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La luz solar dio de lleno en su cara y Miko se despertó de manera repentina.

Sus ojos entrecerrados apenas se acostumbraban a la iluminación de su habitación.

Las voces en la cocina lo hicieron tragar saliva.

Las imágenes de la noche más tenebrosa y placentera de su vida llegaron a su mente como ráfagas de un huracán a trescientos kilómetros por hora.

Apartó la sábana y se cubrió la boca. La prueba de su locura estaba tatuada en cada parte de su ser.

Miko se paró y volvió a sentarse, las piernas apenas lo mantendrían en pie.

Miró al reloj, tenía una reunión importante dentro de una hora y media ¿Cómo iba a presentarse cojeando?

La gente haría preguntas. El miedo, por primera vez después de varias horas, recorrió su columna vertebral, ¿y si la respuesta a las preguntas de la gente estaba escrita en su cara?

Había roto sus votos de castidad de manera irreversible, no sintió culpa, ni remordimiento solo tres orgasmos increíbles que lo dejaron temblando y lo peor, despertaron en él un hambre desconocido, una voracidad que solo podía saciarse de una manera.

«¿No es eso lo que habías deseado la primera vez que lo conociste?».

Ahora todo era nítido como un cristal. La curiosidad había llevado al miedo, el miedo, por algún motivo retorcido, se transformó en deseo y el deseo desencadenó una lujuria insaciable.

Miko no estaba seguro si podría mirar a Sasha Kozlov de nuevo, no por vergüenza, sino porque ese hombre removía cosas impensables en él, emociones que habían estado en un letargo y deberían haberse quedado allí.

La puerta se abrió y Miko se congeló. Sasha se detuvo en la puerta del dormitorio. Miko se cubrió con las sábanas.

—Al fin despertaste.—Sasha dijo sin dejar de escrutarlo.

—Tengo trabajo que hacer.

Sasha arqueó una ceja.

—Le dije a Anastasia que estabas enfermo. Pondrá un cartel de que hoy no se realizarán actividades.

Miko frunció el ceño.

—¿Cómo te atreves a hacer eso? Es mi iglesia. Yo decido sobre…

—Apenas puedes moverte.

Miko tragó saliva.

—¿Cómo lo sabes?

Sasha le dio una sonrisa socarrona.

—Porque no me contuve ni siquiera un poco.

El arrebol tiñó las mejillas de Miko. Le había encantado que no se contuviera, que no supiera lo que significaba el término piedad.

—Voy a tomar unos analgésicos y estaré bien. Deja de meterte en mis asuntos y ahora sal de aquí, debo vestirme.

Sasha frunció el ceño y luego se carcajeó.

—¿Es broma? ¿Qué quieres esconder de mí?

Miko negó y soltó la sábana, se levantó y sintió que las piernas apenas lo mantenían en pie.

Reprimió el dolor en sus caderas y se mantuvo erguido.

Dio pasos hacia el armario para buscar su ropa y cubrir su desnudez.

Sasha acortó la distancia que los separaba.

Lo próximo que Miko supo fue que estaba con su espalda contra el armario y su boca en posesión de la de Sasha.

Miko gimió de rabia y falta de voluntad.

Su brazos fueron al cuello del tipo y lo acercaron más a su cuerpo.

Sasha lo asió del culo y lo levantó. Miko gritó de dolor y sus piernas se enredaron en la cintura del hombre.

Sus miradas confluyeron, estaban tan excitados que sus ojos parecían negros, dos bestias en celo en medio de un ritual de apareamiento perpetuo.

—Eres mío, tomo decisiones por ti porque me has dado ese derecho.—Sasha susurró sobre su cuello—. Ya le dije a Anastasia que se largara, así que, vuelve a la cama.

—No.—Miko buscó alejarse, pero la boca de Sasha hacía la tarea imposible—. Sasha, esto no puede seguir pasando.

—¿Por qué no?

Miko abrió la boca molesto.

—¡No me preguntes eso cuando sabes la respuesta!

—Un beso, otro y otro. Sasha lo cargó hasta la cama donde lo arrojó.

Miko abrió las piernas como lo hizo varias veces esa madrugada.

El mercenario se posicionó entre ellas y sus erecciones entusiastas y dispuestas se levantaron.

Se mecieron juntos, era tan molesto que el hombre estuviera vestido.

Un segundo de conciencia. Miko estaba a punto de romperse una vez más—.

Le he consagrado mi vida a Dios como tú lo hiciste a la guerra. No es negociable.

Sasha bufó.

—Hiciste un voto con Dios, le diste tu alma y está bien, no estoy interesado en ello, lo que deseo probar de nuevo es tu cuerpo y, te guste o no, sientes lo mismo.

Deseas esto, estás duro, maldita sea.—Miko le asió el cabello con fuerza.

Sus dedos araron sobre su cabeza y sus bocas chocaron una vez más.

Sasha se burló y le besó el cuello—¿Por qué no dejas de fingir?

¿Por qué pretendes ser algo que no eres?

Miko lo empujó y se sentó en la cama.

—No lo entiendes. No se trata solo de Dios sino de mí mismo, de mi labor, las actividades a las que les he consagrado mi vida ¡Eso no debería haber pasado! ¡Fue un error!

—No, chinito.—Sasha replicó—. Un error es olvidarte de comprar café en el supermercado. Esto fue una decisión, tu decisión, padre Subaru. No seas un puto cobarde, y no te atrevas a responsabilizarme. Puse mis cartas en la mesa y tú las tomaste, así de simple.

Miko tensó la mandíbula, estaba acorralado.

—Tienes razón.—Miko se levantó de la cama—. Fue una decisión que traerá consecuencias, sobre todo en mi conciencia. No me voy a equivocar de nuevo. Se terminó.

Sasha afirmó su espalda en el respaldo de la cama y se cruzó de brazos.

—Es lo que nunca entenderé de la gente como tú.

—¿Gente como yo?—Miko preguntó confundido.

—Los santurrones, los que se creen por encima de los demás con su moral intachable, mirando desde su pequeño altar a todos nosotros.

Miko se rio sin humor.

—¿Cuándo te he menospreciado?

—Me has dicho bestia, demonio y no sé cuántas cosas más, sin embargo, estabas desesperado por abrirme las piernas y sentir mi verga en tu culo, eso te hace mucho peor que yo.

Miko hizo de sus manos puños. La rabia llenó su torrente sanguíneo.

—Mis votos son sangrados. Sí, ríete cuánto quieras, pero lo siguen siendo, creo firmemente en todo lo que hago, en los pequeños cambios, en que Dios me ha recompensado con un lugar en donde puedo mejorar vidas, en donde puedo generar una sonrisa.

En cambio, tú, ¿que tienes? ¿Qué has logrado?

¿Quién te recordará con amor cuando ya no estés en este mundo?

¿Cuánto ayudaste a cambiarle la vida a los demás?

Sasha pasó su lengua por su labio inferior.

—Me follé a un ángel y lo hice venir tres veces , lo hice romper cada maldito voto hipócrita y le mostré el mundo tal cual es.

Miko abrió y cerró la boca varias veces, Sasha lo dejaba sin palabras demasiadas veces.

—No voy a negar que lo ocurrido me gustó mucho y lo disfruté, y sí, fue mi decisión, pero no voy a limitarme a ella ¿y la tontería que acabas de decir? Felicitaciones, un gran legado Kozlov. De seguro pasarás a la posteridad por eso.

Sasha se hizo hacia adelante en la cama.

—No me interesa que el mundo me recuerde, en este momento, solo me conformo con haber marcado tu vida para siempre.

En superar a Dios en tu cuerpo por algunas horas y que solo eso me bastara para verte temblando y deseoso por mí como lo sigues estando ahora, incluso cuando juras y perjuras que no volverás a estar debajo de mí.

»Eres mío, padre Subaru, mucho más que de Dios. Si no lo reconoces, es tu problema, y como bien dijiste, ni siquiera podrás confesarlo porque en el fondo, no hay una pizca de arrepentimiento en ti.

Miko sacudió la cabeza y buscó su ropa.

—Estás loco.

—Sigues teniendo una erección después de todo lo que te he dicho. Dime, ¿quién es el loco?

Miko frunció los labios conteniendo un insulto. No le daría el gusto a este infeliz.

—No volveré a romper mis votos por ti, incluso si eso me cuesta la vida.

Sasha le dio una mirada seductora a cada porción de su cuerpo.

—Será mejor que te vistas, padre Subaru, si no quieres que te tome allí mismo y no puedas caminar en un mes.

Miko abrió la boca con horror, el escalofrío lo recorrió del cuello al coxis. Se apresuró a vestirse a pesar del dolor. Salió de la recámara y corrió hacia el patio. Necesitaba aire, se estaba mareando, asfixiando al estar en una misma habitación con su captor.

«¿Tu captor o tu amante?».

Miko se paró en medio del patio y se cubrió el rostro.

Sabía que el momento llegaría, el instante en que su conciencia le daría un golpe peor que los de Mayweather.

«Mis votos son sagrados».

Era un maldito mentiroso. Un promiscuo y mentiroso. Le dolía tanto la verdad.

«¿Te arrepientes?».

El sacerdote se mordió la lengua ¿Sería capaz de darle una respuesta a esa pregunta?