Capítulo 49
Rina
M e temblaban las manos aun cuando la sangre se había secado sobre mis palmas y se cuarteaba entre los pliegues de mi piel al abrir y cerrar los puños.
Había matado a una persona.
No, una persona no, un vampiro.
Mentiría si dijera que lo hice sin pensar, movida por la impulsividad del momento, por la adrenalina que arremetía contra mi caja torácica como si esta estuviera a punto de estallar.
Pude pensarlo poco, pero lo suficiente como para tomar la decisión de no hacerlo. Y, aun así, lo hice. Sabiendo que lo más probable era que Velkan lo frenara antes de alcanzarme, sabiendo que no necesitaba hacerlo para sobrevivir, que podía evitarlo, que Velkan lo tenía al filo de sus colmillos…
Pero no quería que aquello dependiera de él. Que mi vida siguiera estando en sus manos siempre que algo peligroso estaba cerca de alcanzarme.
No estaba allí por él, sino por mí.
Independientemente de lo que Velkan me hiciera sentir.
Así que no me movió la impulsividad, pero sí la rabia, el terror y las ganas de defender mi propia vida frente a quien quería arrebatármela.
Volví a cerrar y abrir las manos, tumbada en la cama y aún con un charco de sangre seca en el borde de la puerta.
No había salido de la habitación desde lo sucedido.
Tampoco había trabajado aquella noche y sabía que tendría la bandeja de entrada repleta de correos.
Probablemente mi coordinadora se habría dignado por fin a llamarme, no para preguntarme cómo estaba, sino dónde estaba y por qué no atendía mis responsabilidades aun con una pierna rota.
Reí, sin un ápice de diversión.
«Que os den por culo a vosotros también», maldije para mis adentros.
Me observaba las manos con el resquicio de luz que dejaba entrar la ventana entreabierta. Los cristales eran opacos, así que, a pesar del frío mañanero de Cracovia, la abrí para encontrar algo de luz entre tanta negrura que me rodeaba.
Solo que la oscuridad no me rodeaba, surgía de mí. Protegiéndome.
¿Era esta realmente mi naturaleza?
Me había pasado toda la vida esforzándome por ser buena persona, una ciudadana ejemplar, empática y consciente de las personas que la rodeaban. Justificando cada acto ajeno, complaciendo cada petición, ocupando el menor espacio posible y tragándome mi propia voz para no estorbar al resto.
Todo por convertirme en la imagen débil y endeble de una niña buena frente a los demás.
Una parte de mí, en cierto modo, lo era. Al fin y al cabo, había crecido alimentando a la Rina más noble, agradable y complaciente. La más silenciosa, conformista y maternal.
Pero yo siempre había estado ahí. Arañando mis costillas cuando algo quería hacerme gritar, aunque me contuviera.
Fuego al tragarme contestaciones y pensamientos que desmontarían la figura que me esforzaba por construir.
Vivir para encajar en el papel de niña buena se había convertido en un dolor físico, constante, sobre mi piel.
Tal vez por eso nunca me había sentido cómoda en ella.
Ahora tampoco lo estaba haciendo, porque la sangre era bastante desagradable.
Me levanté de la cama y entreabrí la puerta con sumo cuidado. Sabía que Velkan estaba durmiendo en el sofá y lo último que quería era despertarlo. No estaba de humor para enfrentarme a un vampiro desvelado con ganas de sangre y sexo, porque en aquel momento no pensaba darle ninguno de los dos.
Velkan me había mentido, seguía sin abrirse a mí de la manera que yo necesitaba para confiar en él, para terminar de cerciorarme de que no estaba siendo una estúpida ni una inconsciente por atreverme a dejarme llevar por mi lado más impulsivo, más oscuro, más… bestia.
Velkan me había instado a dejar salir esa parte más vergonzosa de mí, porque con él me sentía cómoda en mi piel. Podía ser egoísta, sincera, cruel. Podía priorizar mis deseos sin sentirme culpable, perdonar los actos atroces de quien quería aun sin justificación. Ser puramente… yo.
Pero él no lo era conmigo, haciéndome dudar de los verdaderos motivos de su acercamiento hacia mí. ¿Cuán cerca estaba realmente del corazón de Velkan? ¿Y si todo esto no era más que un entretenimiento para él?
«Aleshka me advirtió».
Sí, lo hizo e, igual que ella, me había dejado arrastrar hacia un agujero del que nunca volvería a salir. Aleshka había terminado muerta por ello, pero yo no pensaba seguir su camino, no.
Yo no era mi madre, por mucho que la oscuridad también me acompañara.
Ella se había perdido en ella, dejándose guiar, controlar, drenar hasta perder la cordura y todo lo que le hacía ser Aleshka, mamá.
Pero yo no iba a permitir ser domada por una parte de mí que podía convivir con el resto.
«Tenías razón, hay maldad en mí, mamá», le susurré allá donde estuviera. «Pero también bondad, mucha. Yo nunca le haría a nadie lo que tú me hiciste a mí. Jamás antepondría el deseo de una criatura a mi propia vida. Puedes estar tranquila, nunca seré como tú».
Sacudí la cabeza.
Estaba demasiado enfadada como para encima pararme a remover lo que tanto me había costado apaciguar aquella noche.
Tan solo quería lavarme las manos y salir a que me diera un poco el aire, así que eso hice.
Las calles de Cracovia eran mucho más frías que las de Praga.
Me abracé con fuerza sobre el abrigo mientras andaba bajo un recién despertado sol.
Rebusqué en los bolsillos un puñado de monedas que ayer manoseaba paseando por el mercado junto a Velkan y me adentré en una cafetería que recién había subido la persiana.
Un café con leche y unos huevos revueltos apaciguarían el vacío que sentía en el estómago por no haber comido nada desde que salimos de la aldea de los Dzikie.
—Buenos días —saludé al entrar con una sonrisa y un asentimiento.
— Dzień dobry —me devolvió la sonriente mujer en polaco.
Me senté en una pequeña mesa y cogí la carta y el diario colocados sobre esta.
No tenía intención de leerlo, pero mi mirada se posó sobre el titular con curiosidad. En otros momentos, aquella noticia habría pasado desapercibida frente a mi vista como un insecto que se cruzase en mi camino.
Aun así, decidí abrirlo y empezar a leer.
Mis ojos corrían sobre las letras como si estas pudieran desaparecer si no las atrapaba. No lograba entender gran parte del texto, pero capté las palabras justas para que llamase mi atención. Me levanté de la silla y me dirigí a la señora.
—Perdone, em… ¿Entiende el checo? —La mujer frunció el ceño y asintió con un «más o menos» entre sus cejas. Le señalé la noticia del periódico—. ¿Puede ayudarme a traducir esta noticia?
—Sí, claro. Vamos a ver…
Con el periódico apoyado sobre la barra, su dedo índice pintaba las líneas mientras me narraba en voz alta lo que estas contaban.
Un ardor en el pecho alimentaba cada una de mis respiraciones, que se aceleraban al ritmo de mis pensamientos.
Porque había encontrado a Nyra.