18 Yakuza
Miko se removió en la cama. Los truenos y los relámpagos cubrían el cielo y un vendaval azotaba sobre la ciudad. Su respiración se agitó, estaba en medio de una pesadilla, una que hacía mucho tiempo no tenía.
Se observó a sí mismo como el niño de cinco años que le temía a todo, corrió a través de los bosques que rodeaban la ciudad, miraba hacia atrás de manera constante, sus piecitos dolían por las piedras y las ramas secas que se clavaban y rasgaban su piel.
Llevaba un pijama, el mismo que usó el día en que su mundo se desmoronó, el día en que Miko Subaru murió para convertirse en otra persona, en este ser que respiraba y ponía lo mejor de sí, pero se derrumbaba a cada segundo.
Estaba cansado, pero no podía parar, detrás de él, una gran bestia de ojos rojos y tez oscura como la noche lo seguía, sus dientes eran similares a los de un tigre de grandes y afilados colmillos.
«Quiero tu sangre».
Miko gritó por ayuda, lo hizo una y otra vez a través del sueño, pero fue en vano, nadie iría a su auxilio.
Se movió con agilidad entre los árboles altos y de escasas hojas, el invierno se había asentado, lo notó por el vaho que salía de su boca.
Miko no dejó de correr, un segundo que se detuviera sería su fin.
La bestia lo seguía sin cesar, a paso firme, segura de que lo tendría, confiada de que el niño se rendiría y dejaría que lo devorara.
Miko no cedió, corrió con sus piernitas cortas a la mayor velocidad que pudo.
Su camino terminó de manera abrupta, llegó a una cascada, el agua corría cristalina y Miko observó el paisaje alrededor, el agua lo llamaba, era la única solución, pero tenía tanto miedo.
El monstruo se paró a unos tres metros de dónde estaba.
«Ríndete».
La voz oscura y gruesa de la bestia se lo ordenó.
Miko cerró sus ojos y dio un profundo suspiro.
Se debatió entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la resignación.
Miró la altura a la que se encontraba, lo más probable es que no sobreviviera ante semejante caída.
La bestia dio un par de pasos, de sus garras escurría la sangre que manchaba el suelo de tierra repleto de hojas amarrillas y marrones quebradizas.
Volteó en dirección a la cascada, hizo puños con sus manitos blancas y regordetas y entonces lo hizo, corrió hacia ella. La bestia buscó atraparlo, pero él fue más ágil. Uno, dos, tres pasos y el suelo desapareció, la caída se hizo presente y el profundo grito que abandonó su garganta.
Un ahogo y estuvo libre del sueño, Miko se sentó en la cama en una milésima de segundo. Sasha estaba a su lado, envuelto en una toalla mientras buscaba ropa interior en su bolso, el cual no había desarmado en ningún momento. Siempre estaba listo para huir y volver a empezar. Arqueó una ceja y negó.
—Mierda, padrecito. Sí que duermes como muerto a veces. Te hablé un par de veces, pero ni siquiera te inmutaste.
Miko observó alrededor ¿Había sido solo una pesadilla?
Sus ojos buscaban algún indicio de lo sucedido, de todo lo ocurrido en esa noche de tormenta.
Sasha se quitó la toalla y quedó desnudo frente a él.
El sacerdote, en un primer momento, bajó la mirada, pero la curiosidad fue más fuerte.
Sasha estaba allí, tenía un tatuaje que cubría su brazo derecho, una especie de escudo, y en su pecho, cerca de su pezón derecho la imagen de una mujer que parecía un fantasma, ojos grandes y un velo que cubría parte de sus cabellos blancos.
su pecho era firme y de aspecto suave, sus abdominales marcados de una manera que Miko jamás había visto, cada músculo era visible, uno podía ver dónde empezaba uno y terminaba el otro, tenía escaso vello, solo un leve camino de color rubio que descendía hasta su pene.
Su miembro era ancho y largo, Miko pensó en las veces que se lo había imaginado, bueno, la realidad superaba con creces sus tontas fantasías, las piernas tonificadas, y sus pantorrillas eran de hierro.
Todo el cuerpo de Sasha era músculo sobre músculo, esto no era trabajo de gimnasio, eran décadas de esfuerzo físico al punto de dolor.
Su piel era blanca, pero no tanto como la de Miko, poseía un leve tono dorado como si, en algún momento, se hubiera bronceado.
La cintura era muy estrecha, lo que permitía que su espalda luciera más ancha.
—¿Algo que quiera comentar, padrecito?
Los ojos de Miko se abrieron con asombro ante la diversión en la voz de Sasha, ¿por cuánto tiempo lo había escrutado?
—Yo, hay algo que no puedo entender.—Miko buscó explicarse, pero estaba aturdido—. He tenido una pesadilla que fue tan…
La espada tanto y los sai estaban a un costado de la cama. Los ojos del sacerdote estuvieron a punto de salirse de sus órbitas.
—¡Dios no!—gritó y se cubrió la boca, volvió a gritar y Sasha se acercó a él y lo presionó contra su cuerpo.
—¡Deja de armar un berrinche, la puta madre! ¡Ya lo solucioné!
Miko negó sin creer lo que estaba escuchando, lo que estaba viviendo.
—¿Qué hiciste con ellos?
—Me encargué de ellos como siempre hago—replicó sin mayores detalles—. No creo que tus oíditos quieran escuchar los detalles.
El estómago de Miko se revolvió, apartó a Sasha que continuaba desnudo y corrió hacia el baño en donde vació el escaso contenido de su estómago, se sujetó al inodoro y las arcadas no lo abandonaron. Sasha se afirmó en el umbral de la puerta de brazos cruzados.
—¿Se puede saber por qué carajo te persiguen los Yakuza ?—Una pregunta directa y sin filtro. Se conocían demasiado para andar con rodeos a esas alturas.
Miko se limpió la boca, se enjuagó y se secó con una toalla. Quiso pasar, pero Sasha, para variar, no se movió.
—Tú no me has contado nada de tu vida, excepto las muertes que te persiguen, ¿por qué debería hacerlo yo?
—Sasha se irguió, caminó hacia el sacerdote y lo asió del cabello, luego dieron pasos hasta que el culo de Miko dio sobre el lavabo, estaba acorralado—.
Suéltame.—Miko dijo en voz firme, pero calma.
—Responde la pregunta—replicó Sasha—¿Por qué te persigue la mafia? ¿Por qué no tienes fotos de niño junto a tus padres? ¿Por qué tu mamá te dejó una biblia de regalo y tú la llevas a todos lados como si fuera lo más precioso del mundo?
Miko ardió de rabia, el maldito había estado husmeando en sus cosas.
—Esa biblia es lo más precioso que mi madre me dejó, es todo lo que me quedó de ella cuando me la arrebataron.
Sasha aflojó el agarre en su cabello, y la mano descendió por las hebras negras.
—¿Ellos la asesinaron?
El sacerdote le dio una sonrisa amarga.
—El hijo del Oyabun violó a mi madre y asesinó a su esposo—confesó con la angustia haciéndose carne—.
Mi madre quedó embarazada de ese hijo de puta.
No hay fotos de mí porque mamá perdió el entusiasmo de la vida después de que perdió a su amor, aun así, me crio y me dio todo lo que pudo.
Los Matsudaira intentaron matarme cuando solo tenía seis meses de vida, cuando tenía cinco años, ellos aparecieron de nuevo, y esta vez, la asesinaron.
Huimos junto a mi hermano a la casa de mi tía y desde allí, a Alemania. Me crie aquí.
Sasha abrió y cerró la boca varias veces.
—Eres el hijo del Oyabun .
—No, ahí es donde está el problema—Miko explicó—.
Cuando esos bastardos entraron a casa, Jun, el heredero abusó de mi madre frente a su esposo, luego se acercó para burlarse de él, pero él le quitó un arma a uno de sus lacayos y lo asesinó.
Mi madre quedó bañada en sangre, supongo que pensaron que moriría, pero eso no ocurrió.
Sasha se alejó de Miko, se afirmó a la pared y negó, apenas procesaba toda la historia.
—Y yo pensando que estaba seguro aquí.—Sasha se burló de su torpeza—¡Eres un muerto que camina, padrecito!
Miko bajó la mirada.
—Te advertí que no era prudente quedarse y no me hiciste caso.
—Pues si me hubieras contado este pequeño detalle, quizás habría aceptado tu dinero y la oferta del hotel.
—No puedo creer que me hayan encontrado después de tantos años. Jamás nos molestaron aquí—explicó Miko—. Era como si el Oyabun se hubiera resignado, pero ahora…
—Kaname Matsudaira—dijo Sasha—, ese es el hombre que está a cargo de la corporación ahora.
—¿Cómo sabes su nombre?
—Bueno, miro las noticias, lo que me parece increíble es que tú no sepas que tu tío es el sucesor y está claro que no admitirá competencia.
La confusión llenó el rostro de Miko.
—¿De qué hablas? Yo no soy competencia de nadie. Soy un bastardo mestizo. La Yakuza jamás me dejaría…
—Hay una razón por la que estos tipos se están tomando tantas molestias—interrumpió Sasha—, la Yakuza no abandona su territorio, nunca, sin excepción, sin embargo, hoy tuve que asesinar y enterrar dos cuerpos a causa de ello.
—No voy a irme, ni huir esta vez.—Miko habló con toda la convicción que latía en su cuerpo—. Si quieren venir por mí, que vengan.
Sasha puso los ojos en blanco. Volvió a caminar hacia Miko quien ya no sabía para donde mirar debido a que el mercenario continuaba desnudo.
—Te van a matar, Miko—sentenció sin un mínimo de duda—¿Estás preparado para ese destino?
—La verdad es que no lo sé.—La voz del sacerdote se entrecortó—. Solo de una cosa estoy seguro, la vida sin libertad no es vida, y me niego a pasar toda mi existencia así.
Sasha lo miró, solo lo miró y Miko intuyó las intenciones del hombre delante de él.
Podría negarse, ahora sabía con seguridad que el mercenario no lo forzaría, pero necesitaba esto, necesitaba de su contacto, de su piel, necesitaba probarlo, aunque fuera una vez en la vida, saber si el miedo y el deseo podían coexistir, porque esas dos emociones eran las que atravesaban su cuerpo en ese momento.
Sasha se movió hacia adelante y sus bocas volvieron a encontrarse, esta vez, los brazos de Miko rodearon el cuello del hombre y esto lo atrajo más hacia su cuerpo. Miko ansiaba más, quería todo de él y Sasha no iba a negárselo.