13 Conciencia
—Buenos días, padrecito. Linda mañana, ¿no le parece?
Miko restregó su piel una y otra vez con la esponja del baño. El agua fría corrió por su cuerpo y tembló. Se cubrió la cara con sus manos y comenzó a llorar.
«Es solo una erección matutina. Es normal».
Se lo dijo una y mil veces, pero odiaba a su cuerpo ¿Por qué tenía que comportarse así ahora? ¡Justo enfrente de ese bastardo! ¿Cuándo empezó a jugar con fuego? ¿Cuándo decidió calentarse por el calor de otro ser humano?
«No es un ser humano, es una bestia».
Era como si se hubiera olvidado cómo se conocieron, la violencia con la que lo inmovilizó.
Había tenido un par de sueños húmedos durante su adolescencia, es todo lo sexual que pudo ser a través de los años.
Miko pensó que era una persona sin deseos o impulsos de ese estilo.
No había visto una película para adultos jamás, ¿qué le ocurrió esa mañana?
La diversión en los ojos de Sasha, el sonrojo de Miko que rogó que la tierra se lo tragara. Sasha Kozlov era una bandera negra en una playa. Un tiburón a la espera de su presa.
«¿Quieres ser su presa?».
Sacudió su cabeza y se concentró. Era martes, un gran día, excepto porque convivía con su secuestrador. Nuevas voluntarias llegarían para conocer la iglesia y trabajar junto a él ¿Qué haría Sasha? ¿Dónde se escondería? Bueno, en caso de que quisiera esconderse.
«Aunque ande en valle de sombra de muerte no temeré mal alguno porque tú estarás conmigo».
Miko se aferró a esas palabras del salmo veintitrés y contuvo las lágrimas. No estaba en condiciones mentales ni emocionales de llevar a cabo las actividades de la iglesia, pero ¿qué otra opción tenía?
Ir a la policía estaba descartado ¿Contarle a Dohko? ¡Jamás en la vida! Su hermano tenía una familia hermosa y no la expondría a la venganza de un loco.
«No es mi intención hacerte daño».
¿Debería confiar en él? ¿En un hombre que tiñó su cuello de morado y lo golpeó?
«Sé fuerte».
¿Cómo explicarle a su madre fallecida que estaba cansado de ser fuerte? Que, aunque fuera unos instantes, anhelaba el cobijo de alguien y que este lo protegiera. Alguien que le dijera que todo estaría bien y que podía descansar en su hombro.
Cerró la ducha, se secó, y se dirigió a la habitación, se vistió con un pantalón negro y una camisa gris y zapatos negros. Se miró al espejo y se colocó el alzacuello de color blanco. La imagen que el espejo le devolvió le dio miedo. Había algo diferente en él, aunque no alcanzó a dilucidar qué.
Se aplicó unas gotitas de perfume, uno que Anastasia le compró para su cumpleaños dos meses atrás.
Era una fragancia suave con un toque de lavanda y menta.
Amaba los aromas frescos. Dio un suspiro y se arregló el cinturón antes de salir de la habitación.
Las voces en la sala lo petrificaron. Esa voz, esa era …
—¡Anastasia!—Miko exclamó y corrió hacia la salita.
La escena que encontró fue surrealista. Anastasia reía junto al enorme hombre rubio que ahora parecía de lo más amigable. Estaba cruzado de brazos y movía sus manos contando lo que era una especie de anécdota sobre la cena de la noche anterior.
Las palabras se perdieron en su boca, su lengua fue incapaz de hacer rodar las frases.
—¡Padre Miko!—Anastasia le sonrió con inocencia y dulzura como era su costumbre—. No me había contado que tendría visitas tan temprano.
—Buenos días, Ana. Es que con tanto trabajo los días pasaron volando y cuando quise acordar, ¡zas! Ya estaba aquí.
Miko rio con nerviosismo.
—Me alegra tanto que tenga compañía. Siempre está tan solo. Sasha me comentó que lo incluirá en las labores de la iglesia.—Anastasia le dio un golpecito en la espalda—. Vayan a sentarse. Pronto les llevaré café, he traído una de mis tartas de fresa.
—Eso es genial—asintió y caminó hacia el comedor. Sasha puso las manos en sus bolsillos y lo siguió. Una vez que llegaron al comedor. Miko golpeó la mesa—¿Por qué te acercas a ella?—cuestionó entre dientes y el hombre hizo una mueca de indiferencia.
—Anastasia tocó el timbre y salí a recibirla. Ella fue la primera persona con la que hablé en la iglesia y me reconoció. Me dijo que estar cerca tuyo me hará muy bien. ¿Qué? ¿Debería haberle dicho que se aparte? O quizás…
—¡Ya!—Miko ardía de furia—. He aceptado ayudarte con la condición de que nadie de mi entorno sufra. Tienes que cumplir tu parte, porque te juro por Dios que te vas a arrepentir.
Sasha contuvo una carcajada. Le pareció profundamente divertido el enojo de Miko.
—¿Por qué piensas que no lo haré? Anastasia está viva y de una pieza.
Miko se restregó el ceño como si quisiera borrarlo.
—Eres un maldito hijo de puta.
Sasha abrió la boca y señaló con su índice.
—Es la tercera palabrota que le escucho, padrecito. ¿No le da vergüenza?
El ambiente se tornó denso. Sasha se mordió el labio inferior.
—Debería matarte.
Sasha sonrió ante el aspecto sombrío del sacerdote.
—¿En serio? ¡Pues aquí estoy, Miko! ¿Qué te detiene?
Las manos de Miko se hicieron puños. La impotencia llenó su cuerpo.
—Este café huele mejor que nunca.—Anastasia ingresó al comedor con una bandeja y su famosa tarta de fresa.
—Debo darte la razón, huele exquisito.—Sasha se sentó de inmediato. Miko parecía una momia.
—Padre, siéntese. El café se va a enfriar.
Apenas podría ingerir bocado, pero no iba a desairar a Anastasia que siempre fue amable con él y se había esforzado en esa tarta, además debía estar atento al loco de múltiples personalidades que ocupaba su hogar.
Miko ingirió la bebida que se asentó en las entrañas. Comió la porción de tarta que con tanto amor Anastasia le sirvió.
El hombre sentado frente a él era otra persona. Lejos había quedado el tipo serio y temible que lo observaba durante las misas y que al final de ellas, se escabullía o desaparecía como un fantasma.
«¿Cuántas caras tienes?».
Miko entrecerró los ojos y escrutó a su captor con detenimiento.
Era tan bueno fingiendo, la manera en que respondía y hacía preguntas a su amiga.
La forma en que cuidadosamente contaba partes de historias, su cerebro preparado para ello.
Este hombre era como un veneno de acción tardía, una víbora que nunca sabes cuando asestará la picadura.
—¿De qué parte de Rusia eres?—preguntó Anastasia.
—De Moscú.—Sasha bebió el café—. Crecí allí junto a mis padres y mis hermanos.
—¿Te llevas bien con ellos?
—Creo que nunca podría alejarme por completo de ellos. Son como una parte de mí, aunque uno de mis hermanitos está aquí en Alemania.
«¿Cuál? ¿Ese que pretendías matar?».
Miko arqueó una ceja y se imaginó haciendo la pregunta, se imaginó quitándole la máscara y exponiéndolo frente a su amiga a la cual tenía comiendo de su mano.
—¿A qué te dedicas ahora?
Sasha dio un suspiro. Miko sonrió. Bien, ¿qué vas a contestar ahora, cabrón?
—Tuve un altercado con el hijo de mi jefe y me despidieron. Eso me dejó sin alternativas, así que ahora, busco rehacer mi vida en esta parte del planeta. Todavía no tengo bien en claro mi camino, pero pronto lo descubriré.
Los ojos verdes grisáceos fueron hacia Miko quien se estremeció.
—El padre Miko es un gran mentor. Los jóvenes de la zona lo aman—señaló Anastasia—. Fue mi mayor sostén cuando perdimos a nuestro hijo.
—No lo dudo.—Sasha no le sacó los ojos de encima a Miko—. A mí me impactó desde el primer instante.
Miko bajó la mirada y bebió su café.
—Tengo que hacer unas llamadas al arzobispado. Ya regreso.
Miko se levantó de la mesa y caminó despacio hacia su pequeño despacho. Lo primero que hizo allí fue correr al baño de ese cuarto y vomitar. Se sentó en el piso al lado del inodoro y respiró. Necesitaba rezar, requería de Dios y su fuerza más que nunca.
Su estómago dolía después de forzarlo a ingerir alimentos, pero lo ignoró.
Regresó al despacho, se ubicó en la silla frente a su escritorio, asió el rosario que estaba sobre la madera, y se decidió a entregarse a Dios y a sus planes, le pidió fuerza para enfrentar las tinieblas, templanza y entendimiento frente a lo que estaba ocurriendo ¿Cuál era el plan de Dios para Miko?
¿Cuál era el plan para Sasha? ¿Por qué lo llevó a su puerta? ¿Por qué?
Eran tantas las preguntas que atormentaban su mente.
—Te pertenezco en cuerpo y alma, protégeme de las tentaciones.
Me gusta ser tu pastor, sabes que he cumplido con esta labor con alegría, pero no sé qué hacer en este momento.
Hay personas en riesgo, gente que amo que podría morir por mis errores y equivocaciones y por las consecuencias del accionar de este hombre. Sasha también podría salir herido y…
«No quiero que sufra».
Lo dijo en su mente, pero no lo pronunció.
Era difícil reconocer que tenía empatía por su captor, por un hombre que no valía la pena.
Miko acarició la cruz del rosario y se decidió a perderse en la oración.
Nada bueno saldría de tanto cuestionamiento de su cabeza, era momento de escuchar la voz de su corazón, la voz de Cristo y la virgen María.