Sacrílego (Prohibidos 1) 12 Una vida diferente
29%

12 Una vida diferente

El golpe en el lago cubierto de la gruesa capa de hielo, gritos, gritos y más gritos.

El impacto del puño sobre la superficie cristalina que no cedía.

La nieve caía sin cesar y empapaba sus ropas.

Más gritos, llantos desgarradores y la imagen de su único amor, de lo único que había tenido perdiendo la vida.

—¡Mijail! ¡Mijail!

Sus ojos dejaron de brillar, las últimas burbujas bailaban en el agua fría que se tornaría su tumba.

Toda su fuerza no fue suficiente, su destreza no fue suficiente.

Nada de lo que hizo sacaría a Mijail del hielo.

Los alaridos de dolor resonaron en la inmensa planicie helada.

La sangre tiñó de rojo el hielo que no cedió. Lo había perdido.

Sasha dio un suspiro ahogado y abrió los ojos con estupor como ocurría desde hacía casi dos décadas. El trino de los pájaros muy cerca de la ventana le mostró el lugar donde se encontraba. Estaba vivo, su corazón seguía latiendo pese a sus deseos por apagarlo.

«No todavía, tienes cuentas que ajustar».

—Murió por tu responsabilidad.

—No es verdad. Fue responsabilidad de esos hijos de puta.

Sasha tensó la mandíbula. Si tan solo hubiera muerto ese día, si tan solo la maldita bala hubiera respondido cuando intentó poner fin a todo eso.

Un suspiro profundo lo sacó de su miseria, lo sacó del recuerdo que se repetía como en una espiral donde el resultado siempre era el mismo.

Observó la cama a su lado y el padre Subaru seguía en ella.

Dormía, sí, dormía, contra todo pronóstico, ese hombre fue capaz de conciliar el sueño al lado de un monstruo.

«Monstruo».

El término era tan común para él como respirar. Todo el mundo lo llamaba de ese modo, por lo que dedujo que no todos podían estar equivocados.

Sasha se ubicó de perfil y se encargó de grabar sus gestos. Su labio superior era un poco más regordete que el inferior, sus pestañas largas y gruesas le daban el toque perfecto a su piel de porcelana. Sasha se humedeció los labios y negó con una sonrisa antes de ubicarse de nuevo mirando el techo.

¿Cómo encuentras el billete de lotería ganador en la calle? Es casi una proeza, ¿verdad? Pues, eso fue lo que le sucedió a él.

Sasha había caminado sigiloso por las calles a primera hora de la mañana.

El dinero se había acabado, necesitaba una nueva víctima hasta que Martin le consiguiera lo prometido.

Odiaba depender de las personas, pero era la única salida posible.

Encendió el último cigarrillo y se detuvo frente a uno de los mercados de la zona.

Allí estaba, llevaba sotana ese día. El sacerdote le sonrió a la vendedora mientras palpaba la calidad de los tomates.

Sasha se humedeció los labios del mismo modo a cómo lo estaba haciendo en ese momento y le dio una nueva pitada al cigarrillo.

Miko emprendió su camino de regreso a casa y Sasha lo siguió, fue cuando llegaron a una iglesia católica.

El hombre observó la fachada del sitio, era antigua, pero estaban haciéndole algunas restauraciones.

Miko ingresó al lugar y Sasha entró a una iglesia por primera vez en toda su vida.

Averiguó los horarios de misa y a partir de allí, todo su talento entró en juego.

El sacerdote no tenía a nadie, sabía que vivía solo en la casa detrás de la parroquia, una mujer de unos cincuenta años junto a su esposo le colaboraban en alguna de las reuniones y en proyectos.

Miko era la víctima perfecta, un ángel caído del cielo ante un demonio, al cual, lo embargaba la desesperación.

Sasha le acarició el cabello con la punta de sus dedos. Su piel ardió y tensó la mandíbula, un hábito común al momento de frenar sus instintos. No recordaba la última vez que el deseo bramó en su interior con tanta fuerza.

«No abuso a las personas».

Era una verdad como un templo. Sasha jamás había forzado a nadie, es más, odiaba a ese tipo de escorias a los cuales consideraba peor que él incluso, pero el padre Subaru, Dios, era una tentación ambulante.

«No eres mi tipo».

Sasha pensó en cuántas veces se había follado a hombres delgados y pequeños y el número fue cero.

Le gustaba el combate, la lucha cuerpo a cuerpo, el choque de sus pieles con furia.

Con Talo había tenido eso, con sus amantes anteriores también, no obstante, esta sensación extraña que el padre Subaru despertaba en él llevaba décadas dormida, una sensación que debería haber quedado guardada en lo más profundo de su mente y también en los resabios de su corazón.

—Quisiera una confesión.

—Es nuevo aquí, ¿verdad?

—Lo soy.

—No se preocupe. El padre Miko es maravilloso. Sea muy bienvenido.

Anastasia le había dado una sonrisa llena de calidez y Sasha había reído, no por amabilidad, sino pensando en la estupidez de la pobre mujer.

Entonces, aquí estaba. En la cama del padre Subaru deleitándose con sus suaves ronquidos y su respiración acompasada.

¿Qué tan mal de la cabeza podía estar Miko para acostarse a su lado?

Más de una vez esa noche, Sasha pensó que el sacerdote huiría, pero no lo hizo en ningún momento. Obedeció sumiso, o quizás resignado, pero de igual modo, se mantuvo a su lado.

Sasha se acercó unos centímetros más, el calor del cuerpo del sacerdote se percibió en el suyo.

«Dios siempre perdona, está en su infinita misericordia hacerlo, y, si nosotros tuviéramos su fuerza o su espíritu, seguiríamos su ejemplo».

Sasha estuvo a punto de carcajearse cuando escuchó esa frase. Estaba claro que Miko había vivido en una burbuja toda su vida, el dolor no le había rozado ni una uña, de lo contrario, no lanzaría tantas estupideces al viento.

El padre Subaru dio un gemidito y se acurrucó contra su cuerpo y Sasha se tensó.

Esto era peligroso, no para Sasha por supuesto, sino para el pobre tonto que no intuía el calor que había despertado en el mercenario.

Necesitaba sexo, mucho sexo y este hombre se le estaba presentado en una bandeja decorada con hojas verdes y una manzana en la boca.

«Contrólate. Lo necesitas».

Cierto, había que seguir un plan. Uno que se le estaba yendo a la mierda desde el momento en que abrió los ojos.

Sasha se enfocó en el reloj que estaba al lado de la cruz en la pared frente a ellos.

Eran las seis y treinta. Hacía tanto tiempo que no dormía de un solo tirón.

Sasha se durmió profundamente después de la abierta provocación al sacerdote, al cual, le había aclarado que no era su tipo.

Sasha rio para sí mismo ¿En serio había coqueteado con un sacerdote?

Martin se reiría a carcajada limpia si le contara.

Se giró una vez más hacia Miko. Deberían prohibir que hombres así se dedicaran al sacerdocio.

Eran una tentación. Sasha no sabía mucho de la iglesia, pero entendía que uno iba a ese lugar a dejar los pecados, no buscando follarse al cura.

Miko se movió en la cama y su frente se apoyó en el musculoso brazo de Sasha. Fue cuando de un solo salto se incorporó y voló fuera de la cama. Sasha se rio ufano.

—Buenos días, padrecito ¿Dormiste bien?

El sacerdote llevó su vista a la habitación, a los escasos muebles acomodados prolijamente en la habitación. No había sido una pesadilla, ese hombre estaba allí en su cuarto, en su cama. Su aroma estaba impregnado en cada parte.

«Dios mío, ayúdame».

Miko bajó la mirada al piso de madera y tomó conciencia de la realidad, el bulto en sus pantalones cortos le dio escalofríos.

—Hay muchas mujeres en la iglesia. ¿De verdad no se ha fijado en alguna de ellas?

—Aunque no lo creas, jamás lo hice. Puedo admirar la belleza de una mujer, pero nunca la amaría de manera apasionada, quizás, hubo algo mal en mí desde el principio, quizás no traje un interruptor de la libido, porque de verdad, soy incapaz de sentir ese tipo de pasión carnal que a todo ser humano lo embarga.

El miedo atravesó su columna vertebral como un látigo, sus ojos se llenaron de lágrimas por el terror.

¿Por qué carajo tenía una erección?