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Sacrílego (Prohibidos 1)

Sacrílego (Prohibidos 1)

Por Paz Iribarne

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Vecindario Kabukichō, Shinjuku, Tokio. Japón.

Veinte años atrás.

Lo peor que le puede pasar a un niño es descubrir que es diferente.

Cuando lo único que esperas del mundo es que no te abandonen y agradarles, el descubrir que no encajas, sin importar cuánto lo intentes, puede dejar un profundo dolor en ti.

No es una herida que a simple vista puedas ver, es tan profunda, tiene tantos colores, tantos tonos de grises, pero, al mismo tiempo, se esconde de tal modo que nadie es capaz de ver la sangre emanar de ella, como si fuera un río putrefacto, la hiel que sale a borbotones e inunda cada paso de la existencia.

Tenía solo cinco años cuando descubrí que era diferente, cuando entendí que la maldad de los hombres me perseguiría mientras albergara un mínimo aliento en mi cuerpo, que, por algún motivo, hay seres que están destinados a una vida de dolor y sacrificio, sin importar cuánto intenten salir de ahí.

Mamá siempre me dijo que debemos agradecer nuestra existencia, agradecer el simple hecho de respirar y abrir los ojos cada día, amar a Dios sobre todas las cosas, amar a Dios sobre el hambre y el desasosiego.

En esos momentos yo la miraba, ¿ella lo habría hecho?

¿Agradecería el hambre?¿Agradecería comer todos los días el pan de la humillación y la desdicha?

¿Estaría en sus rezos aquel hombre que mató a su amado esposo y abusó de ella?

Y lo que más miedo me daba, en lo único que he pensado a través de los años y en lo que todavía pienso de vez en cuando, ¿agradecería por mí, por el fruto de ese dolor?

¿Agradecería por un niño que la llevó a perder todo?

¿Daría gracias por un bebé del asesino de su gran amor?

Porque eso es lo que era, podía trazar en mi mente varios caminos, sin embargo, todos confluían en el mismo lugar.

El vecindario era colorido. Me crie entre la diversidad, las flores, la tristeza, la alegría, la multitud, la indiferencia, la pobreza y también el crimen.

Mariska, así se llamaba mamá, era una mujer oriunda de Vladivostok que trabajaba como costurera y haciendo otras labores para mantenernos.

Conoció a su esposo en Rusia, él era comerciante, al menos, esa fue siempre la versión original.

Ella no tardó en enamorarse y dejar su vida en Rusia para vivir en Japón.

Siempre nos dijo que le costó adaptarse a la cultura oriental, sin embargo, era una mujer hábil e inteligente, y, con el tiempo, ya se movía sin problemas pese a desconocer el idioma.

«Cuando la fe te abandone, cuando sientas que no puedes mantenerte en pie, mira las estrellas. Mira las estrellas porque en esa grandeza, en esa inmensidad, está Dios».

Aquella frase nunca me abandonó. La escuché por primera vez cuando tenía tres años y estaba junto a mi hermano mayor.

—Los niños me dicen que soy un gaijin, mamá.

—No debes hacerles caso, cariño.

—Ellos se burlan y se ríen.

—Porque las flores, a veces, envidian a las rosas más hermosas del jardín. Eso es lo que tú eres Miko, tú y Dohko son las rosas más bellas del inmenso jardín de Dios. Déjalos que se burlen, déjalos que se rían. Nunca te detengas por ellos.

Sé que había sido difícil para ella, su familia política nunca la quiso, excepto su cuñada, es más, hizo lo posible para que su esposo la dejara, pero él la amaba, sin importar que los hijos que tuvieran fueran mestizos, o, mejor dicho, que tuvieran más rasgos europeos que orientales incluso, como fue nuestro caso.

Confié en mamá, confié en la fuerza de su corazón, en las palabras que siempre acariciaban mi pequeña alma. Jamás pensé que me haría tanta falta años después, jamás pensé que mi vida se hundiría en un abismo en donde me enterraba cada día más.

«La rosa más hermosa del jardín».

Por las noches, me sentaba en el balcón del diminuto apartamento que daba hacia una de las calles principales de Kabukichō y observaba las luces de los antros y discotecas bailables que le daban su impronta a la zona, observaba el cielo en el cual apenas podían visualizarse las estrellas por la luz artificial de las calles.

No me importaba, si no podía verlas, las imaginaba, quería volar con ellas, ir a un lugar del universo en donde la opresión que siempre sentí en el pecho se desvaneciera, un sitio en donde mi madre ya no observara la foto de su esposo cada noche, se derrumbara en llanto y su fe se quebrara, un espacio en donde todo fuera luz a mi alrededor, y mi hermano, diez años mayor que yo, no me observara con una mezcla de desolación, rabia y remordimiento.

Un sitio entre las estrellas en donde ser diferente no doliera, no se sintiera como un nudo intrincado y pesado en la garganta cada vez que respiraba.

Aquel doce de diciembre está en mi memoria como si fuera ayer, como si los años se diluyeran como el agua en medio del Sahara, el día en que comprendí que ser diferente no solo era doloroso, sino que podía ser mortal.

Era la madrugada, mi hora preferida, si debo ser sincero.

Mamá nunca se enteró de que su hijo deambulaba por las noches sin albergar una gota de sueño en su diminuto cuerpo.

Me mantenía en silencio, dejaba a mi familia descansar, dejaba a mi mamá cerrar los ojos después de horas de costura y pagos nefastos.

Me senté en el pequeño balcón, contemplé las luces estridentes y disfruté de la soledad, del silencio en aquella hora.

Nunca me cansaba de mirar al cielo y escaparme de la tierra, aunque fuera un ratito, nunca me sentí como un niño de cinco años sino como un alma vieja enclaustrada en ese cuerpito tibio que anhelaba consuelo para su madre y su hermano.

Un par de automóviles se estacionaron frente a nuestro edificio y el corazón se disparó en mi pecho cuando los vi.

«Cuando ellos vengan por nosotros, lo sabrás. Escapa, Miko. Huye tan rápido como puedas y nunca mires atrás. No hay nada bueno en el pasado. No hay salida de allí».

Miles de personas caminaban por las calles cada día, cientos pasaban frente a ese lugar, pero como mi madre me dijo esa vez, lo supe. Mi corazón se encogió en mi pecho y un puñal atravesó mi estómago. El miedo me entumeció. Eran cinco hombres. No eran transeúntes, estaban aquí por un objetivo.

«Vinieron por ti cuando naciste y lo seguirán haciendo, Miko. Temen a lo que eres y por eso buscarán destruirlo. Mi pequeña rosa bella, eres más fuerte de lo que crees, nunca dudes de los planes de Dios para ti».

Había llegado el momento, en mi cabeza inocente y asustada de infante las cosas se tornaron borrosas por el miedo, pero mi cuerpo sabio reaccionó.

Venían por nosotros, mamá siempre me lo advirtió, yo era una amenaza, siempre lo fui y, tarde o temprano querrían cobrarme mi existencia como si yo hubiera pedido venir a este mundo, como si yo hubiera sido el autor de ese hecho aberrante que me dio la vida.

Corrí hacia el interior de la pocilga a la que le llamaba hogar. Una pocilga que amaba, porque, a pesar de todo, siempre estuvo llena de amor. Mis manitos sudaban y las limpié en mi camiseta blanca.

—Mamá—me apresuré a tocarla y ella abrió los ojos de inmediato, las palabras se atropellaron en mi lengua para salir—, unos hombres.

Mamá no dudó, su rostro estoico no defraudó un segundo.

—Despierta a tu hermano, hay que irnos. —Mamá dio un salto de la cama y se vistió a la velocidad de la luz.

—¿A dónde? —pregunté absorto, con mi mente inocente que aún no procesaba que estaba siendo arrancado de mi nido.

—¡Busca a tu hermano! ¡Ahora! —Mamá exclamó, retrocedí con miedo y di media vuelta para ir por mi hermano.

Dohko ya había despertado y se estaba vistiendo cuando llegué a su lado. Me dio una mirada dura, una que carcomió mi conciencia, y una vez más, sentí culpa de ser quien era.

Mamá me tocó el hombro y me giró hacia ella. Mi hermano abrió su viejo armario y sacó de allí una mochila, la cual, empezó a llenar con ropa y otros artículos. Iba de un lado a otro. Mamá, con sus enormes ojos verdes llenos de lágrimas presionó sus manos en mis hombros con fuerza.

—Vas a irte ahora con Dohko—ordenó—, y no vas a regresar hasta que yo me comunique con ustedes, ¿de acuerdo?

Negué una y otra vez, mi ceño se frunció y las lágrimas corrieron por mis ojos como en una tormenta despiadada, se deslizaron por mis mejillas redondas y rosadas, mamá las limpió.

—No quiero irme.

—Esos hombres quieren matarnos—advirtió mamá—, ellos no se detendrán hasta conseguirlo. No voy a permitirlo, mi amor. Eres lo único que me queda junto a tu hermano. Mi pequeño Miko.

—¿Por qué mamá? ¿Por qué son así?

Mamá sonrió y negó con lágrimas en sus ojos.

—Porque solo pueden albergar odio en sus corazones, amor.

Me abrazó con su alma, no solo fue un gesto físico.

Su amor, su aroma a menta que me envolvía y me daba seguridad.

Me arropé contra su cuerpo, jamás volví a sentir ese calor, nunca más un abrazo se sintió como aquel, como el último que le di.

Mamá se puso de pie y observó a mi hermano que ya tenía las cosas, lo asió de las mejillas y le besó la frente.

—Sé fuerte—dijo y sentí que parte de su alma se desgarraba en ese instante—, váyanse ahora. —Dohko la besó y la abrazó. El sonido de pasos en el piso de madera del pasillo nos reveló la oscuridad agazapada detrás de la puerta—. Escóndanse.

Dohko me asió de la camiseta de algodón de color blanco y me arrastró hacia el pequeño balcón. Mamá cerró la puerta de vidrio y la cubrió con las cortinas.

—Guarda silencio—dijo entre dientes mi hermano y yo lo abracé con todas mis fuerzas.

Mis pequeños brazos rodearon el cuerpo tembloroso que escuchaba, al igual que yo, los gritos desgarradores de la mujer que nos había criado, que siempre estuvo para nosotros.

Dos disparos quebraron los sollozos, dos disparos rompieron mi corazón en tantos pedazos que jamás fui capaz de volver a reunirlos.

Dohko cayó de rodillas y lo sostuve, lo abracé ante lo inevitable, ante la absoluta certeza de que estábamos solos, de que nadie vendría por nosotros, que los milagros a los que mamá se aferraba solo eran cuentos para niños que conservaban las esperanzas, nosotros ya no teníamos ni siquiera eso.

El lugar se inundó de murmullos, de hombres que revisaban la casa y pateaban los escasos muebles que teníamos.

Dohko hizo que me colocara detrás de él y se preparó para luchar.

Una hormiga a los pies de un elefante, eso es lo que era, pero no iba a resignarse.

Nada de eso fue necesario. Los hombres salieron del departamento media hora después, una media hora que me supo a eternidad en el paladar.

Subieron a sus vehículos y se marcharon, dejándonos en medio de la tragedia y la angustia inenarrable.

Dohko fue el primero en salir y observar si todos se habían marchado.

Estiró su mano y yo fui hacia él. Me mostró dos pasajes de tren.

—Iremos a buscar a la tía Emi—explicó—, ella nos ayudará a salir de aquí. El tren a Osaka sale en una hora, debemos llegar a la estación.

Negué y miré alrededor.

—No, ¿dónde está mamá?

Dohko me sostuvo del mentón con fuerza.

—Mamá no puede acompañarnos. —Era mayor que yo, pero seguía siendo un adolescente. Su voz se quebró—. Ya no queda nada para nosotros aquí.

Me aparté y corrí hacia la habitación de ella.

—¡Mamá! ¡Mamá!

—Miko, ¡regresa! —Intentó detenerme, pero era demasiado tarde. Abrí la puerta de su habitación y la encontré allí.

No puedo decir que sentí miedo ni tampoco estupor, solo me quedé allí inseguro de dar un paso, preguntándome si la mujer que yacía en el piso de madera, al lado del enorme mural de flores de cerezo, era mi mamá, aquella que me había dado un abrazo que me acompañaría durante toda mi vida.

Sus ojos verdes carecían del fulgor y el entusiasmo que siempre tuvo, sus labios tenían una coloración violácea y estaban levemente entreabiertos, sentí que me observaba a mí, pensé que, en algún momento, se levantaría, mis pies descalzos se empaparon de sangre, el líquido entre rojo y bordó, se convirtió en un espejo que ahora llenaba cada recoveco de la madera.

Tardé en darme cuenta de que su camisón níveo estaba teñido de muerte, y un enorme hoyo adornaba su pecho de manera macabra.

Su pómulo estaba morado, había recibido un golpe, del mismo modo sus brazos y sus manos cuyas uñas estaban rasgadas como las de un animal que puso todo de sí para defenderse.

¿Qué haríamos sin ella? ¿Quién nos cuidaría? ¿Esos hombres nos encontrarían?

—Miko—Mi hermano me jaló hacia su cuerpo y me alzó—, vámonos de aquí.

Dohko se quedó inmóvil, me enfoqué en su rostro perplejo, en el millón de connotaciones emocionales que esa imagen le dejaría. El miedo lo invadió como una enfermedad, me presionó con fuerza y salimos de la habitación.

—Perdóname—dije en un susurro y Dohko frunció el ceño—, perdóname—repetí sin entender claramente por qué debía decirle esto a mi hermano.

Los ojos de Dohko estaban hinchados de lágrimas. Negó una y otra vez, pero jamás me respondió. Con una mochila vieja y un par de bolsas salimos de nuestro hogar en esa madrugada. Las calles solitarias nos abrazaron con su frialdad. Quise mirar por última vez al edificio, pero Dohko asió mi rostro.

—No, nunca mires atrás—reprendió con dureza—. No hay nada bueno en el pasado, mamá siempre lo dijo.

Le hice caso y caminamos a paso rápido hacia la estación de tren. No estábamos a salvo, no lo estaríamos hasta que saliéramos de Japón, pronto aprendí que nunca en la vida lo estaríamos, no mientras viviera, no mientras siguiera siendo un hijo bastardo del heredero del Oyabun.