Sacrílego (Prohibidos 1) 15 Locura
36%

15 Locura

Diez días después.

La dinámica entre Sasha y Miko paso de pobre a inexistente con el transcurrir de los días.

No había miedo en Miko, solo una sensación de desánimo y sentimientos extraños que lo llevaban a esquivar a Sasha a toda costa.

Las grandes ojeras y el cansancio profundo del sacerdote no era un tema que pasara desapercibido, sin embargo, lo peor de todo y también lo más grave es que Miko seguía despertando cada día con una erección furiosa.

Su cuerpo tomaba la cercanía física de ese hombre como un manjar que debía probar.

Era la única respuesta posible y, aunque rezaba cada día para que su cuerpo se calmara, todo resultó en una misión imposible.

Lo peor comenzó una semana atrás. Había tenido decenas de sueños húmedos en dónde el bastardo era su protagonista y lo follaba hasta dejarlo seco. Miko se despertaba avergonzado al lado de ese bastardo que tenía una mueca de diversión en su rostro y no dejaba de mirarlo.

Era una especie de tortura psicológica, Sasha no iba a irse, y le haría la vida imposible mientras estuviera allí.

Miko había caído preso de la locura. Las fantasías que su cabeza elucubraba lo acompañaban durante todo el día, incluso cuando daba misa, incluso cuando hablaba de las tentaciones mundanas y lo sacrílego.

Nadie era más pecador que él en ese instante , es así como se sentía.

«¿Desde cuándo te gustan los hombres?».

Fue la pregunta que inundó su cabeza la primera vez que soñó con Sasha entre sus piernas.

Fue tan vivido, una sensación placentera en dónde toda su existencia se redujo a los besos, las caricias y el enorme trozo de carne alojado en su interior.

No había visto la verga de Sasha, pero por la forma en que su boxer se perfilaba, intuyó que el tamaño era considerable.

Se estremeció en el sueño, gimió y chilló en un orgasmo brutal cuando abrió los ojos y se percató de que se había venido en su ropa interior y Sasha estaba acostado de perfil, con la palma de la mano en su rostro sin perder detalle.

—Gimes alto, ¿te lo habían dicho?

Saltó de la cama y se refugió en el baño.

Se lavó con la esponja que ya estaba irritando su piel, y lloró como todos los días.

Salió de la ducha, se vistió, y se preparó para su rutina.

Necesitaba ayuda psicológica, al menos conversar con alguien que lo escuchara sin juzgarlo.

Sasha estaba en la cocina preparándose un café.

Miko acarició al gatito que todavía dormía en la canasta y buscó una chaqueta ya que la brisa estaba un poco fría.

Buscó las llaves de su auto y Sasha lo detuvo.

—¿A dónde vas?

—A ver un amigo.

Sasha arqueó una ceja.

—¿Qué clase de amigo?

—No es de tu incumbencia.

Miko intentó pasar y Sasha lo sostuvo de la cintura para acercarlo a su cuerpo.

—Ten cuidado en quien confías.

—Suéltame.—Miko lo observó con odio. Sasha se apartó y el hombre caminó hacia la puerta.

—Esto no será eterno, padre Subaru, pronto te librarás de mí.

Algo en esa frase le dolió. Miko rio para sus adentros, de verdad estaba loco.

—Ruego a Dios cada día porque eso suceda.

Miko abrió la puerta y se marchó. Buscó su auto y condujo hasta la parroquia del padre Orlando, un hombre de la edad de su hermano Dohko que siempre le daba los mejores consejos en momentos difíciles.

La parroquia quedaba en la ciudad de Bad Nauheim en el distrito de Wetterau, en el estado de Hesse.

Miko condujo algo más de cuarenta minutos, una vez que su auto se detuvo presionó sus manos sobre el volante con nerviosismo

¿Por dónde empezaría a contarle? ¿Era justo meter a alguien más en este torbellino?

Tenía a un asesino viviendo en su casa, un hombre que solo esperaba el momento para seguir asesinando.

Bajó del vehículo y caminó hacia la parroquia.

Hacía mucho que no visitaba a Orlando, pese a que solo estaban a treinta y cinco kilómetros.

Orlando lo recibió con los brazos abiertos, observó a su amigo y frunció el ceño.

Estaban en su despacho, en el área administrativa de la iglesia.

— Miko, ¿está todo bien?

Miko tragó saliva.

—No, no lo está. Han pasado cosas que me han hecho cuestionar mi vida.

Orlando lo invitó a sentarse en una de las sillas frente a su escritorio y le sirvió un café. Cerró los ojos y dio un suspiro.

—¿Es una mujer?

Miko se arregló el cabello, la verdad es que no era la forma en la que pretendía entablar la conversación, pero Orlando había mencionado el elefante en la habitación y no se echaría atrás.

—Un hombre—replicó y los ojos de Orlando estuvieron a punto de salirse de sus órbitas. Se sentó en la silla, estaba atónito—. Necesito una confesión.

—No—Orlando se negó—, háblame como tu amigo, no como sacerdote.

Los ojos verdes y llenos de vida de Miko brillaron con lágrimas.

—No sé qué hacer, Orlando—confesó—. Este hombre entró en mi vida hace unas semanas.

—¿Mantienes una relación con él?

—No.

—¿Tienes deseos por él? ¿Este hombre te corresponde?

El sacerdote empezó a reír entre lágrimas.

—La verdad es que no lo sé, pero…

—¿Qué?

—Es una mala persona, Orlando.—Miko se sinceró—. La verdad es que buscó la forma de apartarlo de mi vida, pero él se niega.

—¿A qué te refieres con mala persona?

Miko abrió la boca y la cerró.

—Ha asesinado personas. Es un soldado, a menos es lo que pienso por su cuerpo y la forma en que actúa.

—Miko, debes entregarlo a la policía.

—¡No!—Miko se levantó de la silla—¡No puedo hacer eso! ¡Todos corremos peligro si lo hago!

—Miko—Orlando también se levantó para calmarlo—, si lo pones tras las rejas, no tendrás que seguir con este miedo.

Miko suspiró y caminó hacia la puerta y luego regresó.

—¿Sabes qué es lo más retorcido de esto?—La voz se le quebró—. No tengo miedo, Orlando, quizás por mi entorno, pero no por mí. Él me atrae, y…Dios, estoy tan mal.

El hombre negó y volvió a sentarse. Orlando entendió que alguno de los dos debía estar en calma, y, por lo visto, debería ser él, ya que Miko estaba al borde del colapso.

—Padre Subaru—expresó con cautela—, estás condenando a tu alma y no solo hablo de la lujuria que puede haber despertado en ti, sino por las consecuencias de esta locura.

Si es un hombre entrenado como tú dices, sabe perfectamente el impacto que causa en ti, la forma de manipularte, tú eres un ser que no ve el mal en las personas.

—Sí, lo hago—corrigió Miko—, he visto la maldad que me ha acariciado la cara incluso.

Lo vi cuando el clan de mi padre asesinó a mi mamá, lo vi cuando debimos correr y dejar la seguridad de nuestro hogar.

Lo he visto, olido y tocado, pero por alguna razón, este hombre representa todo eso y me atrae como nada en este mundo. Me atrae como un maldito imán.

—Debes estar más en oración.

Miko se rio ante la tontería.

—Dios no me escucha, Orlando—dijo con dolor—, le hablo y le ruego que me de fuerzas y cada día caigo un poco más. Caigo un poco más cada vez que lo observo a mi lado dormir incluso.

Los ojos de Orlando se abrieron con espanto.

—¿De qué estás hablando?

El sacerdote negó con una risa irónica.

—Oh, sí, no te lo he dicho aún, pero él se está quedando conmigo—La verdad cayó como un balde de agua congelada. Orlando era incapaz de salir del estupor—. Deja de mirarme así, deja de juzgarme. Suficiente lo hago yo cuando me miro al espejo cada día.

—¿Cómo quieres que te mire, Miko?—Orlando le recriminó—. Estás alojando un asesino en tu casa, un asesino por el que tienes sentimientos impuros.

Miko se apoyó en el escritorio, su codo sobre la madera, la palma de la mano en su frente.

—Orlando, estoy aquí porque necesito de tu ayuda.

—No quieres ayuda, Miko. Quieres que te diga que todo estará bien, pero no lo va a estar si no tomas acción.

Denuncia a ese hombre frente a las autoridades, sácalo de tu vida.

—Miko se limpió la nariz con la palma de la mano.

El sacerdote frente a él apenas lo reconocía—.

Hasta los ángeles son tentados por el Diablo, padre Subaru.

Toma las riendas de tu vida, solo tú puedes hacerlo.