Capítulo 57
Rina
–V olveré a por vosotros, me cueste lo que me cueste. Volveré, ternura, confía en mí. Por favor.
Cuando la voz de Velkan se esfumó, el aire fue engullido por los gritos, gruñidos y golpes de los monstruos que chocaban contra la puerta al intentar entrar como toros en la sala en su busca.
Grité aterrorizada los segundos antes de ser capaz de contenerme y acallar mi temor, apretando los labios con tanta fuerza que saboreé mi propia sangre al morderme.
Tirada en el suelo abrazaba el cuerpo de Milo, que había logrado apoyar sobre mis muslos, como si pudiera protegerlo.
Estaba prácticamente inconsciente, con una mano sobre la herida de la tripa, que no dejaba de supurar tratando de cerrarse sin lograrlo.
Los graznidos se entremezclaban con el pitido que me atravesaba los tímpanos mientras pensaba una y otra vez en Velkan.
Recé. Lo hice una última vez, aferrándome a cualquier milagro que consiguiera sacar de allí a Velkan con vida. Que buscara ayuda, que pudiéramos salir de allí Milo y yo sanos y salvos antes de que aquellas bestias traspasaran la puerta a golpes y nos dieran como alimento a su demoníaco padre.
Casi logré suspirar de alivio cuando los gritos enmudecieron poco a poco hasta que solo quedó el ruido de mi respiración y la de Milo.
—Se han ido —le susurré cogiéndome el bajo de la camiseta y limpiándole el sudor de la frente como pude—. Saldremos de aquí, aguanta.
Me aferré a sus ojos cuando los abrió ligeramente, tan solo una pequeña ventana a aquella alma que luchaba por no desvanecerse. Negó con tanta ligereza que quise achacar aquella derrota a un movimiento involuntario.
Bajé los ojos a la horrorosa herida.
El tráfico de sangre que habían llevado a cabo los Neblíes iba a ser su propio veneno. Aquel era el verdadero propósito de su distribución.
—Armas envenenadas que infectan a todos los linajes —murmuré con las lágrimas humedeciéndome la garganta—. Menos a los Hijos de Drakon.
Iban a matarse entre los linajes sin siquiera darse cuenta, y, antes de poder pararlo, Drakon se habría apoderado del terreno suficiente como para proclamarse el vencedor.
—Alastor —susurré sobresaltada—. Él también sabía lo de la búsqueda, sus hijos nos estaban siguiendo, tal vez otro clan de los suyos no tardará en encontrarnos…
Los ojos de Milo volvieron a abrirse, su boca trató de pronunciar las palabras con la mayor claridad posible.
—Estamos… muertos.
Negué. Negué una y otra vez. Aproveché su pequeño impulso de vitalidad para volver a ponerle mi muñeca sobre los labios.
—¿Por qué no bebes? —sollocé—. Déjame ayudarte.
—Pacto de sangre…
—¡Me la suda tu puto pacto de sangre! ¿Prefieres morir antes que romperlo? —Él asintió, yo me helé—. No me puedes hacer esto. ¡Piensa en mí! ¡Piensa en Velkan!
Negó.
—Ella.
Gruñí, zarandeándolo sobre mi regazo.
—¿Ella? —Abrí mucho los ojos, tanto que ardían—. ¿No lo haces por ella? Te juro que como te mueras por un puto pacto de mierda con una desalmada que prefiere verte muerto a bebiendo de mí la encontraré y la mataré. ¿Me oyes? La llevaré al infierno contigo.
Rio. Milo rio aun en sus últimos latidos.
Le limpié la sien mientras mis lágrimas caían sobre él.
—Vamos a sobrevivir, los dos —susurraba más para mí que para él—. Aguanta, por favor, aguanta.
Las lágrimas terminaron de desbordarse cuando Milo sonrió. Quiso elevar el brazo para rozarme la mejilla con el dorso de la mano, pero tan solo fue capaz de moverlo unos centímetros antes de dejarlo caer.
—Gracias. —Tragó saliva—. Por Vel… kan…
Negué y negué.
—No hables, guarda energías. —Me sorbí la nariz—. Y no te despidas de mí, por favor.
Cerró los ojos.
Agaché la cabeza para comprobar si seguían vivos sus débiles latidos.
Pero otro ruido captó mi atención y me heló cada hueso, que sentía dolorido a más no poder.
Unos pasos animados se acercaron a la puerta. Ahogué otro grito cuando escuché cómo alguien la abría con brusquedad.
El primer rostro que vi fue el de Bastien, que sujetaba la puerta con una sonrisa tan ancha que le hubiera cabido mi corazón en la boca. Me saludó quitándose el sombrero.
—Hijo de puta.
Las palabras me salieron del alma al mirarlo a los ojos con todo el odio que podía entrar en mi cuerpo.
Otros pasos más calmados se acercaron por el túnel, en cuyas paredes la sombra de una figura alta titilaba con las luces de las antorchas.
Aquella sonrisa fue mucho más discreta y afilada, pero consiguió hacerme desear estar muerta.
No fui capaz de emitir palabra mientras aquella bestia se aproximaba hacia nosotros.
Con las mangas de la camisa remangadas, podía ver su piel teñida de la sangre de sus víctimas.
La misma que le manchaba el pecho, pómulos y un pelo plateado tan brillante como sus colmillos.
Venas como ríos de obsidiana corrían bajo su piel.
Se paró a tan solo un metro frente a mí. Me miraba entretenido con unos ojos que derretirían el infierno y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
Su sonrisa se intensificó al verme apretar a Milo contra mí.
—Qué ricura.
La voz de Drakon era tan hostil como lo que prometían sus ojos.
—Ese es el hijo primogénito de Khaivel, señor —musitó el pelirrojo—. Y esa su lacaya. Los vi en el mercado, parece ser una criatura muy importante para su hermano.
—No soy la lacaya de nadie, maldito monstruo.
El lacayo de Drakon gruñó como un perro y tuvo intención de acercarse a mí. Pero con tan solo un levantamiento de mano por parte de su amo se quedó clavado en el sitio, con la mirada fija en sus pies.
—¿Quién eres, entonces? —La bestia ladeó la cabeza.
Tragué saliva, esforzándome por no apartar la vista de sus ojos.
—Quien se encargará de que acabes muerto.
Drakon se relamió.
Cuando se agachó frente a mí no me retiré hacia atrás, por mucho que mi cuerpo deseara alejarnos a Milo y a mí de quien llevaba la fecha de nuestra muerte tatuada en las pupilas. Temblé cuando alargó una mano y rozó el colgante. Noté su piel sobre mi pecho, era seca y caliente como las cenizas.
—Hueles a él.
Sabía que podría oír el retumbar de mi pecho, deseé que lo sintiera con el mismo dolor que sufría yo. Volvió a relamerse antes de hablar y quise arrancarme la piel de cada centímetro de mi cuerpo que recorrieron sus ojos.
—Tendremos que ponerle solución.
La lava que lamía sus ojos fue lo último que vi antes de que la niebla me devorara por completo.