4 Oyabun
Barrio residencial Den en Chofu, Tokio. Japón.
Los mestizos rozaban lo prohibido en la Yakuza . Formar parte era también una cuestión de pureza de sangre ¿Cuánto odio podía albergar el Oyabun para preferir a un mestizo sobre su hijo?
El mismo había tratado de asesinar al pobre niño, el Oyabun tenía las manos teñidas de la sangre de Mariska Subaru. Era una locura, pero, aun así, Kaname no iba a permitir que los delirios de un viejo moribundo llegaran a buen puerto. Acabaría con el problema de una vez por todas.
Tocó su frente y contuvo una sonrisa mientras el chofer lo llevaba hasta el hogar familiar.
El maldito Jun seguía torturándolo desde el más allá.
Había plantado la semilla para seguir infligiendo dolor incluso cuando ya no estaba.
Ese bastardo no se quedaría con su lugar, con el que venía detentando desde hacía varios meses dado los problemas de salud de su padre que se agravaba cada día más.
Niwa estaba loco, su padre no era más fuerte que él ¡Estaba muriendo!
Kaname solo adelantaría su partida si era necesario.
Llegó a la mansión, descendió del vehículo y le pidió a su chofer que lo esperara.
La charla no duraría mucho. Arregló el sobretodo negro que llevaba encima de un traje de tres piezas color gris humo.
El frío se había instalado en Tokio desde hacía varias semanas y se esperaban temperaturas bajo cero muy pronto.
«Una nueva primavera».
Kaname dio un suspiro y sacudió la cabeza, dejó a un lado la voz de Niwa que solo buscaba enfurecerlo. Debía ser metódico. Primero, era su deber hablar con su padre y salvar diferencias, en caso de que eso fuera posible.
Ingresó a la mansión en donde fue recibido por dos empleados que lo llevaron hacia el dormitorio de su padre que había sido equipado como una gran sala de internación.
Kaname tragó saliva, el miedo lo invadió, siempre lo hacía, era como retroceder a su infancia, a veces, le costaba incluso mirar a su padre a los ojos.
«Oyabun».
Como líder del clan, su padre siempre fue más jefe que padre, más director que hombre de sentimientos y cariño hacia sus hijos, sobre todo para él.
Kaname dio pasos hacia la cama. La habitación tenía una suave luz cálida y las cortinas de color púrpura estaban cerradas, la recámara envuelta en un suave tono amarillo pastel había sido desmantelada en cuanto a muebles y equipada con todo lo necesario para el paciente.
Kaname observó a su padre, al hombre que tenía los ojos cerrados y respiraba despacio.
Las cánulas rodeaban sus brazos, incluso tenía oxígeno.
Su respiración era suave, casi como un susurro, sus pulmones llenos de pus como consecuencia de la neumonía que lo había afectado luego de que le declararan el cáncer de tiroides seis meses atrás.
Ninguno de los tratamientos surtió efecto, como si el Oyabun buscara su muerte a toda costa. Kaname, en un primer momento, sintió pena por él, ahora, después de todo lo que sabía gracias a Niwa, su corazón había muerto.
—Padre—Kaname habló con una voz muy suave—, ¿cómo está?
El hombre abrió los ojos y su pecho se infló, un leve sonido escapaba cada vez que respiraba, algo así como un silbido.
—Kaname—el hombre se humedeció los labios—, sírveme agua.
El hombre observó a la mesa ubicada a un costado y llenó una de las copas. La acercó a su padre quien bebió apenas un sorbo.
—Despacio—dijo ante la urgencia del viejo, y su incapacidad de beber todo de un solo tirón. Bebió dos sorbos más y descansó su cabeza sobre la almohada. Había sido un esfuerzo enorme para él.
—¿Cómo están yendo las cosas, hijo?
—¿Niwa no le ha contado acaso?—preguntó y de inmediato se percató de que su voz salió dolida.
—Quiero escucharlo de ti—balbuceó—. Habla conmigo, Kaname.
—Los acuerdos comerciales con los alemanes están en su última etapa—explicó—, vamos a cerrarlo la semana que viene. Ellos vendrán. Las ventas han tenido un incremento del diez por ciento este mes. Los financiamientos siguen y ha bajado el nivel de endeudamiento.
El hombre sonrió.
—Quisiera que Jun estuviera aquí y fuera testigo de esto.
La mandíbula de Kaname se tensó.
—Podría haberlo hecho—replicó—, si la palabra control hubiera formado parte de su vocabulario y su estilo de vida.
La sonrisa del Oyabun se desvaneció.
—Es mi hijo de quien estás hablando.
—Yo también lo soy, por si no lo recuerda—argumentó Kaname—. Jun también es mi hermano, pero lo que le ocurrió fue su error. Usted más que nadie lo sabe, de hecho, intentó matar ese error varias veces a lo largo de estas dos décadas.
La respiración del hombre se tornó más profunda.
—¿A qué has venido Kaname?
—Sabe muy bien a qué he venido—señaló—, la víbora que envió a la compañía esta tarde se aseguró de que estuviera esta noche aquí.
Los labios del Oyabun temblaron, las fosas nasales aletearon.
—Me debes respeto como tú padre y líder de este clan.
—Me debe respeto como su hijo y futuro Oyabun —recalcó Kaname que ya estaba harto de bajar la cabeza y buscar complacer a un hombre, al cual no le interesaba.
El silencio adormeció la habitación, la hundió en un letargo en donde el tiempo se detuvo. Kaname mantenía sus puños, a la espera de la respuesta de su padre.
—Nunca serás el Oyabun .
Kaname sonrió. Era duro imaginarlo, pero que su propio padre no confiara en él y le dijera las palabras a él, dolía más que cualquier bofetada. Quizás, Niwa tenía razón, Kaname era débil.
—Soy su único hijo.—Kaname presionó—. Ya he asumido su función incluso.
El hombre lo observó fijamente, sus ojos negros penetrantes buscaron amedrentar a un hijo que había decidido levantarse y luchar.
—Es hora de un cambio, lo he pensado en detalle a los largo de los últimos años, he recibido los consejos de los hombres más sabios de este clan y solo me han confirmado lo que supe hace mucho tiempo. Tú no eres digno de ser el Oyabun .
—No, supongo que ser violador debe ser una cualidad que no se me da bien.
—Tú—Kaname rio ante la expresión y el intento inútil de su padre de reprenderlo—, fuera de mi vista.
—Dígame, padre.—Kaname lo desafió, ¿qué más daba?—¿Qué aptitudes tenía Jun que yo no tuviera?
—No pienso discutir eso contigo.
—Por años intenté ser el mejor hijo para usted—esbozó Kaname—. El mejor en la escuela, me gradué con honores, lo seguí fiel como un perro, maté por usted, di hasta lo que no tengo por el clan, ¿por qué este desdén, padre?
—Soy tu Oyabun —replicó el hombre—, muchas veces has esperado de mi beneplácito o de mi opinión para seguir tu vida.
Te has referido de manera correcta a tu personalidad.
Eres un perro que hace lo que le digo, pero no tiene el don del liderazgo en su piel.
Eres leal, pero careces de la fuerza para tomar decisiones que cambien el rumbo.
—Eso no es verdad.—Kaname intentó defenderse.
—¿No?—La voz se entrecortó, se estaba esforzando demasiado—¿Acaso los acuerdos que has logrado no fueron supervisados por mí o por Niwa?
Nunca en tu vida has mostrado valía, estudiaste lo que yo te dije, te casaste con quien yo te ordené, siempre a la espera de una caricia a tu ego.
Eres débil, Kaname, emocional y espiritualmente.
No has pasado por ninguna prueba en la vida, siempre has tenido una vida fácil.
Dime, ¿cómo podría dejar a mi gente bajo el mando de alguien como tú?
Kaname pestañeó sin quitar la vista de su padre.
Se percató de que él era mucho más parecido a nivel físico al Oyabun que el propio Jun.
Las lágrimas resbalaron por su rostro anguloso sin barba.
Eran las últimas que derramaría por él. Se humedeció los labios y dio un suspiro.
Su padre se mantuvo en silencio a la espera de que su hijo se echara de rodillas al lado de su cama y le suplicara perdón como el buen perro que era, siempre fiel, siempre cerca de su amo.
Kaname se dirigió a la puerta en ese instante, asió la manija, pero en vez de salir, colocó el seguro. Nadie entraría hasta que él lo permitiera, luego dio media vuelta y se enfocó en su padre, en ese hombre que lo había destruido de mil formas.
—Tiene razón, padre.—Kaname se acercó a la cama, el hombre comenzó a observar a los costados, su vista fue hacia el botón con el cual llamaba a la enfermera.
Cuando buscó estirar la mano para tocarlo, su hijo se lo retiró antes de que lo hiciera—¿Sabe?
Creo que, a veces, la gente subestima a los perros.
—El rostro de Kaname era pensativo—. Podemos golpear, humillar y mancillar a un pobre animal tanto como queramos, no obstante, hay una mínima cantidad de casos en los que ellos responden y se defienden ante el dolor.
Casos en los que han terminado destruyendo con sus propios dientes y devorando a sus dueños maltratadores.
—Hijo.—Los ojos negros que siempre mostraron soberbia ahora revelaban algo más, una emoción genuina, pero conocida para Kaname.
El hombre dio un suspiro y negó, luego asió una de las almohadas que estaba al costado de la cama y la sostuvo entre sus manos. Tocó la suavidad, la simpleza del algodón.
—Debió haber tratado mejor a su perro, padre. Si lo hubiera hecho, no habría muerto de esta forma.
Los ojos de Oyabun se abrieron, abrió la boca e intentó gritar, pero Kaname fue rápido.
Le quitó las cánulas que transportaban oxígeno de su nariz y estrelló la almohada en su rostro sin dudarlo y la presionó con furia.
Los débiles forcejeos de su padre fueron en vano.
No se detuvo, no permitió que la conciencia lo embargara, Kaname lloró y rechinó los dientes mientras su padre perdía la vida en sus manos.
Siempre lo había respetado y estuvo para él, ¿de qué había valido?
Hundió la almohada en el rostro de su padre hasta que las fuerzas lo abandonaron, luego, al percatarse del cuerpo inerte debajo de él, retiró el trozo de tela.
Su padre tenía los ojos abiertos, su vista perdida en un punto del techo.
Kaname le cerró los ojos, colocó las cánulas de oxígeno una vez más y dejó la almohada donde la encontró en un primer instante.
Se limpió las lágrimas y se observó en el espejo ubicado en el extremo opuesto de la habitación.
Lucía igual a como había llegado, no como un parricida.
Eso era todo, se acomodó el saco y el nudo de la corbata.
Dio pasos fuera de la habitación y le comentó a la enfermera que su padre se había dormido.
Ella le sonrió y asintió. Kaname salió de la mansión de la cual muy pronto sería único dueño, subió al vehículo que lo estaba esperando y se marchó a su hogar.
Esa noche no dormiría, su reinado recién comenzaba y muy pronto la noticia se esparciría como pólvora.
«Eres un perro, el cual, hace lo que le digo, pero no tiene el don del liderazgo en su piel. Eres leal, pero careces de la fuerza para tomar decisiones que cambien el rumbo».
Una leve sonrisa se dibujó en el rostro de Kaname, su padre no tenía idea del monstruo que había desatado.
Una vez que llegó a su penthouse, Kaname se sirvió una copa de vino y esperó la llegada de las noticias.
Su esposa dormía, el hombre se sentó en el sofá de la enorme sala y observó la imagen de su familia, el mismo retrato que su padre poseía en la compañía.
Sus ojos fueron a Jun y levantó la copa hacia él.
«Voy por tu bastardo, hermano. Esta vez no se escapará».