5 Eres lo único que tengo
Zona rural cerca de Múnich, Alemania.
Tres meses después.
—¡Mira tío! ¡Un pez!
El pequeño de cuatro años señaló hacia el cielo, a algunas nubes que tenían formas graciosas.
Miko estaba sentado debajo de uno de los enormes árboles del jardín de la casa de campo donde vivía su hermano Dohko junto a su esposa y a sus dos mellizos.
Había aprovechado el fin de semana para visitarlos.
El trabajo como sacerdote en una pequeña iglesia en Fráncfort del Meno no paraba.
Si bien la mayor parte de los alemanes eran protestantes, había una minoría de la población que iba a su iglesia, sobre todo inmigrantes, muchos de ellos con problemas económicos e incluso adicciones.
A Miko no le gustaba ausentarse del lugar.
Su amiga Anastasia, quien le ayudaba en la administración y en la coordinación de algunos grupos, le había dicho que un descanso era necesario, que las personas estarían allí esperándolo cuando regresara, que no irían a ningún lado.
Miko tenía grandes problemas para relajarse.
Su entusiasmo sumado a su hiperactividad hacía que la palabra tranquilidad fuera lejana y desconocida.
Le gustaba la vida en Alemania, había llegado allí cuando tenía solo cinco años gracias a su tía.
Dohko y él fueron criados por un matrimonio de personas mayores sin hijos que les dieron todo el afecto que pudieron.
Miko no podía quejarse, sus papás adoptivos fueron maravillosos, sin embargo, los ecos del pasado siempre estuvieron allí, incluso cuando la voz de su mamá le seguía diciendo que el pasado no tenía nada bueno para él.
Hanna, la esposa de Dohko había sido su amiga desde pequeña.
Se habían criado juntos prácticamente. Fue extraño darse cuenta que, de un momento a otro, los ojos de la chica ya no estaban en él, sino en su hermano mayor.
Miko sonrió al recordar cómo había llorado al principio.
Un llanto en silencio durante las noches para que nadie lo descubriera.
Hanna estaba enamorada de Dohko, y él, como un gran tonto, se quedó con el corazón destruido.
El dolor fue mermando con el paso de los meses, la vida le fue mostrando que, tal vez, él no estaba hecho para el amor de pareja, sino para algo más sublime, algo más cercano a los ángeles, al servicio de las personas que se sentían solas y desamparadas, como él se sintió tiempo atrás.
Tenía diez años cuando ingresó a la iglesia y se sentó en uno de los bancos muy cerca de la imagen de Cristo crucificado, lo miró, lo observó y sintió que los ojos de él también estaban en los suyos.
Fue una sensación mágica, fue encontrarse con él mismo y con un mundo más allá de lo físico.
Miko descubrió que Dios no solo acariciaba su cuerpo sino su alma, le dio cobijo y lo hizo sentir único.
«La rosa más bella del jardín».
Los ojos verdes de Miko sonrieron y se encontró con su imagen de niño, se encontró con su madre y sus palabras, se encontró con el consuelo de la divinidad que le mostró que nunca había estado solo, y que incluso en la oscuridad más absoluta, él le había dado su luz.
Nunca creyó en las historias de santos que de repente descubrían a Dios y se retiraban del mundo para servirle, sin embargo, allí estaba él, llorando y riendo frente a un Cristo bañado en sangre que lo limpiaba de la miseria y la angustia y que le decía que no se preocupara, que su camino no era con Hanna, pero sí con los hermanos de la vida, con esos que llegarían buscando refugio y alivio en su iglesia.
Miko se entregó a Dios y le entregó todo lo que era en aquel momento.
Su dolor, sus rencores, sus miedos, su odio e ira perpetua hacia los asesinos de su madre, sus alegrías, sus amores terrenales, y todo lo que vendría quedó en las manos de la divinidad.
Miko muy pronto se encontró prestando servicio en la iglesia, estudiando y luego asumiendo el sacerdocio con amor y fe.
Nunca se detuvo, nunca dudó de que ese era el camino correcto, de que el niño que vivía en Tokio con su madre y su hermano todavía estaba en él, pero ya no temía porque Dios lo cuidaría siempre.
Miko descubrió su verdadera fortaleza, esa que no viene de la mente ni del cuerpo, sino del corazón.
Ahora estaba allí, en medio de verdes pastizales y árboles frondosos.
La primavera con su luz inundaba todo los espacios, las flores rosadas y blancas que rodeaban la casa estaban llenas de mariposas y colibríes, el aroma a hierba verde luego de la lluvia colmaba sus fosas nasales mientras se encontraba bajo la enorme copa del árbol en medio de su jardín, entretanto sus sobrinos corrían de un lado a otro y encontraban formas en las nubes del cielo.
«Paz».
Ese era el sentimiento que colmaba su vida. Encontrar felicidad después de la miseria era una sensación inenarrable, ver a su hermano desbordar de alegría junto a su familia era sublime.
—¡Allí hay un dinosaurio!—exclamó Nuri esta vez y Miko se levantó para llegar hasta donde estaban los niños. Se cubrió la frente para que el sol no lo encandilara.
—No, eso es una montaña—replicó y Nuri frunció los labios.
—¡Mira bien!—La pequeña le marcó el lugar—¿No lo ves? ¡Tiene cola y todo!
Miko comenzó a reír, la verdad es que para él solo era una nube gorda y blanca. Se encogió de hombros y levantó a su sobrina, la cual gritó mientras daba vueltas con ella.
—¡Yo también quiero!—Johan daba saltitos al lado de Miko y este rio. Dejó a Nuri en el piso y alzó a Johan quien cerró los ojos y gritó.
—¿Por qué cierras los ojos?
—Porque me dan miedo las alturas.
—Entonces te bajo.
—¡No! ¡Me gusta!
Miko se carcajeó y dio vueltas con su sobrino mientras Nuri saltaba a su lado. El sol tibio de primavera calentaba sus cuerpos. Miko hizo una medialuna y sus sobrinos lo siguieron. Johan se dobló su bracito y cayó al suelo.
—¿Estás bien?—preguntó asustado Miko y el niño frunció los labios para no llorar—. Vamos, no llores, ya pasó.
Miko le acarició el brazo mientras Nuri era espectadora. Johan, como sucede con los niños, se repuso de inmediato y continuó jugando.
—¡Chicos! ¡Hay chocolate caliente!
Los dos niños se miraron y corrieron alegres hacia la casa.
Miko levantó el libro que había quedado en el piso y fue tras ellos.
El aroma en el comedor era delicioso, Hanna cocinaba como los dioses, bueno, era una blasfemia, pero Miko pensó que Dios nunca había probado el chocolate y el strudel de manzana de su cuñada, de lo contrario, pensaría lo mismo.
—Dohko vendrá en cualquier momento. Ha ido por provisiones—dijo Hanna y Miko le sonrió.
—La vida aquí los mantiene ocupados todo el tiempo.
—Ni lo digas.—Hanna puso los ojos en blanco—. Entre los animales, las hortalizas, los frutales y los niños, nunca te aburres.
Miko bebió el chocolate caliente y gimió. Estaba buenísimo.
Los niños sujetaban las enormes tazas y bebían con gusto además de atiborrarse con strudel.
—¡Oigan! ¡Dejen para su papá!—Hanna los reprendió, pero los niños hicieron caso omiso—. Mierda, voy a tener que cocinar otro.
Miko rio ante el insulto, al principio Hanna y Dohko intentaban no decir palabrotas en su presencia, pero luego se dieron cuenta de que era una lucha de la cual no saldrían victoriosos.
Miko comió su porción de strudel cuando la puerta se abrió y su hermano ingresó.
—¡Papá!
—Mis enanos—dijo Dohko en tono cariñoso.
—No importa cuánto se demore, ellos siempre lo reciben igual—musitó Hanna cerca de Miko.
—Eso me parece maravilloso.
Hanna se levantó, le dio un beso y le ayudó a quitarse su chaqueta. Dohko se sentó al lado de su hermano.
—Dicen que las lluvias se prolongarán más de lo habitual—señaló el hombre mientras se servía chocolate—, he escuchado incluso que hablan de inundaciones.
—No digas esas cosas, no te adelantes—agregó Miko. Dohko hizo una mueca.
—Es inevitable preocuparnos, esta es nuestra vida.
—Confía en que Dios en su infinita sabiduría traiga lo mejor para ti. No dudes.
Dohko observó a su hermano y le arregló el cabello.
—Tienes el cabello más largo—agregó en un intento de cambiar de tema. Miko se lo arregló, lo tenía un poco por debajo de sus hombros, lacio y negro como la noche, lo que hacía que sus ojos verdes como esmeraldas lucieran más bellos.
—Sí, me gusta cómo queda.
—Podrías dejarte una barba y todo.—Dohko se burló—. Da un aspecto más cristiano.
Miko frunció el ceño y rio.
—¿Qué tiene que ver la barba con ser cristiano?—preguntó aguantando la risa. Dohko se encogió de hombros—. Dudo que me parezca a Jesús si esa es tu comparación, con o sin vello en la cara.
—Es verdad, además en tu caso es una tarea perdida—dijo Dohko socarrón—. Tienes una eterna cara de bebé, igual que la tenía mamá.
Miko se humedeció los labios y le dio una sonrisa tímida.
Era tan diferente a su hermano a nivel físico.
Dohko era enorme, con facciones masculinas y profundos ojos marrones, entretanto él tenía problemas incluso para demostrar su edad.
Más de una vez le habían pedido su identificación, y eso que ya tenía veinticinco años.
Su rostro era delicado y dulce, mejillas más bien redondas, ojos verdes que parecían un bosque en primavera, pestañas largas y negras, labios rosados pulposos.
Era una belleza. Dohko siempre pensó que su hermano podría convertirse en modelo incluso, a pesar de medir solo un metro setenta.
Tenía una luz especial, cada vez que sonreía a Dohko se le rompía un poco el corazón. Se parecía tanto a Mariska.
Hanna encendió la televisión y la vista de ambos hombres fue hacia las noticias internacionales. El corazón le tembló a Dohko con uno de los titulares.
Kaname Matsudaira asume la presidencia de la corporación japonesa,
tras la muerte de su padre.
—Sube el volumen, amor—Dohko pidió a Hanna y la mujer lo hizo—. Carajo, el viejo palmó en su mansión, al parecer ¿Cómo carajo no nos hemos enterado antes?
—Dohko.—Miko lo reprendió.
—¿Qué? ¿No estás contento, hombre? ¡Ese hijo de puta mató a mi familia! ¡Discúlpame si me alegro de que ya no esté en este mundo!
Dohko dejó el cubierto con el que había estado comiendo el strudel. Miko tenía su vista en el plato mientras escuchaba el nombre del sucesor.
«Kaname Matsudaira».
Ese hombre era su tío paterno. Miko levantó los ojos y se enfocó en la televisión, en el tipo que ahora se haría cargo de todos los negocios.
—Discúlpame, no debí.
—Tienes razón.—Miko replicó hacia su hermano—.
Ese hombre nos arruinó la vida, ese hombre fue detrás de mí y nuestra pobre madre murió como consecuencia de eso.
Nos privó de una infancia junto a ella, su hijo te privó de una vida junto a tu padre.
Te quitó a tu familia. Créeme, Dohko, entiendo perfectamente tu reacción, es solo que no puedo evitar sentirme culpable por todo lo que viviste y sufriste.
—Niños, si ya terminaron, vengan conmigo. Vamos al jardín.—Hanna actuó de inmediato mientras los dos hermanos se quedaron en silencio en un lugar que solo había sido risas y alegrías hasta hacía unos segundos atrás.
La pregunta incómoda, esa a la que Miko siempre le tuvo miedo estaba en el aire. Dohko levantó la mano y asió la de su hermano con firmeza.
—Nunca te culpé.—Miko pestañeó y su corazón se aceleró—.
Eras todo lo que tenía, lo que me había quedado, te amé con el alma, jamás pude culparte.
Lo intenté muchas veces, sobre todo en la noche cuando la soledad me invadía, pero fue imposible.
—Dohko observó a su hermano y le acarició las mejillas—.
Nadie con un corazón puede mirar esta carita y sentir rabia.
Sé que debí decirlo hace tiempo, pero no sabía cómo.
No sabía cómo encarar un tema que ha sido tan duro para ti.
Miko sostuvo la mano de su hermano y comenzó a reír. Luego, regresó su atención a la noticia una vez más y le dio un golpecito en el brazo a su hermano.
—Gracias por haber estado ahí, Dohko. Gracias por haberte quedado conmigo. Ha muerto el último vestigio que nos unía al pasado. Somos libres de él y de su familia.
Dohko rodeó con su brazo el cuerpo de su hermano y dio un suspiro.
—Así es, padre Subaru. Somos libres y nadie nos puede quitar esta tranquilidad, a ninguno de nosotros.