Capítulo 55
Rina
N o soportaba mirar a Velkan, porque cada vez que lo hacía sentía estar frente a un desconocido.
Pero cuando Drakon desgarró el corazón de Nyra y todos los vampiros de la sala empezaron a gritar, alterados, mis ojos lo buscaron a él. A Velkan.
A Khaivel.
Sus iris aguamarina eran una luz entre tanto caos.
Los vampiros de sangre corrupta, Hijos de Drakon, atacaron a los Hijos de Nyra mucho antes de que estos pudieran alcanzar el ataúd.
No solo luchaban con sus propias manos y dientes, sino con armas.
Armas negras como la obsidiana que, en cuanto atravesaban la piel de los vampiros, estos aullaban ante el contacto, retorciéndose en sí mismos y dándoles a sus atacantes los segundos suficientes para vencer en la batalla, aun cuando sus habilidades de lucha parecían mucho más pobres y torpes que las de cualquier otro tipo de vampiro.
No necesitaban pelear con agilidad, sino con algo que les diera ventaja sobre los demás.
Armas forjadas con la misma sangre que había infectado las heridas de Velkan.
—¡Rina! —Su voz me alcanzó con demasiada profundidad—. ¡Huye!
Mis piernas se tambalearon al ponerme de pie. Los vampiros se estaban matando entre ellos, sin importarles en aquellos momentos mi presencia, siempre que me moviera lo suficientemente discreta como para no llamar la atención de ninguno al que se le antojara devorarme en mitad de la batalla.
Velkan lograba deshacerse de algunos Hijos de Drakon rezagados, apartándolos a patadas, codazos y todo golpe que no le limitaran las cadenas. Quise andar hacia él, pero, como si hubiera escuchado mis pensamientos antes que mis pisadas, negó al mirarme.
—Vete, por favor —sentenció.
—¡Velkan! —le advertí al ver cómo otro iba a por él.
Grité cuando aquel malnacido le rasgó la pierna con un arma infectada.
Cuando sus ojos me volvieron a mirar, un velo los cubría por completo.
Una niebla.
— Huye, no intentes salvarme. Solo recuerda que te quiero, Rina. ¡Vete!
No era niebla lo que opacaba mis ojos, sino las lágrimas de temor y frustración que se me acumulaban en las cuencas. Un mar de pesar por sentir cómo mi cuerpo me obligaba a alejarme de él, pese a que me dolía físicamente hacerlo.
Si abandonaba allí atado a Velkan, a Khaivel, iba a morir.
Salí corriendo hacia la puerta más cercana dejando atrás los gruñidos de Velkan al ser alcanzado por otra arma.
Mis propios sollozos no me permitían respirar mientras corría sin rumbo por túneles en los que tropezaba a cada paso sobre las piedras.
El fulgor de las antorchas me abrasaba los ojos y la garganta.
O puede que lo hiciera mi respiración ahogada; el pulso me palpitaba en la sien, el cuello y los tímpanos.
Y, aun así, logré oír la flauta.
Una melodía retumbaba entre los pasillos.
Ralenticé los pasos para poder oírla mejor, para descubrir de dónde provenía y huir de allí. Pero mi propio cuerpo me impedía escuchar con claridad, mis propios sollozos, las lágrimas, la sangre en mis oídos, los gritos de fondo, el dolor en el corazón.
Giré como pude, sin estar segura de hacia dónde me dirigía. Exhalé con un ápice de alivio al notar cómo la melodía menguaba según huía de allí.
El túnel se fue ensanchando hasta llegar a una sala.
No tan amplia ni iluminada como en la que se encontraba el ataúd de Drakon, pero lo suficiente como para que el ambiente tuviera otra densidad.
Más oscura, más pesada, más fría. Giré sobre mí misma, desorientada ante las delgadas puertas metálicas que había frente a mí.
Dos de ellas estaban cerradas, lo comprobé al tirar del pomo con desesperación.
Cuando tiré de la tercera, un cuerpo descamisado y encogido en el suelo delante de mis ojos me hizo gritar de terror.
Después sollocé completamente ahogada por mis lágrimas al reconocer aquellos tatuajes.
—¡Milo!
Mis piernas flaquearon y me arrastré con velocidad hacia él, sin importarme rasgar las rodillas del pantalón por el camino. Ratputín, que correteaba a su alrededor aterrorizada, se asustó ante mis movimientos.
—¡Milo! —Le toqué el rostro gélido para girarlo hacia mí—. Por favor, despierta, por favor…
Cuando mis ojos bajaron a su estómago quise vomitar.
Lo habían atravesado con una de sus armas infectadas, dejando su estómago desangrándose, repleto de aquella viscosidad negruzca que empezaba a carcomerle las costuras de la terrible herida.
Ratputín chillaba. Yo lloraba.
—No, no, ¡no! —Metí los brazos bajo sus axilas y tiré de él, tratando de arrastrarlo—. Vamos, Milo, aguanta, por favor, aguanta.
Cuando lo oí mascullar volví a agacharme frente a él. Volví a palparle el rostro con desesperación. No abría los ojos.
—Aliméntate. —Lancé mi muñeca contra su boca, rozándola con sus dientes—. Recupera energía, si no, no saldremos de aquí. ¡Vamos, joder!
—Ri… na…
Su cabeza se tambaleaba, apoyada en la palma de mi mano. Negó.
—¡Por favor! —insistí—. ¡Muérdeme!
—Tram… pa…
La melodía volvió a arañarme los oídos, de una manera mucho más brusca y aguda. Ratputín se escondió entre dos ladrillos de la pared.
Alguien cerró la puerta metálica antes de que pudiera impedirlo.
Dejándonos encerrados.
Y la risa perversa de Bastien resonó desde el otro lado.