Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 44
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Capítulo 44

Rina

A quel mercado era pequeño pero curioso.

Lo cierto es que me sorprendió toparme con objetos tan mundanos, esperando que fuera un lugar hostil.

Sin embargo, cuando me encontré andando junto a Velkan frente a puestecitos coloridos y mercaderes con sonrisas amables sentí una sensación de paz y confort que hacía mucho tiempo que no experimentaba.

Incluso me compré un vasito de chocolate caliente que me calentó las manos.

Mi estupidez y mal humor se habían ido evaporando con el contacto del frío sobre mis pómulos.

Había olvidado que debía separarme de él, mantener las distancias.

Sin embargo, cuando el dorso de sus dedos me acarició la mejilla fue como si desmoronara cada una de las endebles barreras que me esforzaba por construir para mantenerlo alejado.

Para mantenerme alejada.

Huir de mi atracción hacia Velkan era como tratar de huir de mí misma, de mi sombra adherida al contorno de mis pies, acompañándome a cada paso a mis espaldas de manera silenciosa pero presente.

Era estúpido, imposible y una pérdida de tiempo y energía seguir intentándolo.

Por eso el tacto de su mano en aquel instante terminó por desmoronarme.

No supe hacer otra cosa que dejarme caer sobre su palma, experimentando algo tan fuerte e intenso en el interior de mi pecho que sentí que ocupaba demasiado espacio, un espacio que jamás había logrado completar del todo hasta conocerlo a él.

La voz de Vanessa lo pinchó como un globo y tuve que apretar los dientes para no gritar con una furia desmedida.

«Zorra».

Parecía tener la cabeza embotada mientras avanzábamos entre la gente.

El frío empezaba a hacerme sentir presente y no flotando como hacía apenas unos segundos.

Quise enfocarme en las voces de mi alrededor para mantenerme serena y concentrada en seguir cada paso de Velkan.

Pero entonces una melodía me acarició los oídos como un susurro al que no pude evitar prestar atención.

Me detuve al ver de nuevo un puesto de instrumentos de arcilla, esta vez llevado por un hombre de dientes separados, rizos largos y un sombrero roto por la copa.

No sé exactamente qué fue lo que me llevó a aproximarme, si los colores de las delgadas flautas y sus curiosas figuras que no podía dejar de observar, la melodía dulce que parecía acariciarme como una suave y cálida brisa o la curiosidad por saber por qué aquel hombre me miraba fijamente con el ceño algo fruncido, como si dudara de lo que estaba viendo frente a él.

Me acerqué a su pequeño puesto y la melodía cesó cuando se apartó el instrumento de los labios y se inclinó ligeramente hacia mí.

— Czy jesteś spokrewniony z Aleška? —  musitó en polaco.

Aleshka.

Escuchar aquel nombre de una voz que no fuera la mía hizo que todo mi cuerpo se derritiera.

Me desestabilicé unos segundos y me preocupó marearme allí en medio.

La mano me tembló al alcanzar la foto que aún llevaba doblada en el bolsillo.

Los pliegues la habían dañado tanto que parte de mi cara en la imagen se había desgastado.

Casi no me salieron las palabras al desdoblarla porque los latidos de mi corazón ocupaban al completo mi garganta.

—Mi madre —susurré en un polaco simplón—. ¿Quién eres?

El hombre sonrió, enseñándome los agujeros entre los dientes frontales antes de cambiar de idioma.

—Me llamo Bastien, encantado. No sabía que Aleshka tenía una hija. Qué alegría conocerte.

Le mostré la foto con los dedos temblorosos. Agradecí que no intentara cogerla con sus manos porque mis yemas estaban tan pegadas a la imagen que no hubiera logrado despegarla.

—Bastien, ¿de qué conoce a mi madre?

El rostro compungido del hombre me atravesó el pecho mucho antes que sus palabras.

—Coincidí hace poco con ella, era una mujer amable y también muy bella. Te pareces mucho a ella ahora que me fijo… Aunque espero que seas un poco más precavida, estos lugares no son los más seguros para una chica como tú —me advirtió.

Inspiré hondo para contener las preguntas que tenía para Bastien. «¿Cuándo la viste por última vez?». «¿Dónde?». «¿Qué hacías con ella?». «¿La viste en peligro?». «¿De verdad nunca dijo nada sobre mí?». «¿Crees que sigue viva?».

—¿Recuerda la última vez que la vio?

Su mirada pasó de la sorpresa a la duda y luego a la pena. Su boca evitaba fruncirse al contemplarme.

—Tu madre era una mujer muy curiosa y atrevida. —Tragó saliva, apartó la mirada con incomodidad—. Tanto que no temía mirar a los ojos al peligro.

«Ni follárselo tampoco», quise escupir.

Se me acumulaban las lágrimas en los ojos, la furia me quemaba el pecho.

Porque aquel hombre hablaba en pasado de mi madre. Con palabras bondadosas que Aleshka no se merecía.

—¿Está muerta?

El hombre abrió mucho los ojos, tanto por la sequedad de mi pregunta como la de mi rostro. Porque, pese a tener lágrimas derramándose por mis mejillas, ni un ápice de emoción se reflejaba en mi semblante. Nada quedaba en mi interior que dedicarle a Aleshka, mucho menos cuando esta ya no estaba.

Bastien asintió como respuesta.

Yo le asentí de vuelta en una especie de agradecimiento, no sé muy bien de qué.

¿Cómo de triste era descubrir por un desconocido que tu madre se había ido sin despedirse, sin avisar?

Toda mota de esperanza se esfumó por completo con tan solo un suspiro entre mis labios. Notaba las lágrimas derramarse por mi barbilla, pero no pensaba ahogarme en ellas.

—¿Sabe dónde puedo encontrarla?

Viva o muerta, Aleshka estaría en algún lugar.

Odiaba la necesidad de seguir indagando, buscando su nombre en los registros de cacerías, desesperada por encontrar una lápida con su nombre frente a la que llorarle, gritarle o lanzarle todas sus sandeces religiosas que aún estarían en su habitación, en casa.

«Casa». Quise reír. «Ya no sé qué es eso».

Despedirme de ella apaciguaría el dolor que me perforaba los pulmones.

Los ojos del hombre miraron al suelo. Negó.

—No, lo siento. Como te digo, la conocí hace poco, así que no tenía la suficiente relación con ella como para saber más allá…

—¿Sabe cómo murió?

Tardó en responder. Sabía que mi intrusión lo estaba incomodando, pero en aquellos momentos me daba igual lo que pensara o sintiera.

—No deberías pensar en eso. Lo importante es que la recuerdes como la gran persona que…

—Aleshka no era una gran persona. Fue una madre negligente, una egoísta, una desequilibrada y una zorra. Así que me merezco saberlo.

Su rostro se endureció, sorprendido ante mi tono tanto como yo. Parecía no gustarle mi demanda, pero ese no era mi problema.

—Se juntó con los vampiros que no debía.

—¿Quiénes? —Me acerqué a él sin pudor a invadir su espacio personal—. ¿Qué vampiros?

Un brazo tiró de mí con tanta violencia que grité al darme de bruces con el pecho de Velkan.

—¿Qué cojones haces? —gruñó demasiado cerca de mi rostro.

—¡Qué haces tú! —Me zafé de su agarre con dolor en el brazo y en el corazón—. ¡No me cojas así!

La furia de los ojos de Velkan se posó sobre Bastien, que nos miraba atónito. Las manos de Velkan se dirigieron a mis mejillas y las sujetaron con firmeza. Me escudriñó los ojos en busca de algún resquicio de dominio sobre mí.

—Es un humano, nadie me ha forzado —escupí apartándome de su tacto.

—O sea, que has decidido ponerte en peligro por voluntad propia, muy inteligente por tu parte.

—¡Solo me he parado un segundo!

—¡Te he pedido que no te separes de mí! —rebufó, frotándose la cara.

El señor pareció perder el interés en nuestra conversación y volvió a tocar una de sus flautas, añadiendo una banda sonora a la discusión—.

¿Dónde te crees que estás, Rina? ¿Eres consciente de lo que puede pasarte aquí si bajas la guardia como lo estabas haciendo?

¿Eres consciente de que cada vez que arriesgas tu vida arriesgas la mía?

—Solo me he parado a hablar en mitad de un mercado, no he bajado la guardia. —Me crucé de brazos—. Sé muy bien lo que hago.

—Espero que sepas también que, por volver a buscarte, Milo y Vanessa me han dejado atrás. —Suspiró apoyando las manos en sus caderas—. He tenido que regresar a por ti porque confundes la valentía con la estupidez.

Sabía que la furia de Velkan era bien merecida.

Que no debía haberme separado de ellos en aquel lugar.

Pero lo único en lo que podía pensar en aquel instante era en la foto de mi madre que apretaba en el puño, en los recuerdos que se amontonaban frente a mí, derramándose de nuevo sobre mis mejillas, recordándome que serían los últimos que tendría de ella.

Porque mi madre había muerto.

—¿Rina? ¿Estás bien?

No sabía cómo, cuándo ni a manos de quién.

Si había sido por culpa de la bebida, la droga o el riesgo que le encantaba asumir.

Si había sido rápido o si había sufrido, si había pensado en la persona que estaba dejando atrás.

La única que la quería lo suficiente como para aceptarle cada caída, la única que la recordaría con la misma cantidad de amor y odio, de pena y alivio.

«Te odio, Aleshka, te odio».

Porque, dentro del dolor que me rasgaba el pecho con un ardor insoportable, una pequeña risa me humedeció la garganta.

Por aquel entonces la mirada de Velkan ya debía de haberse apaciguado; no podía comprobarlo porque tenía los ojos empañados, pero lo noté en cómo su tacto se tornó instantáneamente más suave, más cálido.

—¿Qué mierdas está pasando?

Su voz sonaba firme, tanto como sus manos sujetándome. Clavó los ojos en Bastien.

—Dime ahora mismo qué cojones le has dicho antes de que te meta cada una de tus flautas por el puto culo y te obligue a tocarlas.

—Está muerta, mi madre está muerta.

Sus ojos volvieron a mí. Apreté los labios para no sonreír.

No sabía muy bien por qué lo hacía. ¿Qué decía de mí tener aquella reacción ante tal noticia? Lo único que consolaba mi conciencia era el denso llanto que parecía no cesar.

—¿Cómo lo sabes?

Velkan abrió más los ojos con sorpresa, o eso deduje cuando entre las lágrimas pude ver con un poco más de claridad aquella mirada aguamarina que me escrutaba el rostro.

—¿Acaso no lo sabíamos ya? —Reí.

Su abrazo llegó primero, mi sollozo después.

—Velkan, vámonos de aquí, por favor.

Oculté la cara en su pecho deseando que este me absorbiera por completo, refugiándome de todo lo demás.