Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 45
80%

Capítulo 45

Velkan

R ina llevaba demasiado tiempo en la ducha, tratando de hacer desaparecer las lágrimas entre las gotas de agua que le resbalaban por la piel.

No podía no oír su corazón, sus leves gimoteos, cada uno de sus suspiros.

Todo sonido atado a la vida de Rina era una melodía constante que se había apropiado de mis oídos sin siquiera poder oponerme a ello.

Era como una canción de fondo a cuya letra no le prestas más atención de la debida excepto cuando esta lo necesita.

Y Rina lo necesitaba, me necesitaba.

El piso de Vanessa era horripilantemente pequeño.

Por mucho que viviera sola, sin lacayo ni compañera o compañero, no entendía qué necesidad tenía de encerrarse en un cajón con tan solo dos habitaciones minúsculas, una cocina en la que no cabían más de dos personas y un baño en el que tenías que evacuar con la puerta abierta porque el soporte del rollo de papel hacía tope contra esta.

Por suerte los vampiros no teníamos esas necesidades, pero estaba expectante por ver cómo se lo iba a montar Rina.

Vanessa y Milo estaban estrujados frente a la mesa del comedor, donde hablaban de los asuntos de la reunión, pero yo no podía evitar que la voz de Vanessa se opacara con cada una de las gotas que rebotaban contra la mampara de la ducha.

Me acerqué a la puerta y di un par de golpes.

—Rina, ¿estás bien?

—Sí.

—Llevas mucho rato ahí dentro, se te van a quedar los dedos como pasas.

No contestó.

—Si estás esperando a que entre contigo, debes ser más clara.

—No.

—Ha sido clara —se burló Vanessa.

La miré con una ceja levantada y falsa molestia. Sonrió ligeramente y me alegró saber que, pese a lo que estaba ocurriendo, no perdía la vitalidad.

Me senté a la mesa con ellos, mientras hablaban de la poca información que habían podido obtener tras la reunión clandestina de los Neblíes con los encargados del mercado.

—Según Nikola, no hay constancia de que hayan cerrado ningún trato, por ahora —murmuró Vanessa.

—No tardarán en hacerlo, en cuanto mercados competidores empiecen a trabajar con ellos —sentenció Milo—. No sabemos lo peligrosa que puede llegar a ser esa sangre, pero estoy seguro de que pronto lo averiguaremos.

—¿Hemos podido sacar algo sobre la procedencia?

Milo negó ante mi pregunta. Vanessa suspiró, rendida.

—Por eso mismo aún no han cerrado ningún trato. Los Hijos de Carmilla no aceptan cualquier cosa, mucho menos si no saben de dónde proviene.

La canción que componía Rina no dejaba de sonar.

Me giré para mirarla por encima del hombro cuando salió de la ducha con el pelo húmedo y un pijama de satén que le había prestado Vanessa.

Le quedaba largo de las piernas, estrecho en la cintura y las caderas, y entre el segundo y el tercer botón una pequeña abertura dejaba entrever el contorno de su pecho, que me hizo apretar la mandíbula.

Con la ropa sucia en la mano y los ojos llenos de venas rojas, paseó la mirada entre nosotros, deteniéndose sobre mí.

—¿Cuál es mi habitación?

Me levanté para abrirle la puerta que tan solo tenía a un paso y medio. Rina se adentró en la estancia y dejó sus cosas en la esquina derecha. Me miró frotándose los brazos y concentrando todas sus fuerzas en las comisuras de sus labios para tratar de no hacer una mueca al murmurar:

—¿Cómo vamos a dormir esta noche?

Me adentré con ella y cerré la puerta. Aunque Milo y Vanessa podían oírnos perfectamente, esperaba que no tuvieran el menor interés en hacerlo.

—Esta habitación es solo para ti.

—¿Y vosotros?

—Ya nos organizaremos, no te preocupes.

—¿Con quién vas a dormir?

El puchero que amenazaba con apoderarse de su boca se convirtió en una fina línea.

Sus ojos me atravesaban con una increpación que me removió los huesos y me infló el pecho.

Ella misma me había rechazado la última noche después de lo que había sucedido entre nosotros.

¿Ahora quería que volviera a actuar como si nada?

—Ya nos organizaremos —repetí.

Me esforcé por no sonreír. Por no saborear los celos que emanaba cada poro de su cuerpo. Aquella era mi ridícula venganza contra las palabras que me había clavado en la cabaña. Las que todavía me costaba sacarme, por muy pequeñas que hubieran sido.

—¿Ocurre algo? —El puchero terminé haciéndolo yo—. ¿Tienes alguna sugerencia de cómo repartirnos las camas?

—Sé a lo que estás jugando y eres un gilipollas por ello.

Mi diversión no se esfumó cuando Rina me lanzó el primer cojín que alcanzó sobre la cama, sino cuando tras recogerlo en el aire y apartármelo de la cara vi cómo volvía a llorar.

—Rina.

Me acerqué a ella y la envolví entre mis brazos. Ella me empujaba con los suyos, dándome con los puños en los pectorales sin ningún tipo de fuerza.

—¡Vete! ¡Déjame sola! —Gimoteaba con los ojos muy apretados, la respiración entrecortada y las mejillas ardiendo contra mi pecho—.

¡Vete! ¡Suéltame! ¡Quiero estar sola! —Se ahogaba con sus propias palabras—.

Vete a dormir con quien te dé la gana… Fóllate a Vanessa o a quien quieras…

¡Me da igual! ¡Me da igual todo! ¡Vete! —Su aliento me humedecía la camisa.

Mis brazos la protegían contra mis costillas, tensándose cada vez que se tambaleaba—.

No te necesito a ti, ni a mi madre ni a nadie…

Estoy sola, siempre estaré sola y me da igual. ¿Me oyes?

La apreté contra mí con firmeza y, tras besarle la cabeza, terminó por rendirse al llanto contra mi pecho.

—Lo siento —le susurraba contra el pelo—. Siento mucho lo de Aleshka.

Pronunciar el nombre de su madre le provocó un nuevo sollozo, esta vez algo más débil. Con las manos agarradas a mi camiseta, Rina se deshizo en lágrimas hasta que su respiración adaptó un ritmo calmado y monótono.

—Lo mismo hacía viva que muerta —murmuró.

Volví a besarle la coronilla antes de envolverle las mejillas con mis manos y arrancarla de mi pecho para mirarla a los ojos.

Verla llorar fue lo más horrible que había sentido en mi vida.

Como si mi cuerpo se encogiera del dolor, la rabia y la impotencia que sentía al verla sufrir.

Con las yemas de los pulgares recogí cada lágrima que derramaba por las mejillas. Los ojos de Rina estaban cubiertos por un velo húmedo, igual que el borde de su nariz y su boca inflamada.

—No lloro por pena, lloro por culpa, porque la odio. —Su susurro volvió a ser helado—. Lloro por rabia, porque este sentimiento es horrible, ahora tendré que cargar con él el resto de mi vida y duele, duele mucho.

La atraje de nuevo hacia mi pecho.

Esta vez sus sollozos fueron silenciosos. Me rodeó la cintura con los brazos, aferrándose a mí con fuerza.

—Lo siento mucho —repetí. Otro beso en la sien, antes de acariciarle la cabeza con una mano—. El dolor pasará. Siéntelo todo lo que necesites, pero respira tranquila. Todo pasará.

El retumbar de su pecho era un tambor contra mis costillas. Con cada latido estas me atravesaban más el corazón. Moriría de su dolor, de la rabia que me provocaba no poder aliviarlo.

El tiempo se detuvo en aquella habitación, no pude percibir si habían pasado segundos, minutos u horas. En aquel momento, solo podía contabilizar la vida a través de sus latidos.

Dos mil ciento seis latidos de Rina contra mi pecho.

Tardó diecisiete minutos en separarse de mí.

Cuando volvió a mirarme, el estanque se había secado, dejando una irritación rojiza alrededor de sus pestañas. Mis ojos bailaron entre ellas.

—¿Por qué me cuidas, Velkan? —Sus ojos bailaron entre las mías—. ¿Por qué estás haciendo todo esto?

Tardé unos segundos en responder.

—Porque me importas, más de lo que nadie lo ha hecho nunca. Te dije que no te fiaras de mi palabra, pero sí de mis actos cuando se trata de obtener lo que quiero. Lo que quiero eres tú, Rina. Y no soporto no poder quitarte ese dolor y hacerlo mío.

El ceño de Rina se frunció ligeramente. Entrecerró los ojos y una suave y dudosa sonrisa apareció durante un segundo en sus labios antes de desaparecer en una mueca desolada.

—Puedes quitármelo. Utiliza tu dominio sobre mí.

—No pienso hacerte eso.

—¡Si tanto dices que te importo, ayúdame! —Su tono era hostil, cortante—. No te cuesta nada. ¿Quieres demostrármelo con actos? Hazlo.

La voz dulce de Rina se había convertido en la exigencia de a quien le había dejado de importar lo correcto y, por delante de todo, estaba protegerse.

No la juzgaba, pero, por mucho que odiara ver su mirada de reproche, no iba a dejar que su desesperación actuara en contra de sí misma.

—Hablas desde el dolor y eso es una mierda, porque te hace decir y hacer cosas estúpidas.

Y eso que me propones, Rina, créeme, es una de ellas.

—Me acerqué a ella. Sus palabras decidieron frenarse en la lengua cuando le aparté el flequillo de los ojos—.

No me costaría nada hacerlo y, si fueras cualquier otra persona, ten por seguro que lo haría.

Que erradicaría tu dolor y tu odio para amansarte, estabilizarte y que no fueses una molestia para mí.

Pero contigo no. No pienso perder ni una parte de lo que te hace ser tú.

—¿Por qué no? —Su voz se rompió, humedeciéndose de nuevo—. ¿Qué más te da? ¡No tendría que estar ni haciéndote dudar! ¿Ahora te importan mis emociones? —Me clavó el índice en el esternón—. ¿Ahora vas de justiciero? ¿Quieres ponerte la medallita de hacer lo correcto por una vez en la vida?

—Desahógate, sé todo lo cruel que quieras conmigo.

—¿Que yo soy la cruel aquí? —Siseó una risa de incredulidad—. No, si ahora también tendré que sentirme culpable por ti.

—Sí, es tu culpa. Tú eres quien me hace querer ser mejor. Y eso estoy intentando.

Su mirada cayó al suelo casi con vergüenza. Como si hasta aquel instante no hubiera sido consciente de cómo la ira se había apoderado de ella.

—Tú me haces querer ser peor —susurró—. Y lo estoy consiguiendo.

—Solo te incito a sacar tu verdadera cara. —Ladeé una sonrisa que supe que no recibiría con agrado—. Tal vez no eres una niña tan buena como creías.

—Vete a la mierda —resopló, alejándose y dándome la espalda—. Déjame sola.

—No.

Me miró por encima del hombro. Yo di un paso hacia delante, sin apartar las pupilas de la suyas.

—Ódiame mañana si quieres, pero esta noche quiero que entiendas que no estás sola, Rina.

—Otro paso al frente me aproximó a su pecho, quedando a pocos centímetros.

Alargué el brazo y con el pulgar le acaricié el interior de la muñeca—.

Que mientras yo esté vivo nunca estarás sola.

Esta noche soy todo tuyo para que sigas llorando, gritando o lo que te dé la puta gana de hacer conmigo.

Su pulso se aceleró, la respiración agitada de Rina hizo eco en mis propios pulmones mientras daba vueltas por la habitación. Se quedó parada frente a la ventana, que abrió de par en par. El viento de la noche le acarició el cuello arrastrando su aroma hacia mí. Inhalé con profundidad.

—¿Y si no quiero que sea solo esta noche?

No se giró al pronunciar aquellas palabras. Su mirada seguía atravesando la ventana, contemplando la luna en un cielo opaco y los tejados cercanos. El piso de Vanessa no estaba muy alto, pero quedaba justo por encima de las tejas de los edificios contiguos.

Las manos de Rina se apoyaron en el marco, yo me acerqué dos pasos con el corazón a punto de estallar.

—¿Qué es lo que quieres entonces, ternura?

Esta vez me miró por encima de hombro. Antes de susurrar.

—¿Qué quieres tú?

Di otro paso más. Sonreí con expectación al notar cómo su olor se endulzaba, su piel se erizaba y su pulso… su pulso se convirtió en el de una presa.

—A ti.

Noté la tensión en sus dedos, su cuello, abdomen y piernas antes de que se atreviera a saltar.

—Entonces, cázame.