6 Soluciones
Fráncfort del Meno, Alemania.
Días después.
El hombre se arregló las gafas mientras caminaba de regreso a su departamento tras largas horas de trabajo en su turno rotativo.
Era cerca de medianoche y la ciudad ya no rezumaba en gentío y conversaciones alrededor, ni en vehículos que iban y venían, sino que la tranquilidad marcaba las calles.
El hombre le echó un vistazo al celular y respondió un mensaje de su esposa a quien le avisó que llegaría en unos quince minutos.
Lo guardó en su bolsillo, otro sujeto se acercó a él.
—Disculpa, ¿tienes fuego?—preguntó el enorme rubio con cara de pocos amigos y un cigarrillo en la mano.
El hombre sonrió y asintió. El miedo lo recorrió a pesar de que no había nada que señalara al tipo como peligroso, solo era serio, tampoco es que eso fuera un crimen. La zona era muy tranquila, es más, jamás había tenido inconvenientes desde que empezó a trabajar en esa empresa.
—Claro—respondió y buscó en su bolsillo. Sasha observó las manos del hombre y lo que estaba haciendo. Una media sonrisa se dibujó en su rostro. El pobre tonto era suyo.
«Cinco segundos».
Fue el tiempo en que Sasha tardó en golpear al hombre, dejarlo inconsciente, arrastrarlo a un callejón y quitarle el dinero y el celular. Tocó el pulso y se percató de que estaba vivo.
—Tuviste suerte, amiguito.—Sasha le dio dos golpecitos en la cara al hombre inconsciente y lo afirmó a la pared. Sus ojos fueron hacia todos los puntos posibles. No había testigos.
Dio un suspiro. Encendió un cigarrillo con el encendedor del tipo y comenzó a caminar. El tipo estaría de ese modo unos diez minutos.
—Bien imbécil más vale que contestes—dijo mientras marcaba el número del último tipo que sería capaz de arriesgarse por él.
«Eres peso muerto. Nadie va a ayudarte. Muy pronto me harás compañía en el otro lado».
—¡Hijo de puta!—Sasha maldijo al recordar las palabras de Talo. Carajo, debería haberlo torturado un poco más.
Se frotó el pecho con fuerza y violencia, como si el estúpido órgano allí hubiera comenzado a funcionar.
«¿Justo ahora, cabrón? ¿No podías elegir otro momento?».
Sasha jamás había dudado, sus barreras siempre estuvieron altas, murallas impenetrables en donde su trabajo no lo detenía. ¿Por qué permitió que un imbécil como Talo Petrov entrara en su vida?
Ni siquiera se percató cuando sucedió. Simplemente pasaron de las misiones y los asesinatos a revolcarse como animales en celo en la clandestinidad. No había sentimientos. Nunca los hubo. Fue lo que siempre tuvo claro Sasha.
Tipos como él no caían por idioteces. Ya le había ocurrido una vez. Solo un tonto le tomaría cariño a la piedra. Lo de Talo era solo un polvo, un tipo experimentado que tenía tantos trucos bajo la manga como él y era hábil con su boca.
Pasaron meses acostándose a espaldas de todo el equipo mientras estaban en África, lo hicieron también cuando les tocó desembarcar en Venezuela ¿Cuándo las cosas cambiaron?
¿Cuál fue el instante en que Sasha le dio permiso al órgano insensato de su pecho para que se acelerara cada vez que su mirada se encontraba con la de Talo Petrov?
¿Acaso importaba? A Petrov se lo estaban comiendo los gusanos en ese momento. Todo lo que sintió se desvaneció con su traición.
«Darío Novikov».
Si tan solo el bastardo no se hubiera burlado, si tan solo hubiera guardado ese polvo para él. Claro que había sido incapaz de hacerlo. Le encantaba enfurecer a Sasha, pues ahora debía ingeniárselas para enfurecer al diablo desde el otro lado.
Sasha sacudió la cabeza y se liberó de pensamientos inútiles. Había sido traicionado y los tipos estaban muertos. Fin de la historia. Ahora había que rebuscárselas para sobrevivir. No podía seguir robando de esa manera, como si fuera un carterista cualquiera.
Sasha pertenecía a una familia poderosa, una a la que de seguro no le importaría ayudarlo. Quizás, a su hermano Mischa quien vivía en Alemania, le preocuparía, pero ¿cómo iba a solicitar ayuda a un tipo al cual le había jurado la muerte?
Se rio ante el mal chiste, incluso Mischa se reiría si lo supiera.
Había solo una persona que podría darle una mano con esto sin armar un escándalo, alguien que le debía la vida suya y también la de su esposo Asef.
—Campbell—respondió el tipo del otro lado de la línea. Sasha dio un suspiro mientras caminaba a paso rápido por la calle. Estaba a unas cinco cuadras de su víctima.
—Soy Kozlov—replicó—, ha pasado un tiempo, Martin.
—¿Sasha? ¿Qué carajo hombre? ¿Dónde estás?
Sasha se detuvo y se escondió en un callejón. Debía pensar cada palabra.
—En Alemania—confesó sin dar mayores detalles—, he tenido algunos inconvenientes.
—¿Algunos?—Martin se burló—¿Matar al hijo del líder de Wagner cuenta como un pequeño inconveniente para ti?
Sasha maldijo. Si Martin se había enterado significaba que todo el grupo en diferentes partes del mundo le estaba dando caza.
Tenía las horas contadas. Sasha podía ser muy bueno en su campo, pero sin armamento solo tenía la fuerza de sus puños y eso era inútil para la guerra que se avecinaba y lo tenía como protagonista.
—Escucha.—Sasha se humedeció los labios—. No tengo mucho tiempo. Necesito dinero y una vía de escape para poder rearmarme y terminar con el problema de raíz.
Martin volvió a reír.
—Estás muy loco, infeliz ¿De verdad pretendes asesinar a Novikov? El tipo no va a dejar de perseguirte hasta que tenga tu cabeza en su mano.
—Novikov se cree muy listo e intocable. Pregúntale a su hijo cómo le fue, es más, pregúntale a Talo Petrov cómo le fue.
Martin abrió y cerró la boca varias veces. Su esposo cocinaba, ajeno a la charla que los estaba poniendo en peligro a los dos. Esa vida ya no formaba parte de ellos, sin embargo, con cada palabra, Sasha lo arrastraba de vuelta al rodeo.
—Dios, no me digas que también lo mataste.
—Vino por mí y no me quedó de otra que mandarlo al otro lado.
—No mientas—replicó Martin—. Siempre tienes otra opción, simplemente no quisiste. Sasha, si quieres que te ayude, vas a tener que empezar a hablar con la versión completa.
Sasha empezó a reír, fue inevitable recordar todas las anécdotas que tenía con ese hombre.
—Todavía me resulta increíble que alguien como tú se haya retirado.
—Creo que te lo dije, amigo. No somos iguales y un hombre enamorado hace muchas cosas—argumentó Martin con sus ojos puestos en Asef, en su habibi .
—¿Incluso dejar de ser él mismo?
Martin pensó un segundo.
—Cuando todos los días despiertas al lado de una persona que te observa como si fueras lo más maravilloso del mundo, entiendes que no quieres moverte de allí nunca más en tu vida.
—Una persona que yo puse en tus manos—Sasha recalcó en caso de que Martin quisiera echarse atrás.
—Sí, así es—replicó Martin—. No me olvido de que fuiste tú quien lo recuperaste. No olvido todo lo que hiciste para regresarlo en una pieza. Si, te debo su vida y también la mía porque no podría vivir sin él.
La boca de Sasha se secó. Estaba tan equivocado.
Creyó que habría algún vestigio del traficante de armas que fue Martin Campbell, pero solo encontró un llorón que se creía poeta.
Al carajo, Martin no iba a traicionarlo de todos modos, así que se decidió a hablar.
Contar toda la historia, aunque fuera larga.
—Me encargaron un trabajo que salió mal.
Uno de mis competidores era Kevin Genson.
Perdimos todo a manos del equipo de Charles Brandon, luego, como si fuera poco, me entero de que Talo Petrov con quién había estado revolcándome se acostó con Darío Novikov, incluso ayudó al equipo de Brandon a destruirme.
Debería haberme marchado, pero no pude, así que terminé matando a Novikov, luego me entero de que mi estúpido hermano y su novio saben mi secreto, llego aquí a Alemania para encargarme de ellos.
Gran error, al parecer la verga tiene un poder hipnótico porque el bastardo de Talo apareció para encargarse de mí, me dio tres disparos y me dejó tirado en la calle.
»La gente me llevó al hospital en dónde milagrosamente, según el médico, pude recuperarme.
Hui del hospital tres días después cuando recuperé la conciencia.
Luego, le devolví el favor a Petrov y lo desangré, literalmente, le devolveré el favor al líder Novikov por todo lo que me está haciendo pasar en este segundo, por lo que Darío me provocó, y como broche de oro, volaré a Sudáfrica para terminar con ese bastardo de Brandon que debe estar feliz por mi muerte.
Quiero ver su cara cuando aparezca y lo acribille a balazos.
Ahora con todo esto, la pregunta es, ¿me ayudarás o no?
Martin se quedó sin palabras ¿Sasha había arrasado con toda una organización y esperaba salir ileso de esto?
—No la tienes fácil.—Martin presionó el puente de la nariz y pensó. Su mente era un caos—. Sasha, necesito tiempo y lo sabes.
—¿Cuánto? —preguntó urgido y aliviado de que Martin no lo hubiera mandado a la mierda.
—Un mes como mínimo, debes esconderte hasta eso.
Los ojos de Sasha se desorbitaron.
—¿Un mes? ¡Me estás jodiendo!—Sasha negó—. Martin, ¡no tengo un mes! Voy a terminar viviendo en la calle. Tarde o temprano, alguien me denunciará por los robos e iré a la cárcel. No es el lugar al que pretendo ir hasta que termine mi misión.
—No es una misión, es una cruzada de venganza contra tipos como Brandon que no te están molestando.
—Me pagaron para eliminarlo. Cumplo con mi trabajo siempre.
Martin puso los ojos en blanco.
—Eres un hombre entrenado. Naciste para esto. Has estado en misiones suicidas ¡No me digas que vas a acobardarte ahora porque debes pasar necesidades!
—Martin, he estado en misiones, pero he sido yo quien controlaba la situación.
Yo era el que mataba, yo era el asesino, ahora estoy a su merced.
No tengo dinero ¡Entiende!—Sasha dijo entre dientes con las ganas intactas de introducirse por el teléfono y golpear a su amigo quien minimizaba la situación.
—Sasha, sabes que hace mucho no hago esto. Debo reflotar contactos, permisos, logística. Soy rápido y trataré de ser más rápido aún, pero debes tener paciencia.
—La paciencia no es mi fuerte—replicó Sasha.
—Pues es eso o que los Wagner vayan por ti, es más, ni siquiera deberíamos tener esta conversación. El celular debe estar siendo rastreado. Ellos van a buscarte por cielo y tierra.
—Acabo de robar el celular—confesó Sasha quien volvió a mirar alrededor.
—Dios, no me digas que mataste a otro tipo.
—No, lo dejé inconsciente.—Sasha aseguró—. Solo mato cuando estoy trabajando.
—¿En serio? Creo que Novikov no diría lo mismo.
Sasha chasqueó la lengua.
—Ellos me traicionaron.
Sasha percibió el sabor amargo que no se iba de su boca.
—Mataste a dos de sus mejores hombres y ahora tienes que pagar, tan simple como eso.—Martin argumentó con frialdad—. No voy a explicarte cómo funciona el negocio. Dejaste de ser imprescindible en una empresa en la que cada día llega carne fresca.
—Ya lo sé, cabrón—Sasha estaba enojado—. Darme cuenta de eso no me va a ayudar a salir de esta situación, así que, ahórrate el sermón.
—¿Por qué nunca me dijiste que te atraían los hombres? Conociste a Athis, luego a Asef. Sabías de mis gustos, incluso cuando te lo comenté siempre te mostraste reacio a todo esto, ¿por qué?—preguntó Martin. Sasha dio un suspiro.
—Los hombres no me atraen.
Martin arqueó una ceja.
—¿Entonces Talo Petrov era mujer? Vaya, ¿con ese vozarrón quién lo habría imaginado?
Sasha tragó saliva, quería retorcerle la garganta y callar esa risita imbécil.
—Nadie más me ha interesado de ese modo, ni lo hará. No me gustan los hombres, punto, y no vayas a salir con toda la cantaleta de la negación. Sé muy bien quién soy, ¿quedó claro?
Martin dio un suspiro. Era inútil conversar con una pared, implicaba malgastar tiempo y esfuerzo.
—Vaya, amigo. Te encanta escupir para arriba—¿Qué había que decir ante semejante verdad? Sasha guardó silencio. Siempre fue mejor con los puños que con las palabras—. Debes llamarme dentro de una semana. Te iré contando las novedades. Hasta entonces, mantente vivo.
«Una semana».
Sasha contó el dinero que el hombre llevaba en su billetera. Le alcanzaba para algo más que tres días en un hotel de mala muerte, después de eso, debería ponerse en marcha de nuevo y encontrar una nueva víctima. No había mejor alternativa que Martin. Era eso o nada.
—Está bien, Martin. Te llamaré en una semana.
—Una última cosa, Kozlov.
—Dime.
—Bueno, es más bien curiosidad, pero ¿arriba o abajo?
Sasha puso los ojos en blanco. Martin Campbell nunca dejaría de ser un imbécil.
—Vete al carajo.
Martin se carcajeó del otro lado.
—Está bien, Kozlov. Estamos en contacto.