Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 52
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Capítulo 52

Velkan

S abían que veníamos.

No le encontraba otra explicación a que la entrada estuviera despejada. No había ruido, olores ni ningún rastro que nos indicara que en los alrededores hubiera alguien patrullando, salvaguardando al monstruo que se encontraba entre aquellas paredes: Nyra.

Aun así, no íbamos a ser tan ingenuos como para presentarnos en la puerta, dando un par de golpes al entrar con una botella de vino entre las manos y ganas de criticar el mobiliario.

Vanessa no había mentido, parecía conocerse cada piedra de aquel castillo, cada hueco por el que adentrarnos sin ser percibidos. Ni desde fuera ni desde dentro.

El castillo, pese a no ser considerablemente grande, constituía una fortaleza medieval rocosa y aislada, oculta entre el bosque y clavada en la colina que caía en picado hacia el lago Czorsztyn, que hacía de la construcción un lugar innecesariamente excéntrico para refugiarse.

Pero aquellas murallas irregulares y torres defensivas debían ser el sitio perfecto para mantener escondidos a sus vampiros rabiosos de sangre corrupta y mal aliento.

—¿Qué tal llevas la escalada? —murmuró Vanessa mirando hacia lo alto del muro.

—Eso se avisa antes y me pongo otros pantalones para la ocasión, estos me quedan demasiado bien como para rasgarlos trepando como una lagartija.

Mi respuesta pareció ser suficiente, porque pegó un salto y se enganchó en la pared de una forma bastante divertida. Aunque la sonrisa se me esfumó al ver la agilidad con la que me tomaba ven­taja.

Suspiré, con pocas ganas de adentrarme en aquel lugar, y empecé a escalar por la piedra.

El muro que había escogido Vanessa para trepar estaba ligeramente inclinado, así que no fue tan difícil llegar hasta el borde de una terraza baja, metiendo la punta de las botas y los dedos de las manos entre las grietas.

El cuerpo de Vanessa desapareció de mi vista al llegar a la terraza. Escuché unos segundos, atento ante la posibilidad de oír algún golpe o grito. Pero ver su cabeza asomarse y elevarme el pulgar me confirmó que el terreno estaba limpio.

Nos mantuvimos ligeramente agachados al dirigirnos hacia una ventana estrecha y sin rejas situada a la altura de mi pecho. No había luz en su interior, igual que en la mayoría de ellas. No era de extrañar: cuantas menos señales de vida pudieran verse allí dentro, menos sospechoso resultaría.

Vanessa la atravesó con facilidad, yo tuve que hacer fuerza contra el marco de piedra, raspándome la espalda y siseando al aterrizar en aquella habitación.

La luz que nos facilitaba la luna me permitió ver un pequeño cuarto, de olor a polvo y, sí, mobiliario bastante anticuado que me divertiría criticar frente a Milo, pero aquel no era el momento.

Me adelanté a Vanessa y abrí la puerta con cuidado. Todo era oscuridad y silencio en un pasillo corto con una puerta justo frente a nosotros.

Una puerta hacia la que me lancé sin siquiera saber qué era lo que escondía en cuanto se abrió.

Sujeté el cuerpo inerte del Hijo de Nyra al que acababa de partirle el cuello y lo deposité en el suelo con lentitud para que nadie oyera un golpe más sonoro de lo debido.

—¿Estás loco? —susurró Vanessa dándome un codazo.

—¿Qué pretendías que hiciera? ¿Esperar a que saliera para saludarlo?

Bajamos las escaleras, girando hacia un corredor que daba a… otra habitación pequeña. De esta salía un ínfimo rayo de luz: alguien tenía velas encendidas.

Vanessa me sujetó del brazo para que no volviera a lanzarme. Yo le puse los ojos en blanco y le pedí que esperara allí.

—Hola, buenas noches. —Entré con una sonrisa.

Antes de que pudiera chillar, agarré al guardia del cuello, cortándole la respiración.

—¿Sabría usted decirme, si es tan amable, dónde se encuentra Nyra?

No lo vi con intención de hablar, así que terminé de asfixiarlo.

—Nos hemos metido por el lado más aburrido del castillo. —Chasqueé la lengua—. ¿Dónde están los pasillos laberínticos y los túneles secretos?

—En las películas. Venga, sigamos.

Seguimos avanzando por los pasillos de lo que descubrí que era el ala más habitable, llena de habitaciones y almacenes, que en su día habría sido un hogar.

Noté un tirón en la manga y me giré para encontrarme con Vanessa parada frente a una delgada ventana.

—Velkan… —Tragó saliva—. Mira ahí abajo.

La ventana daba al patio interior, resguardado por los muros de la fortaleza y repleto de… ellos.

Vampiros de sangre negra; algunos paseaban, otros estaban sentados en corrillo, un puñado se peleaba entre sí como perros mientras los Neblíes los controlaban.

—Qué cojones es esto, parece un criadero.

Vanessa me miró con algo que pocas veces reflejaban sus ojos: temor.

—Puede que lo sea.

Seguimos el ruido de unos pasos hasta vislumbrar a dos vampiros más haciendo guardia.

Pese a los años que hacía que no luchábamos juntos, tan solo necesitamos una mirada para entendernos y, antes de que ninguno de ellos pudiera gritar, Vanessa ya le había arrancado la garganta de un mordisco a uno de ellos y yo asfixiaba contra el suelo al otro.

— ¿Dónde está tú mamá? —le siseé con furia.

No respondió y en su lugar empezó a masticarse la lengua. Pero sus ojos le delataron, porque por un ínfimo instante se desviaron hacia el pasillo que conectaba con el otro edificio.

Él solo terminó con su vida, menos trabajo para mí.

—Hemos hecho demasiado ruido —musitó Vanessa.

—No importa, saben que estamos aquí.

Aceleramos nuestros pasos entre los oscuros y estrechos pasillos. Cuando entreabrimos la puerta de una estancia algo más espaciosa, Vanessa volvió a darme un tirón en la camisa.

—Huele a sangre, a mucha sangre.

Anduve por el salón, inhalando a conciencia, pero el olor parecía estar incrustado en las paredes, el techo y… el suelo.

Me lancé hacia una alfombra rectangular gruesa y pesada, puesta con muy mal gusto en un lugar extraño de la sala.

Y entonces la vimos.

—Una trampilla a una habitación subterránea. —Vanessa asintió al mirarme—. Esto no estaba aquí la última vez.

Abrí la trampilla, descubriendo unas escaleras hacia la inmensa oscuridad. Antes de dar el primer paso, frené los de Vanessa.

—Quédate aquí.

—No.

—Vanessa. —La miré con rotundidad—. Probablemente Nyra esté ahí abajo y quién sabe si acompañada de esos vampiros que tiene como perros, tú te quedas aquí.

Negó, con la frustración centelleándole en los ojos.

—Es muy peligroso, Vanessa —insistí—. Quédate aquí y si oyes o ves cualquier cosa, vete, avisa a Milo y largaos los tres de aquí. No quiero que bajo ningún concepto te adentres por esa puerta.

—¿Y tú? —Tragó saliva.

Ladeé una sonrisa antes de responder.

—Sé cuidarme solo.

Dejé a Vanessa a mis espaldas al bajar las escaleras con sigilo. Me aproximé a una luz cálida para descubrir un pasillo iluminado por antorchas enclavadas en la pared. Vanessa no había visto aquella trampilla antes, pero aquellos túneles bajo la colina debían de llevar construidos demasiados años.

¿Por qué iba a esforzarse Nyra en construir una fortaleza subterránea?

Controlaba mi respiración con calma, sin dejar que mis hipótesis me nublaran el juicio, mientras avanzaba con pasos firmes y veloces, pasando frente a arcos que abrían otros caminos conectados al paso principal, pero continué recto.

Algo en mi interior me empujaba a seguir en aquella dirección, el fantasma de mis propias heridas parecía volver a escocerme a medida que me acercaba hacia un gran arco que daba entrada a una extensa sala.

No me sorprendió que las paredes arqueadas y las columnas estuvieran pulidas, ni que el suelo cambiara de piedras a cerámica al cruzar el arco. Tampoco lo hicieron las otras tres puertas enormes repartidas por el muro, haciéndome saber que aquella no era la única entrada.

El terror inundó mi riego sanguíneo.

Un miedo que no me pertenecía, porque era de Rina .

Mi cuerpo se congeló al mirar hacia mi izquierda y ver sobre una tarima de cuatro escalones un ornamentado ataúd.

Avancé con cautela, pisando el diseño central de la cerámica, un círculo que rodeaba un corazón custodiado por una serpiente.

El color abandonó mis mejillas, la tensión de mis hombros parecía querer partirme el cuello. Porque sabía que no era Nyra quien se encontraba allí dentro.

Di el último paso antes de inclinarme sobre el ataúd y comprobar frente a mis ojos el cuerpo calcinado del duodécimo Ancestral, el traidor a Lilith.

—Drakon.

Me eché un paso hacia atrás cuando, ante su nombre, el cuerpo de Drakon se movió. Con los ojos cerrados y la piel despellejada, parecía seguir tan muerto como todos creíamos. Pero no me lo había imaginado, ni tampoco podía ignorar los lentos y pesados… latidos.

Drakon estaba vivo.

Pese a tenerlo frente a mí, todos mis sentidos se centraron en mi vínculo con Rina, alertados.

Ni siquiera aquella bestia me aterrorizaba tanto como saber que Rina estaba en peligro.

Milo tenía razón, Rina iba a perjudicar la búsqueda. Porque no pensaba quedarme allí a recuperar la serpiente sabiendo que ella me necesitaba.

—Vaya, vaya, ¿qué tenemos por aquí?

Aquella voz me erizó cada pelo del cuerpo al girarme para encontrarme con los ojos de uno de los peores monstruos que había pisado la Tierra.

—Nyra.

Todo mi cuerpo quiso fusionarse con el suelo cuando la Ancestral elevó la mano para mostrarme la cabeza de Vanessa colgando entre sus dedos.

Vanessa estaba muerta.

—Te voy a matar y voy a darle cada pedacito de ti a tu nueva mascota momificada —escupí con furia antes de lanzarme hacia ella.

Pero un olor me frenó, un gimoteo doloroso proveniente de una de aquellas puertas me hizo volcar toda mi atención hacia los pasos que se acercaban a nosotros.

Arrastrando el cuerpo de Rina.