Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 56
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Capítulo 56

Velkan

L os Hijos de Drakon no solo superaban a los de Nyra en número, sino en armas, y terminaron vencedores, conteniendo a los pocos heridos que aún no se habían reunido con la muerte, a quienes arrastraban hacia Drakon y degollaban frente a su boca para que este se alimentara.

Me habían alcanzado varias veces con sus armas envenenadas, notaba los cortes por las piernas, la profunda hendidura que uno me había hecho al atravesarme el hombro y otro la espalda. Pero la herida que más sufría en aquellos momentos era la del corazón.

Notaba cada latido desesperado de Rina, cada pensamiento de terror que ella misma tenía mientras se alejaba corriendo. No sabía hacia dónde, pero podía percibir sus sensaciones como si estas sucedieran bajo mi piel.

Mi sangre dentro de su organismo, mi alma conectada a la suya, me permitía sentirla en mis propios huesos y lo único que me consolaba de aquel terrible temor por su vida era que aún la tenía entre sus manos.

Rina seguía viva, estaba huyendo y nadie la había alcanzado. Todavía.

Siseé de dolor cuando tiré de las cadenas y la herida del hombro se rasgó. Aquellos vampiros rabiosos parecían haber perdido por completo el interés en mí. Su único deseo era saciar a la bestia.

Al monstruo que recuperaba la vitalidad por segundos. Sus ojos eran cada vez más brillantes, su piel se tensaba dejando de verse tan fina y débil, sus dientes rasgaban la piel con más fuerza, más ímpetu.

Cuando terminó con el último de los Neblíes de aquella sala con vida, Drakon se desperezó estirando los brazos, recorridos por largos regueros de sangre.

Cuando volvió a sonreírme había recuperado el fuego de sus ojos que tantos milenios creían olvidado.

Se pasó una mano sobre el pelo plateado, manchándolo de las mismas gotas de sangre que resbalaron por la comisura de sus labios, mentón y el pecho empapado que su camisa negra abierta dejaba ver.

Bostezó antes de bajar del ataúd. Se crujió el cuello y resopló con alivio.

Mientras, los vampiros a su alrededor se apartaban de él con la cabeza gacha y murmullos de excitación.

Aun habiendo recuperado la vitalidad, podía distinguir a través de su piel la sangre obsidiana que le corría por las venas y arterias.

Con cada latido, profundo e intenso, fruto de las dos serpientes en su interior, las anchas venas de su pecho palpitaban, mostrando un río de hilos negros que escalaban hacia el borde de su mandíbula como largas patas de araña.

Drakon se pasó la lengua por los colmillos y sonrió de lado al hablarme.

—Hola, hermano.

Le sonreí de vuelta. No con diversión, ni mucho menos cariño, sino con el odio que trepaba por mis comisuras desde el fondo de mis entrañas.

—Drakon, cuánto tiempo.

Tosió al reír, mientras se paseaba por la sala. Todos a su paso se alejaban de su camino, como una gota de aceite en el agua.

—Lo cierto es que no te esperaba por aquí, Khaivel, aunque no es una queja, me alegra verte, aunque estés tan… —escrutó mi cuerpo magullado— desaliñado.

—Lo dices tú que llevas una camisa con volantes. No estamos en el siglo dieciocho. La revolución francesa ya pasó, por si no te habías enterado.

Drakon chasqueó la lengua con diversión y se acomodó los ornamentados puños de su atuendo.

—¿No te gusta? La escogió tu hermana para la ocasión. Quería que estuviera bello para nuestro reencuentro. —Rio y se giró toqueteándose el pelo de nuevo—. ¿Cómo me lo ha dejado por atrás? Siento que me lo ha cortado demasiado, aunque, visto cómo lo llevas tú, deduzco que es el estilo actual.

—¿Qué coño quieres, Drakon?

Aquel al que conocía como mi hermano abrió mucho los ojos y se acercó hacia mí con el odio goteándole por cada poro de su piel ceniza.

Se paró a tan solo un paso de distancia.

Uno más y podría haberlo alcanzado de alguna manera aun con las manos encadenadas a la espalda, pero Drakon era plenamente consciente de ello.

—¿Que qué quiero? Lo quiero todo, Khaivel, todo.

—  Sus ojos se clavaron en mi pecho como si pudiera ver a través de mi piel—.

Cada pedacito de Lilith me pertenece, malditos traidores.

Me condenasteis a un infierno eterno por anhelar lo mismo que os dividisteis entre todos, ratas inmundas.

Lo teníais todo planeado, ¿no? Dejar que yo hiciera el trabajo sucio por vosotros.

Negué completamente atónito ante la ira que brillaba en sus iris. Estos seguían clavados entre mis costillas, como si en cualquier momento fuera a lanzarse hacia mí.

—Mataste a mi madre, a nuestra madre. Siempre hemos sabido que no estabas muy fino, pero créeme que si hubiéramos sospechado de tus intenciones, habrías acabado calcinado hasta los huesos mucho antes.

Drakon giró la cara de golpe y volvió a pasearse por la sala, pensativo.

Negó para sí mismo.

—No estoy disfrutando de esto, Khaivel. Está siendo un reencuentro doloroso para mí.

—Bueno, creo que ha sido más doloroso para Nyra. —Me abrasaron las palabras al mirar el cuerpo de mi hermana extendido en el suelo—. ¿Cómo te las has ingeniado para manipularla de esta forma? Porque te habrá sido difícil estando en descomposición postrado en un ataúd.

Siseé involuntariamente ante el ardor que se deslizaba por mis brazos. Estar tirando de las cadenas solo lo empeoraba, pero no podía dejar de tensarlas, de ejercer fuerza contra ellas de manera discreta porque notaba el crujir de la base metálica sobre la piel de las muñecas.

—¿Sabes lo que es el amor, Khaivel? Yo no, aunque Nyra lo descubrió a muy temprana edad.

Tal vez lo confundió con admiración, sería algo completamente comprensible.

Pero hubiera sido estúpido por mi parte no aprovecharme de ello cuando aún podíamos considerarnos una familia.

—Ridiculizó sus palabras con un puchero—.

No te imaginas la de veces que me contó lo mucho que sufrió al verme arder, los siglos que estuvo buscando mi cuerpo sin saber si me había convertido en tan solo un puñado de polvo.

Me desconcertaban sus palabras, aquella narrativa que nada tenía que ver con la noche que viví junto a Nyra, Alastor y el resto de mis hermanos.

Ella se opuso a su condena como una hermana haría, igual que también dudaron Lilithea, Vlad o Isolde.

Fue una decisión difícil para todos, incómodo observarlo arder frente a la hoguera, pero era lo que merecía y todos estuvimos de acuerdo.

—Intentó revivirme; lo hizo, en cierta forma —continuó explicando mientras sus pies no dejaban de moverse—.

Por desgracia, no era suficiente. Por muchos humanos o vampiros con los que me alimentaba, mi cuerpo no podía recuperarse, mi corazón era incapaz de revivir lo suficiente como para sanar las horribles heridas sobre toda mi piel, músculos y huesos.

—Su tono se ensombreció, tensó la mandíbula—.

Me matasteis de verdad, así que solo nos quedaba una última esperanza.

—La Manzana de Lilith.

Drakon chasqueó la lengua y me miró con desagrado.

—Nyra me dijo que así la habíais llamado, qué ridículo. ¡Era mi parte de Lilith! Si hubierais sido realmente equitativos, me la habríais entregado y nada de esto habría pasado.

—Sí, claro, muy convincente tu argumento con Nyra muerta en el suelo y tu corazón rodeado por dos serpientes.

Sonrió de nuevo con todos los dientes y volvió a clavar los ojos entre mis costillas.

—Y pronto serán tres.

Un grito reverberó en mi pecho. Este no salía de mí, Drakon no podía oírlo.

Era Rina, algo le había sucedido, estaba en peligro.

La amenaza de Drakon y la forma en que se abalanzó sobre mí no fueron el motivo del último impulso con el que reventé las cadenas que me mantenían preso. Lo fueron los latidos de Rina, el miedo que me heló cada hueso.

Salí corriendo con las pesadas cadenas aún arrastrando de mis muñecas. No me importaba, tan solo podía seguir el rastro de Rina hacia donde me llevaba su pulso, patente y acelerado en mi interior. Mi sangre en su organismo me guiaba, me pedía auxilio.

—Cogedlo.

Fue la última palabra que oí de Drakon antes de que los graznidos de sus hijos me persiguieran, haciendo resonar cada uno de los túneles de aquel castillo.

—¡Rina! —Mis gritos casi podían agrietar las paredes—. ¡Rina!

—¡Velkan!

Su voz era un suspiro en la lejanía, pero un atisbo de ella me bastaría para encontrarla en cualquier lugar.

En cuanto llegué a la sala escuché su corazón tras una de las puertas metálicas.

—¡Rina! —Me lancé hacia ella y me giré para poder abrirla, con las manos aún en la espalda—. ¿Estás bien?

—¡Milo está aquí! —sollozó—. ¡Está herido!

Me estampé una y otra vez contra la puta puerta.

—¡Joder! —Gruñí, siseé y me herí el labio al mordérmelo en una de las sacudidas—. ¡Voy a sacaros de aquí!

Las pisadas y gritos de aquellas criaturas se aproximaban a mí. Pero me importaba una mierda si me alcanzaban. Moriría sin pena si eso significaba liberarlos a tiempo.

Sin embargo, aquella puerta no se abría. Uno. Dos. Tres golpes.

Las paredes temblaban, granos de arena caían sobre mí, pero aquella jodida puerta seguía sin moverse.

—¡Velkan, vete! —chilló Rina rozando el otro lado de la puerta—. ¡Te van a matar!

—Ve… te…

Lo débil que escuché la voz de Milo me hizo temblar.

—¡No pienso dejaros aquí! —Otro empellón—. ¡Aguanta, Milo!

«Por favor, aguanta».

Las sombras de los vampiros aproximándose se agrandaban en las paredes, iluminadas por las antorchas que los atraían hacia nosotros.

No podía irme, no podía abandonarlos allí.

—Velkan, por favor… —El llanto de Rina me empapó cada hueso—. Por favor, vete… No puedes hacer nada aquí…

—Si te pasa algo, me muero, Rina, me muero. —Mis lágrimas emborronaban la puerta frente a mí, a la que seguía lanzándome como un animal—. No puedo irme sin ti, no puedo dejaros a ninguno aquí.

Opté por cambiar el rumbo de mis golpes hacia la pared de piedra de al lado. Si no lograba forzar la puerta, abriría un puto agujero entre las rocas a cabezazos si era necesario.

Rina gritó al notar que los graznidos de aquellas criaturas estaban a segundos de nosotros.

—¡Vete! ¡Vete! ¡Vete! —Su súplica me abrasó los pulmones—. ¡Busca ayuda o acabaremos todos muertos! ¡Vete!

El corazón me iba a estallar. Mi pulso ardía en cada vértebra y yo solo podía maldecir con cada átomo de mi cuerpo estar viviendo aquel infierno.

—No pienso dejaros aquí.

Rina gruñó. La puerta volvió a temblar, pero esta vez porque ella había envestido contra esta. Palpé su furia en mis propios músculos.

—¡Vete de una puta vez, Khaivel! ¡Vete!

Escuchar aquel nombre rugir de sus labios terminó por hacerme sollozar. Deseé no haberlo escuchado. No sentir cómo mi corazón parecía resquebrajarse como las grietas de un árbol.

—Volveré a por vosotros, me cueste lo que me cueste —susurré con la frente contra la pared—. Volveré, ternura, confía en mí. Por favor.

En cuanto una de aquellas bestias puso un pie en la sala me abalancé sobre ella, partiéndole las costillas y utilizando una de estas para apuñalar a la que la acompañaba.

Por un instante pensé en quedarme, en desmembrar cada cuerpo que intentara lanzarse contra mí, contra la puerta que custodiaba como un perro guardián.

Pero eran muchos, demasiados para siquiera poder abarcarlos en un espacio tan pequeño.

La voz de Rina seguía gritándome, rugiéndome que me marchara.

Aunque no era capaz de oír sus palabras entre tantos graznidos, estas reventaban contra mi tórax, como si las lanzara desde mi interior.

Estas eran aún más dolorosas que las heridas que me provocaban las armas infectadas.

Siseé cuando una de ellas me alcanzó la mejilla.

No saldría de allí con vida si no me marchaba. Y si yo no estaba vivo para proteger a Rina y a Milo, ¿quién iba a hacerlo?

Rugí con frustración y me giré una última vez para ver la puerta metálica que me separaba de las únicas criaturas que me importaban, antes de correr hacia la pequeña hendidura que formaba una salida en el otro extremo.

Mis músculos lloraban con cada pisada, alejándome con velocidad. Mis muñecas debían de estar completamente ensangrentadas por las cadenas que arrastraban. Hubiera deseado que alguien me despellejara allí mismo para dejar de sentir el ardor del veneno que me carcomía por demasiados sitios.

Huía de los rugidos de aquellas alimañas luchando contra mis impulsos de darme la vuelta, atravesarlos uno a uno y volver a por Rina, a por Milo.

Habían acabado allí por mi culpa.

Vanessa había muerto por mi culpa.

Todo era mi culpa y yo era el único desgraciado a punto de escapar con vida.

Me desvié hacia un túnel en el que vi unas largas y empinadas escaleras. Al salir de estas, reventando la puerta con el hombro herido, la luz de la luna me recibió.

Estaba fuera de la colina, en la azotea de una de las torres del castillo.

No tardaron en resonar los graznidos trepando por donde yo había escapado. Utilicé el lado más derruido de la muralla para poder escalar sobre sus piedras, alejándome lo máximo posible de las primeras bestias que empezaron a aparecer.

Pateé en la boca a una de ellas, la segunda hizo que mis pies se tambalearan.

Estaba herido, iracundo y débil.

El veneno había comenzado a adentrarse en mi torrente sanguíneo.

Tratando de mantener el equilibrio en el borde de la muralla, miré hacia atrás. Mis manos quedaron colgando sobre los últimos metros de la colina antes del lago.

Sentía mi dolor.

Sentía el de Rina.

—Decidle a vuestro padre que, si los mata, lo notaré en mis propios huesos —gruñí con tanta furia que por un segundo se echaron hacia atrás, como hienas acobardadas.

Pero eran demasiadas, y cada vez llegaban más—.

Advertidle de que, si los hiere, seré yo mismo quien se destripe la serpiente del pecho y la queme viva, como hice con él.

Salté.

Con la fuerza que me quedaba, con todo el impulso que pude tomar.

Salté hacia el lago.

Lo último que fui capaz de notar en mi cuerpo fue el golpe contra los árboles, antes de que las copas me dejaran caer sobre el agua.