Sacrílego (Prohibidos 1) 7 Miedo oculto
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7 Miedo oculto

Fráncfort del Meno, Alemania

—Padre Subaru, me da tanto gusto verlo de nuevo.

Anastasia era una mujer de unos cincuenta años.

Miko se hizo muy amigo de ella y su marido cuando perdieron a su hijo en un accidente de auto dos años atrás.

Miko siempre tuvo un corazón sensible, con la capacidad de ponerse en el lugar del otro y entonces, ese día cuando hablaba de perdón, observó a la mujer que se derrumbó en lágrimas.

No la había visto hasta ese momento, era nueva en la iglesia y el pecho se le hinchó de dolor porque lo miraba como si lo conociera, como si esa mujer quisiera ver más allá, pero desconocía cómo, era un rostro que buscaba respuestas, no una pregunta específica sino todas, incluso aquellas respuestas en las que su mente aturdida por las pastillas no sabía qué existían.

— ¿Por qué Dios me ha castigado? ¿Por qué Dios me ha abandonado, padre?

Miko se sentó al lado de la mujer aquel día y contempló el Cristo en la cruz como aquella vez cuando tenía diez años. Habían ocurrido tantas cosas en su vida desde entonces.

— Dios no te ha abandonado, está aquí contigo.

Te dio un hijo que amar y estuvo contigo por décadas, te hizo más fuerte incluso cuando sentiste que el alma se desgarraba, te dio un amanecer de colores vivos, un atardecer entre naranja y violeta cuando se une a la noche.

Te dio un marido que siente dolor igual que tú, pero igual lucha por salir adelante.

Te dio paz en medio de numerosas batallas.

El alma de tu hijo conocía su destino, el plan de Dios para él, para ti y para tu esposo y lo aceptó con valentía, sin mirar atrás, ni dudar.

— Siento que me han robado el tiempo con él, padre Subaru. Siento que ya no me queda nada.

La vida pesaba en sus hombros, era un peso tan grande que ni la gran bóveda celeste de Atlas se asemejaría.

— Mira a tu alrededor, Anastasia, mira a tu alrededor y vas a darte cuenta de que Dios no te ha robado nada, te está dando la posibilidad de comenzar de nuevo.

Miko abrazó a la mujer que lo recibió como si fuera su hijo. Le pellizcó las mejillas suaves y redondas.

—Estás más guapo, padre. Los feligreses no paran de hablar de ti y de lo lindo que eres. Me haces fácil reclutar voluntarias. Creo que deberemos hacer más reuniones.

Miko negó, el arrebol tiñó sus mejillas delicadas. No sé veía a sí mismo como alguien guapo. Solo un muchacho más de rasgos mestizos occidentales y orientales.

—Dices cada cosa.—Miko negó con una sonrisa.

El voluntariado había sido su mayor desafío cuando desembarcó en esa pequeña iglesia.

Muchas mujeres, hombres y niños llegaban en busca de guía e incluso ayuda para su alimentación.

Personas que estaban en una situación ilegal en el país, que estaban pasando por una mala racha económica.

Si bien Alemania era, dentro de los países de la Unión Europea, uno de los mejor posicionados en cuanto a calidad de vida, los esfuerzos y las políticas de bienestar impulsadas por el gobierno eran insuficientes.

El desafío de la iglesia no solo era ayudar, para Miko se debía ir un poco más allá, por lo tanto, había impulsado el voluntariado denominado «Cambiar vidas» que consistía en dedicar cuatro horas semanales en darle a las personas no solo un plato de comida sino en ubicarlos en la estructura económica a través de un oficio.

Desde los altos rangos de la iglesia habían catalogado su plan como ambicioso, algunos fueron más allá y lo tildaron de poco realista.

Miko no se desalentó, con la ayuda de Anastasia el grupo crecía a pasos agigantados.

Organizaban todo tipo de eventos que les permitan recaudar fondos y continuar su labor.

Fue así como Anastasia también trajo a su esposo y encontraron consuelo en el lugar menos pensado.

Habían perdido un hijo, ahora ayudaban a los jóvenes a tener un futuro.

Miko pensó que esa era la esencia de Dios, la cual, estaba en cada ser humano, un pequeño rincón que solo podía ser explotado por aquel que se entregaba por completo.

Miko mezclaba la harina para preparar el pan.

En la casa de su hermano, su cuñada Hanna ni siquiera le había permitido tocar una cuchara en la cocina, ahora en su ambiente, Miko se sentía con ganas de explotar ese talento innato para preparar cosas deliciosas.

El sacerdote hacía exquisiteces, más de uno lo comentó, pero ahora, con los dichos de Anastasia, Miko se preguntó si eran verdaderos o solo un intento de coquetearle.

—He traído dos recetas de postres con manzanas.—Miko señaló—. Me gustaría que me ayudes a prepararlos.

—¡Pues será un placer!—Anastasia siempre estaba lista para la cocina. Miko le mostró el papel escrito por sus propias manos. Había tomado nota mientras su cuñada estaba concentrada y le explicaba todos sus secretos—¿Cómo está su hermano?

—¿Sabes? Creo que está cada vez mejor. Tiene una familia tan hermosa. Mis sobrinos son adorables, tiernos, educados.

La mujer lo miró pensativa.

—¿Le habría gustado tener una familia?

Miko hizo una mueca.

—Nunca lo pensé—esbozó con sinceridad—. Fue como si esa posibilidad fuera arrancada de mí.

No creo tener la capacidad, ni la infinita paciencia que demanda criar a un hijo.

Mis sobrinos son maravillosos, pero requieren muchos cuidados.

Dohko y Hanna tienen la habilidad de estar en todos los lugares y momentos para ellos ¿Cómo es posible?

Te juro, por momentos los observaba y me lo preguntaba.

Los padres son casi superhéroes, aunque muchos no lo noten.

—Es la magia de ser padres.—Anastasia detuvo sus manos que estaban en la harina—.

Es verdad que por momentos es cansino, pero nunca te arrepientes de lo que das.

El lazo que te une a ellos supera todo lo malo, todo el esfuerzo.

Estás agotada, pero eres feliz, como aquel que completa una obra maravillosa.

Usted es padre de esta iglesia también. Tiene muchos hijos.

Miko se encogió de hombros.

—Tampoco me arrepiento de lo que doy así que sí, supongo que lo soy.

Anastasia dio un profundo suspiro. Miko frunció el ceño.

—Quizás esto le caiga mal, Miko—dijo la mujer—, pero a veces, cuando veo hombres tan jóvenes dedicados al sacerdocio me da un poco de pena. Pienso en todo lo que perdieron para estar allí.

—Son decisiones Anastasia, nadie nos obliga—replicó Miko—. Es una decisión consciente, al menos la mía lo fue. Siempre estuve vinculado a este ámbito. Mamá era católica, incluso lo fue cuando en Rusia no estaba bien visto. Ella guardó sus creencias y las transmitió con todo su amor.

—Lo sé, pero en mi mente lo imagino con una buena mujer al lado.

Miko se humedeció los labios.

—Te diré que solo me enamoré una vez y resultó bastante mal.—Miko se rio al recordar su corazón roto—. Estuve enamorado de quién es mi cuñada.

—¡Oh por dios!—Anastasia parecía escandalizada. Miko rio.

—Tranquila. Nunca pasó nada entre nosotros. Ella ni siquiera lo supo. Éramos apenas unos niños entrando en la adolescencia, a ella le gustaba otro estilo de hombre. Supongo que las cosas que ustedes ven lindas en mí, a ella no le agradaron. Tenía inclinación por los hombres grandes y corpulentos.

—Como su hermano.—Había tristeza en el tono de Anastasia. Miko entendió cómo se veía todo el asunto. El eterno enamorado encasillado como amigo por su gran amor, pero no era así.

—Sí, Hanna se sintió atraída por mi hermano a medida que fue creciendo ¿Te das cuenta, amiga?

Dios nos lleva por caminos que ni siquiera imaginamos, nos muestra infinitas posibilidades más allá de nuestra racionalidad ¿Quién iba a decirme a mí cuando tenía cinco años que terminaría a tantísimos kilómetros de Tokio y me convertiría en un servidor de Dios a tiempo completo?

—¿Volvería a su país?—preguntó la mujer.

—No.—Miko no dudó un segundo—. Forma parte del pasado y no hay nada bueno para mí allí. Corresponde a un Miko que ya no existe. Mi vida está aquí junto a ti, a mi iglesia, a mi hermano y a su familia.

Anastasia comenzó a formar la masa del pan. La pregunta seguía rondando su cabeza.

—Hay muchas mujeres en la iglesia. ¿De verdad no se ha fijado en alguna de ellas?

Miko volvió a reír.

—Aunque no lo creas, jamás lo hice. Puedo admirar la belleza de una mujer, pero nunca la amaría de manera apasionada, quizás hubo algo en mí desde el principio, quizás no traje el interruptor de la libido, porque de verdad, soy incapaz de sentir ese tipo de pasión carnal que a todo ser humano lo embarga.

Anastasia se carcajeó.

—Ay, padre. Tiene algunas ideas muy locas.

—¡Es verdad!—Miko confesó entre risas—. Escucho todo el tiempo sobre las tentaciones y lo prohibido, pero desde mi perspectiva, mi cuerpo nunca experimentó ese tipo de reacciones. Mirar a una mujer con lascivia, no lo sé, definitivamente debe haber algo mal en mí.

Miko encendió los hornos de la inmensa cocina con la que contaba en la pequeña casa detrás de las instalaciones de la iglesia.

El lugar era de techos altos, la madera y el ladrillo eran los materiales más utilizados.

El padre Subaru tenía allí también una diminuta habitación con una gran cantidad de plantas.

Había un patio que tenía también diversas plantas colgantes, y un jardín el cual cuidaba con su vida.

Miko dedicaba varias horas a las plantas del jardín, sobre todo a los rosales y a las de su habitación.

Ponía dedicación en todo lo que hacía, el mismo amor que ponía en cada sermón, en cada homilía.

—¿Puedo confesarte algo?—preguntó Miko con una mueca avergonzada—. A veces imagino que mi vida vuelve a cambiar, que aparece alguien que sacude mi mundo y rompo mis votos por ella. Es un miedo interno, algo muy arraigado en mí.

Anastasia abrió la boca y luego rio.

—Vaya, padre Subaru. Tiene imaginación después de todo ¿Usted dejando todo lo que ama? Eso sería imposible.

—Sí, ¡qué gran tontería! La cabeza me juega malas pasadas, quizás la soledad tiene sus truquitos para volverlo loco a uno.

Miko y Anastasia cocinaron los panes y el sacerdote se preparó para dar misa esa tarde. Salió cargado de entusiasmo y se dedicó a brindar lo mejor de sí. Había practicado esa mañana temprano, le gustaba escribir lo que diría, aprenderlo y después transmitirlo.

El tema de ese día era la importancia de la familia.

Miko era breve y ágil, detestaba que la gente se durmiera durante las homilías, para él, la iglesia debía brindar herramientas útiles para la vida diaria, para una vida que preparaba a la gente para escuchar el exterior, pero nunca para mirarse a sí mismo, y era ahí donde estribaban los problemas de la humanidad.

Estaba nervioso. Miko desde que llegó, sintió que las cosas estaban por cambiar. Su intuición le decía que algo sucedería, que el miedo latente en él no era un resabio de sus dolores inconscientes.

«Concéntrate».

Miko dio pasos cerca de los feligreses, se arregló la estola de color violeta, la cual, por algún motivo, resbalaba de su cuello y se acomodó el cíngulo ceñido a su cintura, que acompañaba su vestimenta nívea.

—Muchas veces, creemos que podemos resolver los problemas escuchando lo que dicen los demás, sin embargo, ¿cuándo nos escuchamos nosotros?

Debemos recordar que mi opinión es la más importante.

Puedo amar a mi madre, a mi padre, a mi esposa, marido o a mis hijos, puedo amar a mis amigos, pero ante Dios solo estoy yo, y mi conciencia es la que me acompañará por el resto de mis días.

Acostúmbrate a escuchar a tu corazón, y, desde su sabiduría, podrás guiar a tu familia.

Miko se concentró en el hombre sentado en el último banco.

Destacaba por su porte y su altura, su inmensa musculatura intimidaba a cualquiera.

Miko tragó saliva y sus miradas se encontraron.

El verde de los ojos del hombre era diferente al suyo, eran casi grises, su cabello rubio platinado.

Era guapo, pero de una forma más masculina.

Los latidos del corazón de Miko se dispararon.

Se enfocó en los asistentes e intentó recordar de qué estaba hablando.

Improvisó y se alejó. Volvió al altar desde donde, de vez en cuando, observaba de soslayo al hombre cruzado de brazos que parecía no pestañear, ¿estaba vivo?

El extraño no dejó de mirarlo ni siquiera una milésima de segundo, atento a cada movimiento, a cada palabra, a su sonrisa. Una idea tonta pasó por la cabeza de Miko.

«Está memorizando».

¡Qué estupidez! ¿Por qué carajo haría eso?

Los minutos se tornaron horas, el tiempo se detuvo en una misa de la cual el padre Subaru quería huir. Ese hombre había despertado algo en él, un miedo profundo, un miedo oscuro que no había sentido en más de veinte años.

Los recuerdos dormidos que atiborraban su cabeza regresaron con fuerza. Miko se sostuvo del altar y tembló. El sudor corría por su piel debajo de su vestimenta. Minuto tras minuto fue una lucha constante entre huir y terminar con su prédica.

«Eres un adulto, ya no eres el niño al que le arrebataron a su mamá».

Miko se percató de que los miedos solo se habían guardado en un rincón de una habitación de su corazón, pero nunca se fueron por completo.

Cuando la misa finalizó, Miko se dirigió a su habitación y se lavó la cara.

El agua fría le trajo un poco de tranquilidad, se observó en el espejo y sacudió la cabeza.

Quizás, haber hablado con Anastasia o haber pasado algunos días con su hermano activaron esa emoción profunda, tal vez, el hombre poderoso al final de los asientos contribuyó a eso.

De cualquier modo, ya había pasado, debía ser humilde y trabajar en sí mismo.

Se preocupaba tanto por los demás y se estaba olvidando de él.

«En definitiva, predicas, pero no aplicas».

Miko regresó al altar al cabo de unos minutos cuando la misa había terminado y observó alrededor.

Se dirigió al banco donde había estado sentado el hombre y se preguntó quién sería.

Era la primera vez que aparecía y Miko se debatió entre la curiosidad de conocer más y el rechazo que el imponente hombre le provocó.

Se tocó el centro de su pecho y su vista fue hacia el Cristo crucificado en el centro.

«Protégeme».

Miko cerró los ojos y dejó ir todo tipo de pensamientos acerca de ese hombre. No tenía idea de porqué había actuado de ese modo, pero ya no se repetiría. Su iglesia era para todo el mundo y ese hombre no era culpable de sus traumas.

—Llévala siempre contigo.

—¿Una biblia?

—Si, amor. He marcado algunos pasajes. Cuando te sientas solo, búscalo y entrégate a esa energía, a algo más poderoso que nosotros mismos. Confía, mi pequeña rosa, nunca dejes de confiar en Dios y en ti, sobre todo en ti.

Miko dio un suspiro y sus palpitaciones se normalizaron. Había mucho que hacer en el día. No había excusas para las vacilaciones.