Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 46
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Capítulo 46

Velkan

S u deliciosa figura correteaba sobre las tejas esforzándose por no deslizarse con la humedad que las cubría. Me relamí los colmillos que saqué en cuanto se escapó por la ventana y salió corriendo.

Mis pasos eran lentos y pausados mientras la seguía con las manos metidas en los bolsillos.

Desde aquí podía oír su respiración ahogada contra el paladar.

Cada vez que se giraba por encima del hombro para vigilarme tenía el ferviente impulso de alcanzarla en tan solo unos segundos, inmovilizarla bajo mi cuerpo y hacerla gritar de todas las formas posibles.

—No puedes huir de mí, ternura.

Sus pies trastabillaron entre dos tejas al querer acelerar, desapareciendo por unos instantes tras una chimenea.

—He sido muy bueno contigo, pero tú no quieres eso, ¿verdad?

Volvió a clavarme los ojos por encima del hombro antes de girar hacia la izquierda cuando los tejados frente a ella estuvieron demasiado lejos como para poder saltar.

Reí a carcajadas mostrándole los colmillos cuando gritó al tener que darse la vuelta y correr de cara a mí, aunque fuera alejada, en un lateral.

Aproveché que no podía evitarme para desabrocharme la hebilla del cinturón frente a ella.

—Quieres probar la oscuridad y yo me voy a encargar de hacerte recordar su sabor el resto de tu vida.

Aunque su rostro reflejara terror, aunque sus jadeos estuvieran cada vez más entrecortados. Rina estaba tan cachonda que podía palpar el olor que empapaba su ropa interior con la lengua desde aquí.

—Estoy tan empalmado, ternura, que voy a darte el tiempo que tarde en recolocarme la polla antes de ir a por ti.

Rina pasó de largo por mi lado, más cardíaca que nunca, y no se contuvo en volver a mirarme por encima del hombro para ver cómo me la cogía y la movía bajo los pantalones, frente a ella.

—Qué depravada, ¿te gusta mirar?

Se giró con la sombra de una sonrisa.

—Más te va a gustar sentirla.

Gritó con pavor, yo me lancé hacia ella con un gruñido para aterrorizarla todavía más.

Apenas tardé unos segundos en alcanzarla. La atrapé con los brazos y me arrodillé antes de contenerla bajo mi cuerpo. Chillaba y temblaba como una conejita mientras trataba de zafarse de mí elevando el culo convenientemente cerca de mi paquete.

Con una mano le tapé la boca, con la otra la agarré del cuello. Me acerqué a su oído para susurrarle:

—Soy una criatura egoísta y caprichosa. ¿Sabes lo que significa cuando te digo que te quiero a ti? ¿Entiendes lo que sería capaz de hacer por tenerte? —Le lamí el cuello hasta la oreja—. ¿Lo que sería capaz de hacerte?

Gimió contra mi mano antes de morderme. Con mis heridas cicatrizadas, nada me preocupaba que le pasase. Tampoco lo que me pasara a mí.

Le destapé la boca y le di la vuelta.

Sus ojos tan abiertos y redondos como la luna llena que nos iluminaba. Su pecho subía y bajaba bajo aquel pijama de seda que empecé a desabotonar con una mano. La vi abrir la boca.

—Como grites otra vez te voy a dar verdaderos motivos para hacerlo.

Ante mi amenaza sonrió. Se relamió el labio, tentada a retarme.

Mi mano desabotonaba el último botón cuando me incliné más sobre ella, rozando sus pezones con mi pecho.

—No es ninguna broma, ternura. —Aunque yo también sonreía—. No me obligues a hacerte callar.

Rina se atrevió a elevarse ligeramente. Nuestros labios tan cerca que podría lamerme la punta de los colmillos si quisiera.

—Mucha palabrería, pocos actos.

Susurró las palabras contra mi boca y yo abordé la suya adentrándome por completo. Gruñí con una necesidad que latía en cada puta parte de mi cuerpo al notar lo cálida, suave y mojada que se sentía su boca al besarla.

Si mi cuerpo la presionaba demasiado, no se quejó. Gemía contra mí abrazándose a mi espalda y clavándome las uñas como un animal.

Me apoyé en uno de mis brazos mientras con la otra mano la sujetaba del cuello de nuevo. Para inmovilizarla, para someterla, para impedirle romper aquel beso del que me sentía sediento.

Su boca me devoraba igual de necesitada que la mía.

Gruñí otra vez cuando Rina me mordió el labio, jadeaba contra mi boca, alimentándome.

Quería adueñarme de cada rincón que la formaba, cada átomo que la creaba.

Una brisa le erizó la piel. Rina estaba tan desesperada por lamerme la boca que no quiso prestar atención al frío que la hacía tiritar, aun estando tan caliente que temía deshacerme en su boca.

Tan dulce y perfecta, no quise perder tiempo mientras la cogía entre mis brazos y, con sus piernas rodeándome la cintura, volvía hacia el edificio de Vanessa para adentrarnos de nuevo en la habitación, cerrando la ventana tras de mí.

Sollozó con brusquedad cuando nos arrastré hacia la pared, estampando su espalda contra esta sin dejar de besarla. Mi polla se apretaba contra ella, sus pezones me rozaban el pecho y se sujetaba en mi cuello atrayéndome hacia ella.

—Vel… kan…

Intentó pronunciar mi nombre, pero no la dejé. Cada una de sus respiraciones iban a ser mías.

La lengua de Rina se paseó por mis colmillos con lentitud.

Aminoró el húmedo y ardiente beso, me sujetó de la barbilla con la mano para inmovilizarme.

Temerosa, tal vez, de que pudiera hacerle daño.

Sin embargo, antes de dejarme hablar, me repasó las afiladas puntas de nuevo con un lametón sucio y húmedo que acompañó con un gemido.

—Por Lilith, Rina, voy a follarte aquí mismo —gruñí, jodidamente cachondo.

Volví a enfurecer el beso, a apremiar nuestras lenguas. Mis manos descendieron hacia su culo y la apreté más contra mí.

—No tienes ni idea de lo difícil que ha sido controlarme teniéndote cerca —le susurré entre besos, aprovechando para bajar hacia su cuello y lamerlo de manera obscena—.

Las ganas que tengo de tocarte, morderte, besarte y follarte cada vez que te veo son devastadoras.

—Incliné la cadera hacia delante. Ella sollozó al presionarse contra mí—.

Quiero probar cada parte de ti hasta que tu sabor sea lo único que recuerde.

—Hazlo —gimió, frotándose contra mí. Noté su mano pasear por mi nuca y agarrar con brutalidad mis mechones. Sonreí por cómo me obligaba a presionar mi boca contra su cuello—. Muérdeme.

Otra embestida entre la tela de nuestros pantalones, clavándola contra la pared. Deseaba con tanto anhelo hundirme en Rina que mi corazón creía ser el de un humano, retumbando incluso más acelerado que el suyo.

—¿Eso quieres, ternura mía? —Relamí y acaricié bajo su oreja con la punta de los colmillos—. Te gustó sentir cómo bebía de ti, ¿verdad? ¿Quieres volver a alimentarme?

Asintió.

—Dilo. Di lo que quieres que te haga, ¿o acaso eres una niña buena que no puede pronunciar palabras sucias?

Mi puchero la enfureció, me mordió otra vez con un gruñido.

—¿Estás alargando esto por retarme o porque estás tan cachondo que tienes miedo de no durar mucho? —Sonrió con recochineo y yo lamí sus dientes—. Con las ganas que tengo yo de correrme gimiendo tu nombre.

No dejé que su sucio juego me ganara.

—Alargo esto porque temo decirte que lo vas a necesitar.

Yo necesité volver a su boca. La besé con anhelo, deseo, miedo y amor. Pero mi cuerpo solo era capaz de actuar frente a sus exigencias, sus gemidos, su aroma, intenso y delicioso.

—No sé qué olor puede más conmigo, si el de tu perfume, tu sangre o tu coño —gruñí, bajando de nuevo a su cuello. Movía mis caderas adelante y atrás y Rina jadeaba con cada una de las embestidas, deseosa de más—. Así que vamos a descubrirlo.

Con sus piernas rodeándome la cintura y mis manos aferrándose a su culo, la separé de la pared para llevarla sobre la cama, donde la dejé caer con toda la delicadeza que era capaz de reunir en aquellos momentos.

Tenía que controlar mis respiraciones, concentrarme en contenerme para no romperle los pantalones de un puto tirón y hundirme en ella haciéndola gritar hasta ahogarse con mi nombre.

Rina me miraba con la boca entreabierta y las preciosas tetas al aire. Apoyada de espaldas sobre sus manos, no logró sostenerse cuando tiré de su pijama revelando sus suaves piernas y…

Me dejé caer de rodillas frente a la cama.

—Por Lilith y todos los demonios del infierno… ¿Cómo vas sin bragas? ¿Quieres matarme o es que quieres morir tú?

Deslicé las manos sobre las sábanas hasta alcanzar sus tobillos, que rodeé y separé. Con el mentón apoyado en el borde de la cama me relamí mientras su coño se mostraba frente a mí.

Noté cómo se tensaban sus piernas, cerrándose y deteniendo mis movimientos. Aparté los ojos de aquel bendito paraíso para mirarla a los suyos, tan húmedos y extasiados como su olor corporal me había hecho saber.

—¿No vas a dejarme disfrutar de las vistas? —Chasqueé la lengua varias veces, negando—. Paseándote sin ropa interior sabiendo lo peligroso que es tenerme cerca, eso no es propio de una chica buena, ternura.

Su respiración estaba tan agitada como sus pulsaciones.

—Deja la puta tontería de la chica buena.

Se mordía las mejillas y por cómo me miraba sabía que por su cabeza estaban arremolinándose demasiados pensamientos.

—¿Qué eres ahora entonces?

—Tuya.

Inspiré hondo. Miré al techo para contener el huracán que sucedía en mi interior.

—No sabes lo peligroso que es decirme eso.

Bajé la mirada un instante entre sus piernas, cogí una bocanada de aire y me relamí aguantando las ganas de meter la cabeza. En su lugar, me contuve y aflojé los dedos de sus tobillos. En contra de mi deseo, aparté las manos de ella y la miré a los ojos mientras me las ponía tras la espalda.

—Puedo pasarme toda la noche arrodillado frente a tus piernas —le susurré—. Así que, si eres tan amable, te pediría que las abrieras un poco más para poder verte mejor.

Presionaba mis puños contra la espalda luchando con las ganas de ser yo mismo quien tirara de ella y la arrastrara hasta mí. No lo hice, aguanté, esperé.

Y rebufé cuando la vi separarlas unos centímetros más. Se mordía el labio, tímida. Pero no podía ocultar la sonrisa pícara que se apoderaba de sus comisuras. La habría imitado si no fuera porque me sentía como una puta bomba de relojería a punto de estallar.

—Más.

—Pídemelo por favor.

Su sonrisa se ensanchó y tuve que apretar la cara contra las sábanas, morderlas al respirar con profundidad. Sentía cada uno de mis músculos rígidos como los de una escultura. Sin embargo, bajo mi piel todo era fuego.

—Abre las putas piernas como es debido y déjame deleitarme con tu coño. —Logré sonreírle de vuelta sin un ápice de diversión—. Por favor.

Las separó unos centímetros más, pero no fueron suficientes. Nada sería suficiente para saciar mi necesidad de Rina.

—Ven aquí.

Quise ordenarle, pero casi fue una súplica que no le di tiempo a complacer. Volví a lanzar las manos hacia ella, la agarré de las caderas y Rina gritó sorprendida cuando la arrastré hacia mí, metiéndomela en la boca sin poder resistirme más.

Gruñí contra sus labios antes de lamerlos, succionarlos y abarcarlos con toda mi boca mientras no dejaba de apretarla contra mí.

La espalda de Rina se arqueaba, sus piernas sobre mis hombros temblaban y yo observaba su rostro mirando por encima de su monte de venus, deleitado ante cada una de sus muecas.

—Velkan.

Con una mano le estrujaba el culo mientras la devoraba arrodillado, bebiendo de ella y sus gemidos. Con la otra bajé y deslicé entre los pliegues dos dedos, que hundí y saqué acompasando el ritmo de mi lengua.

—Joder, joder, joder … —mascullaba—. Velkan.

Se me aguaba la boca del placer que sentía al saborearla. Temblaba cuando mis colmillos rozaban sus labios y yo gruñía contra su piel como un animal hambriento imposible de ser saciado.

—Velkan —volvió a sollozar bajando un brazo hacia mi cabeza. Enredó los dedos entre mis mechones y me instó a acelerar.

Me separé unos centímetros sin dejar de follarla con los dedos.

—¿También jadeabas así mi nombre al masturbarte pensando en mí?

Sus ojos se empañaron con aquel velo negro que la hacía ver tan… pura, tan ella. Tan perfecta .

—Eso te hubiera gustado, ¿verdad? —Su voz era temblorosa pero viva.

Le mostré los colmillos al ladear una sonrisa.

—Espero que disfrutes mi nombre en tu boca, porque será el único que vuelvas a gemir.

Gruñó cuando volví a hundirme en ella con un ritmo tortuoso con el que llevarla al límite. Su mano me tiraba sin pudor del pelo, empujándome para fundirme aún más en ella. Dolía y eso me la ponía aún más dura.

Con la mano que no tenía empapada y moviendo entre sus piernas bajé hasta mi pantalón para desabrocharlo igual que había hecho con el cinturón, deshaciendo la presión que sentía sobre lo que Rina me provocaba.

—Velkan.

—¿Otra vez? Voy a tener que enseñarte a hablar. —Aceleré los dedos, susurré sobre su coño—. A ver, di: «Por favor, Velkan, quiero correrme».

De un tirón de pelo me volvió a estampar la boca contra su sexo con clara irritación. Yo me apreté la polla con la mano para aliviar lo cachondo que aquello me puso.

—No pares…

Sus jadeos se tornaron más necesitados a medida que la devoraba. Dejé de ver su dulce rostro cuando mis ojos se pusieron en blanco de lo mucho que estaba disfrutando aquello.

—Me alimentaría solo de ti el resto de mi vida.

—Ga… Gánatelo.

Reí con los labios húmedos y una necesidad terrible de darle todo lo que me pidiera.

Cuando aceleré aún más los dedos y el movimiento de mi lengua, el coño de Rina se contrajo en el mismo instante en el que su espalda se arqueó y gritó al llegar al orgasmo.

— Velkan .

Yo me deleité en este, saboreando cada puta gota.

Lo único que me sacó del éxtasis en el que me sumían los gemidos de Rina fue el golpe brusco que retumbó por todo el piso.

Me separé y clavé los ojos sobre ella, todavía desorientada.

Un gruñido atravesó la puerta de entrada.

Y oí a Milo y Vanessa rugir antes de sacar los colmillos.