Capítulo 42
Rina
N o supe descifrar si el odio y la frustración que me rasgaban el pecho con cada respiración eran causados por Velkan, por mí misma o por mi madre.
Las sensaciones desagradables e imperdonables que había sentido durante mucho tiempo hacia mi madre, Velkan y todo lo que su mundo representaba se habían diluido como lava, fundiéndose entre sí en mi interior.
Una piedra candente que pesaba, dolía y notaba añadirle peso a cada uno de mis movimientos.
Mamá me había abandonado.
La zorra de Aleshka había hecho lo que tanto temía que hiciera, lo que tanto esperaba que iba a suceder, y, sin embargo, cuando llegó el día preferí soñar con la terrible idea de que la hubieran secuestrado, matado o transformado antes que aceptar que me había dejado atrás sin importarle lo más mínimo lo que fuera de mí sin ella.
Lo que fuera de mí después de ella.
Hasta hacía dos meses estaba viviendo su vida ignorando la mía, la que ella había creado. A cada instante que pensaba en ello más me enfurecía y más me… preocupaba.
Porque las señales de vida de mi madre se detuvieron hace dos meses. Porque después de tantas semanas con un nudo en el estómago que ella misma me había formado con la congoja y la incertidumbre de volver a verla… había desaparecido por completo.
«Maldita egoísta».
En aquellos momentos, pensar en la posible muerte de mi madre no me provocaba pesar, sino rabia, frustración y ganas de respuestas. Respuestas que probablemente nunca obtendría, perdones que ya no servirían, aunque los pronunciara.
«¿En qué me convierte a mí este odio?».
Tal vez la maldad de Velkan no solo le pertenecía a él, también crecía en mi interior.
El anhelo indecente de mi madre no solo la arrastraba a ella, sino que yo también lo había llevado a cuestas todo este tiempo, fingiendo que su peso no me raspaba la planta de los pies al avanzar, al creer que, si no prestaba atención a las heridas que me infligía, ignorando lo que verdaderamente formaba parte de mí, en algún momento la piedra se erosionaría, se debilitaría y dejaría todos aquellos sentimientos atrás.
Pero cada vez tenía más claro que no sucedería, que no sería capaz de deshacerme de la piedra, porque no había ninguna. El peso era el de mi propio cuerpo, mi propia alma y mi propio deseo. Yo era esa maldad, ese odio y esa impureza que me había estado negando a admitir.
Que seguía sin querer admitir.
Por eso evitaba a toda costa dirigir los ojos hacia Velkan, que conducía a apenas unos centímetros de mi cuerpo. Mi imaginación y mis terribles ansias de volver a tocarlo me hacían percibir cada uno de sus ínfimos movimientos.
Había sobrepasado el límite.
Y había sido horriblemente maravilloso.
Me obligaba a pensar en cualquier otra cosa que no fueran las manos de Velkan sobre mi vientre, sus dientes a través de mi piel o la sangre que se derramaba por mi cuello y que recogía con una lengua más cálida y agradable de lo que hubiera deseado.
Tragué saliva quitándome la imagen de la cabeza y la sensación sobre la piel. No quería que ninguno de los vampiros con los que volvía a compartir coche pudieran advertir en mí el más mínimo deseo, ningún tipo de olor corporal que sabía que me delataría en cuestión de instantes.
No quería hablar con Velkan, ni mirarlo, ni tocarlo ni percibir su presencia a menos distancia de la que nos permitía el vehículo.
Lo único que se escuchaba en el coche eran los pequeños mordiscos de Ratputín a un juguete que le habían dado los vampiros de la aldea y breves comentarios que se dirigían Milo y Velkan con pocas frases y mucha densidad en el ambiente.
Aunque sabía que esta se debía a mí y a lo que mis palabras parecían haber provocado en Velkan, que no fruncía el ceño con tanta evidencia como yo, pero cuya mandíbula estaba tan tensa que me pregunté si un vampiro podría llegar a partirse los dientes si ejercía demasiada fuerza.
Me habría alegrado de que una melodía rompiera el silencio si no fuera porque esta venía con un nombre.
En la pantalla del móvil de Velkan se iluminó un nombre femenino que pareció no extrañarle lo más mínimo.
Después de no supe cuántos segundos, volví mis ojos a Velkan para comprobar que los suyos, en lugar de dirigirse al teléfono, se clavaban en mi pupila, espantando mi mirada de golpe.
Colgó la llamada con un suave desliz con el pulgar.
Vanessa llamó de nuevo.
Esta vez fue la mano de Milo que no acunaba a Ratputín la que se lanzó al móvil y lo descolgó pegándoselo a la oreja.
—Soy Milo.
No sé qué debió de decirle ella, porque su semblante permaneció igual de impasible que la mayor parte del tiempo. Tan solo pude ver a través del retrovisor cómo una de sus cejas se enarcaba de forma leve.
—Todavía nos quedan un par de horas —le contestó—.
No, no tenemos más información sobre ellos…
Sí, estarán allí también… No, Velkan no puede ponerse, está conduciendo…
No, mejor no. —Chasqueó la lengua—. Espéranos y no hagas tonterías…
Sí, ahora se lo diré… Vanessa, luego hablamos, tú indaga todo lo que puedas…
Tú sabrás si te pones en riesgo, pero no perjudiques todo el trabajo hecho.
Colgó sin despedirse y deseé que Velkan le tuviera a aquella desconocida el mismo afecto que parecía tenerle Milo.
Aunque tampoco habría esperado una reacción diferente de alguien al que apenas había visto sonreír.
Por lo visto, Vanessa tampoco conseguía provocar en él nada más allá.
Pero de quien no podía dejar de despegar mis pensamientos era de Velkan.
—¿Algo importante? —Oí su voz después de lo que parecieron días.
Milo frunció los labios dejando de nuevo el teléfono entre los asientos.
—Los Neblíes han sido vistos cerca del mercado de Bernatka.
Vanessa se ha encargado de advertir a algunos de los nuestros que vigilan la zona de la mercancía que pretenden vender en la reunión de hoy.
Están avisados de no hacer ningún movimiento sospechoso, tan solo son topos.
—Noté la mirada de Milo deslizarse de Velkan a mí apenas un instante, como si no le agradara que yo escuchase todo aquello.
Como si yo pudiera hacer algo con esa información, como si no hubiera descubierto por mí misma que no trabajaban solos.
Como si Velkan no me hubiese confesado para quién lo hacían.
Evité chasquear la lengua ofendida—. Saben cuáles son las órdenes, se mantendrán al margen mientras no cambien.
—Esperemos que no tengan que intervenir. Lo último que necesitamos es un escándalo en mitad de un mercado para terminar de hacerle saber a los otros linajes lo que sucede.
Me encantaría poder haberles preguntado un poco más.
Sobre qué ocurriría si conseguíamos recuperar la serpiente.
¿Me llevaría a ver a su padre o me mantendría oculta ante él?
La mera posibilidad de tener frente a mí a un Ancestral me erizaba la piel, provocándome un incómodo escalofrío de terror que trepaba por mi columna vertebral y se colaba en mi garganta. Tragué saliva.
Por mucho que me intrigaran aquellos monstruos que se mantenían ocultos del ojo humano. Por mucho que la parte más macabra de mí deseara poder acercarse a criaturas aún peores que los vampiros de a pie como Velkan y Milo…
Sabía que un Ancestral no sería como ellos. No dejaría siquiera que un latido de mi corazón resonara frente a sus ojos antes de arrancármelo.
El labio inferior me tembló con pavor.
Pero la bestia me cosquilleó las costillas y sonreí.
«Esto no es un juego, es peligroso», me advertí obligándome a borrar la estúpida mueca. «Si no muero, será un milagro».
No sabía si las emociones de Velkan por mí iban a ser lo suficientemente fuertes como para protegerme de todo lo que podía interponerse en el camino.
Una parte de mí deseaba que la versión de Velkan que había empezado a construir en mi cabeza fuera real, capaz de defender lo que le había depositado con tanta vulnerabilidad contra los colmillos.
Mi vida.
Pero esta la sentí hacerse pedazos cuando llegamos a nuestro destino.
Antes de abrir la puerta, mis ojos ya se habían topado con los de una mujer de altura media, tez bronceada y una melena chocolate igual de apetecible que sus ojos, pestañas y labios.
Sonrió con todos los dientes, sin sacar los colmillos. Aun así, su presencia me resultó amenazante. Cualquier persona conocedora del mundo sobrenatural que se ocultaba entre nosotros habría notado en ella la crueldad y magnetismo de un vampiro en cuestión de segundos.
La sonrisa con la que Velkan le respondió me provocó ganas de zarandear mi mochila y reventarle el retrovisor.
Vanessa.