Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 53
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Capítulo 53

Rina

E l suelo frío contra mi mejilla fue lo que me despertó.

Sabía que había recibido un fuerte golpe en la cabeza, no porque lo recordara, sino porque antes de abrir los ojos un dolor patente me abrasaba la sien. Quería frotármela, pero las manos no me respondieron con la agilidad con la que debían hacerlo hasta unos segundos después.

—Mira, tu mascotita ya ha despertado. —Una voz femenina tronó contra mis tímpanos—. Menudo susto te has llevado, ¿eh?

—Que te follen, Nyra.

Escuchar aquel nombre me tensó, pero lo que realmente logró que abriera los ojos fue oír aquella voz, su voz.

—Vel… kan…

La voz femenina rio con la profundidad de un océano. Parpadeé varias veces antes de encontrarme con el rostro de un verdadero monstruo, uno de los que protagonizaban mis pesadillas. Aquellas criaturas demoníacas que tanto me había hecho temer mamá…

Pero volví a parpadear, confusa, porque frente a mí tan solo había una… mujer.

Alta, delgada, de ojos saltones, cejas gruesas y pelo amarillento recogido en un moño un tanto anticuado, igual que el vestido que le tapaba hasta el cuello.

Era bella, aun con aquella neblina de oscuridad que parecía rodear cada uno de sus gestos, incluso su sonrisa al mirarme. Pero, pese a la maldad que parecía emanar de cada poro, aquella vampira… era igual que cualquier otra.

La sien me ardió al entrecerrar los ojos.

¿Aquella mujer era Nyra, la Ancestral?

Negué casi sin ser consciente de ello. «No puede ser», me dije. «Los Ancestrales son criaturas sobrehumanas monstruosas, de aspecto repulsivo y macabro, no… no tiene sentido».

Traté de elevar medio torso del suelo apoyándome sobre las manos.

—Rina, ¿estás bien?

Mis ojos entornados se fueron hacia el centro de la sala, donde Velkan permanecía de rodillas. Con las manos encadenadas tras la espalda.

—¡Velkan!

Mi grito, apenas un chirrido en mi garganta, volvió a hacer reír a Nyra. Cuanto más la observaba, más bella me resultaba. Pero era lo único que la hacía destacar visiblemente. No había cuernos, ni dos filas de dientes, ni ojos felinos u orejas puntiagudas.

—Velkan, Velkan… —La mujer se paseaba sobre la tarima, rodeando un ataúd—. Bonito nombre, te queda bien. ¿Este desde qué siglo lo tienes? Suena bastante actual.

Velkan tiró de las cadenas con furia. Sus ojos llenos de pesar no dejaban de posarse sobre mí.

—¿Estás bien? —susurró, como si solo yo pudiera escucharle—. ¿Te han hecho algo?

Al negar, el dolor de cabeza se intensificó.

—No lo sé… —Seguí incorporándome con lentitud.

A los vampiros que me custodiaban parecía no importarles mis movimientos, ni siquiera me habían atado las manos.

Logré ponerme de rodillas—. Pero a Milo lo han herido los de sangre negra, tenía heridas infectadas como las tuyas.

No sé dónde está, Velkan… —Los ojos se me llenaron de lágrimas.

El labio inferior me tembló sin pudor—. Lo siento, lo siento mucho.

—No es culpa tuya, Milo estará bien. —Velkan volvió a tirar de las cadenas al intentar acercarse hacia mí. Gruñó cuando estas lo detuvieron—. Os sacaré de aquí, a los dos.

—Tan mentiroso como recordaba —escupió la mujer.

Sus pupilas se clavaron en mí, cada hendidura de su rostro, pómulos, mentón y nariz de punta la hacían parecer una muñeca diabólica. Era hermosa, de una manera que dolía verla.

Solo había percibido la belleza de una forma tan terrible una vez, la noche en que conocí a Velkan.

—Hola, preciosa —siseó Nyra entre los colmillos, acercándose a mí—. ¿Qué hace una niña buena como tú entrometida en asuntos tan peligrosos?

El tono condescendiente y burlón con el que me hablaba me dio ganas de escupirla sobre la falda. Tan solo apreté los labios y no respondí. Cuando me acarició el mentón con la larga uña del dedo índice me aparté con brusquedad.

—No la toques.

Nyra sonrió.

—Cuánta valentía dentro de un frasco tan débil. ¿Sabes lo fácil que sería para mí romperte, florecita?

—Mejor atrévete con alguien de tu calaña, cobarde.

Nyra elevó las cejas y se giró con sorpresa para mirar a Velkan.

—Qué divertida es, me lo voy a pasar tan bien con ella.

—Ni se te ocurra siquiera rozarla o te juro que derrumbaré tu maldito castillo contigo dentro.

Nyra rio antes de agacharse sobre mí y olerme el pelo.

—Huele tanto a ti… Es penoso y ridículo. ¿Con una humana? ¿En serio? No me esperaba esto de ti, hermanito.

Me eché hacia atrás lo máximo que mi cuerpo paralizado me permitió.

Mis ojos estaban clavados en las cuencas de Nyra.

—¿Qué? —Los deslicé hacia Velkan y negué, confusa—. ¿Qué dice?

Nyra volvió a reír con esa profundidad que resonaba por toda la cueva.

—¿No lo sabe? —Dio una palmada con diversión, escupiendo sus carcajadas al techo—. ¡Esto cada vez se pone más interesante! Cuéntale, vamos, no seas tímido.

—¿Qué está pasando?

Mis palabras eran tan solo un murmullo que lograba alcanzar el oído de Velkan, pero no el mío, porque mi corazón retumbaba por todo mi cuerpo. Me tambaleé sobre mis propias rodillas, temiendo volver a encontrarme tumbada sobre el suelo helado.

«Hermanito».

—Eres un Ancestral.

Me ahogaron mis propias respiraciones.

—No eres Hijo de Khaivel, eres Khaivel.

Velkan clavó los ojos con vergüenza en el suelo.

Y Khaivel asintió.