Sacrílego (Prohibidos 1) 22 Peligroso
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22 Peligroso

—¿Hasta cuándo debo esperar que muevas el culo, Martin?

Sasha ladró y Martin dio un suspiro.

—¿Sabes lo que me está costando tender las líneas, imbécil? ¡Nadie quiere darnos una mano! Novikov nos ha cerrado todas las puertas! Ha amenazado a todo el mundo y nadie con medio cerebro cuestionaría una de sus órdenes. Claro, nadie con un gramo de cordura, por eso tú estás excluido.

Sasha caminó de un lado a otro en la minúscula habitación y se afirmó a la pared.

—Tengo que salir de aquí. Las cosas se han complicado.

—¿A qué te refieres?—La cara de horror de Martin casi divirtió a Sasha, casi— ¿Cómo podrían ponerse peor?

¿Qué parte debía contarle? ¿Qué parte debía omitir? Sasha dio un suspiro.

—El padre Subaru es hijo de Jun Matsudaira ¿Sabes de quién estoy hablando?

La cara de Martin Campbell decía todo.

—¿Jun Matsudaira?—Sus ojos estuvieron a punto de desorbitarse cuando descubrió la verdad—¿Un Yakuza ? Imposible, ¿cómo pudo pasar eso?

—Es una historia algo complicada. Jun abusó de la madre de Miko y la mujer se embarazó.

Jun murió esa noche por una herida ocasionada por Subaru, el esposo de la mujer, pero la cosa no terminó ahí.

El viejo Oyabun siempre quiso matarlo y Miko huyó hacia Europa cuando tenía solo cinco años. Aquí se crio.

—Bueno, el viejo ahora está muerto. No debería ser un problema ahora.

Sasha se rio de la ingenuidad de su amigo. Increíble que este tipo fuera uno de los mayores traficantes de armas ¿El amor te volvía menso?

—Al parecer el nuevo Oyabun quiere seguir el mismo camino, porque dos Yakuza nos visitaron anoche.

Martin se cubrió el rostro.

—No me digas que los mataste.

—Por supuesto, los enterré lejos de aquí y limpié la escena del crimen como siempre.

Martin quería decirle muchas cosas, pero era en vano.

—Sasha, ¿por qué carajo te has metido en esto? ¿Por qué no dejaste al sacerdote lidiar con sus propios muertos? ¡Tú ya tienes un cementerio para hacerte cargo!

—Atacaron al padre Subaru—replicó Sasha a modo de excusa—, él todavía me sirve mientras esté aquí, por eso intervine.

Martin frunció el ceño.

—¿Me estás diciendo que tú, Sasha Kozlov, que jamás ayudaste a nadie, te conmoviste por un tipo que no volverás a ver jamás en la vida?

Sasha lo fulminó con la mirada y no fue por la reprimenda, sino por el hecho de pensar en que nunca más vería a Miko.

—Si hicieras bien tu trabajo, yo no debería complicarme la vida con el curita, Campbell, pero mientras comparta su techo y coma su comida, le debo.

Su voz sonó firme, sin un mínimo titubeo o duda en alguna letra. Martin chasqueó la lengua.

—Hago lo que puedo, has hecho el trabajo muy difícil amigo, y ahora esto. Sabes que los Yakuza no se quedarán con los brazos cruzados. Si tienen al cura en la mira, pasarán por encima de ti o quien sea con tal de cumplir sus objetivos.

—Estoy preparado para lo que venga. No me voy a morir antes de ver la cabeza de mis enemigos goteando sangre en mis manos. Quiero que me consigas todo lo que sabes del nuevo Oyabun.

Martin negó y sus dedos se enredaron en su cabello.

—No vas a poder enfrentarte a ellos tú solo.—Martin advirtió—. La próxima vez no serán dos asesinos. Los japoneses son meticulosos, no hay errores de cálculo. Esta vez, no podrás.

Sasha sonrió con un aire de desafío.

—Lo peor que hiciste fue decir que no puedo , eso solo me da la fuerza para dejarte en ridículo a ti, y a todos esos hijos de puta.

Martin le dio una sonrisa de labios cerrados.

—Estás más loco que una cabra, pero estimo que a esta altura no es una novedad para ti.

Sasha se rascó la barbilla.

—Consígueme toda la información sobre el nuevo Oyabun , del resto me encargaré yo.

—Amigo—Martin dio un suspiro—, es un secreto a voces de que es un monstruo peor que su padre.

—Eso es fantástico, ya estoy harto de discutir con un ángel, ni siquiera es un reto.

Martin chasqueó la lengua.

—Todavía no entiendo cómo el padre Subaru no ha huido.

—Es fácil. No tiene a dónde ir y hoy está vivo gracias a mí.—Sasha señaló—. Me debe tanto como yo a él, y ,mientras no pierda de vista eso, estaremos bien.

Martin asintió.

—Sé que soy un hijo de puta al pedirte paciencia, pero es todo lo que puedo decirte en este momento.

Sasha contuvo los insultos.

—Apresúrate, Martin. El tiempo se me agota y la poca paciencia también.

—Lo sé, amigo. Cuídate. Estamos en contacto.

—Nos vemos.

***

Barrio residencial Den en Chofu, Tokio. Japón.

El golpe sobre el escritorio fue tan estruendoso que la mujer sentada en el sofá a metros de él dio un salto, luego vino otro y otro, hasta que el tipo se puso de pie y pateó el opulento escritorio de madera que había sido usado por la familia por siglos.

—¡Bastardos!

Kaname gritó con toda la rabia que llevaba acumulada. Los ataques de ira eran tan frecuentes en el último tiempo que su esposa ya no huía de ellos, al contrario, buscaba la manera de conciliar, a pesar del miedo.

—Kaname, por favor.—La mujer se acercó y lo abrazó. El hombre quiso apartarla, pero se contuvo. El labio inferior le temblaba de rabia y decepción.

—¿Es que nadie en este lugar puede hacer un trabajo tan simple?

—Kaname se dio media vuelta y se colocó de frente a su esposa para sostenerla de los hombros.

La mujer lo observó con miedo. Era un sentimiento que todavía no alcanzaba a procesar.

Siempre hubo amor, a veces, comprensión o incluso lástima, esas eran las emociones que habían llenado sus intercambios, sus conversaciones y los silencios.

Ahora, Kaname se mostraba irreconocible incluso para la mujer con la que compartía su cama—.

Déjame solo—espetó y la mujer no tuvo más alternativa.

Kaname se humedeció los labios y bufó cuando la mujer abandonó el despacho. Llamó por teléfono a sus saiko koman y gritó.

— Oyabun .

—¡Los quiero a todos en mi despacho en diez minutos!—Los pulmones lanzaron todo el aire de una forma violenta y rápida.

—De inmediato, Oyabun .

Kaname se rascó el rostro con rabia, lo hizo con tanta fuerza que su tez adquirió una coloración blanquecina.

Sus dedos tamborilearon sobre el escritorio con impaciencia.

Con el devenir de los minutos, los hombres fueron llegando y se ubicaron en diferentes lugares del enorme despacho.

El agua de la cascada exterior se escuchaba desde allí, aun así, se asemejó a una gota que no apaciguó el incendio que brotaba del jefe.

—Acabo de recibir un mensaje en donde me confirman que dos de nuestros mejores hombres han desaparecido en Alemania.

—Los dedos se presionaron sobre la madera—¿Alguien tendría la amabilidad de explicarme qué está sucediendo?

—La voz de Kaname fue calma, una tensa calma, el ojo del huracán—¿Cómo pasó esto?

¿Cómo es posible que mi sobrino, que es un muchachito escuálido y tonto, lograra quitarse de encima a dos asesinos entrenados?

¿Alguna excusa? ¡Alguna explicación coherente!

La voz tronó en el despacho, todos temblaron.

—El sacerdote no está solo—respondió uno de los hombres que llevaba más tiempo en ese trabajo.

Kaname frunció el ceño. El hombre miró a otro de los consejeros y este le acercó el celular con algunas fotografías.

Kaname lo observó. En la imagen aparecía un enorme hombre rubio—.

Ese tipo se está quedando con el padre Subaru, aún se desconoce si es un pariente o un amigo, pero creemos que él tuvo que ver en la desaparición de nuestros hombres.

Kaname dio un enorme suspiro.

—¿No puedo obtener mi venganza tranquilo?

¿No puedo obtener mi paz? ¿Es que acaso no la merezco?

—Los hombres no supieron si eran preguntas retóricas o Kaname necesitaba una respuesta.

Guardaron silencio como hacían la mayor parte del tiempo.

Desatar su furia no era una alternativa—.

Quiero que averigüen hasta lo que ese hijo de puta come—ordenó entre dientes—.

Tráiganme a mi sobrino como les ordené, de lo contrario, ustedes van a ocupar su lugar. ¿Me escucharon?

—Sí, Oyabun . Haremos todo lo que está en nuestras manos.

Kaname le sonrió, un segundo después abrió el cajón de su escritorio, sacó un arma y le voló la tapa de los sesos delante de todos sus consejeros.

—¿Escucharon sus palabras?—indagó con su mano izquierda temblando mientras se arreglaban su ceja—.

No quiero que hagan lo posible, quiero que se vuelvan fantasmas o demonios si es preciso para obtener a Miko Subaru.

No me importan los límites, rómpanlos y ejecuten mis órdenes ¿He sido claro o necesitan una nueva advertencia?

—No es necesario, señor—alegó otro de los saiko koman .

Kaname acarició el arma que ahora descansaba sobre el escritorio.

—Ahora, retírense. No me molesten hasta que tengan toda la información del gorila albino, y mi sobrino esté en sus manos.

Sus lacayos se agacharon haciendo una reverencia y abandonaron el despacho. Kaname tensó la mandíbula y golpeó el escritorio una vez más con toda su furia. La adrenalina lo recorrió junto con la ira. El final estaba cerca. Podía olerlo y él saldría victorioso, como siempre debió ser.