Sacrílego (Prohibidos 1) 3 Matsudaira
7%

3 Matsudaira

Corporación Matsudaira.

Ciudad de Ginza, Tokio. Japón.

Ginza era uno de los distritos más impresionantes de Tokio. La moda, el glamour, el estilo y la fastuosidad convergían en un sitio en donde era común ver japoneses y extranjeros millonarios interactuar.

La corporación Matsudaira era una de las más poderosas del país. Vinculados a la tecnología, eran muchos los negocios que se nucleaban alrededor, sin embargo, era un secreto a voces que los miembros de la familia pertenecían a los Yakuza.

El Oyabun había tenido dos hijos.

Jun y Kaname. Jun, quien iba a heredar el puesto cuando su padre muriera, había sido asesinado durante un ajuste de cuentas.

Un negocio en el cual Jun no debería haber intervenido.

Era un deudor menor, un tipo insignificante, pero no fue eso lo que había llamado su atención.

Kaname supo que Jun no era el hombre impertérrito del cual pregonaba su padre, sino más bien un simple esclavo de sus bajas pasiones.

Jun había caído preso de lujuria por la esposa de Haruki Subaru.

Una rusa que se dedicaba a la costura y que llevaba junto al hombre casi dos décadas juntos.

Kaname se había reído. El Jun serio y lleno de sabiduría se había desvanecido en el momento en que supo de la existencia de la bella mujer.

Debía poseerla como fuera. Fue así como terminó él mismo presionando a Haruki para que le devolviera dinero de un préstamo, y, al no encontrar repuesta del otro lado, decidió hacerle una visita en donde no solo golpeó a Haruki, sino que abusó de su esposa frente al hombre esposado y amordazado que lo único que pudo hacer fue llorar y gritar ante la escena.

El asco le revolvió el estómago a Kaname.

Él jamás habría participado de algo tan vil.

Jun era peor que él, pero ante los ojos de su padre eso jamás cambió.

El día que su hermano abusó de Mariska Subaru selló su sentencia.

En un descuido, Haruki se soltó de las cuerdas, obtuvo un cuchillo de mesa e hirió a Jun en el corazón.

Un golpe letal. Haruki fue testigo de cómo la vida abandonaba al bastardo abusador de su esposa mientras el resto de los lacayos caían sobre él y lo golpeaban hasta morir.

Mariska se desmayó ante la locura, ante la monstruosidad del ser humano, y, por algún motivo, los hombres no la remataron.

Kaname nunca entendió el motivo, pero, a través de los años, entendió que los Matsudaira en su soberbia jamás pensaron que una simple costurera gaijin tuviera más peso o fuese escuchada.

Veinte años habían pasado desde esa fatídica noche en la que los Matsudaira perdieron a su heredero, no obstante, tiempo después, llegó a oídos del Oyabun que Mariska dio a luz a un mestizo. Un pobre niño que llevaba el peso del dolor y la muerte sobre sus hombros.

El Oyabun jamás se repuso de la pérdida de Jun. No importaba el esfuerzo y la disciplina que Kaname pusiera en sus actividades, nunca sería digno a los ojos de su padre. La mirada de altivez nunca cambió.

—¿Cómo está el Oyabun ?

Kaname fue extraído de sus pensamientos cuando la voz de uno de sus saiko koman resonó en la sala de reuniones de la compañía. El hombre observó al viejo delante de él. Desafiante y soberbio como era su costumbre. Kaname estaba en la mesa de la gran sala de reuniones que ahora se encontraba vacía.

—Está bien, Niwa—replicó sin mayores explicaciones—. Muy pronto dimitirá en sus funciones. Las obligaciones son cada vez mayores y él no tiene fuerzas para llevarlas adelante. Tiene ochenta años.

—¿De verdad lo cree?—indagó Niwa con curiosidad—. Veo un hombre enfermo, pero a la vez fuerte, mientras que en usted…

—¿Qué?—preguntó a la defensiva. Niwa no escatimó en sus críticas. Podía ser el hijo del Oyabun , pero Kaname nunca fue importante.

—Veo un hombre joven, pero débil. La fortaleza no viene de la edad ni de la experiencia, sino del espíritu y usted siempre se mantuvo en la sombra por una razón.

«No eres digno».

Kaname lo había escuchado tantas veces, lo había vivido y sentido. La voz de su padre que se deshacía en elogios a favor de su primogénito mientras que él, el simple, tosco y maleducado hijo menor. La oveja negra de la familia.

Kaname sonrió y dio un suspiro. Bebió del sake que descansaba en su taza y luego se afirmó en el mullido sillón de cuero.

—Les gustaría verme derrotado—afirmó con odio—. Les encantaría que el Oyabun designara a uno de ustedes como sucesor.

Niwa negó, de pie frente a él y con las manos juntas en la parte delantera.

—El sucesor natural fue su hermano Jun, cuando él murió, su padre fue consciente de que la corporación Matsudaira sufriría.

—Jun era un maldito criminal violador.—Kaname escupió con odio—. Si no se hubiera muerto, nosotros mismos deberíamos haberlo asesinado. Se lo dije a mi padre una y otra vez, pero lo ignoró, al contrario, la muerte, irónicamente, lo convirtió en un ser inmortal.

—Era el hijo primogénito de su padre—Niwa le recordó—, y tiene herederos.

—No los tiene.—Kaname controló su voz. Frente a él tenía a uno de los saiko koman preferidos de su padre. Debía moderarse.

Niwa dio pasos hacia la mesa opulenta y acarició la madera.

—Usted no puede engendrar.—El corazón le golpeó en el pecho a Kaname.

Ser infértil lo hizo aún más inútil para su familia ¿Por qué carajo debía sucederle algo así?

—. Miko Subaru está vivo—confesó Niwa y contuvo una sonrisa maliciosa—.

Su padre pretende dejarle su imperio a él a su muerte. Es el hijo de Jun.

Kaname arqueó una ceja, incapaz de seguir escuchando a ese viejo que amaba la discordia.

—¿A un mestizo? ¿Es así como terminará la sangre Matsudaira?

¿El trabajo y el sacrificio de todos nuestros ancestros?

¿Quedará en manos de un hombre que de seguro nos odia a todos?

Jun violó a su madre ¿Cómo piensas que aceptará de buen grado sus absurdas suposiciones?

El resto de los saiko koman no van a permitir a alguien que no sea de sangre pura.

Todos sabemos lo reacios que son a los gaijin .

Niwa asintió con delicadeza. Había plantado la semilla de la duda en la mente de Kaname. Siempre fue un hombre frágil.

—La muerte de la Ane san trajo desdicha profunda a su padre, luego la muerte de Jun. El Oyabun cree que el linaje está maldito, que es hora de florecer, que la corporación Matsudaira está lista para una nueva primavera.

Kaname entrecerró los ojos.

—Eso es lo que tú estás persiguiendo, ¿verdad? Es lo que esperas que suceda.

—Sus palabras, no las mías—señaló Niwa con la tranquilidad que lo caracterizaba—. El Oyabun hará el anuncio pronto. Está seguro de que su muerte se acerca y necesita un heredero. El joven Miko es el elegido.

—Ni siquiera saben dónde está.—Kaname les recordó—. Huyó, ¿recuerdan? ¿Qué les hace pensar que ahora vendrá? ¡Mi padre intentó asesinarlo incluso!

—Los tiempos cambian—esbozó Niwa—, nuestros enemigos pueden tornarse amigos, la venganza puede convertirse en perdón y reconciliación.

Kaname dio un suspiro, su mano se hizo un puño en el apoyabrazos derecho. No sabía qué pensar.

—Mi padre debería haber hablado conmigo antes que con ustedes. Soy su hijo, le guste o no.

—Lo hará—explicó Niwa—, solo espera el momento adecuado, cuando su endeble estado de salud se lo permita.

Kaname asintió con su rostro inmutable. Bien, si estos viejos decrépitos creían que se iba a apartar como si no valiera nada, estaban muy equivocados.

Niwa abandonó la sala de conferencias y el hombre se puso de pie, caminó hacia el enorme retrato familiar que ocupaba el centro del recinto.

Observó a su padre, al Oyabun y su mandíbula se tensó.

No habría un mestizo al mando del clan, no mientras él viviera.