Capítulo 41 #2
El que se tensó entonces fui yo. Puede que Milo lo notara y por eso avanzó unos pasos y se hizo cargo de la conversación con una firmeza y autocontrol envidiables.
Lo agradecí, teniendo en cuenta que una furia extraña se instauró en mi cuerpo sin sentido alguno.
Eloise hablaba de proteger a Rina; sin embargo, la sensación de dejarla atrás, sin poder alcanzarla en caso de que me necesitara, me ponía de los putos nervios.
—Te agradecemos el detalle, lo comentaremos con ella cuando se despierte.
Eloise asintió y cerré la puerta antes de que se le ocurriera pronunciar algo que me enfureciera todavía más.
—¿Qué? —escupí como un crío hacia Milo al ver que me miraba como un maldito padre.
—Nada, relájate. Estamos juntos en esto, tomes la decisión que tomes, o la que tome Rina.
Reí por la nariz.
—Si me apetece contárselo.
Esta vez el que rio fue Milo, que siguió mis pasos como un pepito grillo molesto y robusto que parecía hacer vibrar la casa con cada pisada.
—Sabes que puedes estar tranquilo, dudo que después de dejarte probar su sangre Rina se plantee quedarse aquí.
Me froté la cara con una agonía extraña y casi desconocida para mí que me dio ganas de partir el mármol de la cocina al dejar la mano caer sobre este.
—No sé si eso es un consuelo. —Suspiré, resignado.
—Si crees que ella estará más segura aquí, que aquí se quede.
***
El pitido de mis oídos casi me hace perder de mi punto de mira los latidos de Rina, que no había dejado de escuchar desde hacía demasiadas horas. Supe por un ligero cambio en su ritmo que estaba despierta.
—Voy a vestirme, dar de comer a Rat y recoger mis cosas —murmuró Milo alejándose hacia su habitación. Él probablemente también la estaba escuchando desperezarse entre las sábanas—. Os espero aquí arriba, no tardéis. No nos sobra tiempo precisamente.
Asentí sin ganas de mediar palabra y, antes de bajar a la habitación, miré de reojo la cafetera e hice algo que hacía mucho tiempo no hacía.
Un café.
No era para mí, aunque lo hice con el mismo mimo. Cuando abrí la puerta de la habitación con lentitud noté cómo todo el cuerpo de Rina se tensaba contra las sábanas, pero fingí que no me daba cuenta mientras bajaba.
—¿Estás visible? —susurré antes de pisar el último escalón, fingiendo que no podía verla perfectamente tan solo con la luz tenue que se adentraba de la cabaña a la estancia.
—Sí —gruñó frotándose los ojos al terminar de ponerse la camisa del pijama—. Puedes entrar.
No disimulé al observar cómo su pelo enmarañado se ondulaba sobre los resquicios de piel que dejaba a la vista el escote de su fino pijama. Rina me miró con un ojo entrecerrado, la nariz arrugada y los labios hinchados.
—Han traído café.
Sonrió ligeramente sin mediar palabra y cogió la taza que le tendí. Le dio un pequeño sorbo y puso cara de desagrado, con sacada de lengua incluida.
—Por Lilith, está horrible —murmuró dejando la taza sobre la mesita.
—Lo habrá hecho algún vampiro con poca mano.
El silencio empezó a pesar más mientras miraba a Rina sentada en el borde de la cama y ella fingía que el dobladillo de su manga era lo más interesante que había observado en la vida.
Tragué saliva antes de hablar.
—¿Estás bien?
Su pelo se balanceó al asentir. Después de probar su sangre, su olor corporal había cambiado y, a diferencia de lo que cualquier otro vampiro pudiera pensar, de lo que incluso yo hubiera esperado, el puto aroma de Rina era aún más denso y adictivo.
Sabía que lo que causaba en mí no solo tenía que ver con la virginidad de su sangre mucho antes de probarla.
Una parte de mí deseaba percibirla como una humana adulta cualquiera después de ser mordida.
Pero nada de lo que me provocaba Rina se acercaba siquiera a la palabra «cualquiera».
—Me siento rara, pero estoy bien. —Por fin se atrevió a elevar el mentón para mirarme—. ¿Y tú?
Parpadeé varias veces con las cejas levantadas.
—¿Cómo crees que estoy?
Apretó los labios y vi cómo sus ojos intentaban enfocar en la oscuridad, cómo se deslizaban por mi rostro hasta mi boca. No la abrí pese a que sabía que estaba buscando mis colmillos.
—Saciado.
Reí. Puede que por la sinceridad de su respuesta o por la sorpresa que me produjo. No me pasó desapercibido cómo frunció el ceño al ver que me alejaba hacia mi lado de la cama y me sentaba, desabrochándome los botones de la camisa del pijama.
Dándonos mutuamente la espalda me quité la parte de arriba con más lentitud de la que pretendía, pero estaba demasiado atento a sus pasos al levantarse y acercarse a la cómoda contra la que horas antes la había empotrado para alimentarme de ella.
Recordar el palpitar de su coño en la palma de mi mano mientras la sangre me inundaba la boca, húmeda y caliente, me obligó a sacudirme.
—Esto ha sido un error —murmuró.
Yo ladeé una sonrisa mirándola por encima del hombro.
—Entonces deberíamos cometer más errores.
Volvió a evadir mi mirada. Me giré para darle la espalda de nuevo.
—No, Velkan, no puede volver a ocurrir —sentenció.
—Amenazarme mientras escucho cómo te bajas los pantalones es bastante desconcertante.