2 Sangre fresca
Fráncfort del Meno, Alemania.
Actualmente.
El humo del cigarrillo flotó en el ambiente, Sasha Kózlov le dio una pitada mientras el hombre frente a él se diluía en ahogos y lamentos.
El ruso dio un suspiro y una nueva pitada llenó sus pulmones de tabaco, alquitrán y nicotina.
No era una costumbre arraigada por completo.
Sasha solía fumar de vez en cuando y era muy específico, pero, sobre todo, tenía que ver con su estado de ánimo.
Sasha fumaba cuando su ánimo era bueno, cuando había una oportunidad para dejar fluir sus instintos.
La cabaña en el bosque estaba alejada de la civilización, era vieja y andrajosa, solo una mesa y una silla ocupaban el sitio, eso más decenas de metros de nylon protector para recubrir paredes y piso cuando fuera necesario ¿Qué más se requería para darle la bienvenida a un traidor?
—¿Qué te hizo pensar que podías delatarme?—preguntó como si el otro fuera capaz de responder mientras intentaba sujetar la sangre que caía al piso entre el polvo y la suciedad—¿No vas a contestarme? ¿Estás de malas, Talo?
La mandíbula de Talo tembló cuando Sasha lo asió e hizo que se encontrara con su mirada.
La sangre fluía de su arteria aorta como un río.
Sasha se humedeció los labios. Talo debería haberlo sentido como un alivio después de dos horas de tortura, pero no era así, quería vivir, sobrevivir, asesinar a ese hijo de puta delante de él que era la reencarnación del demonio.
No iba a suceder, al menos no en esta vida.
Talo abrió la boca, pero nada salió de ella.
—Sasha—Talo susurró y tragó saliva, su vista borrosa—, yo no quise, lo juro.
—¿No quisiste?—Sasha frunció el ceño entretanto sostenía al hombre del mentón—. Me vendiste, hijo de puta, me dejaste a merced de mis enemigos cuando ese bastardo se merecía claramente lo que le sucedió.
Talo comenzó a reír, una risa histérica fruto de la desesperación, de saber que su final estaba escrito.
—Fuiste por las personas equivocadas, Kozlov, sabías los riesgos. Darío era importante y luego lo ocurrido con Brandon ¡Tú cavaste tu propia tumba!—Talo gritó con las pocas fuerzas que le quedaban.
—Darío me traicionó, tú también lo hiciste. Confié en él ¡Confié en ti la puta madre! En cuanto a Charles Brandon, ese imbécil será mío.—Sasha juró y apretó la mandíbula—. Ese es el único destino de ese malnacido.
—¿Qué es lo que más te duele Kozlov? ¿Haber perdido frente a Brandon y Genson? ¿O haber sido traicionado por mí?
Sasha frunció los labios y le dio un nuevo puñetazo, otro y otro, presionó sus dedos sobre el tabique nasal roto y Talo gritó con todas sus fuerzas, los dedos talentosos se hundieron en la herida, la adrenalina corrió por el cuerpo de ambos hombres.
Sasha presionó con ímpetu, Talo buscó huir del agarre mortal de un hombre que iba a matarlo.
—Nadie va a escucharte.—Sasha escupió con sus ojos verdes clavados al hombre moribundo—. Te haré sentir el dolor y la desesperación que sentí cuando me percaté de tu traición.
—¡Hipócrita! ¡Eres un maldito hipócrita!
—Yo no traiciono—replicó Sasha—, a mis enemigos muerte, a mis aliados, lealtad.
Tu recibiste lealtad de mi parte, de hecho, te gustó recibir incluso más de mí.
Me confié, bajé la guardia como un imbécil frente a un tipo que vale mierda, ¿y así me pagas?
—La voz de Sasha se quebró por la rabia.
No importaba cuánto golpeara y torturara a Talo Petrov, a su aliado y amante, era irreversible.
Había estado a punto de morir por su culpa—¿Por qué carajo confié en ti?
—preguntó en tono asqueado—. Al fin y al cabo, no sabes ni follar.
Sasha se puso de pie y asió su cuchillo con mango de plata, aquel con el dibujo de una sirena tallada que ya estaba empapado en sangre.
Talo bajó la cabeza y observó el piso cubierto de su sangre.
Estaba desnudo, el hielo le calaba los huesos en esa cabaña lúgubre en medio de uno de los bosques de Fráncfort.
Sasha asió el trapo sucio que ya había utilizado y taponó su boca una vez más.
El cuchillo rozó el hombro de Talo, Sasha profundizó el corte y el hombre gritó con tal intensidad que el sonido habría retumbado en toda Europa si su boca no estuviera apresada.
—¿De verdad vas a rendirte tan fácil?—preguntó Sasha socarrón—¿Rusia no te ha enseñado nada? ¡Si eres una puta vergüenza! ¡Por algo te gusta que te den por el culo!
Los ojos de Talo refulgieron, las ganas enormes de gritarle y decirle que era tan marica como él, que, si a él le gustaba que le dieran, a Sasha le sobraban ganas de dárselo. Era un maldito hipócrita.
El dolor fue interminable, Sasha cortó los cuatro tendones de su hombro. La sangre brotó como un río y mientras hundía su habilidoso cuchillo con saña, el líquido carmesí salpicó su rostro.
—¡Joder! ¡Qué desastre contigo! —El cuerpo laxo de Talo le mostró que se había desmayado una vez más.
Sasha dio un suspiro y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.
La sangre empapaba su ropa militar y pronto debería deshacerse de ella, así como del cadáver de su amante.
Buscó una botella de agua que llevaba consigo y se la arrojó en el rostro a Talo quien se ahogó—¡Aquí de vuelta, amigo! ¡Atento que apenas comenzamos!
Talo tiró de las cuerdas que colgaban de la viga de madera central de la cabaña y que traspasaban su piel manteniéndolo de pie desde hacía varias horas.
Es lo que pensó Talo, dado que había un pequeño recoveco en una ventana por donde ingresaba luz solar.
No había salida de allí, por lo que el hombre buscó enfurecer a su amante para que le diera una muerte lo más rápida posible. Lucharía por ello.
Sasha le quitó el trapo sucio de la boca. Talo percibió que los espasmos controlaban un cuerpo que ya no le pertenecía.
—Van a atraparte, Kozlov.—Talo dibujó una sonrisa que apenas se vislumbró en su cara deformada por moretones y heridas—.
Nadie se va del grupo como tú lo hiciste, nadie lo abandona y vive para contarlo.
Mataste a Darío y te lo van a cobrar.—Sasha escuchó y presionó sobre el cuchillo—. Nadie los deshonra.
—Necesitas más que algunas balas para matarme, creo que te lo he demostrado.—Sasha se jactó y mostró las heridas que todavía estaban cubiertas con vendas—. Los muchachos van a aprender por las malas que conmigo nadie se mete.
—Tienes todos tus activos congelados—advirtió Talo con su voz entrecortada—. No podrás dar un paso sin que ellos estén tras de ti. Has matado a uno de sus hombres más importantes, quizás yo muera hoy, pero tú, no durarás mucho. Nadie va a ayudarte, Kózlov. No tienes a nadie.
Sasha se humedeció los labios y sonrió.
—Hoy estás muy parlanchín, Petrov. Creo que mi musa y yo deberemos arreglar eso.
—Sasha acarició el dibujo en relieve en su cuchillo labrado.
La sirena tenía un par de rubíes en sus ojos, la mueca macabra de su sonrisa.
La perdición y la sensualidad de sus formas.
Una artista del engaño y la muerte—. Prepárate, puta. Esto te va a doler.
Talo escupió su rostro.
—Siento pena por ti, no eres más que escoria—dijo sabiendo que este era el final.
—Descuida, no la tengas—Sasha se burló—. Como siempre he dicho, nadie es tan inocente como para no merecer la muerte y nadie es tan débil como para no soportar un poco de dolor. Tranquilo, Petrov, estoy preparado para la muerte y para el dolor mucho más que tú.
Y dicho esto, asió a Talo del mentón y se dedicó a profanar su boca con el encanto de su musa.
Las melodías de sus víctimas, el canto monocorde del lamento, Sasha amaba la locura, se extasiaba con los gritos que parecían abrir la tierra y llenar su cuerpo de una euforia que solo encontraba en la tortura, en su capacidad de dominar, en demostrarle al otro que no era nada, y que él era Dios.
Los gritos se acallaron en un término de diez minutos.
La habitación cubierta con plásticos fue desmontada en un abrir y cerrar de ojos.
Estaba en medio de un bosque, no podía incendiarla y atraer más miradas curiosas.
El grupo Wagner buscaría su cuerpo, lo cazaría sin importar donde estuviera, pero Sasha primero les daría pelea.
A él nadie lo traicionaba, de él nadie se burlaba sin recibir castigo divino.
Darío Novikov había merecido su muerte, Talo Petrov también.
Su hermano Mischa también debería haber caído bajo su yugo, pero tuvo suerte.
Debía averiguar quiénes más eran los autores del atentado que casi acabó con su vida y mandarlos al otro mundo, pero antes de eso, debía encontrar la forma de sobrevivir sin recursos.
Talo había sido claro. Cualquier movimiento electrónico sería captado por sus enemigos, los cuales no le tendrían piedad.
No es que Sasha la pidiera ni mucho menos, pero al menos, quería una lucha en igualdad de condiciones, y no la tendría hasta conseguir provisiones.
Introdujo el cuerpo de Talo en una bolsa negra y lo sacó de la cabaña junto a todos los instrumentos utilizados y a las bolsas empapadas de sangre.
Abandonó el lugar entrada la madrugada. Enterró el cuerpo en lo profundo del bosque.
Subió a su camioneta y abandonó las copas frondosas que ahora comenzaban a teñirse de blanco llegadas las primera nevadas.
Se detuvo a unos diez kilómetros y quemó las bolsas junto con su ropa sucia en un contenedor de basura, luego de eso, abandonó la camioneta a cinco kilómetros de allí y la prendió fuego.
Encendió un nuevo cigarrillo y sus ojos se enfocaron en las llamas altas y el humo negro que subía al cielo como una estela.
Una parte de Sasha Kozlov murió junto a Talo en ese momento, lo que quedaba de él, era aún más oscuro.