Capítulo 43
Velkan
A quella noche se iba a celebrar en Cracovia una reunión discreta y limitada entre algunos de los encargados del mercado Bernatka.
La información sobre la presencia de Hijos de Nyra cerca nos la había proporcionado Rina la noche anterior.
Eran pocos descendientes de Khaivel los que estaban enterados de la búsqueda.
No por pertenecer a un linaje los vampiros eran fieles a este.
Por suerte, había algunos repartidos por diferentes zonas.
Rastreadores silenciosos que observaban su alrededor, como Vanessa.
Hacía décadas que no coincidía con sus pupilas afiladas, que me recibieron con demasiado entusiasmo para las pocas ganas que tenía yo de un afecto sobrepasado e incoherente de alguien que bien podría haber muerto hacía veinte años sin yo enterarme si no hubiéramos acudido a ella por pura necesidad ante los sucesos recientes.
Adentrarnos en el mercado con Rina no era algo que me hiciera especial ilusión, sobre todo, teniendo en cuenta la clase de alimañas que se movían entre aquellos puestos ambulantes.
Me obligué a inhalar varias veces con profundidad para evitar ordenarle lo evidente, que no se moviera de nuestro lado.
No era un mercado tan oscuro ni amplio como el de Malá Strana, tan solo un camino largo y estrecho en el que apenas podían colocarse algunos puestos en uno de los lados.
Podía pasar por un mercado humano cualquiera en el que los artesanos venden sus creaciones de acero inoxidable, pinturas al óleo, quesos y embutidos que dejan un olor a medida que pasas.
Debíamos hacer tiempo antes de que empezara la reunión sin parecer sospechosos, así que la mejor opción era pasear como cualquier otra criatura de allí, fingiendo total y completo desinterés ante lo que estaba a punto de suceder entre bastidores.
No quería observar a Rina.
O, por lo menos, me negaba a que ella se diera cuenta de cómo mis ojos la seguían mientras curioseaba los puestos.
Se detuvo unos segundos frente a una mujer que sujetaba lo que parecían unos silbatos de cerámica, con grabados y hendiduras, que hacía sonar con aparente facilidad.
Me imaginé a Rina intentando colocar en la posición correcta los dedos sobre los pequeños agujeros al soplar para emitir una nota y sonreí.
Endurecí el semblante cuando noté que sus ojos se posaban sobre mí antes de avanzar hacia el siguiente puesto.
Milo, con Ratputín refugiado entre los pliegues de su bufanda, y Vanessa, que daba zancadas para seguir su ritmo aun teniendo las piernas largas como un avestruz, mantenían una conversación discreta unos pasos por delante de nosotros.
Observé a su alrededor los diferentes rostros: no parecía haber ninguna presencia sospechosa cerca más allá de los propios mercaderes que atendían a vampiros, lacayos e incluso algún desdichado turista que no era consciente de las criaturas con las que se había entremezclado.
Aunque estos podían sobrevivir mientras no se acercaran a los puestos escondidos bajo el puente, donde a los quesos, flautas de bambú y joyas de plata barata los sustituía una materia mucho más perversa.
Como la que querían ofrecer los Neblíes aquella noche.
—¿Quieres probártelo? —escuché en polaco.
Me giré para ver cómo un escuálido mercader le ofrecía a Rina un colgante que debía de haber estado observando los segundos necesarios como para que el hombre supiera que era una posible venta.
Antes de que Rina pudiera negarse, ya le había pasado la cadena por el cuello con sigilo y alcanzado un espejo para que pudiera mirarse.
—Te queda bien —murmuré.
Se tensó al encontrarme en el reflejo tras ella. Más lejos de su cuerpo de lo que me gustaría; más cerca de lo que debería. Rina asintió con poco entusiasmo.
—Sí, es bonito.
Bajé la mirada a la pequeña serpiente plateada que goteaba de la cadena haciendo zigzag, cayendo en el centro de su pecho.
Si fijaba mucho la vista podía sentir cómo los latidos de su corazón reverberaban contra el frío acero.
Me pasé la lengua por los labios sin siquiera pensarlo, me di cuenta cuando la garganta de Rina se tensó al tragar saliva.
Carraspeé, aparté los ojos de ella, al igual que mi cuerpo, y los dirigí al mercader.
—Te lo pagaré en coronas.
Él sonrió, Rina negó.
—No hace falta. —Se apresuró a lanzar los dedos al cierre de la cadena, tratando de desengancharla—. No tienes que comprarme nada.
—¿Necesitaréis bolsa? —musitó el hombre.
Puse una mano sobre las de Rina para detenerla.
—No, se lo llevará puesto.
—No.
—Pues entonces sí, danos bolsa.
—Que no —bufó—. No lo quiero.
El mercader le hizo el mismo caso que yo y aceptó con agrado las coronas que deposité sobre su palma. Seguí mi camino con las manos en los bolsillos, fingiendo que no estaba atento a cada uno de los movimientos de Rina tras mi espalda. Esta me alcanzó en torpes y sonoros pasos.
—No lo quiero.
Resoplé, alzando los ojos al cielo.
—Pues tíralo, a mí qué me cuentas, es tuyo.
Contuve una sonrisa de diversión al ver cómo Rina conseguía desabrocharse la cadena, pero no parecía tener intención de deshacerse de él. Al contrario, lo apretaba entre los dedos como si de una joya se tratara y no un pedazo de acero inoxidable más caro de lo que debería.
Tras avanzar varios pasos en silencio y con nuestros brazos agradablemente cerca vi cómo su mano cedía y se guardaba el colgante en el bolsillo del abrigo. Abrigo que llevaba a medio abrochar.
Se asustó cuando me paré en seco y me puse frente a ella. Sin mediar palabra terminé de cerrarle la cremallera, tapando el pecho y el cuello al descubierto.
—¿Qué ocurre? ¿Acaso voy provocando?
Arrugué el ceño con diversión y reí por la nariz sin poder evitarlo al ver lo rosadas que tenía las mejillas y la punta de la nariz.
Me acordé de aquella foto que tenía con su madre, la que guardaba en el mismo bolsillo en el que había dejado el colgante.
La que tenía arrugada y con las esquinas raspadas de tanto manosearla.
—Hace demasiado frío, vas a ponerte mala.
—¿No se supone que los…? —Miró a su alrededor con discreción—. ¿Que vosotros no sufrís las altas o bajas temperaturas?
—Aparte de tener ojos para poder ver cómo todo el mundo va abrigado hasta las pestañas, no sufrirlas no significa no sentirlas.
No perdemos el sentido del tacto. —Me tomé la libertad de quitarme el guante que ocultaba mis cicatrices completamente curadas y rozarle la mejilla con el dorso de los dedos—. Lo siento a través de tu piel.
Los ojos de Rina se abrieron ligeramente.
Me observó con tanta profundidad que incluso llegó a ser incómodo, como si ella también pudiera notar las cosas a través de mis ojos, de mi ser, de mi alma.
Me sorprendió que me sujetara la mano al apartarla, cogiéndola con temblor y volviéndola a posar contra su mejilla.
—¿Y qué sientes?
Los latidos de su corazón eran sonoros, raudos y violentos. Le atravesaban el pecho y cada capa de ropa. Atravesaban mi pecho y cada capa que nos separaba.
—Todo.
Me concentré en la rojez sobre sus mejillas, paseé las yemas sobre ellas.
Sabía que tenía frío por el cambio de su temperatura corporal y la necesidad de su cuerpo de calentarse.
Por eso para mí tocarla en aquellos instantes era algo mucho más cálido de lo que ella podía sentir, de lo que podía notar a través de mis dedos.
Cuando dejó caer ligeramente la cabeza sobre la palma de mi mano sin apartar los ojos de los míos, algo en mí pareció resquebrajarse de forma placentera.
Algo que me pidió con desesperación que la acercara a mí con la misma mano con la que la sujetaba, y eso hice.
Rina se dejó atraer como si una ligera brisa la empujara.
—Ya han empezado. La han adelantado sin previo aviso, deben de sospechar que andamos cerca.
Rina se separó ante la voz de Vanessa. Yo me giré hacia ella, alertado.
—¿Tenemos a alguno de los nuestros dentro?
—No lo sé —respondió—. Deberíamos, pero viendo su modus operandi, temo que tal vez solo se hayan reunido con los encargados de la zona este, o con jefes de clanes.
Chasqueé la lengua y retomamos el paso de una forma mucho más rápida, esquivando a las personas a nuestro paso.
—Milo ha logrado situarse en las zonas cercanas, pero no está dentro de la sala —se adelantó a especificar ante mi mirada de reprobación—. Está a salvo, aunque atento a cualquier noticia.
Vanessa siguió mi mirada hacia atrás, donde Rina nos seguía a centímetros de distancia.
—¿Quién es?
—No te incumbe.
Vanessa puso los ojos en blanco, pero no preguntó más.
Ahora mismo lo último que tenía que hacer era darle información sobre Rina a personas entrometidas en los chanchullos de la vida nocturna como era Vanessa.
Lo último que debía hacer era mostrarle el apego que había creado hacia una humana.
No porque no confiara en Vanessa, sino porque dejar ver que Rina era mi debilidad podría utilizarse en mi contra.
Y Rina no iba a ser una herramienta con la que ponerme en un apuro, con la que extorsionarme.
Vanessa gruñó con fastidio al leer algo en la pantalla de su móvil.
—Nikola estaba dentro de la reunión, pero la han sacado con otros dos más para tratar temas más privados. Dice que no han mencionado nada de la sangre.
—Porque van a hacerlo ahora y no vamos a saber qué cojones tienen planeado —gruñí de vuelta.
El tema de la sangre corrupta me tenía completamente molesto, una piedra en el camino con la que no podía permitirme tropezar.
Sin duda, cualquier cosa que quisieran hacer con ella sería perjudicial para los demás, sin embargo, tenía una labor pendiente mucho más importante.
Si no estuviera directamente relacionado con la búsqueda, habría dejado que el destino, Lilith o quien fuera se encargara de solucionar aquel marrón que no podía preocuparme menos en esos momentos.
Pero aquella sangre podía ser el camino, o la perdición. No podía permitir que pasara desapercibida, que se propagara por mercados, tabernas y clubes.
Cuanto más se extendiera, más gente empezaría a querer saber de dónde venía, a sospechar, a rebuscar y a inmiscuirse donde no los llamaban.
Tenía que aprovechar que nuestra búsqueda nos había llevado hasta allí para matar dos pájaros de un tiro. Con suerte, la venta de sangre nos facilitaría información sobre los vampiros corruptos de los que provenía.
Arrugué la nariz con desagrado al recordar el repulsivo hedor de la sangre podrida corroyéndome las heridas de las manos. Casi lograba disipar el olor de Rina, que permanecía siempre a mi alrededor, pero que pareció debilitarse.
Aflojé el paso cuando los pocos resquicios que notaba eran tan solo un recuerdo, como lo era el de la sangre.
Me giré con el corazón en un puño.
El aroma de Rina había desaparecido por completo, igual que ella.