Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 51
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Capítulo 51

Rina

V anessa se subió al coche con nosotros.

Lo cierto era que su persona había dejado de provocarme molestia en cuanto compartimos los minutos suficientes como para descubrir que, efectivamente, no solo no era un peligro para mí, sino que tampoco era un inconveniente para… lo que sea que tuviera con Velkan.

Aun así, una parte de mí parecía disfrutar de esos pequeños celos que añadían interés en ciertos momentos. Como si no tuviera suficientes estímulos con los que lidiar.

Seis ojos no dejaban de escrutarme a través del retrovisor.

Los de Vanessa, sentada tras el asiento de Velkan e inhalando con profundidad cada pocos minutos, como si tuviera que comprobar que lo que olía era verdad.

Los de Milo, a quien casi podía oír tamborilear el pie tras de mí con nerviosismo.

Y los de Ratputín, que me observaba sobre el hombro de Milo.

Por lo visto, no había criatura en aquel coche que no estuviera pendiente de cada ínfimo movimiento de mi cuerpo, con el que debía desprender olor a sangre.

Sangre de vampiro. De Velkan.

—¿Vais a pasaros todo el viaje callados y mirándome fijamente? Porque es bastante incómodo.

Vanessa apartó la vista. Milo ignoró mis palabras, como era de esperar.

—¿Tenemos más noticias sobre el contrabando de sangre?

—No, por el momento sigue paralizado, o al menos a ninguno de los nuestros le constan nuevas reuniones con mercaderes —murmuró Vanessa contemplando la noche a través de la ventana—.

Pero no es algo que nos tenga que aliviar, probablemente esa sangre esté distribuida por los suficientes distritos, a la espera de presentarla al público.

—De momento no ha habido registros de su mercantilización —musité rebuscando en el ordenador sobre mis muslos—. La guardia o los rastreadores habrían tramitado un comunicado a la organización, pero no hay indicios de ello, por ahora.

—Un problema menos del que encargarnos esta noche.

Velkan me guiñó un ojo y, cuando posó durante unos instantes la mano sobre mi rodilla, los seis ojos volvieron a clavarse sobre mi piel.

¿Qué narices les pasaba?

Dudaba que alguno de ellos no se hubiera topado con un vínculo de sangre antes. Sospechaba que Milo probablemente tendría uno con esa mujer sin nombre de la que ninguno quería hablarme. ¿Tan raro era que Velkan hubiera decidido hacerlo conmigo? ¿Era él el problema o lo era yo?

Tal vez Milo no me creía merecedora de este vínculo. Tal vez a Vanessa le extrañaba que alguien como Velkan estuviera dispuesto a establecerlo con una humana.

Velkan decidió romper el silencio poniendo música el resto del trayecto. Opté por dejar de prestarles atención y centrarme en los informes que debía actualizar, en registros que Filip y otros compañeros me habían dejado agendados.

Los correos de estos eran cada vez más largos, con más sospechas ante mi extraña conducta en las últimas semanas. Mis respuestas eran cada vez más cortas, con menos ganas de justificarme ante mi ausencia presencial.

Incluso mi encargada había salido de su despacho después de días para preguntar a Recursos Humanos sobre mi paradero.

Por mucho que trabajara en una empresa grande que no distinguía los empleados de los ficus que decoraban los pasillos, mi silencio empezaba a ser muy ruidoso tanto dentro de la empresa como en mi ca­beza.

La sacudí para apaciguar los pensamientos que aquella noche no debían enturbiarme. Si algo debía aterrorizarme era la posibilidad de ver con mis propios ojos a un ser antiguo y cruel como era Nyra.

Sabía que ninguno de ellos me dejaría aproximarme a una Ancestral.

Dentro de la excitación que me provocaba poder verla de cerca, tampoco era idiota.

Mostrarme ante ella era un suicidio. Si peligraba la vida de Velkan, Milo o Vanessa, significaba que la mía era igual de vulnerable que la de una polilla a su lado.

No pensaba morir, todavía no, así que, por muchas ganas que tuviera de adentrarme en el castillo con ellos, cuando paramos el coche a unos pocos kilómetros de este supe que allí terminaba mi camino.

Salí del vehículo observando con atención la noche que nos rodeaba.

No me atreví a cerrar mi puerta, temerosa de necesitar volver a refugiarme dentro si alguna criatura aparecía entre los árboles de aquel denso bosque.

Cuando me giré para mirar a Velkan, sus ojos ya estaban sobre mí mucho antes.

Aun en la negrura de aquella niebla, sus iris gélidos brillaban al mirarme.

Los bajó al suelo unos instantes antes de murmurar:

—Vosotros esperaréis aquí.

—¿Cómo que vosotros? —Milo sí cerró la suya de un portazo y tuve que apartarme para que no me empujara al dirigirse hacia Vel­kan—. Vanessa se queda con Rina y Ratputín —declaró sacando la rata del bolsillo de su abrigo—. Nosotros vamos al castillo.

—Y una mierda —replicó la vampira—. Tú te quedas con ellas, yo me conozco el castillo mucho mejor.

Velkan puso los ojos en blanco cuando Vanessa y Milo empezaron a pisarse con las palabras que escupían con furia.

Me miró a los ojos de nuevo por encima del coche y pude notar en ellos una preocupación tan pesada que me estremeció.

Sus pupilas bajaron hacia la serpiente que decoraba mi cuello, el colgante que había decidido ponerme antes de salir.

—No soy una niña a la que hay que cuidar, podéis iros los tres. —Miré a mi alrededor. Tan solo árboles rodeaban la carretera, pero no era capaz de despegarme de la puerta que mantenía abierta—. Estaré bien, el peligro no está aquí.

—El peligro está en todas partes —sentenció Velkan negando con rotundidad—. No vas a quedarte sola.

Dejé caer los brazos a los costados, frustrada.

—¿En serio vamos a perder el tiempo así? Para eso haberme dejado en casa de Vanessa.

—Sí, claro, la misma casa que ayer asaltaron y que han dejado con manchas de sangre como gotelé —escupió ella cruzándose de brazos.

—Haced lo que queráis, no me apetece pelearme—suspiré, rendida.

Tragué saliva con nerviosismo antes de alejarme un par de pasos de la puerta. Sabía que Velkan percibía mi miedo no solo por cómo analizaba nuestro alrededor una y otra vez, por mi pulso o respiración, sino porque ahora formaba parte de mí.

Notaba su sangre explorar mi cuerpo, instaurar en este una vitalidad desconocida para mí. Pese a estar aterrada, su presencia en mi interior me hacía sentir más calmada, segura. No oía palabras de Vel­kan, pero sí podía respirarlas, latían como una señal de lo que sus ojos querían esconderme.

Velkan también estaba preocupado. Velkan tenía miedo .

Me acerqué a él y me puse ligeramente de puntillas para alcanzar sus labios y besarlo, dejando en cada una de nuestras respiraciones compartidas todo lo que podía darle. Me colgué de su cuello y él me abrazó de la cintura, aferrándome con fuerza.

—Vuelve sano y salvo. ¿Me oyes? —Mi mirada escrutaba sus ojos como si también pudiera abrazarlos—. Después de tanto tiempo queriendo encontrarte, no pienso perderte ahora.

Velkan sonrió, yo reí.

—Quién te lo iba a decir, ¿eh? —Me besó con ternura—. Estabas deseando ver mi cabeza en manos de la guardia y ahora te preocupas por lo que una vieja vampira milenaria pueda hacerme.

Apreté los labios tratando de no llorar. Porque la sensación que hacía temblar mi cuerpo en aquellos momentos era miedo.

—No me rompas el corazón muriéndote.

—¿Es esto una declaración de amor? —susurró como si los demás no pudieran oírnos.

—Es una amenaza.

Asintió con una sonrisa que mordió y una mirada que me atravesaba el alma.

Él también me sentía a mí y todo lo que me provocaba.

—Me quedaré yo.

La voz de Milo nos hizo girarnos hacia él.

—Esperaré aquí contigo —me prometió antes de que sus ojos y dedo índice increparan a Vanessa con la mano que no acunaba la rata—. Pero más vale que no hagas que me arrepienta, haz bien tu trabajo y, si sucede cualquier cosa, avísame de inmediato.

Vanessa asintió.

—Nos vemos en un rato. —Las palabras que Velkan dirigió a Milo estaban cargadas de un cariño que podía percibir hasta en el propio Milo—. ¿Cuántas veces te he dicho que no te preocupes por mí?

—Todas en las que te has propuesto arriesgar tu vida haciendo el imbécil.

Velkan elevó las cejas y encogió la comisura de los labios en un asentimiento.

—No te quito razón.

Velkan abrazó a Milo y, pese a que la imagen de este último tensándose antes de aceptarlo de vuelta me resultara graciosa, aquel gesto me inquietó. Velkan se estaba demorando demasiado en irse.

En despedirse.

—Cuida del niño, papá no tardará en volver —bromeó contra mi boca antes de besarme—. Te quiero, ternura, no lo olvides.

Me tambaleé hacia atrás.

Ni siquiera pude gestionar lo que sus palabras me provocaban antes de que Velkan desapareciera a gran velocidad con Vanessa entre los árboles del bosque.

Las lágrimas se me acumularon tan solo unos instantes antes de caer.

Me puse la mano en el pecho como si pudiera detenerlo, amansarlo o… apaciguarlo.

¿Por qué tenía tanto miedo? ¿Era este mío o de Velkan?

Milo volvió a refugiar a la rata en su bolsillo antes de posar la mano sobre mi hombro. Me tensé. Pocas veces se había dignado a tocarme.

—Estará bien, tranquila.

Los primeros minutos, Milo y yo tan solo nos quedamos sentados sobre el capó del coche. No me rehuyó cuando apoyé la cabeza en su hombro y sentí una calidez reconfortante cuando pasó el brazo sobre los míos, abrazándome contra él.

—¿Volverá? —susurré.

—Ni te plantees otra alternativa, va a volver.

—Estamos hablando de una Ancestral. —Tragué saliva—. ¿Crees que Velkan y Vanessa podrán contra ella?

Su mandíbula se tensó contra mi pelo.

Asintió con lentitud, me estrechó más.

—No podemos plantearnos otra alternativa —repitió.

El viento acunando las copas de los árboles, los grillos, el ulular de las aves nocturnas y los pequeños dientes de Ratputín royendo en el interior del bolsillo de Milo eran los únicos sonidos que nos acompañaban.

—Milo, creo que me van a despedir.

Sus suaves carcajadas me arroparon.

—Si salimos de esta vivos, te encontraré un lugar con nosotros.

La que rio ahora contra su hombro fui yo.

—Cuidado, vas a hacerme creer que quieres que me quede.

La mano derecha de Milo se adentró en su bolsillo para sacar a su mascota y dejarla sobre su regazo. Ratputin movía los bigotes al mirarle, yo alargué el dedo índice y le acaricié la cabeza.

—No di la vuelta con el coche por los registros de Polonia.

Me separé de él para mirarlo. Milo tan solo me observó de reojo y sonrió.

Volví a apoyarme sobre su hombro.

—Gracias.

Me abracé a su brazo y él se tensó.

—No te emociones, me sigues pareciendo un jodido incordio.

Reí.

No sé cuánto tiempo tardé en meterme en el coche de nuevo, lo hice cuando el frío de la noche me helaba los huesos hasta dolerme, como si estos se hubieran transformado en vigas de hierro que me impedían moverme con agilidad.

Ratputín dormida sobre mis piernas era una pequeña bolita que emanaba calidez.

La acariciaba de vez en cuando con suavidad, tratando de no despertarla.

Milo se quedó sentado sobre el capó, con las manos en los bolsillos y mirando hacia el lugar por donde Velkan y Vanessa habían de­saparecido.

Algo le llamó la atención, haciéndole mirar hacia la parte trasera del coche.

Oí los graznidos mucho antes de girarme y vislumbrar a través del cristal trasero unas figuras horribles que se acercaban a gran velocidad.

No grité cuando las vi.

Grité cuando Milo se abalanzó hacia ellas, desapareciendo frente a mis ojos.