23 ¿A qué le temes?
Fráncfort del Meno, Alemania
Cuatro días después.
Las luces de algunas velas cerca del altar daban un aspecto más íntimo a la iglesia.
Era maravillosa de noche, transmitía paz y sobre todo amor.
Miko siempre se sintió a gusto allí, y pese a lo sucedido con los asesinos, decidió que eso no lo iba a amedrentar.
Había anochecido, y él se sentó en el primer banco intentando reflexionar en lo que se había convertido su vida.
Había regresado a las actividades el día anterior.
Su cuerpo se recuperó sin problemas, las marcas violáceas y rojizas comenzaron a atenuarse con el paso de los días.
Volvía a ser él, al menos en su aspecto físico.
Llevaba cuatro días durmiendo en el sofá de la sala. No era lo ideal debido a que era pequeño, pero todo era mejor que seguir compartiendo la cama con Sasha. El hombre no iba a ceder su espacio, es más, se lo había dejado más que claro, entonces Miko no tuvo alternativa.
Quedarse con Sasha en una misma cama era demasiado. Miko dudaba de su autocontrol, ¿cómo no hacerlo si ese hombre, con una mirada, destruía toda su seguridad y convicciones?
No le dio más vueltas al asunto y optó por la salida más fácil. Alejarse de él. El hombre se mantuvo en silencio, no se burló y ni siquiera lo cuestionó. Miko luego lo entendió ¿Por qué lo haría si nada de lo que sucedió significó nada para él?
Miko tenía la biblia en la mano, la acarició despacio por los bordes, con la punta de su dedo índice.
Su mente estaba vacía de pensamientos. No sabía por dónde empezar a hablar con Dios.
Lo había intentado en la misa, pero fue incapaz.
Se deleitó con la belleza de Cristo delante de él y la manera en que su imagen le llenó el corazón.
Era una imagen cruda, en aflicción, pero sus ojos mirando al cielo, seguro y convencido de que algo mejor vendría, que esa decisión era la correcta.
—Desearía tener tu fuerza, cómo me gustaría parecerme más a ti—musitó Miko en medio de la penumbra.
Siempre encontraba algo nuevo en la estatua, era como un niño que nunca pierde su capacidad de sorprenderse—.
Perdóname por haberte dejado de lado, por haber interpuesto mis deseos, perdóname—Miko lloró y agradeció una vez más, como tantas otras veces.
Los pasos en el piso de madera le revelaron que no estaba solo y en las penumbras apareció él.
Sasha se sentó a su lado en silencio. No fue incómodo, ni culposo, solo un momento en el que ambos contemplaron lo mismo.
Llevaban días sin hablarse, Miko desconocía cómo actuar cerca de él, así que prefirió el silencio.
—¿De verdad creía que podía salvar el mundo sacrificándose?
Fue una pregunta que le atravesó el pecho a Miko, porque él también lo había pensado en incontables oportunidades. Sasha, que no tenía pelos en la lengua, la había lanzado y puesto sobre la mesa.
Miko no respondió de inmediato. Ambos escucharon sus respiraciones, y continuaron allí, sin prisa, como si el tiempo se detuviera.
—Hay una historia que mi tía me contó cuando era niño, poco antes de huir a Europa.
— Miko habló y se humedeció los labios—.
Era una novela, no recuerdo su nombre, pero recuerdo todo lo que me hizo sentir como en ese momento.
Es increíble la manera en que el cerebro se torna selectivo y crea anclajes emocionales que nos acompañan toda la vida.
—El sacerdote recorrió con sus dedos la biblia.
»Sucedió en Bélgica en el siglo XVIII. Había un niño llamado Nello que quedó huérfano a la edad de dos años.
No tenía otros familiares conocidos, así que, terminó en casa de su abuelo que vivía en el campo.
Su abuelo tenía algunas vacas y se dedicaba a vender la leche en el pueblo.
Caminaban varios kilómetros junto con su caballo y su carro para hacer ese trabajo.
En uno de esos viajes, encontraron a un perro al cual habían golpeado hasta dejarlo al borde de la muerte.
Ambos lo adoptaron y se tornó inseparable con Nello.
Al perro lo llamaron Patrasche. Hacían el recorrido todos los días al pueblo.
Nello amaba la pintura y tenía una gran capacidad para ello a pesar de que era analfabeto.
Era un niño alegre, a pesar de su vida difícil.
En uno de los duros inviernos que tuvieron, su abuelo se enfermó de gravedad y murió.
»Nello quedó a la deriva junto a Patrasche.
La única persona mayor que se preocupaba por él había muerto.
Como Nello anhelaba ser pintor se enteró de una exposición en la Catedral de Amberes en dónde, por primera vez, exhibirían «El descendimiento de Cristo» y «La elevación de la Cruz», dos obras que pertenecían a Rubens.
Nello no tenía dinero para ir, se había quedado sin casa y lo único con lo que contaba era su perro.
Había perdido todo por lo que, en Nochebuena, decidió ingresar a la iglesia a escondidas cuando estaba vacía junto a su perro y pudieron observar las pinturas como tanto deseaba.
Las temperaturas fueron tan duras que, a la mañana siguiente, Nello y Patrasche fueron encontrados en un banco en frente de las pinturas, ambos abrazados. Habían muerto congelados.
Los ojos de Miko estaban llenos de lágrimas. Sasha no lo observó.
—Es solo una historia, padre Subaru.
—Lo sé, créeme que lo sé—Miko sollozó—, pero ¿ese no ha sido el final de millones de niños a lo largo de nuestra historia?
Muriendo congelados, abusados, asesinados, y las personas dándole la espalda.
Nosotros mirando a otro lado mientras esas pobres almas sufrían ¿Qué nos pasa, Sasha? ¿Por qué somos así?
Sasha dio un suspiro profundo, y, esta vez, se enfocó en Miko.
—¿Es que ese tipo crucificado frente a ti no te enseñó nada? No puedes cambiar el destino de los demás y tampoco salvar al mundo. ¡No puedes! ¡Deja de torturarte con eso! Dios, eres insoportable.
El hombre estaba enojado. La bondad de Miko era como una bofetada en su cara.
—Quizás mi psicóloga tenía razón.—Miko no negó todo el razonamiento de Sasha—. Tal vez ,me veo a mí mismo en cada niño que sufre, quizás siempre creí que lo había superado y ni siquiera estoy cerca.
Sasha volvió su vista hacia el altar.
—Eres demasiado bueno, chinito.—Sasha apretó los dientes—.
Tener un corazón así de grande es un problema tarde o temprano.
Estás condenado a sufrir, y es como si aceptaras la condena con felicidad.
La pregunta no es qué le pasa a la humanidad, la cuestión es, ¿qué te ocurre a ti?
¿Piensas que siendo bueno recibirás algún tipo de dádiva?
¡No! ¡Al contrario! ¡El mundo se encargará de aplastarte con más fuerza! ¡Iluso!
Las lágrimas no dejaban de correr en el rostro de Miko.
—¿Qué te sucedió a ti?
—¿De qué hablas?—Sasha respondió a la defensiva.
—Tú no naciste siendo malo, ni siendo un asesino despiadado. Dime lo que quieras, niégalo como te plazca, pero, por segundos, puedo verte. Te enojas conmigo porque perdiste la fe, pero antes de perderla, la tuviste.
—Deja de hablar mierda.
Miko se limpió el rostro húmedo.
—Sí, son destellos muy leves, como pintitas de luz en medio de la gran oscuridad que te rodea.
Sasha se carcajeó.
—¿Qué pasa, padrecito? ¿Te quieres convencer de que no te follaste a alguien tan malo? ¿Es eso? ¿Todo el problema es por el polvo?
—No intento convencerme de nada, ya te dije además que me gustó. Fue una decisión que tomé al igual que las que tomaste tú al tornarte de este modo.
—Bien, creo que ya oí suficiente.
Sasha quiso ponerse de pie y Miko lo sujetó con fuerza del brazo.
—¿Cuándo perdiste tu corazón?
Miko pensó que jamás encontraría la respuesta, pero, una vez más, este hombre lo sorprendía de maneras inimaginables.
—No fue algo de una sola vez.—Sasha confesó—. Fueron una sucesión de hechos que me mostraron el mundo tal cual es, algo que tú te niegas a admitir padre Subaru, por eso te siguen pasando todas estas vicisitudes, a ti te gusta vivir así, a mí no.
—Cuéntame.—Miko replicó sin caer en sus provocaciones. Ya sabía cómo funcionaba Sasha cuando se sentía acorralado en una conversación incómoda—¿Cómo se llamaba?
Los ojos de Sasha se abrieron, pero de inmediato se recompuso.
—¿Por qué no te metes en tus propios asuntos?
—Acabo de contarte algo muy íntimo, un retacito de tela de dolor escondido en mi corazón.—Miko señaló—. No te has reído ni burlado, quiero mostrarte que yo también puedo conservar un secreto tuyo.
Sasha puso los ojos en blanco y rio una vez más. Era una risa genuina, ese sonido era hermoso para Miko. El sacerdote se preguntó cuánto tiempo había ocultado esto que ahora ardía en su pecho.
—Ya conoces bastante de mis secretos, y cada vez que abro una puerta le pones un clavo más a tu ataúd, chinito.—Sasha se argumentó—¿No te basta con que la Yakuza quiera tu culo para agregar a los Wagner?
Miko tragó saliva al escuchar de esa partida de mercenarios con los cuales nadie quería meterse.
—Estoy en calma con la idea de que mis días están contados, siempre lo estuvieron desde el momento en que me engendraron.
No tengo miedo, Sasha. La pregunta sería, ¿por qué tienes temor de compartir tu intimidad conmigo?
Y no me vengas con la historia de que has estado dentro mío y no puede volverse más íntimo que eso.
—Miko ya deja de …
—¿A qué le temes, Sasha?—Miko interrumpió.
—Yo no tengo miedo. Lo perdí hace años.
—Dime cómo lo hiciste, dime por quién te volviste este ser irrompible frente a mí.
Sasha se rascó la barbilla.
—Te encanta jugar al sacerdote conmigo, ¿verdad?
—No, solo quiero ser tu amigo.
—Un hombre que nunca pierde la fe.—Sasha dijo con socarronería.
—La fe es lo único que me mantuvo en pie, Sasha Kozlov. La pregunta es, ¿qué ha sido aquello que te tuvo en pie a ti después de todos estos años?
—No es una historia bonita.
—Ninguna historia real lo es, pero es tuya y me gustaría escucharla.
—Esto no va a cambiar nada, chinito.
—Lo sé, nunca esperé que cambiaras por mí, Sasha, y, aun así, te he aceptado en mi vida, en mi cama y en mi cuerpo. Voy a hacer de nuevo la pregunta porque eres talentoso en evadirla, ¿a qué le tienes tanto miedo?
El hombre sentado al lado del sacerdote, por primera vez había perdido todo el control.
Hacía tanto que no hablaba de esto, de hecho, escapaba de su memoria que lo hubiera hecho con alguien alguna vez.
De pronto, el frío congeló sus entrañas y de nuevo estaba allí.
Su amor le sonreía y todo parecía un sueño, uno que le arrebataron en un abrir y cerrar de ojos.