19 Lujuria
El cabello negro y húmedo caía sobre la suave almohada blanca después de una ducha.
Las lágrimas resbalaron por los costados de los ojos mientras Miko se mantenía enfocado en el techo.
Arqueó la espalda y dio un gemido cuando Sasha succionó su miembro tan fuerte que lo dejó al borde del desmayo.
Jamás se imaginó estar en una situación así, en su mente nunca estuvo la idea de romper sus votos de castidad y mucho menos con un hombre, con un asesino.
«Un asesino que te ha salvado esta noche».
La manera en que había enfrentado a los Yakuza , su destreza y masculinidad, sus músculos flexionados en el esfuerzo, en la lucha. Miko llevó su cara a un costado y volvió a gemir cuando Sasha abandonó su pene con un sonido tan erótico que colmó sus oídos.
—Mírame.—La voz firme y ronca, cargada de deseo estremeció a Miko quien se encontró con la mirada de Sasha—. Tus ojos en mí hasta que te vengas en mi boca.
El sonrojo tiñó no solo sus mejillas sino también su pecho, la vergüenza era tal que apenas pudo obedecer.
Los ojos verdes grisáceos eran tan profundos e intensos.
Una fuerza que atraía a Miko sin retorno.
Sasha rodeó el glande con la lengua y sus dientes mordieron la punta, primero de manera cuidadosa, luego ejerciendo presión.
Dolió, Miko gimió en una mezcla extrema de dolor y placer cuando el mercenario se tragó su pene una vez más.
Sasha recorría con su boca desde la punta hasta la base, su cabeza bajaba y subía, un movimiento lento, sin prisa, pero sin pausa, como si el mercenario supiera que sería la única vez, como si planeara disfrutar cada segundo de su cuerpo.
El vello púbico le hizo cosquillas en la nariz cuando su boca se abrió al límite y atrapó el pene de su amante por completo.
Sasha tenía un talento único para el sexo oral, lo disfrutaba, no se sentía egoísta en darle tanto placer al otro como él lo estaba recibiendo.
Sasha tenía en su mano la verga gruesa sobre la que deslizaba su mano, la cual alternaba entre su pene y el de Miko.
Los fluidos mezclados le daban una lubricación ruidosa.
—Sasha.—La voz de Miko se quebró. Estaba al borde del orgasmo, su cuerpo se asemejaba a un sensual acordeón que se contraía al calor de su lengua y sus besos.
La cabeza de Miko se vació de todo pensamiento, a excepción de la cavidad tibia y húmeda en la que se hundía sin tapujos.
Miko se mordió el labio inferior y apuñó las sábanas a los costados.
Sasha estaba entre sus piernas, con su lengua talentosa que encontraba puntos erógenos en lugares que Miko ni siquiera sabía que tenía.
«¿Podrás apartarte de esto?».
La visión de Miko se tornó blanca, el calor corrió por su cuerpo como un fogonazo que lo quemó desde la punta de los dedos de los pies hasta el último cabello de su cabeza.
El orgasmo estalló en la boca de Sasha quien cerró los ojos y lo recibió gustoso.
La respiración agitada de Miko, sus piernas que temblaban por los espasmos mientras acariciaba con delicadeza el cabello húmedo de su amante.
Sasha se separó de su pene, abrió la boca y sacó la lengua, la esencia blanca y espesa teñía su lengua y se deslizaba hacia afuera cayendo sobre el pene de Miko una vez más.
—¿Sabes? No soy muy adicto a la leche, pero la tuya me gusta.
Era un guarro, un maleducado de primera, era el hombre que lo había desarmado en un orgasmo, así que Miko se guardó todos los calificativos. Sasha volvió a devorarlo, Miko gimió de una manera intensa y seductora, pronto estaría erecto de nuevo.
Sasha jugó con sus testículos, los apretó y se los metió a la boca para luego succionarlos, lo exploró como si se tratara de un territorio, el cual, apenas había conquistado, había que profanarlo de todas las maneras posibles, llegar a los lugares que nadie más llegaría.
—¿Te gusta cómo te chupo, padre Subaru?
—Cállate.
Fue como un interruptor, el clima caliente se congeló y Miko buscó zafarse de su agarre. Sasha rio y lo arrojó sobre la cama, se posicionó sobre su cuerpo, ambos estaban desnudos, la piel ardiente de su captor se fusionó con la suya y Miko detuvo las ganas de huir de la cama.
—Vamos, es solo una bromita.—Sasha le dijo al oído y le chupó el lóbulo de la oreja—. No me digas que esto no es tremendamente sensual y prohibido.
Miko cerró los ojos cuando Sasha le dio un chupetón en el cuello, luego otro, y otro, la lengua del hombre se paseaba por su piel como si lo conociera desde siempre.
Miko rodeó el cuello de su amante con los brazos y lo atrajo hacia su boca.
Sasha lo pulverizó con un beso. Su manera de besar no dejaba dudas de quién era el dominante y el experto ahí.
La mano derecha de Sasha acarició la cadera, entretanto sus labios seguían moliéndose contra los de Miko.
El sacerdote lo mordió tan fuerte que la sangre se mezcló con la saliva.
Sasha rio y le dio un lametón, lo había hecho a propósito, se estaba cobrando lo de horas antes.
—¿Te gusta jugar, Miko?—Sasha le mordió el mentón con fuerza y su amante chilló—. Yo voy a enseñarte cómo se hace.
Sin mediar palabra, Sasha se sentó sobre sus talones en la cama y lo giró como si se tratara de una muñeca de trapo. La ansiedad recorrió el torrente sanguíneo de Miko, la incertidumbre, el deseo, ¿qué tenía este hombre para destruir todas sus defensas?
Una nalgada provocó que Miko se aferrara a la almohada, luego otra, y otra, la lengua chupó en sus pantorrillas, serpenteó sobre las piernas hasta llegar a las nalgas, sobre las cuales enterró los dientes.
Miko gimió, los dientes quedaron tatuados en la piel blanquecina y perfecta, Sasha volvió a golpearlas, y alternó entre la derecha y la izquierda.
Se recostó sobre el cuerpo temeroso y ansioso debajo de él, no tuvo cuidado, nunca lo había tenido y no empezaría ahora, sin importar que Miko pareciera frágil.
Lo que le había contado le dio pruebas al mercenario de que el muchacho era sensible y bueno, pero no débil, y mucho menos lo sería para el placer.
Su boca chupó el lóbulo de la oreja una vez más y su cuello.
—¿Te lavaste como te dije?
—Sí—respondió Miko y se mordió el labio inferior.
—Ese es mi chinito.
Miko estaba por insultar, pero la lengua y los chupetones de Sasha lo tornaron una tarea imposible.
Sasha descendió por su columna vertebral, la salpicó de besos firmes y posesivos, chupetones que marcaban cada espacio de esa tierra virgen que ahora le pertenecía, y pobre de aquel que buscara invadirla.
Un beso, otro y otro, la lengua se robó toda la atención de Miko cuando se dirigió hacia el sur y desembocó en medio de sus nalgas.
Su agujero se contrajo con anticipación.
Nada preparó a Miko para lo que venía, nada lo preparó para el estallido de placer que se desató en su torrente sanguíneo cuando Sasha lo penetró con su lengua.
Contuvo sus gemidos en la almohada, el reloj de pared marcó una nueva hora, y Miko deseó que el tiempo se detuviera, que la noche se tornara eterna y que Sasha jamás abandonara el lugar del que estaba adueñándose.
Miko levantó las caderas con urgencia, la lengua aleteaba sin descanso y rodeaba su entrada. Sasha sacudió la cabeza y el muchacho gimió como nunca ¿Todo sería así con este hombre?
Sasha lo folló con la lengua de manera implacable, ingresó en su agujero, el cual se estrechó, los músculos se apretaron de una manera tan deliciosa que Sasha pensó en lo que haría con su verga, en la manera en que ese culo le ordeñaría hasta la última gota de semen.
Su miembro se sacudió ante la idea, el mercenario se apretó el pene para frenar su orgasmo.
Había un solo lugar en el que terminaría, en el que se derramaría hasta la última gota.
Miko lloriqueaba desesperado, las lágrimas corrían por su rostro y se mezclaban con el sudor. El líquido aceitoso y espeso se derramó sobre su sensible agujero impregnado de saliva. Frunció el ceño y se giró hacia el hombre detrás de él.
—¿Eso es…?
—Sí—afirmó Sasha—, es vaselina. La tomé del botiquín de primeros auxilios de la iglesia.
—¿Le robaste a la iglesia?
—Acabo de matar a dos tipos, y me estoy follando a un cura, ¿qué te hace pensar que no cometería un pecadillo más? Además, no se vería bien comprar lubricante, los de la farmacia empezarían a chismosear y no es la idea, ¿verdad?
Miko se mordió el labio inferior y se dio la vuelta. Se aferró a la almohada húmeda debajo de él cuando los dedos de Sasha rozaron su entrada.
Había roto con todo lo que creía, había cruzado una barrera de la cual nunca volvería a ser el mismo, sin embargo, lo más desastroso y terrible de todo, fue que Miko Subaru no se arrepentía.