8 Venganza
Ciudad de Ginza, Tokio.
Una semana después.
Kaname Matsudaira se sentó en el lugar que ocupó su padre por décadas.
Sintió la suavidad del terciopelo púrpura, una distinción semejante a la de un príncipe que hereda un trono.
La distinción a un hombre que no estaba destinado a ser rey y, contra todo pronóstico, logró imponerse y quedarse con la corona.
— Señor Matsudaira.
— ¿Qué sucede?
— Su padre se ha ido.
— ¿Cuándo?
— Anoche.
La lógica era sencilla. Por algún motivo, los pulmones del Oyabun dejaron de responder.
Nadie cuestionó el motivo del deceso, incluso no se requirió una autopsia.
Kaname era el único autorizado para hacer ese reclamo y por supuesto no usaría ese privilegio.
Su padre estaba donde debía estar por su propia responsabilidad.
Una vez que la muerte del Oyabun se difundió, algunos clanes comenzaron a preguntarse si de pronto los Matsudaira perderían poder e influencia.
Todo un equipo de abogados estuvo trabajando día y noche para que el patrimonio de su familia pasara a sus manos sin inconvenientes.
Aún restaba la otra parte, controlar el territorio, mantener unido a diversos grupos que ahora buscarían, quizás, renegociar los términos o peor aún, traicionarlos.
«No eres capaz de tomar decisiones».
Su estúpido padre no tenía idea.
Kaname no se amedrentó, impuso mano de hierro desde el momento en que fingió enterarse del fallecimiento de su padre.
Utilizó a los miembros de la Yakuza para llamar la atención de aquellos que no estaban cumpliendo con sus pagos, así como también dejó en claro a base de sangre que no toleraría sublevaciones.
Rápido y letal. Dos características que le sobraban a Kaname, aunque su padre jamás se percató de ellas.
Cambió a varios de los seguidores de su padre. Aquellos que estaba seguro de que traerían problemas por su conducta o por su lealtad al hombre muerto. Ahora restaba la parte más difícil.
Observó la manera en que cinco empleados retiraban el enorme cuadro familiar de la sala de conferencias.
Sería reemplazado por una imagen de él junto a su esposa.
Dentro de una hora, se celebraría la primera reunión con los consejeros y debía estar listo para lo que viniera.
Kaname se acarició el kimono negro con arreglos dorados.
Pocas veces se vestía de manera típica oriental, pero también era una forma de demostrar su poder.
El Oyabun siempre había usado su vestimenta típica en cambios profundos.
Kaname no sería solo un Oyabun , se propuso ser el mejor de toda la historia de su familia.
—Temo por ti.
—¿Por qué lo harías?
—El poder posee a la gente, no al revés. Tu padre y tu hermano son una muestra de ello.
—No confías en mí, Naoki.
—Te amo, Kaname, pero no sé si pueda soportar todo lo que viene.
Su esposa no lo entendía. Kaname pensó que quizás nunca lo hizo. Todo el mundo dudaba de él, ¿por qué ella sería diferente? Ni siquiera pudo poner un hijo en su vientre, ¿qué clase de respeto tendría hacia él?
Kaname frunció los puños sobre el sillón mullido y perfecto.
Los ocho saiko koman que habían pertenecido a su padre comenzaron a llegar a la hora señalada.
Los hombres lo saludaron y se ubicaron en sus puestos.
Kaname se mantuvo en silencio, luego le hizo una seña a uno de los asistentes para que abriera las puertas de la gran sala de reuniones.
Una docena de guardaespaldas ingresaron en ese momento y se ubicaron a los costados de la sala, detrás de los asesores.
Kaname se humedeció los labios y sonrió.
—Bienvenidos—dijo en un tono solemne.
Los hombres miraron hacia todos lados, seguros de que su vida correría peligro en cualquier momento.
—¿Es necesario esto Oyabun ?
Kaname le sonrió a Niwa, apoyó sus codos sobre la mesa y juntó sus manos a modo de base para su mentón.
—Son necesarios—argumentó—, están aquí para mi protección.
—Por décadas hemos sido los servidores más fieles de su padre.
—Exacto, Niwa—Kaname apoyó el concepto—, eso no implica que estén dispuestos a obedecer mis órdenes.
El silencio llenó la sala, algo oscuro e incómodo se paseó entre los saiko koman, los cuales, se dieron miradas cómplices.
—Gracias a todos por estar aquí hoy. Como saben, con la pérdida de nuestro Oyabun surge la necesidad de establecer nuevas reglas—argumentó Kaname observando los gestos de sus asesores—, en primer lugar, voy a vender la fábrica textil ya que de todo el conglomerado es la de menor ganancia.
Niwa frunció el ceño.
—El área textil está bajo mi dirección.
—Lo sé, serás transferido a otras áreas de la compañía que sean más redituables. Nos enfocaremos en generar el máximo de ganancias. Todos nuestros recursos irán al sector financiero y tecnológico.
Los finos labios de Niwa temblaron. La corbata era un nudo asfixiante en aquel momento. Le dio a Kaname una mirada asesina.
—Sé lo que estás haciendo—esgrimió con veneno—. Es lo que tú padre siempre temió. Destruirás esta compañía.
Kaname dio un suspiro, se hizo hacia atrás en el sillón y colocó sus manos sobre su vientre plano.
—Creo que te olvidaste a quién te estás dirigiendo.
Niwa se puso de pie.
—Si por un momento piensas que voy a arrodillarme frente a ti, maldito bastardo, pues estás muy equivocado.
Como te dije antes de que el verdadero Oyabun muriera, eres débil, sigues siendo el mismo niño que lloraba porque su padre no le reconocía, y no me voy a quedar de brazos cruzados como todo este grupo de perros falderos.
Kaname le dio una sonrisa de labios cerrados. Su vista se fijó en uno de los custodios detrás de Niwa. Con un pequeño asentimiento de cabeza dictó la sentencia. El tipo sacó su pistola y la colocó en la nuca de Niwa. Los ojos del asesor se abrieron con terror.
—Prescindo de tus servicios a partir de este momento, Niwa. Gracias por todo.
—Maldito, no puedes…
El silenciador en el arma impidió que un estruendo llenara la sala, pero sí lo hizo la sangre. El aire quedó contenido en la garganta de los siete saiko koman que fueron testigos de la furia de Kaname. El nuevo Oyabun se detuvo en el rostro desmembrado del tipo que ahora yacía a su lado.
—Como les comenté, la compañía sufrirá algunas reestructuraciones—Kaname le hizo seña a su asistente quien le entregó una carpeta a cada hombre que apenas podían concentrarse después de lo sucedido—.
La idea es que nuestra oferta no sea tan diversa, pero sí de mejor calidad.
Competiremos en mercados en los que, hasta el momento, no tenemos una gran injerencia como es el caso de la Unión Europea.
—Kaname se puso de pie y caminó alrededor de los hombres—.
Quiero que revisen los documentos y me brinden los mejores consejos, como hacían con mi padre.
—Si no estamos de acuerdo, ¿terminaremos como nuestro hermano Niwa?
Kaname rio y negó. Se detuvo detrás de su sillón y apoyó sus brazos en él.
—El problema de Niwa es que siempre pensó que era mi padre y podía faltarme el respeto.
Bueno, creo que les ha quedado bastante claro que no voy a tolerar esa conducta.
En cuanto a críticas que apuntalen nuestros negocios siempre serán bien recibidas, pero desde ya les advierto, soy el nuevo Oyabun, y no voy a tolerar el desdén de nadie.
El asesor asintió. Kaname ordenó a tres de sus guardaespaldas sacar el cuerpo de Niwa y encargarse del problema.
— Oyabun , me gustaría pedir la palabra.
—Por supuesto, Saíto—esgrimió—, te escuchamos.
Saíto respiró y tragó saliva. El miedo escurría en la sala como jamás lo había hecho ¿Cuántos saldrían vivos?
—El antiguo Oyabun nos solicitó rastrear el paradero de Miko Subaru hace algunos meses. No habíamos tenido suerte hasta ahora.
La mandíbula de Kaname se tensó, así que el bastardo estuvo abonando el terreno para dejar su puesto a ese imbécil.
—¿Qué obtuviste?—El hombre sacó de una carpeta una serie de fotografías, las cuales le entregó al asistente de Kaname y se las acercó. Kaname arqueó una ceja—. Mira lo que tenemos aquí. Vaya, tiene escasos rasgos familiares, ¿no crees?
Saíto asintió nervioso.
—Esas fotografías las obtuvieron hace una semana atrás en la estación de Múnich.
—Alemania—susurró Kaname—, ¿qué más tienes?
—Al parecer su hermano y su familia viven en una casa de campo a las afueras de la ciudad. Ha sido lo máximo que encontramos hasta ahora.
—Saíto—Kaname se enfocó en el hombre—, quiero que dispongas de todos los recursos necesarios para rastrear a Miko Subaru. Este hombre representa una amenaza a todo lo que vamos a construir.
—Nos encargaremos de él, Oyabun . No se preocupe.
—No—Kaname lo detuvo—, quiero que una vez estén seguros de su paradero, lo traigan aquí.
—¿Aquí?—Otro de los asesores preguntó y Kaname se acarició el mentón.
—Por supuesto. Si va a morir, lo hará como un verdadero japonés, después de todo, es el bastardo de Jun Matsudaira.