Capítulo 54
Velkan
H ubiera preferido morir antes que sentir la mirada de dolor de Rina abrasándome cada centímetro de piel.
—Lo siento.
En aquellos momentos no supe qué más responderle, ella no parecía desear recibir ninguna palabra más de mis labios. Me contempló a través de los lagos que se formaron en sus cuencas, con cada negación de su mentón notaba una herida abrirse en mi pecho.
—Rina, de verdad, lo siento, iba a contártelo, te lo juro por Lilith.
—¡No mientas en nombre de madre! —Nyra chasqueó la lengua al alejarse de Rina y volver a subir a la tarima—. No te lo tomes como algo personal, florecilla. Él siempre ha sido un monstruo egoísta, mentiroso y manipulador.
—Lo he sido y lo soy. Pero contigo no, Rina, créeme.
Las súplicas se caían de la punta de mi lengua. Necesitaba borrarle aquella mueca dolorosa que me perseguiría por el resto de los siglos, pero no podía derrumbarme con tanta facilidad frente a mi hermana.
Ella ya sabía lo importante que era Rina para mí, o la habría decapitado con la misma rapidez que a Vanessa. Sin embargo, cuanto más mostrara mi debilidad por ella, más jugaría Nyra con su figura para derrotarme.
Rina no me miraba ni hablaba. Sus ojos se clavaban en el suelo. Sus lágrimas caían con tanto pesar sobre este que estaban a punto de agujerearlo.
—Bueno, por muy entretenido que me parezca vuestro drama conyugal, no estamos aquí para eso. —Nyra bostezó con dramatismo—. Karolina, bonita, tráeme la comida.
Una de las vampiras que había entrado después de Nyra, y que estaba colocada en círculo alrededor de la habitación con todos los demás, asintió hacia su madre y desapareció por otra de las puertas.
—¿Qué cojones estás haciendo, Nyra? —Mis ojos fueron hacia el ataúd—. ¿Dónde lo has encontrado? ¿Cuánto tiempo lo has tenido aquí escondido?
—¡Ay! ¡Demasiadas preguntas, no me agobies!
—Se abanicó con la mano—. Quiero lo mismo que tú, lo mismo que todos queremos: poder y amor.
¿No es eso por lo que tú también buscabas la serpiente, hermanito?
¡Qué traición a tu familia! Mucho estabas tardando en ir a por aquello que te situara por encima de los demás —gruñó y pataleó como la maldita cría que siempre había sido—. Siempre queriendo salirte con la tuya.
—No he sido yo quien ha desenterrado al asesino de su madre.
—Observé por el rabillo del ojo cómo la tal Karolina entraba con tres humanos llevados por cadenas…
y custodiada por dos vampiros ponzoñosos, a los que se les caía la baba al mostrar los colmillos—.
¿De dónde has sacado a esas bestias? Mira que te llegan a salir feos los hijos.
Sabía que no eran suyos, pero necesitaba distraerla lo suficiente mientras me quebraba la cabeza pensando en cualquier forma de sacar a Rina de allí.
—No te metas con ellos, necesitan tiempo… —Nyra acarició el mentón de uno de ellos y se le quedó un pedazo de piel muerta en el dedo.
—No necesitan tiempo, necesitan un exorcismo.
Una de las humanas gritó cuando Nyra se apoderó de su cadena y tiró de ella arrastrándola sobre la tarima.
—¡No, por favor! ¡Socorro! —Los ojos de la humana bailaban entre Rina y yo—. ¡Ayuda, por favor!
La mirada de Rina se levantó del suelo para observar, aterrada, cómo Nyra la mordía en el cuello a la humana con violencia, dejando que esta se desangrara como un animal. La estampó sobre la boca de Drakon y el cuerpo de este empezó a beber.
—Bebe, mi amor.
Los gritos de la humana se fueron debilitando hasta que cayó al suelo, con la tez como la tiza, completamente desangrada.
Fue entonces cuando Nyra elevó el brazo mugriento de Drakon sobre el ataúd, le hizo un corte fino en la muñeca y dejó que la sangre negra y densa que goteaba de él cayera en la boca del cadáver.
—¿Sabes? Hemos descubierto que, para crear Hijos de Drakon, no hace falta que sigan vivos durante la transformación, lo que es toda una ventaja, porque así nuestro hermano puede alimentarse hasta de la última gota.
—Miró a otro secuaz que custodiaba una de las puertas—.
¡Lleváosla y enterradla en el bosque! Despertará la próxima noche.
—Sonrió hacia mí—. Un miembro más de la familia.
—Nyra, los años te sientan fatal —mascullé—. ¿Eres consciente de las criaturas que vas a soltar ahí afuera?
—No son peores que nosotros, solo diferentes.
Arrastró a otro humano hacia ella, luego sobre Drakon y este lo devoró con más vitalidad que la primera.
Cuando le llegó el turno al tercer humano… Drakon se movió y lo cogió él mismo por el cuello.
Noté en mi propio cuerpo el temor de Rina.
Sin duda, Drakon, con aquel aspecto terrible, era lo más cercano a un monstruo que habría llegado a ver.
La miré, deseando que me observara de vuelta, pero sus ojos estaban completamente clavados en los colmillos de Drakon, que desgarraban la garganta del humano en pie antes de robarle su último aliento.
Cuando el cuerpo del humano resonó contra el suelo, Drakon se desperezó, estirando los brazos con poca agilidad y movimientos que parecían resultarle dolorosos a él mismo.
Como una criatura a media creación, trozos de su piel habían recuperado una ligera vitalidad, igual que el brillo de sus ojos amarillentos, pero seguía costándole respirar y, con cada gesto, piel muerta se desprendía de sus brazos, como una serpiente mudando de piel.
—¡Amor!
Cuando Nyra se lanzó a los labios de Drakon quise vomitar. Percibí en mi propio organismo el desagrado de Rina y la miré de reojo para encontrármela con una mueca que en cualquier otra circunstancia me hubiera hecho sonreír.
Así que para eso quería Nyra la serpiente; no para ella, sino para Drakon.
—¿Amor? —escupí con asco—. Nyra, sois hermanos y te recuerdo que mató a madre.
—¡Todos buscamos lo mismo, Khaivel! ¡Todos!
—Acariciaba el pecho de Drakon, que empezó a debilitarse poco a poco y a volver a echarse sobre el ataúd sin siquiera dedicar una mirada a nadie de la sala, solo a Nyra—.
¿Cuánta gente has masacrado por el camino en busca de más poder?
¿A cuántos de los tuyos has perdido por encontrar esa serpiente, Khaivel?
Bien sabes que madre tenía sus preferidos.
Drakon no recibía todo el amor que merecía.
—Sus ojos se llenaron de lágrimas enfurecidas—.
Así que buscó el poder, como todos hacemos.
—Por más que repitas lo mismo, no borrará su culpa.
—¿Y la tuya? —Sonrió con los labios llenos de la sangre que había recogido de los de Drakon—.
Por más que justifiques tus atrocidades, tus mentiras, no borrarás lo que eres, Khaivel.
—Pronunció mi nombre con intención, mirando de reojo a Rina con malicia—.
Por mucho que ahora anheles el amor al mismo nivel, ya es demasiado tarde para ti, para cualquiera de nosotros.
—Sus ojos volvieron a Rina—. Y tú, florecilla…
En fin, siento decirte que tu aventura termina aquí.
Estoy segura de que te lo has pasado en grande creyendo que eras especial para mi hermanito.
Pero eres una humana más con la que ha jugado.
—Rina está fuera de todo esto, déjala marchar.
—¿Para qué? ¿Para que avise a los demás? No, gracias, prefiero encargarme de vosotros, mis hermanos y hermanas, uno a uno… Hasta que solo quedemos él y yo.
Volvió a agacharse, les dio un beso a los labios inertes de Drakon, que no podía responder a su gesto ni aunque quisiera.
Un ruido a través de la puerta por la que había entrado nos hizo girarnos a todos. Al verlo, la furia de mi cuerpo podría haber calcinado la ropa que me cubría la piel.
Frente a mí, un hombre de dientes separados, traje colorido y sombrero roto entró dando saltos como un puñetero bufón, custodiado por un puñado de Hijos de Drakon. De su cuello colgaba una pequeña flauta, la misma que la noche anterior había hecho sonar en el mercado.
El mismo hombre que había atraído a Rina hacia él.
—Bastien. Hijo de puta.
Las palabras resonaron en mi pecho, pero salieron de la boca de Rina. Vi cómo sus ojos se movían de un lado a otro con velocidad hasta volver a clavarlos sobre aquel hombre que la contemplaba con diversión.
—Sabías que mi madre estaba muerta porque la matasteis vosotros. —Miró de reojo al ataúd de Drakon. A los cuerpos desplomados a su alrededor—. ¡La matasteis vosotros!
Quise arrancarle la sonrisa a ese cabrón de cuajo cuando se rio en su cara encogiéndose de hombros.
Todos los ojos de la sala se dirigieron a la caja de madera que llevaba entre las manos y que apretaba con fuerza cada vez que la criatura que se encontraba en su interior se movía.
—¡Por fin! —Nyra aplaudió con euforia—. ¡Trámela, tráemela!
Era estúpido tratar de forzar las cadenas, pero no podía hacer otra cosa que luchar contra lo que me aprisionaba contra el suelo mientras observaba cómo Nyra cogía la caja, la posaba sobre el torso de Drakon y tiraba de la tapa hacia el lateral.
Pude oír con precisión cómo la serpiente atravesaba el pecho de mi hermano, haciéndolo crujir, masticando cada milímetro que debía devorar para construir su propio camino.
Hasta encontrar el corazón de Drakon.
Este gruñó con poca fuerza.
Escuché el frotar de la piel de la serpiente alrededor de su podrido corazón.
Nyra reía victoriosa. Con la uña se rasgó el cuello y se inclinó sobre los labios de Drakon, que había logrado volver a levantar la cabeza ligeramente para alimentarse de su propia hermana.
—Sí, amor, así… —Nyra gemía, con lágrimas de éxtasis, derritiéndose en su boca—. Por fin. Te amo, Drakon, amor, te…
La mano de Drakon se lanzó hacia el pecho de Nyra y le arrancó el corazón con una brutalidad que paralizó toda la estancia.
El cuerpo de Nyra cayó al suelo y, antes de que sus hijos empezaran a gritar al abalanzarse hacia el asesino de su madre, Drakon tiró de la serpiente de Nyra, que aún seguía alimentándose de su órgano vital. Abrió la boca y dejó que esta se deslizara por su tráquea hasta reunirse con su corazón.
Por primera vez después de milenios, los ojos de Drakon volvieron a posarse sobre mí.
Me dedicó una sonrisa victoriosa antes de que explotara el caos.