para levantarme de la cama.

Mi madre, Melek, era una buena mujer, pero demasiado permisiva y débil, mi padre, el típico hijo de puta con dinero que cree que puede hacer lo que le plazca, de hecho, lo hizo.

Descartó a mi madre como si fuera un engranaje usado que ya no servía para su enorme maquinaria.

—No me das el sexo que necesito.

Nunca olvidaré esas palabras, nunca olvidaré el rostro de mi madre procesando el hecho de que estaba fuera de juego. Estábamos cenando, sabía que el bastardo nos había convocado a todos por algo.

—Quiero una cena íntima con ustedes. Celebrar mi cumpleaños con mis seres queridos.

Todavía no puedo creer que mis hermanos cayeran, y lo que me pareció más patético, es que mi mamá, después de décadas de vivir con él, todavía fuera sorprendida por sus manejos. Me mantuve estoico, entretanto mi madre se derrumbaba frente a mí.

Sí, ya sé que vas a decirme, ¿por qué no la abrazaste?

¿Por qué no la arropaste con amor cuando más te necesitaba?

Yo también me lo pregunté, pero la verdad es que ella y mi padre habían criado a hijos de perra muy fuertes que no se conmovían con nada, ni siquiera con su propio dolor.

Recuerdo de niño haber llorado, haber corrido en busca de su ayuda y ella solo decirme que así era la vida, y que debíamos hacernos cargo de las pruebas que se nos pusieran en frente.

Jamás tuve un aliciente de parte de ella, hoy creo que fue lo mejor que hizo, de lo contrario, de seguro estaría muerto o sería un blandito como tú, chinito, que llora con historias tristes y quiere la paz mundial.

Mi padre habló con una frialdad como si estuviera contando que la comida estaba salada. Mamá cayó presa de la locura, y cuando su situación emocional empeoró, descubrieron un cáncer. Mi padre la mató, siempre lo responsabilicé a él.

Tenía una amante por supuesto. Fue un secreto a voces primero, y, luego, dejó de fingir frente a la sociedad, si la gente quería hablar pues que lo hiciera.

Mi padre trajo a su amante a nuestra casa, al lugar donde estaba junto a mi madre y la obligó a salir de su cama para que su nueva esposa calentara el lecho.

La imagen me revolvió el estómago, fue demasiado incluso para mí.

La mujer desconocida tomada de su brazo, una pobre infeliz que era solo unos pocos años mayor que yo, ávida de poder y riqueza, lo notaba en sus ojos.

La conducta de mi padre me enseñó una brillante lección.

La traición no se olvida, y tampoco se perdona.

Si me fallas, lo pagarás, incluso si tardo décadas en cumplir mi venganza, lo haré, iré por ti y te desollaré vivo.

El bastardo mostró a su nueva esposa como un trofeo.

Mamá no lloró frente a nosotros, pero sé que lo hacía por las noches.

Lo hizo cuando se marchó de la casa y nos pidió que no nos preocupáramos, a pesar de que el cáncer se expandió por cada rincón de su cuerpo.

Ya no había lugar en esa casa para ninguno de nosotros.

No iba a quedarme allí, no tenía sangre para controlarme y matar a golpes a mi padre, porque eso es lo que se merecía.

Fue cuando decidí retomar mis actividades en el ejército.

Fui a una escuela militar en mi adolescencia.

No puedo decir que la vida allí era cómoda, pero era tranquila.

Hacía mis ejercicios, aprendí a usar las armas con una habilidad que incluso mis superiores envidiaban.

Nadie era mejor en combate cuerpo a cuerpo que yo, nadie era mejor con un arma que yo.

Regresar al lugar me centró, me demostró que fui débil al marcharme de allí.

—¿Por qué lo abandonaste?

—¿Qué?—Sasha había contado la historia de una manera automática, como si no deseara mostrar sus sentimientos.

—Dijiste que te fue bien en la escuela militar y luego en el ejército, ¿por qué te fuiste de un sitio al que considerabas tu lugar en el mundo?

—Supongo que me harté—replicó con enojo. Estaba de nuevo a la defensiva.

—Acabas de mencionar la palabra debilidad, ¿qué es debilidad para ti?

—Ser compasivo—dijo sin titubear—, tener esperanzas, buscar agradar y soportar cosas solo por necesidad, enamorarse de personas que nunca podrán corresponderte. Eso es ser débil.

Un nudo se asentó en la garganta de Miko.

—¿Cuán roto debes estar para considerar el amor como a una debilidad?

Sasha le dio una mirada de odio. Este imbécil nunca lo entendería.

—¿Qué quieres demostrar, padre Subaru? ¿Que tengo un corazón?

¡Por supuesto que lo tengo! Late a cada segundo y me mantiene aquí, incluso cuando no quiero hacerlo.

Me da fuerzas en momentos en los que me he rendido, me da ira, venganza, me da la fuerza para demostrarle a todo el mundo que se equivoca al meterse con Sasha Kozlov.

Tengo un corazón, chinito, pero es obvio que no se parece al tuyo.

—Claro que sí—replicó Miko—, si consideras el amor una debilidad fue porque, en un momento, aunque fuera solo una milésima de segundo, tocó tu corazón.

Fingiste que eso no ocurrió como es tu esencia.

Te enojaste, insultaste y maldijiste, pero la cálida sensación en el pecho nunca se fue del todo, ese recuerdo nunca te abandonó.

Si has sentido el amor, aunque fuera una vez en tu vida, eso nunca te abandona.

Sasha chasqueó la lengua, se hizo hacia adelante en el banco, apoyó sus codos en las rodillas y su vista continuó en el altar y en las imágenes.

—Te envidio, ¿sabes?—Fue casi un susurro, pero Miko lo escuchó—.

Envidio tu pureza, tu inocencia incluso cuando hablas con personas como yo.

—Sasha se enfocó en él—. Tus ojos diáfanos, ese verde incorruptible que puede dar paz y pasión ardiente al mismo tiempo.

Envidio tus lágrimas porque puedes llorar cuando sientes dolor, pero también cuando te invade el placer.

Envidio todas tus facetas, chinito. Eres un ser extraordinario.