Sacrílego (Prohibidos 1) 17 Asesinos
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17 Asesinos

Miko corrió al interior de la iglesia y se lanzó de rodillas frente al altar. Su cuerpo estaba mojado por la lluvia, su corazón latía a la velocidad de la luz en su pecho y estaba a punto de escaparse por su boca.

Había ocurrido, Sasha lo había besado.

«No quieres ayuda, Miko. Quieres que te diga que todo estará bien, pero no lo va a estar si no tomas acción. Denuncia a ese hombre frente a las autoridades, sácalo de tu vida. Hasta los ángeles son tentados por el Diablo, padre Subaru. Toma las riendas de tu vida, solo tú puedes hacerlo».

Miko se cubrió la cara y lloró, luego gritó y golpeó el piso de madera hasta el cansancio, hasta que sus brazos estuvieron tan flojos como sus extremidades inferiores.

Había fallado, le había fallado a Dios, a su madre, a su hermano, se había fallado a sí mismo.

Estaba tan perdido en esos pensamientos, tan perdido en su arrepentimiento que fue imposible notar que, en medio de las penumbras, no estaba solo.

Miko juntó las manos a modo de rezo, pero nada salió en medio de los sollozos.

Los pasos sigilosos cerca de él, el sacerdote mantenía sus ojos cerrados, su mente yendo de un lado a otro, pero con el deseo latente en cada fibra de su cuerpo.

Cada célula se estremeció cuando se percató de que el sabor de Sasha estaba todavía en su boca.

Las luces de la iglesia estaban apagadas casi en su totalidad, excepto por una que otra luz lateral.

Miko abrió los ojos cuando le pareció visualizar a metros de él sombras que se movían.

Lo que le faltaba, ahora estaba preso no solo de la locura sino de visiones, ¿qué sería lo próximo?

La iglesia era muy sencilla, pequeña y acogedora, Miko y sus colaboradores la mantenían siempre limpia y restauraban todo el mobiliario antiguo.

El piso de madera crujió al costado derecho.

Fue un impulso, Miko se puso de pie, pero antes de que pudiera darse la vuelta ya tenía en su cuello una soga gruesa que presionaba con fuerza y le quitaba la respiración.

«Sasha».

Fue la primer persona que se le cruzó por la cabeza.

El hombre detrás de él lo atraía hacia él y apretaba la cuerda con más potencia para asfixiarlo.

Se escucharon otros pasos alrededor. Miko buscó zafarse del agarre, sus dedos intentaron hacer ceder la cuerda, pero el asesino era mucho más fuerte que él.

El otro hombre que apareció se colocó delante de él.

Estaba vestido por completo de negro, no era fornido como Sasha ni mucho menos, pero tenía una buena contextura física.

Su cabeza estaba cubierta con un pasamontañas.

Llevaba un tanto en su mano derecha. Nadie en occidente llevaría una espada japonesa consigo.

Miko fue consciente de que los fantasmas de Oriente lo perseguían, lo seguían haciendo, pese a la muerte del Oyabun.

Miko tensó la mandíbula, la vida comenzaba a abandonar su cuerpo.

—Debería matarte en este preciso momento.

—Hazlo. Sácame de la miseria, sácame de esta basura en la que me has sepultado, vamos, hazme este enorme favor.

El asesino no era Sasha, pero tal vez, solo tal vez, era la forma en que Dios respondía a sus súplicas.

—¿Qué es la muerte?

—El lugar donde todos iremos, un sitio cálido en donde el sol jamás se pone, un lugar en donde la paz es permanente y somos consolados por nuestros dolores, es por ello que debemos ser buenos.

La explicación le había parecido simplista en ese momento, Miko siempre fue un niño curioso que no se conformaba con verdades a medias, con explicaciones a medias. Ahora, solo rogaba que su mamá tuviera razón.

Un crujido de huesos y un grito desgarrador.

Sasha apareció como un fantasma, o quizás como un demonio, y le quebró el brazo al tipo que llevaba el tanto en su mano.

De inmediato le quitó la espada corta y se la clavó en la arteria aorta.

La sangre se vertió como en cascada sobre el cuerpo del tipo y el piso de madera.

El asesino que había tenido a Miko inmovilizado con la cuerda retrocedió y adoptó posición para defenderse.

Miko cayó de rodillas e intentó recuperar el aire.

A un costado, uno de sus verdugos se desangraba y daba sus últimas respiraciones.

Sasha se paró entre Miko y el asesino. Este sacó un arma, pero fue inútil, antes de que pudiera accionar, el mercenario ya se había lanzado sobre él como una estampida de búfalos y lo lanzó a dos metros de donde estaba cayendo sobre los bancos de la iglesia.

El arma se deslizó sobre el piso. Miko se puso de pie, su cuello ardía por la quemadura de la cuerda.

Sasha dio pasos firme hacia el tipo que esta vez buscó entre su ropa dos sai. Sasha rio.

—¿En serio, cabrón? ¿Vienes a pelear conmigo con tenedores?

El tipo se levantó y con un grito corrió hacia donde estaba Sasha e intentó embestirlo. El mercenario lo inmovilizó, lo levantó de la cintura y lo hizo volar por los aires una vez más. Esta vez el tipo se quejó de dolor entre las maderas rotas.

Sasha caminó hacia él con la misma frialdad con la que se movió durante toda la secuencia.

Miko observó al hombre y juntó sus manos en un ruego, se quedó allí, estático, mientras su captor, lo defendía.

Sasha asió uno de los sai que había quedado en el piso y se dirigió hacia el tipo.

Lo levantó del pelo y este gritó. Sasha le quitó la máscara y lo colocó de rodillas.

Era un hombre de rasgos orientales puros.

—Yo, Dios te sentencio a muerte, y eso es todo.

Fueron las blasfemias que salieron de la boca del mercenario.

Paso siguiente, la punta del sai cayó sobre la cabeza del asesino y se hundió en él.

Miko se cubrió la boca ante tal muestra de ferocidad.

Sasha golpeó el instrumento en el mango y lo enterró por completo en el cráneo del hombre que miró a Miko hasta el último segundo, hasta que la vida se desvaneció y el cuerpo laxo se desplomó sobre el piso.

—Mierda, ¡qué puto desastre!—Sasha agregó como si estuviera viendo una noticia en el periódico.

Dirigió su vista hacia Miko quien estaba pálido, no solo por lo ocurrido sino por el hecho de que los Matsudaira habían decidido continuar su caza. Miko no estaba salvo, ni él, ni Dohko. El mundo comenzó a dar vueltas, el aire desapareció y el sacerdote cayó desmayado.

Sasha puso los ojos en blanco, como si la reacción de Miko fuera algo anormal. Se rascó la barbilla y puso atención en las armas de los verdugos, paso siguiente fue hacia otro tipo. Aquí había algo muy raro. Armas y asesinos japoneses, Sasha arqueó una ceja y se detuvo en Miko que yacía en el piso.

«¿Qué parte de tu historia me he estado perdiendo?».

Ya habría tiempo para interrogarlo, lo peor de todo es que Sasha no podía creer que hasta los ángeles tuvieran enemigos, pero la muestra insoslayable estaba en el piso de esa iglesia.

No podían denunciar esto, no irían a la policía porque ahora estaba seguro de que Miko tenía tanto que perder como él.

Había limpiado escenas de crímenes innumerables veces sobre todas las superficies.

Sabía con exactitud cómo debía encargarse de los cuerpos.

Lo primero que hizo fue levantar en brazos a Miko y llevarlo a su casa para que descansara, luego se colocó unos guantes descartables que estaban en el botiquín de primeros auxilios de la iglesia, y buscó los productos de limpieza.

Miró su reloj y se percató de que eran pasadas las once.

Debía comenzar pronto, la tarea frente a él era ardua.

Lo primero que hizo fue buscar bolsas de consorcio de color negro, desnudó al primer asesino, y lo que encontró dejó muy clara la identidad de Miko, todas las piezas encajaron sin necesidad de que el sacerdote dijera una sola palabra.

La oración, la biblia, la foto de la mujer aferrándose a su pequeño en una mezcla de dolor y tristeza.

Sasha nunca dejaba de sorprenderse de los innumerables y variados secretos que podían guardar las personas, incluso las buenas.

Miko Subaru tenía sangre Yakuza .