Sacrílego (Prohibidos 1) 14 Creencias y realidad
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14 Creencias y realidad

El día fue intenso. Miko habló con los jóvenes acerca de la importancia de ayudar al prójimo, de los recursos que necesitaban, de cómo podían emprender nuevas campañas para atraer a más personas.

Una de las chicas, Camille, resultó ser creadora de contenido en Instagram por lo que les brindó buenas ideas para difundir su trabajo y llegar a más personas usando esa red social.

Ningún recurso era suficiente cuando todos los días llegaban personas que requerían alimentos, ropa e incluso ayuda psicológica.

Otra de las mujeres, Ofelia había llevado un pequeño gatito negro como obsequio para Miko.

El sacerdote sonrió ante tamaña sorpresa.

—Es hermoso, Ofelia.

—Pensé que a lo mejor le gustaría. Sé que hay personas supersticiosas.

—Yo no soy así.—Miko la interrumpió—. Es más, aún me parece terrible el daño que se cometió a millones de animales a favor de mantener el statu quo y el poder hablando de tonterías de brujería.—Miko acarició al gatito en su mentón y este ronroneó—. Gracias de verdad. Lo aprecio.

Ofelia le mostró que la canasta que lo cobijaba le serviría de cama. El fondo estaba cubierto de mantas de color blanco y rosa que hacían resaltar la pequeña figura en su interior.

—Dámelo, yo lo tendré, así puedes continuar saludando.

Miko tragó saliva. Era el primer contacto que tenía con Sasha después de varias horas. El hombre se mantuvo estoico a un costado siendo testigo de toda la conversación. Más de una vez, Miko se percató de que contenía en sus labios una risa burlona.

«Ignóralo. Él nunca lo entenderá. No te metas en problemas».

Miko no quería más dolores de cabeza. Ya tenía demasiados encima. Sasha asió la canasta y la chica le sonrió con corazones en los ojos.

—No te había visto antes.—Ofelia jugaba con un rizo que caía en el lateral de su rostro y le daba una mirada coqueta al hombre. Miko puso sus labios en línea recta.

—Sasha apenas comienza con las labores. Se está adaptando.

Ofelia puso atención una vez más en el sacerdote. Frunció el ceño al notar el leve cambio de humor. Sasha se acercó más a la mujer.

—Espero verte de nuevo. Hay tanto que hacer aquí que voy a necesitar una guía aparte del padre Miko por supuesto.

—Claro.—La sonrisa de Ofelia floreció. La mujer saludó con la mano y se alejó hacia el grupo de chicos que estaba despidiéndose.

Sasha se ubicó al lado de Miko.

—Cambia esa cara. No estés celoso.

Miko apenas contuvo las ráfagas de ira.

—¿De qué carajo estás hablando? Me enerva que estés buscando acostarte con mis feligreses, eso es todo.

Sasha se enfocó en él y le entregó la canasta con el gato. El animalito tenía su vista fija en él.

—Los felinos son fascinantes, ¿no crees?—Sasha cambió de tema—. Son nobles e independientes. En las planicies africanas muchos de ellos viven su muerte en solitario.

Miko tragó saliva. El pequeño gatito ahora se chupaba su manito. La rabia se había desvanecido, incluso sus intentos por descubrir porque estaba molesto con Ofelia, porque si había estado molesto, no temeroso de su suerte.

«¿Estas celoso?».

No, no lo estaba, que Dios lo librara de ello, porque eso significaba que él necesitaba más un psiquiatra que el propio Sasha.

—Una muerte en solitario debe ser lo más triste—respondió al comentario de Sasha e hizo caso omiso a la pregunta en su cabeza.

—Es lo mejor. No hay nada peor que la compasión.

Ahí estaba el verdadero Sasha Kozlov. Miko fijó su atención en su perfil. El hombre recio y espeluznante que era dueño de su vida se mostró. Atrás quedó el teatro de la simpatía y la amabilidad.

—La compasión nos hace humanos.—Miko respondió con firmeza. Sasha chasqueó la lengua.

—La compasión nos hace débiles, padre Subaru. Usted cree que ayuda, pero no lo hace, solo está creando gente dependiente. Toda esta parafernalia ridícula del amor de Dios, todos estos tontos con sus sonrisas fáciles y luchando contra lo inevitable.

—¿Eso te dices en las noches? ¿Eso le dices a tu conciencia cada vez que te golpea? ¿Cuando recuerdas a quienes mataste?

Sasha se carcajeó.

—No, padrecito. La condición para tener una crisis de conciencia es albergar una.

Créame cuando le digo que carezco de ella y, cuando observo lo que la conciencia les hace a las personas, agradezco por eso.

Mire lo que le hace a usted. Vive en preocupación, queriendo cambiar un mundo podrido.

El débil será devorado por el más fuerte, ni más ni menos.

Negarse a entenderlo es vivir en guerra con sus propios pensamientos.

Era una persona horrible. Miko negó con rabia y decepción. El pequeño gatito tocó con su manito suave y esponjosa el dorso de su propia mano, un intento de calmar a su corazón que saltaba en su pecho.

¿Qué tenía Sasha Kozlov para meterse debajo de su piel solo con palabras? ¿Para mover sentimientos y odios tan dormidos y olvidados?

—Jamás me verás indiferente al dolor. No me importa si el mundo está condenado como tú dices, mientras haya personas buenas en el mundo, hay esperanzas. Me aferró a eso cada día que Dios me regala.

Miko sentenció sin dudar. Había consagrado su vida a la compasión.

Aceptar la afirmación de Sasha era fallarse a sí mismo, era corroborar que todo su trabajo era en vano, una magnífica pérdida de tiempo y no estaba dispuesto a hacerlo, no frente a un ser detestable, a alguien que ya se había adueñado de su existencia.

Sasha apoyó la palma de su mano en el hombro izquierdo del sacerdote.

—Esa es su sentencia padrecito. Fue su compasión la que le dijo que debía cuidarme y ahora lo tengo en mis manos.

Los ojitos del felino estaban sobre él ahora. Había asombro y ternura. Miko sonrió y le acarició la carita sin darle mayor atención al tipo a su lado. Sasha se escabulló entre la gente y regresó a la casa. El sacerdote dio un suspiro.

Los latidos de su corazón eran ensordecedores. Su cabeza volvió a doler a pesar de los analgésicos. La afirmación de Sasha giró una y otra vez en su cabeza. Ese hombre estaba equivocado.

«No fue mi compasión la que me sentenció. Fue mi curiosidad por ti».

Miko se dirigió a la iglesia después de la reunión.

Se sentó en el primer banco frente al altar como hizo aquella vez cuando era solo un niño y decidió su camino.

Habló con el Jesús crucificado, hablaron de sacrificio y abnegación, hablaron de bondad y también de compasión.

Hablaron de deseo, de esa sensación que invadía el cuerpo de Miko mucho antes de compartir una cama con Sasha.

«Ayúdame a sacarlo de mi vida».

Miko regresó a su hogar una hora después.

Juntó todos los ahorros con los que contaba y buscó a Sasha quien estaba sentado en el jardín con un cigarrillo en la mano y el pequeño gatito en la canasta.

El sacerdote se detuvo, dudó ante la imagen, como si tuviera problemas para diferenciar al verdadero Sasha.

«Este también es el verdadero».

Un hombre que se dedicaba a asesinar, a secuestrar, de pronto tenía esta actitud desconcertante, casi humana.

Miko se paró a su lado en silencio. Sasha tampoco le dirigió la palabra. El sacerdote tragó saliva. No era momento de dudar sino de actuar.

—Te daré todo el dinero que tengo. Si mis cálculos son correctos tendrás hotel y comida por tres semanas. Puedes esperar allí la llamada de tu amigo. Quédate con mi teléfono, y tengo una computadora que…

—No—Sasha le dio una nueva pitada al cigarrillo. El sonido de los insectos llenaba el espacio junto a sus respiraciones aceleradas—, no voy a irme, Miko.

El corazón de Miko dio un vuelco.

—¿Por qué no? Dijiste que estabas aquí debido a que carecías de recursos, pues, fantástico, te estoy dando hasta el último centavo. Aquí has estado expuesto a decenas de personas hoy, algunas desconocidas, en un hotel será más reservado, incluso si deseas puedes tener algo, tú sabes…

Sasha dio una nueva pitada y dejó que el humo llenara sus pulmones.

—No, no sé, Miko. Aclárame esa idea por favor.

—Puedes llevar a alguien que te haga compañía.

Sasha dibujó una sonrisa divertida.

—Me gusta tu compañía padre Subaru y no voy a cambiarla.

Miko estaba destrozado. Su plan había estallado en su cara.

—Dijiste que no buscas hacerme daño.

—Exactamente.

—Pero será inevitable. Si te encuentran aquí, ¿a quién crees que castigarán primero?

—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr.

El sacerdote hervía de rabia.

—Por supuesto, con la vida de los demás.

Sasha arrojó la colilla de cigarrillo a un costado. Se puso de pie frente a Miko quien se cruzó de brazos.

—Esa postura es de resignación.

—¿Qué?—La mente de Miko estaba en un limbo.

—Cuando encoges tus hombros y doblas tu espalda pareciera que estás a punto de pedir limosna, en cambio, si te cruzaras de brazos, pero te mantuvieras erguido es un claro mensaje de que nadie puede incomodarte, porque nadie es más fuerte que tú.

Miko le dio una sonrisa cargada de tristeza.

—¿Mi postura cambiaría algo?

—No en realidad—Sasha agregó con sinceridad—, pero, al menos, no tendrías un aspecto tan patético ahora.

Los ojos de Miko se llenaron de lágrimas, ardían a tal punto que derramaría mares.

—Me estás lastimando al punto de la locura. Voy a terminar quebrándome, Sasha. Quizás no hoy, tampoco mañana, pero sucederá. No puedo.

Sasha alzó su mano y lo asió del mentón con delicadeza.

—Espero que no, no me gustaría que te arrepientas por el resto de tu vida.