16 Linaje
Sasha observó el reloj cuando este sonó marcando las diez de la noche. Se rascó la barbilla con fuerza e intentó, por todos los medios, conservar la calma. Miko no había regresado.
—¿A dónde vas?
—A ver un amigo.
—¿Qué clase de amigo?
—No es de tu incumbencia.
El miedo a la traición rondó su cabeza como un pájaro carroñero a la espera de una muerte. No, si Miko sabía lo que le convenía, no se atrevería.
Sasha chasqueó la lengua y se levantó, tiró la silla hacia atrás con violencia.
La molestia en su cuerpo continuaba. No era miedo, era algo más.
Desde el tiempo que llevaba vigilando y después conviviendo con Miko este solo se limitaba a reuniones en la iglesia, misas, y charlas con Anastasia.
Lo había escuchado hablar con su hermano un par de veces, pero nada más ¿Quién carajo demandaba su atención?
«No es tu propiedad».
¿Por qué no? Estaba bajo su poder, era suyo. Sasha no detuvo las emociones oscuras que sobrevolaron. El sentido de pertenencia arraigado, como si Miko fuera una cosa de la cual se valía, sin alma ni sentimientos.
«Esta no es tu casa, y él es solo tu prisionero».
Dio vueltas y vueltas a la idea. Cuando todos los pensamientos lo marearon, caminó hacia el dormitorio.
Quizás necesitaba dormir, sí, eso era, ni siquiera tenía hambre.
Ingresó a la habitación y se sentó en la cama.
Observó la pared frente a él donde había un espejo de unos dos metros, a su lado una cruz y un reloj de pared, en una esquina un armario de madera oscura que tenía en la parte inferior cajones enormes.
El mueble era antiguo, quizás de segunda mano, como todo lo que había en la casa.
Sasha dio pasos hacia el armario y abrió uno de los tres cajones en donde Miko guardaba sus pertenencias.
Había un par de perfumes, crema de manos, una crema corporal con un suave aroma a té verde, y fotografías, decenas de ellas.
Sasha, con la impunidad que lo caracterizaba, decidió sacar las fotos y mirarlas.
Compartía la cama con Miko, lo había escuchado gemir en sueños, ¿qué le haría darle a conocer un poco más de su intimidad?
Las fotos eran viejas, algunas estaban amarillentas, en ellas se veía a una hermosa mujer rubia de profundos ojos verdes.
«Los ojos de Miko».
Resultó innegable que esa mujer era su madre, junto a ella, un hombre alto y corpulento de ascendencia asiática, japonés, como le había aclarado más de una vez Miko, y un niño a su lado que no era Miko, tendría alrededor de cinco años.
El paisaje onírico detrás de ellos le reveló que estaban en Japón en primavera, las flores rosadas cubrían el piso y los árboles estaban pletóricos de ellas.
La mujer y el niño tenían una bella sonrisa, el hombre, si bien era un poco más serio, también lucía feliz.
Sasha continuó espiando, había más fotos de la familia, en diferentes lugares, una casa de té, un parque, algunas calles de Tokio, pero en ninguna de las fotografías aparecía Miko.
Sasha frunció el ceño, ¿por qué dejarían afuera de cada fotografía al hijo menor?
A medida que el tiempo transcurría, Sasha advirtió que el niño, poco a poco, iba creciendo, pero la ausencia de Miko era el rasgo sobresaliente, a su vez, se percató de que la familia perdía su colorido, incluso en su vestimenta.
Las ropas lucían desgastadas, el cabello rubio platinado de la mujer se tornó ceniciento.
Algo ocurrió en esa familia con el devenir de los años, y el hecho de que Miko no estuviera, generó más interrogantes.
Junto a las fotografías también había una biblia cuya tapa de cuero estaba desgastada por el uso.
«La biblia de Miko».
El padre Subaru llevaba esa biblia todo el tiempo con él, era esta.
El cuero con vetas de diferentes colores y algo rasgadas por el uso.
Sasha abrió el pequeño libro, el cual estaba lleno de inscripciones y frases marcadas con bolígrafo, se trataba de pasajes bíblicos, dentro de ella también encontró un sobre amarillento y en él interior dos trozos de papel escritos con tinta negra y una foto diminuta, en ella se representaba un bebé, el cual era cargado por la mujer rubia.
Sasha frunció el ceño, era la única fotografía y estaba separada del resto, como si el padre Subaru no perteneciera a esa familia.
Las palabras estaban escritas en cirílico.
«Mi madre era rusa».
La mujer dejó una carta junto a la única foto, y Sasha se decidió a leerla.
Por la pobreza en la que vivieron papá y mamá, por los fracasos que tuvimos, porque se arruinó el molino, por haber tenido que cuidar niños, vigilar huertos frutales y ovejas; y por mi constante cansancio, te doy gracias, Jesús.
Te doy las gracias, Dios mío, por el fiscal y por el comisario, por los gendarmes y por las duras palabras del padre Peyremale.
No sabré cómo agradecerte, si no es en el paraíso, por los días en que viniste, María, y también por aquellos en los que no viniste.
Por la bofetada recibida, y por las burlas y ofensas sufridas; por aquellos que me tenían por loca, y por aquellos que veían en mí a una impostora; por alguien que trataba de hacer un negocio, te doy las gracias, Madre.
Por la ortografía que jamás aprendí, por la mala memoria que siempre tuve, por mi ignorancia y por mi estupidez, te doy las gracias. Te doy las gracias porque, si hubiese existido en la tierra, un niño más ignorante y estúpido, tú lo hubieses elegido.
Porque mi madre haya muerto lejos. Por el dolor que sentí cuando mi padre, en vez de abrazar a su pequeña Bernardita, me llamó «hermana María Bernarda», te doy las gracias.
Te doy las gracias por el corazón que me has dado, tan delicado y sensible, y colmaste de amargura.
Porque la madre Josefa anunciase que no sirvo para nada, te doy las gracias. Por el sarcasmo de la madre maestra, por su dura voz, por sus injusticias, por su ironía y por el pan de la humillación, te doy gracias.
Gracias por haber sido como soy, porque la madre Teresa pudiese decir de mí: «Jamás le cedáis lo suficiente».
Doy las gracias por haber sido una privilegiada en la indicación de mis defectos, y que otras hermanas pudieran decir: «Qué suerte que no soy Bernardita».
Agradezco haber sido la Bernardita a la que amenazaron con llevarla a la cárcel porque te vi a ti, Madre. Agradezco que fui una Bernardita tan pobre y miserable que, cuando me veían, la gente decía: «¿Esa cosa es ella?», la Bernardita que la gente miraba como si fuese el animal más exótico.
Por el cuerpo que me diste, digno de compasión y putrefacto, por mi enfermedad, que arde como el fuego y quema como el humo, por mis huesos podridos, por mis sudores y fiebre, por los dolores agudos y sordos que siento, te doy las gracias, Dios mío.
Por el alma que me diste, por el desierto de mi sequedad interior, por tus noches y tus relámpagos, por tus rayos, por todo. Por ti mismo, cuando estuviste presente y cuando faltaste, te doy las gracias, Jesús.
— Testamento de Santa Bernardita Subirous.
Sasha se apoyó en la pared y observó cada letra, cada trozo de dolor y luego observó la foto de esa mujer junto a Miko.
Los ojos verdes estaban allí, pero carecían del brillo que poseía en el resto de las fotografías.
El mensaje en la carta era tan doloroso que incluso Sasha sintió que algo se estremecía en él.
Hasta ese momento, Sasha había pensado que Miko vivió toda su vida en una nube de idilios tontos lejos de la realidad, pero de pronto, encontrarse con esta carta, con esa fotografía lo hizo dudar de todas las conclusiones que había sacado.
Las gotas de lluvia comenzaron a golpear el techo y sobre los cristales de las ventanas que daban al patio.
Un enorme relámpago atravesó la ciudad y luego un trueno ensordecedor.
Sasha buscó en los demás cajones, pero solo encontró ropa interior y medias.
Todo olía a té verde, a lavanda y menta, era el perfume de Miko, una fragancia suave, pero envolvente que el sacerdote dejaba en cada lugar como una estela.
La pregunta continuó en la cabeza de Sasha, ¿por qué su madre dejó impresa su letra en esa muestra de angustia?
Era incapaz de entenderlo, en vez de enseñarle a su hijo a devolver el golpe, lo instaba a poner la otra mejilla, a soportar humillaciones, Miko no se merecía eso, esa mujer estaba mal.
Había criado a un hombre que seguía teniendo la inocencia de un niño, un adulto que se había formado con un mensaje que estaba en contra de todas las convicciones de Sasha.
Se creía un ángel, ¿cómo carajo no iba a hacerlo con toda esa estupidez?
¿Quién era tan tonto para moldear a un ángel en un mundo lleno de demonios?
Ningún ser humano inmundo era digno de Miko Subaru, nadie lo sería. Sasha se enfureció en ese momento.
«Nadie es tan inocente como para no merecer la muerte y nadie es tan débil como para no soportar un poco de dolor».
Era el lema que formaba parte de los huesos del mercenario.
Su vida había girado en torno a ello, gracias a esa seguridad jamás dudó en ejecutar órdenes y en tomar las decisiones necesarias para su bienestar, pero ahora, todo esto lo dejaba fuera de eje.
Lo hacía revolverse en su propia mierda, un olor nauseabundo que salía de su alma corrompida.
La lluvia se descargó con furia en el exterior de la casa.
Sasha guardó las pertenencias y regresó al comedor.
Estaba a punto de sentarse cuando la puerta de la calle se abrió. Miko había regresado.
El muchacho dejó las llaves en el recibidor y también su chaqueta en uno de los percheros al lado de la puerta. Dio un suspiro y se secó el agua que había empapado su cabello. Dio pasos hacia la cocina y buscó un vaso de agua. Sasha apareció y Miko ni siquiera lo saludó.
—Te demoraste mucho.
—Anduve por ahí—replicó sin ánimos de entrar en una conversación.
Miko intentó pasar a su lado y Sasha lo detuvo.
—¿Dónde estuviste?
Miko tragó saliva.
—Ya te dije, fui a ver a un amigo.
—¿Cómo se llama tu amigo?
El sacerdote rio sin humor.
—No te importa.—Buscó una vez más pasar, pero Sasha lo arrastró hacia la encimera donde lo presionó. El oxígeno de Miko se quedó atascado en sus pulmones.
—No me voy a ir, Miko, así que, más vale que cooperes.
—¿No te parece que ya he cooperado bastante?
—Miko arqueó una ceja—. No te he denunciado, te doy un techo, comida, haces lo que se te da la gana, duermes en mi cama, ¿en qué más quieres que te coopere?
—Sasha se humedeció los labios y lo recorrió con su mirada.
El corazón de Miko se aceleró de nuevo—.
No voy a delatarte si eso te preocupa, y el padre Orlando tampoco lo hará.
Sasha frunció el ceño.
—¿Le contaste de mí? ¿Eres idiota?
—Tenía que hablar con alguien—Miko confesó—. Alguien que no seas tú, así que sí, fui a hablar con mi confesor y le conté todo.
—Eres un…
—¿Qué?—Los ojos de Miko se llenaron de lágrimas por enésima vez en todos esos días que llevaba junto al hombre.
La mezcla de rabia y remordimiento era un cóctel brutal que lo estaba destruyendo—.
Bastardo hijo de puta, eso es lo que eres, Kozlov.
No sé qué te hicieron, pero te mereces todo lo que está sucediendo.
Miko sintió el peso de las palabras descender sobre él como una tonelada de concreto. Jamás había maldecido a nadie, no era eso lo que le enseñaron, no estaba hecho para eso.
—Debería matarte en este preciso momento.
—Hazlo.—Miko rogó, sus pupilas al límite mientras tiraba de la cuerda que anhelaba romper—. Sácame de la miseria, sácame de esta basura en la que me has sepultado, vamos, hazme este enorme favor.
Sasha no supo cuál fue el momento preciso, solo que sucedió.
Su boca arrasó con la del sacerdote. Miko gimió por la sorpresa y sus ojos se abrieron al límite.
Su primer intento fue apartarse, pero el mercenario lo envolvió en sus brazos y le devoró la boca.
Sasha tomó, tomó y tomó, como un huracán infernal que destruye todo a su paso.
El beso fue sucio, desordenado, caliente, lascivo.
Sasha mordió con tal fuerza el labio de Miko que este abrió la boca y la lengua embistió en su interior con una furia ensordecedora.
Minuto tras minuto, el corazón de Miko estuvo a punto de reventar.
Miko gimió una vez más, sus piernas trémulas apenas lo sostenían.
Estaba allí en la diminuta cocina, con ese hombre de dos metros que lanzaba sobre él toda su fuerza física.
Miko se relajó, sus manos, que habían estado en un puño dejaron de contraerse, sus ojos se entrecerraron y percibió el sabor metálico de la sangre y la saliva que se mezclaba junto al inconfundible aroma a colonia y cigarrillos.
«¿Qué estás haciendo, Miko?».
El sacerdote no sabía de dónde salieron las fuerzas, pero logró mover la mole y apartarla de su cuerpo. Ambos se observaron agitados, Miko percibió el hilo de sangre que recorría su labio y sacudió la cabeza.
—Miko.
No podía mirarlo a la cara, no ahora. Miko corrió fuera de la casa y se dirigió a la iglesia. Sasha se afirmó a la encimera y tironeó de su cabello corto. Mierda, sí que la había cagado.