Sacrílego (Prohibidos 1) 10 Monstruos
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10 Monstruos

—No creo que las personas como yo podamos recibir comprensión, seres como usted, padrecito, siempre nos juzgarán, incluso cuando me diga que no lo hace, sé que miente.

Todos mentimos en algún punto. Mentira terrible o mentirita blanca, pura mierda, las mentiras son eso, una distorsión o la inexistencia de verdad.

Usted miente y dice que comprende a la gente, pero nunca podrá hacerlo, no del todo, para comprenderlo debería vivirlo y usted no estaría dispuesto a eso.

»He matado a trescientas cuarenta personas desde que me dedico a este negocio, y sí, estoy al tanto de que acabo de decir negocio porque eso es lo que es para mí.

He ayudado a destituir a dictadores y he puesto a dictadores en el poder, hombres que te matarían de solo pestañear si a ellos no les agradas, he torturado por información a miles de personas de las cuales no sabía nada, personas que tenían familia a las que nunca regresaron.

Hice desaparecer a personalidades de la política y del mundo empresarial y no he dejado rastro de ellas.

»He follado a hombres y mujeres sin compromiso, participé en tríos, orgías, intercambios, he practicado BDSM en todas sus formas, intenté asesinar a mi propio hermano porque lo considero, he asesinado a mi último amante después de rebanarlo porque el bastardo me engañó.

Lo enterré en un lugar donde nadie lo encontrará y ahora estoy pagando las consecuencias de mis decisiones, y es probable que reciba el castigo de estos hijos de puta antes que el de su dios, aunque bueno, a esta altura, de seguro tendré de ambos.

Miko pestañeó una y otra vez, convencido de que estaba en medio de una de esas pesadillas nocturnas que lo embargaban con frecuencia desde que era un niño. El gigante que escuchaba su prédica de manera diaria desde hacía varios días era incapaz de hacer todo eso. No, Miko había escuchado mal.

«Monstruo».

Miko buscó que la palabra no doliera en su mente, pero no había otra forma de denominar a este hombre.

—¿Te arrepientes?

Sasha frunció el ceño, y luego rio. Miko tragó saliva ¡El maldito estaba riendo!

—¿Eso serviría?—preguntó y movió las manos—¿Resucitaría a los que maté?

¿Le daría paz a las familias que destruí?

¿ A los huérfanos y a las viudas? ¿Qué sentido tiene el arrepentimiento, padrecito?

—Miko se humedeció los labios y bajó la mirada.

Sasha lo observó y negó—. Deja de hacer eso, padrecito, de lo contrario, voy a tener que agregar un nuevo pecado a la lista interminable.

—El sacerdote se congeló, su vista fue hacia la puerta cerrada y Sasha le sonrió.

Tenía una sonrisa perfecta. Si el monstruo frente a él fuera una persona normal, Miko diría que tenía la sonrisa más bella que había visto en su vida.

El miedo se apoderó del sacerdote—. Yo que tú, no lo haría.

Miko no dudó e hizo oídos sordos a la advertencia. Se puso de pie y saltó hacia la puerta. Sasha dio dos pasos, lo sostuvo de la sotana y lo estampó contra la pared con una fuerza arrolladora. Miko fue consciente de cada célula de su cuerpo que vibraba en un dolor sordo.

—¡Ayuda!—Miko gritó y Sasha le cubrió la boca.

—Cierra la boca, padrecito—musitó en su oído—, de lo contrario, deberé actualizar mi lista de muertos. Vas a guardar silencio y me vas a escuchar, ¿sí?

La voz de Sasha estaba llena de furia contenida, transmitía seguridad, terror. Miko cerró los ojos. El hombre aflojó el agarre de su boca.

—¿A qué has venido?—Miko tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Te dije que he matado a una persona hace algunas semanas, bueno, mis superiores me están buscando y claman sangre. No tengo dinero y ningún tipo de recurso.

Miko negó con su cabeza con rapidez.

—Yo no puedo ayudarte.

—Padrecito, por favor—esgrimió en un tono socarrón—. Te jactas de ser bueno con el prójimo, estimulas a todos los idiotas que vienen aquí a brindar cobijo y ayuda al necesitado ¿Qué pasa? ¿Acaso eres un hipócrita?

—¡Déjame ir!—Miko le dio un pisotón en el pie derecho y su rodilla se clavó en los testículos de Sasha, luego le dio un empujón, abrió la puerta y corrió por los pasillos para abandonar la iglesia.

Quizás este hombre lo rebanara también como a su excompañero, pero Miko no se rendiría con tanta facilidad.

Anastasia ya se había marchado, no había nadie en la iglesia que pudiera ayudarlo.

Debía llegar a la calle. Abrió las puertas a toda velocidad cuando el agarre firme sobre sus largos cabellos lo detuvo y lo tiró hacia atrás hasta que su culo se estampó en el suelo.

—¡Suéltame!—gritó con todas sus fuerzas y Sasha lo arrastró del cabello por el pasillo hacia el interior de la casa que ocupaba como si se tratara de una pluma.

El sacerdote aulló de dolor, buscó la manera de zafarse del agarre, pero las manos de Sasha se asemejaron al concreto.

Ya en el interior de la casa una vez más, en el antiguo piso de madera, el hombre puso su bota de combate sobre la garganta y presionó.

Miko intentó moverlo, pero fue imposible.

¿Cómo mover una montaña? El hombre comenzó a hundir su peso en su tráquea.

—Vas a guardar silencio como te ordené porque a la próxima no la cuentas, ¿entendiste, imbécil?—Miko no respondía—¡¿Entendiste?!

—¡Sí! ¡Por Dios! ¡Sí!—Miko gritó con todas sus fuerzas desmoronándose en llanto. Sasha puso los ojos en blanco y lo levantó de un tirón.

¿Cómo un hombre tenía esa fuerza?

—Ya, no te pongas llorón, que no te he hecho nada.—Sasha le limpió la cara y le sacudió la sotana como si se tratara de un niño.

—Hay comida y dinero en la iglesia.—Miko dijo con voz trémula, con la tonta esperanza de que Sasha se fuera—. Toma lo que quieras y vete. Juro no decir nada, solo vete, ¿sí? Hagamos de cuenta que esto nunca sucedió.

—¿De verdad vas a mantener cerrada tu linda boquita, padrecito?—Un escalofrío recorrió la columna de Miko de punta a punta, una corriente eléctrica que le reveló que el peligro era mayor al imaginable. Sasha negó—. Mierda, de verdad te creí más inteligente, chinito.

«Chinito».

El imbécil ni siquiera suponía que su ascendencia no era china sino japonesa.

—No soy chino. —Miko escupió y Sasha puso los ojos en blanco.

—Claro, chinito, como sea. Requiero de un lugar para esconderme hasta tener novedades de mi contacto en América Latina. Voy a quedarme aquí y tú me asistirás, ¿entiendes ahora o debo deletrearlo?

—No—Miko negó—, tú no…

—¿Quieres morir, chinito?—Sasha lo asió del mentón—. Porque no me costará nada matarte y estoy aguantando las ganas de callarte de un solo golpe. No estás en posición de decidir, grábate eso.

Sasha colocó su índice sobre la sien de Miko y presionó con tanta fuerza que el sacerdote se tambaleó.

«Es una pesadilla».

Había sobrevivido a tantos asesinos a lo largo de su vida, asesinos de su propia sangre, ¿por qué Dios le seguía enviando pruebas? ¿Cuánto dolor debía pagar para caer en las garras de este hombre?

El escrutinio de Sasha fue feroz sobre cada parte de su cuerpo. Cuando el bastardo se mordió el labio inferior, Miko tembló de anticipación. Lo seguía mirando de ese modo, como si fuera una presa al alcance de una bestia.

—Suéltame. Prometo no gritar.

Sasha hizo una mueca, peinó su cabeza y acarició con su mano derecha los hematomas que se estaban formando en su cuello y en la parte inferior de su rostro. Las lágrimas corrían incontrolables en el rostro de Miko, y Sasha entornó los ojos. Carajo, esto estaba saliendo peor de lo que esperaba.

—Escucha, sé lo que parece, pero de verdad no busco hacerte daño.

No voy a quedarme eternamente aquí. Solo necesito un mes y después serás libre de mi presencia por el resto de tu vida.

—Sasha explicó—. Vamos, no me hagas matarte.

—Miko tragó saliva y escuchó al hombre que todavía lo sostenía contra su cuerpo—.

No tengo nada en contra de ti, padrecito, pero necesito un lugar donde ocultarme y no levantar sospechas y este parece el mejor.

Nadie en su sano juicio pensaría que Sasha Kozlov se oculta en una iglesia.

—Por supuesto, por lo general las iglesias no albergan a Satanás reencarnado.—Miko quería morderse la lengua para no responder, pero el ímpetu fue más fuerte. Sasha dio pasos hacia atrás y comenzó a reír.

—Creo que hay varios colegas tuyos que son mucho peores que yo, así que no creo que estés en condiciones de juzgar ¿Quieres que los enumere? Tipos que fingen ser pastores de ovejitas cuando en realidad son el puto lobo feroz.

Miko se irguió. El dolor en la mandíbula era inenarrable. Le dolía hasta pensar en ese momento. Estaba en el sitio que había sido su hogar, un hogar que ahora le pertenecía al tal Sasha. Lo sería por un mes si el bastardo cumplía su palabra.

—No hablo por mis colegas, hablo por mí y puedo asegurarte que mi vida ha sido un infierno a causa de personas como tú que se arrojan el derecho de matar, torturar y perseguir.

—Miko estaba enojado, Sasha notó los gestos de un hombre que a simple vista parecía un ángel, pero ahora estaba sacando las garras—¿Cómo sabes que no te denunciaré a la policía?

No voy a dejar mis labores, Sasha. No me tendrás cautivo encerrado en una habitación.

Si piensas que voy a actuar de ese modo, pues…

—¿Qué?—Sasha deslizó su lengua por el labio inferior entre divertido y provocador—, Anda, muestra pelotas, padrecito.

—La iglesia seguirá funcionando conmigo. Si no aceptas mi condición, mátame ahora, porque no voy a ceder.

Dos pasos adelante, uno más, otro y otro. Sasha avanzó sobre el cuerpo trémulo que ahora retrocedía hasta chocar con la mesa de la salita de invitados, la cual, estaba decorada con muebles antiguos. Miko se sostuvo de la madera y esperó el golpe.

—En el momento en que decidas hablar, si tienes la loca idea de traicionarme, iré al hogar de tu linda amiga Anastasia y la asesinaré a ella y a su marido ¿Eso suena como una buena condición para tu silencio? ¿Suena como una condición aceptable para que mantengas las apariencias?

Miko se cubrió la boca y volvió a llorar.

—¿Por qué? ¿Por qué yo?—Miko anhelaba golpear a ese hombre frente a él, deseó por un instante haber muerto cuando era un niño—.

Dios.—Sasha, como era su costumbre arraigada, solo lo observó.

Miko se quedó inmóvil, bañado en lágrimas frente a un tipo que esperaba con paciencia que su ataque de dolor y pánico terminara—.

Por favor, no le hagas daño a mi gente, solo eso te pido.

Sasha asintió y Miko fue consciente de que ese gesto sería lo máximo que obtendría de él.

—Bien, padrecito. Ahora que nos entendemos, aliméntame. No he comido desde ayer.