Capítulo 50
Velkan
N i siquiera había tomado una bocanada de aire y mi mano ya estaba rodeándole la garganta y estampándola contra la pared.
Mis colmillos a la vista, igual que la furia de mi respiración y mi sonoro corazón latiendo contra su pecho.
Tenía los ojos abiertos, pero tardé unos instantes en lograr ver más allá del velo que me impedía vislumbrar el rostro de Rina a pocos centímetros.
Estaba ahogando a Rina .
La solté y me separé varios pasos con los pulmones abarcando demasiado espacio bajo mis costillas, haciendo que estas me dolieran con cada respiración que trataba de calmar.
Igual que los pensamientos animales que se habían apoderado de las palabras que retumbaban en mi cabeza, al haber sido despertado cuando todavía brillaba el sol.
—¿Qué te he dicho de despertarme de día? —gruñí.
Aun desde la distancia pude ver cómo se le erizaba la piel ante mi voz. Sacudí la cabeza intentando concentrarme en algo que no fuera lo bien que olía su puta piel o lo dulce que sonaba su corazón.
—He encontrado algo —susurró con el brillo de la lámpara de comedor reflejándose en sus ojos—. Creo que sé dónde se esconde Nyra.
Me tensé cuando la vi moverse hacia el ordenador, que descansaba sobre la mesa aún teñida de sangre seca de la noche anterior. Lo abrió con rapidez e hizo resonar el teclado con un ritmo demasiado taladrante para aquellas horas del día.
—Rina…
—No, ahora no.
Casi me hace sonreír comprobar cómo Rina era capaz de reconocer las intenciones de mis palabras tan solo con el tono, pero, además de sentirme completamente devastado por el despertar, conservaba el malestar de la noche anterior.
Seguía teniendo su mirada de reproche y desconfianza arraigada en el pecho.
—Lo siento, siento no habértelo contado todo —insistí, acercándome a ella. Rina no apartó los ojos de la pantalla—. Si te soy sincero, ni siquiera esperaba que esto sucediera.
Exhaló por la nariz, me miró tan solo un instante antes de regresar a la pantalla.
—¿El qué? ¿Que aguantara vivir a vuestro lado tanto tiempo?
—Enamorarme de ti.
Sus dedos dejaron de teclear. Volvió a mirarme a los ojos, esta vez con una lentitud que no supe descifrar si era fruto de su nerviosismo o del mío, que parecía hacerme verlo todo en cámara lenta.
—Francamente, no sé cómo lo has hecho, pero has conseguido que un corazón como el mío lata con la misma vulnerabilidad que el de un humano, porque me haces sentir vivo, Rina. Más vivo que nunca.
Sus ojos me escrutaban, como si pudiera comprobar sobre mi rostro si mis palabras eran ciertas o tan solo un espejismo. Esta vez, cuando me acerqué a ella, no se apartó.
—Desearía odiarte por ello, mantenerte alejada. No solo por ti, porque claramente no soy el ser más ejemplar que puedas conocer. —Sonreí—. Sino también por mí y por todo lo que quererte implica. Alimentas mi alma, Rina, y eso me tiene completamente desquiciado.
Recogí sus mejillas entre mis manos y la besé con la delicadeza que ayer no logré encontrar. Con el cariño que desbordaba cada uno de mis latidos hacia ella; todos le pertenecían.
Rina tardó unos instantes en devolverme el beso, pero cuando lo hizo noté la seguridad de sus labios abrazarme con el mismo alivio que a mí me llevó a suspirar en su boca.
—Tú desquiciado ya estabas, no te excuses conmigo.
Sonrió contra mis dientes, yo la besé con una sonrisa de vuelta.
— Todo tiene que ver contigo, ternura —susurré con un hormigueo en las mejillas con el que no estaba nada familiarizado—. ¿Qué has encontrado?
Rina se apartó, se mordió el labio y me enterneció volver a ver cómo su rostro se transformaba en una mueca de concentración.
—Mira esto.
Me puso en la mano un diario que golpeó con el dedo índice con impaciencia.
—Acceso limitado por peste porcina africana… —Entrecerré los ojos y ladeé la cabeza mientras leía—. Resulta algo curioso, pero es una pista demasiado difusa, tal vez realmente solo hay un puñado de jabalíes enfermos.
—Sí, por eso mismo he revisado los últimos reportes semanales generales del país, y mira esto.
Giró la pantalla para mostrarme documentos repletos de incidencias comunes e insulsas que nada tenían que ver con nuestra búsqueda.
—Ternura, no quiero poner en duda tus técnicas de espionaje, pero lo más interesante que encuentro por aquí es una orgía con final violento entre Hijos de Isolde. ¿Tenemos imágenes del reporte? Tan solo con fines informativos.
Rina puso los ojos en blanco y volvió a girar el portátil hacia ella. Me coloqué tras su espalda y, apoyado sobre el respaldo de la silla, contemplé cómo revisaba los mismos informes.
—Observa bien, en ninguno de estos informes hay incidencias declaradas en el pueblo de Niedzica.
—Deslizaba el ratón poco a poco sobre estos—.
Es curioso que repentinamente sea un pueblo no solo libre de vampiros, sino de rastreadores.
Y es que, si buscamos el último reporte de incidencia que se declaró en el pueblo… mira qué semana fue.
Me incliné hacia delante y, por mucho que me hubiera encantado centrarme en el olor que emanaba el pelo de Rina o cómo su columna se había tensado al notar mi cercanía, solo pude sonreír con triunfo y excitación.
—La semana del robo.
—Exacto. —Se cruzó de brazos y bajé la vista para disfrutar de su sonrisa orgullosa—. Que no haya reportes no significa que no haya movimiento nocturno. O de alguna manera han logrado deshacerse de los rastreadores de la zona y acotarla con la coartada de la peste porcina africana, o bien…
—Los propios rastreadores forman parte de la coartada.
Asintió y me miró con los ojos entrecerrados.
—Qué chico tan listo. ¿Se te ha ocurrido a ti solo?
No pude evitar sonreír como un idiota ante aquel tono juguetón, aquella mirada brillante y unos labios carnosos que llamaban a los míos sin poder oponer resistencia.
Volví a besarla. Bajé la pantalla del ordenador y lo aparté para dejar espacio sobre la mesa antes de elevar a Rina y sentarla sobre la superficie. Aparté también la silla para colocarme entre sus piernas.
Rina elevó los brazos para sujetarse a mi cuello y arqueó la espalda cuando notó mis manos agarrarle las caderas y arrastrarla contra mí.
Un dolor punzante por estar despierto durante el día me taladraba la sien, pero no iba a impedirme disfrutar de su sabor, su tacto y sus pequeños suspiros húmedos que alimentaban mis pulmones.
—Velkan —murmuró contra mis labios—. Es mejor que vuelvas a dormir, tienes que descansar para poder salir esta noche hacia Niedzica.
Negué, agarrándola con una mano del cuello sin ejercer fuerza y volviendo a adentrarme en su boca. Su lengua me siguió unos segundos, aunque no fueron suficientes. Se separó con un quejido, como si odiara hacerlo.
—Velkan, no.
Me aparté ligeramente de ella, era incluso doloroso hacerlo cuando todavía notaba su sabor en los labios. La miré con las cejas enarcadas, expectante ante cada una de sus profundas respiraciones.
—Necesitamos descansar, los dos. —Suspiró—. Sigo muy triste porque no hayas confiado lo suficiente en mí como para contarme lo del robo a los Hijos de Alastor. Así que, por mucho que quiera… esto —señaló mi pecho y luego el suyo repetidas veces—, necesito mi espacio.
Asentí.
—Está bien. No me gusta, pero lo entiendo.
Nos miramos durante unos instantes, sin alejarnos el uno del otro.
Mi corazón bombeaba con nerviosismo y deseé que ella pudiera oírme de la manera en la que yo la oía a ella.
Por desgracia, Rina no podía conocer de mí lo que estaba fuera de su alcance, no podía comprobar lo mucho que mi cuerpo reaccionaba ante ella, cómo su nombre era una canción constante en mi cabeza.
Todo lo que pondría en riesgo por protegerla.
—Ternura, quiero ser sincero contigo y…
—No, ahora no. —Negó de nuevo—. No quiero hablar más o volveré a cabrearme y no me quieres con una estaca cerca.
Me esforcé por tragarme las palabras que tanto deseaba confesarle de una vez. Pero necesitaba decírselas de alguna manera.
Sus ojos se abrieron con sorpresa y expectación al verme sacar los colmillos.
Acerqué mi muñeca a ellos y rasgué mi propia piel.
Las gotas de sangre gotearon sobre el trozo de mesa entre sus piernas. Rina siguió con la mirada cada una de ellas.
—¿Qué estás haciendo?
—Demostrarte mis palabras con actos. —Llevé la muñeca a su boca—. Bébeme.
Rina negó, tragó saliva al mirarme. Sus pupilas volvieron a mi sangre unos instantes y rápidamente se obligó a apartarlas.
—¿No quieres?
Tardó en responder, demasiado perdida en las gotas que resbalaban por mi piel.
—¿Qué me hará?
—Darte mi sangre es darte una parte de mí. De mi pulso, de mis sentidos, de mi atención y de mi alma. Quiero que la tomes, Rina. Tú deseas formar parte de esta vida y yo deseo protegerte de ella. Estando dentro de ti podré hacerlo mucho mejor.
Ladeé una sonrisa ante el tono rojizo de sus mejillas.
Su pulso se aceleró, casi pude notar cómo juntaba ligeramente los muslos, sin llegar a mancharse con la sangre que goteaba por el borde de la mesa.
Me acerqué la muñeca a los labios de nuevo; esta vez pasé la lengua por la herida, empapándome de esta.
Posé la boca sobre la suya, sus ojos centellearon al mirarme.
—Bebe para mí —le susurré rozando sus labios.
Rina me besó con brutalidad.
Lanzó los brazos hacia mi cuello y se arqueó contra mí. Gimió cuando mi lengua se adentró en su boca para ofrecerle el sabor metálico. Gruñí complacido al sentir en el fondo de mis entrañas cómo mi sangre empezaba a formar parte de ella.
Pero no era suficiente.
Me aparté de su boca para volver a reabrirme la herida y lamerme la muñeca.
Cada músculo de mi cuerpo se tensó con un placer animal cuando fue la mano de Rina la que me agarró el antebrazo y, mirándome con ojos felinos, deslizó toda la lengua sobre mi herida recién abierta, antes de abarcarla por completo en la boca.
Gemí y mis caderas se lanzaron hacia delante buscándola con necesidad. Mientras Rina se alimentaba, volví a atraer su culo hacia mí, sin importarme mancharle los pantalones. A ella tampoco parecía importarle que las gotas se derramaran, bajando por su cuello hasta el borde del jersey.
Llevé su cabeza hacia mi pecho y eché la mía hacia atrás completamente extasiado. El cansancio de estar despierto me importaba una mierda.
Solo podía pensar en la boca cálida de Rina, que deseaba tener por todas partes. En el temblor de sus muslos mientras la notaba rozarse contra mí. O puede que fuera yo quien estaba desesperado por adentrarme en ella de todas las maneras posibles.
Rina se sació justo cuando las piernas empezaban a fallarme. Se separó de mi muñeca sin dejar de aferrarse a esta, como si temiera caerse si me soltaba.
Cuando se pasó la lengua por la comisura sangrienta de la boca creí morirme allí mismo.
—Por Lilith, Rina, eres lo más perfecto que he visto en mi vida.
Sus dientes rojos al sonreír la hacían ver como una bestia oscura y depravada. Rio, mordiéndose el labio con un ápice de vergüenza que enseguida me encargué de deshacer, besándola de nuevo y susurrándole entre los labios:
—Dije que te favorecía mucho la sangre y no me equivocaba.