9 Confesiones
Fráncfort del Meno, Alemania.
Una semana después.
Estaba de nuevo ahí. El maldito hombre que disparaba sus pulsaciones estaba en el mismo lugar, el sitio el cual ocupaba desde hacía casi una semana. Miko pensó que, con el devenir de los días, los nervios irían abandonando su cuerpo.
«¿Qué te está pasando?».
La cosa es que había sucedido todo lo contrario.
Miko temblaba ante la mirada de ese hombre, ante los ojos verdes grisáceos que parecían brillar y flamear.
Esos orbes lo estaban quemando. Si al menos hubiera tenido la posibilidad de hablar con él, quizás esas ideas delirantes se habrían sosegado, pero no, el hombre se esfumaba en el momento en que Miko se descuidaba.
Miko servía el vino, estaba en plena eucaristía. Se acercó a los feligreses y estos formaron una fila para recibir la hostia que simbolizaba el pan. Sus piernas trémulas estuvieron a punto de fallarle cuando el hombre se puso de pie y también esperó su turno.
—El cuerpo de Cristo—susurró mientras una alabanza sonaba de fondo.
—Amén—respondió la mujer que estaba en primer lugar.
Miko era incapaz de controlar el temblor en sus manos ¿Es que acaso haría el ridículo? ¿Era miedo en verdad lo que esté hombre le proyectaba? ¿Qué recuerdo encapsulado en su memoria liberaba?
El sacerdote miró hacia arriba. Era un hombre de dos metros, estaba seguro de ello. Recio, imponente, Miko observó el tamaño de sus manos, las cuales fácilmente podrían triturar su cráneo. Dios, ¿en serio había pensado eso?
—El…—Las palabras yacieron extraviadas en su boca. El tipo se agachó y Miko podría jurar que observó una mueca de una sonrisa.
—Amén.
Su voz dura, fría, rígida, coincidía con el hombre. Miko se giró hacia el altar antes de caer de rodillas por sus temblores. Guardó la copa y las hostias restantes en el sagrario y continuó con el tramo final de la misa.
—La bendición del Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda y esté siempre con ustedes. Estaré recibiendo a quienes deseen una confesión en media hora. Son bienvenidos los que deseen quedarse, los que no, pueden ir en paz a sus hogares.
***
—¿Se encuentra bien, padre Miko?
—¿Qué?
Anastasia le tocó el hombro y frunció el ceño.
—Está pálido—explicó—¿Está seguro de que quiere dar confesiones hoy?
—Sí—Miko se repuso de inmediato—, de seguro hay personas esperándome.
—Varias de hecho—replicó Anastasia—, he contado por lo menos una decena.
Miko dio un suspiro. Esto era bueno, escuchar los problemas ajenos lo distraerían de los propios.
Miko se colocó la estola y se dirigió al confesionario.
Se ubicó en su silla frente al reclinatorio y apoyó la mano en su corazón.
Tocó su mano derecha y se percató de que el calor del aliento del hombre en su mano no había desaparecido.
«Amén».
Su voz resonaba en cada célula de su cuerpo, una sensación que todavía desconocía, en un primer momento había sido miedo, pero ahora, había algo más, pero Miko no alcanzaba a dilucidar qué.
La primera en pasar fue una adolescente. Miko le sonrió y la invitó a ubicarse en su sitio. La chica le contó que estaba conociendo a un muchacho que su familia no quería, le contó que no sabía cómo lograr que sus padres lo aceptaran, que ella estaba enamorada.
Luego de ella fue un hombre el que llegó al padre Miko, un tipo que tenía una vida paralela en donde no podía tomar la decisión de abandonar a una de las mujeres porque, según él, las amaba a las dos.
Miko escuchaba cada confesión, daba los consejos que le parecían más apropiados y guardaba silencio cuando era necesario, a veces, era solo la escucha, solo con eso, las personas se iban más livianas.
Miko jugaba con sus pulgares, y su mente, pese a que hacía el intento, volaba hacia el hombre que lo había trastornado, ese desconocido que no se apartaba de su cabeza.
Las horas pasaron, algunos feligreses demoraban más de la cuenta, pero Miko jamás puso límites. Las personas lo necesitaban y él estaba en servicio. Era una tarea que no todo el mundo estaba dispuesto, pero él lo hacía con gusto y, sobre todo, amor.
Miko observó su reloj cuando advirtió que llevaba más de tres horas en el confesionario. Se puso de pie cuando alguien golpeó la puerta de la habitación. Bien, había una persona más.
—Adelante—dijo con la amabilidad que lo caracterizaba. Miko puso su mejor sonrisa a pesar del cansancio, pero esta de inmediato se desvaneció cuando observó de quién se trataba.
—Buenas tardes, padrecito.
«Padrecito».
Miko puso sus labios en línea recta cuando notó el ápice socarrón en la frase. El enorme hombre estaba allí, frente a él, en la soledad del confesionario.
—Soy el padre Miko—Su voz sonó firme y eso le agradó—, por favor, ubíquese en el reclinatorio.
El hombre arqueó una ceja divertido.
—¿Y eso me aguantará?
—Lo hará.—Miko se mostró serio—.Por favor.
Al tipo le gustó esa actitud. La manera en que controlaba los nervios que eran evidentes. Miko se arregló el cabello lacio negro detrás de las orejas. Hizo la señal de la cruz y Sasha lo observó.
—¿Alguna vez se ha confesado?
—Nunca, ni siquiera creo en Dios.
«¿Por qué carajo tomaste la eucaristía entonces?».
Miko frenó a su cabeza y la pregunta que ya tenía respuesta. Lo había hecho porque podía, así de simple. El sacerdote dio un profundo suspiro, carecía de importancia si el hombre creía en Dios o no, estaba allí porque necesitaba una guía y él se la daría.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El Señor está en tu corazón para que te puedas arrepentir y confesar con humildad tus pecados.
Sasha afirmó sus codos en el reclinatorio. El padre Miko estaba rojo, no eran solo sus mejillas, todo su rostro se estaba tiñendo de carmesí.
—¿Puedo tutearte?
—Por supuesto.
—¿Cómo te llamas?—preguntó Miko.
—Sasha.
—Encaja contigo—dijo Miko y respiró.
—Gracias, padrecito.
Miko tensó la mandíbula.
—Bien, ¿por dónde te gustaría comenzar?
—¿De verdad las personas hacen toda esta tontería?
No era el primer ateo con el que se cruzaba, pero sí el más maleducado, sin lugar a duda.
—Las personas hacen lo necesario para sentirse bien y encontrar su camino.
—Claro, entonces si yo vengo y le cuento que soy casado y me tiro a toda la ciudad, ¿usted sería capaz de guiarme por el camino correcto?
Lo estaba provocando. Miko se propuso no caer en su juego. Era tarde y estaba cansado.
—No puedes salvar al que no desea ser salvado—argumentó—, intento aconsejar, pero cada ser humano tiene lo que se llama libre albedrío. Son sus decisiones las que van a generar determinadas consecuencias.
Sasha se humedeció los labios y lo recorrió con la mirada. Miko se sintió expuesto, completamente desnudo ante un hombre que parecía inmutable.
—No sé si estoy listo para contarle mis pecados, padre Miko.
—Estoy aquí siempre, para ti o para cualquier feligrés que desee mi guía.
Sasha se mordió la uña del dedo pulgar derecho.
—Ni siquiera usted y su Dios perdonarían todo lo que he hecho.
La sangre en Miko dejó de fluir. Sasha de seguro tenía unos cuarenta años, un poco menos quizás, todo su cuerpo se movía con gracia y seguridad.
La manera en que sonreía, el modo en que movía sus manos le develó que podía pertenecer a alguna fuerza de seguridad.
Los músculos de sus bíceps que se marcaban en la camiseta negra hablaban de años de entrenamiento.
—No tengo miedo de escucharte, ¿tú me temes a mí?
—Yo no le temo a nada, padrecito—replicó sin dudar—, pero he venido aquí, así que voy a contarle todo.
Miko apoyó sus manos en su vientre y se preparó.
—Te escucho.