Epílogo
Przełom Dunajca
Garganta del río Dunajec
Praga, República Checa
L a bestia se dejó arrastrar por la corriente del río Dunajec.
Tan solo era capaz de abrir los ojos de vez en cuando.
No sabía cuántos minutos habían pasado desde su último parpadeo, pero no le importaba, su atención estaba puesta en lo que la luna iluminaba a su alrededor.
Cuando frente a él apareció el desfiladero entre las montañas, supo que había llegado.
Nadó hacia la orilla, donde resbaló al tratar de ponerse de pie, tambaleándose sobre las rocas contra las que resonaron las cadenas que arrastraba a su espalda.
Cojeaba de la pierna que más heridas coleccionaba.
Los hombros le tiraban hacia atrás por el inconveniente peso del metal.
Pero el Ancestral no detuvo sus pasos, aun cuando el camino hacia el interior del bosque parecía un sueño que lo adormecía con cada zancada, haciéndolo avanzar con mayor lentitud.
No dejó de luchar por su alma hasta vislumbrar a lo lejos la cabaña que andaba buscando.
No necesitó tocar a la puerta, la hechicera le abrió antes incluso de oír su cuerpo resonar cuando cayó de rodillas.
—Morana.
—Pasa.
Morana no lo ayudó a levantarse, tan solo cerró la puerta cuando el Ancestral logró arrastrarse de rodillas hacia el interior.
Aquella Morana no era como la de la Capilla de los Huesos, pues su hogar era mucho más cálido, aunque igual de peligroso. Su ropa estaba limpia, si bien igual de anticuada. Una lechuza de plumas de algodón y ojos como el carbón lo observaba con interés.
—Son demasiadas heridas. Te costará caro, Khaivel.
La bestia negó.
—No vengo por las heridas. —Sus ojos la escrutaron con conmoción—. Y tú sabes perfectamente por qué estoy aquí.
Los dientes de aquella Morana también lo estremecieron al sonreír. Negros como la noche, estaban bañados con la sangre de las mismas criaturas que se habían apoderado de su cuerpo.
—Ya es tarde. Drakon es poderoso. Morana no quiere ayudar. —Se relamió de una manera que hizo a la bestia temblar de desagrado—. Pero hay alguien con el que puedes hacer un trato.
—¿Qué trato? —escupió con el poco aire que sus pulmones conseguían expulsar—. Te recomiendo que seas concisa, porque como tardemos mucho más me temo que solo podremos comunicarnos por ouija.
—Hay un demonio femenino interesado en ti. —Murmuró aquellas palabras atravesando con los ojos el pecho del Ancestral—. Ella puede ayudarte a condenar de nuevo a tu hermano y a salvar a quienes albergas en tu corazón.
Khaivel quiso borrarle aquella sonrisa, pero apenas tenía fuerzas para poder hablar.
—¿Qué quiere a cambio?
No supo que Morana le había liberado de las cadenas hasta que estas cayeron sobre sus pies. Echó los brazos hacia delante y se apoyó en ellos con un gruñido de dolor.
—¿Quién es y qué quiere, Morana?
La lechuza ululó y batió las alas con inquietud.
Morana se inclinó frente a él. Su rostro quedó tan cerca que el aliento a humo, muerte y noche le impregnó el rostro. Sonrió por última vez con todos los dientes.
—Morana no está aquí para responder preguntas. Solo dime, Hijo de Lilith, ¿qué estás dispuesto a sacrificar para salvar el alma de quien ha logrado despertar la tuya?