Capítulo 41
Velkan
E l corazón me latía como a un maldito humano.
Quise achacarlo a lo poco que había descansado durante el día. Me había pasado las horas observando a Rina dormir, analizando cada una de sus profundas respiraciones para cerciorarme de que estaba bien, que tan solo estaba dormida y que no volvería a desplomarse sobre mis brazos.
Intenté dormir después de que se despertara durante unos segundos y me asegurara de que no solo estaba bien físicamente, sino que dentro de ella no había problemas con los que debiera lidiar. Iba a olvidar aquel momento porque la había dominado para hacerlo, pero yo no.
Cuando sus ojos se abrieron en mitad de la noche sentí algo tan fuerte y voraz que tuve que apretarme el pecho.
Como si temiera que me mirara con odio, asco o recelo, algo que había hecho muchas veces.
Sin embargo, aquel momento fue desesperante.
Tan solo dos segundos que se me hicieron eternos antes de que las comisuras de sus labios se elevaran ligeramente.
Rina sonrió con la poca vitalidad que debía de tener en aquel instante, tras haber tomado de ella más sangre de la debida.
Sabía que tan solo había sido un desmayo, pero la furia conmigo mismo fue la que no me dejó pegar ojo incluso después de que la sugestionara para que volviera a dormirse, que descansara y recuperara fuerzas.
Por eso, en cuanto supe que el sol había desaparecido, salí de la habitación. No sin antes echarle una última mirada a Rina, que dormía entre las sábanas revueltas como una criatura dulce, plácida e indefensa.
Una criatura que protegería a toda costa.
Tan solo di un par de pasos sobre el suelo de madera de la cabaña antes de oír unos pies descalzos tras de mí. Me giré para encontrarme con los ojos de Milo, abiertos de par en par, igual que sus fosas nasales, con las que inhaló con evidente intención.
Puse los ojos en blanco y le di la espalda de nuevo a sabiendas de qué era lo que tanto parecía llamarle la atención.
—Lo has hecho —soltó casi con alivio.
—Sí.
Sus pasos se aproximaron hasta colocarse a mi lado. Mientras yo abría el grifo y me limpiaba la cara, Milo se dirigió a la nevera.
—Han repuesto la sangre por el día —susurró alcanzando una de las botellas y abriéndola al cerrar la puerta de la nevera con la cadera—. Deduzco que no necesitarás la otra.
—No, estoy más que servido, todas para ti. —Me sacó una estúpida media sonrisa que pareció complacerle más de lo que me gustaría—. Si quieres hacer algún comentario al respecto, hazlo ya.
Milo se encogió de hombros al beber un trago largo y sonoro de la sangre, que le dejó las comisuras de los labios manchadas. No necesitaba ser discreto frente a mí.
—No tengo nada que decirte que no te haya dicho ya.
—Sé más específico, Miloslav, estoy recién despierto y con pocas ganas de acertijos ni dobles sentidos.
Se relamió los labios y suspiró con un leve alivio. Ese que siempre experimentaba al alimentarse de sangre fría y embotellada, ese atisbo de desesperación que tan bien controlaba, esa desazón por no poder tomar la sangre de la forma en la que yo lo había hecho aquel mismo día mientras él dormía.
No había conocido vampiro con mayor autocontrol que Miloslav, que parecía no flaquear ante nada, ante casi nadie.
—Rina te importa demasiado como para haber alimentado tu cuerpo con ella sin su permiso, o sea que te lo ha concedido, cosa que no me sorprende, porque todos sabíamos que tarde o temprano iba a pasar.
—Apoyado de espaldas en la encimera, se cruzó de brazos y me miró con los ojos entrecerrados—.
Pero ambos sabemos también que no es solo su sangre lo que te tiene así, Velkan.
¿Sabe ella qué parte de ti alimenta realmente?
Chasqueé la lengua y puse distancia por pura inercia.
Las palabras de Milo no me molestaban, ni lo hacía el hecho de que las pronunciara buscando encontrar una respuesta tanto para él como para mí mismo.
Milo era mi familia, el hombre con quien había compartido la mayor parte de mi vida.
Igual que yo conocía cada una de sus miradas, palabras y pensamientos no pronunciados, Milo podía distinguir cada connotación en mis sonrisas, cada pesar en mis suspiros o cada idea descabellada que intentaba ocultar.
Me sequé la cara con el bajo de la camisa del pijama, suspirando con resignación.
—Como puedes comprender, lo último en lo que estaba pensando mientras se frotaba contra mi bragueta era en eso. Ni siquiera yo mismo estoy seguro de lo que es eso. —Abrí los ojos con una evidente mueca de horror—. Por Lilith, sueno como una preadolescente descubriendo lo que es el amor.
—«Amor».
A diferencia de mí, Milo hacía poco uso de su sonrisa.
En aquel momento, pareció no importarle enseñarme todos los dientes con una bien grande y notoria.
—Supongo que es lo más parecido a lo que siento.
El amor nunca había tenido cabida en mi vida, ni siquiera antes de convertirme en el ser que era.
Antes de coleccionar tantas muertes a mi espalda, antes de juguetear con el mundo como si este tan solo fuera una canica en la palma de mi mano.
En cierto modo, así era. Pero ahora sobre el tablero había aparecido una pieza a la que yo mismo había obligado a jugar, una que terminaría por ganar la partida.
Rina .
Miré al techo y exhalé vaciando los pulmones con pesar.
—Lo siento mucho por ella.
—¿Por qué? —preguntó Milo.
—Porque, cuando algo se me mete en la cabeza, me obsesiono por conseguirlo. Y Rina no solo está en mi cabeza. Su nombre resuena con cada puto latido en mi corazón, cuerpo y alma.
Milo alargó la mano y posó la palma sobre mi pecho. Abrió los ojos con exageración al notarlo.
—Pareces un caballo desbocado.
—Imagínate cuando la tengo cerca, no sé cómo no me explota.
Milo bajó el brazo y tras una pequeña sombra de sonrisa asintió, endureciendo el semblante.
—Soy el primero que se alegra por lo que te está sucediendo, pero también me preocupa. Rina está siendo más que un entretenimiento y te conozco, más que nadie… Tu vínculo con esa humana va a desviarnos de nuestro objetivo.
—No, no lo va a hacer. No me olvido de lo que realmente quiero, y ese es el problema.
Que, pese a lo mucho que me tenga jodidamente obsesionado, no puedo arrastrarla conmigo.
—Tragué saliva. Milo sabía leer mis ojos más que mis labios—.
Ambos sabemos que esto no va a tener un buen final y ya es demasiado tarde para hacer las cosas bien.
¿Qué se supone que va a hacer una humana como ella cuando nos topemos con Nyra?
Si es que no acaba muerta antes por inconsciente mientras se escapa de nuevo para encontrar a su madre.
Solo de pensarlo quise arrancarme las tripas.
—No seré yo quien se alarme porque la pongas en peligro, ella misma es la que está deseando entrometerse en todo lo que hacemos. —Se encogió de hombros—. Pero sé que a ti sí te preocupa; lo que a mí verdaderamente me inquieta es cuánto estás dispuesto a ponerla en peligro llegado el momento.
No me dio tiempo a responder.
Eloise golpeó la puerta de la cabaña y se tomó la molestia de esperar a que alguno de los dos se acercara a abrirle. Me adelanté a los pasos de Milo y abrí con las mismas ganas de conversar con ella en aquellos momentos como de clavarme un punzón entre las uñas de los pies.
La luz de la luna apenas iluminaba el paisaje tras la espalda de Eloise. Los faroles de la entrada proyectaban sombras sobre ella. Nada tenía que ver aquel rostro de una mujer recién cumplidos los cincuenta con la verdadera edad que acumulaban su piel y articulaciones.
—Buenas noches —murmuró con las manos cruzadas al frente—. ¿Todo bien por aquí?
—Todo estupendamente. —Forcé una sonrisa larga, como un cuchillo de mantequilla—. ¿Necesitas algo?
Oí la inhalación de reproche de Milo, pero una mucho más profunda captó mi atención.
Eloise clavó la vista en mi pecho como si pudiera encontrar algo ahí y las aletas de su nariz se ensancharon con evidente sorpresa.
O tal vez solo era un interés que le hizo ocultar un amago de sonrisa que trepaba por su comisura derecha.
—Pese a sentirnos halagados con vuestra presencia, creemos conveniente que os marchéis lo antes posible.
Os hemos dado cobijo y no dudaríamos en dároslo de nuevo —la última frase la pronunció mirando a Milo y tuve que evitar poner los ojos en blanco—, pero dada la peligrosidad de vuestra presencia en la aldea, por mucho respeto y aprecio que tengamos a Miloslav —Milo asintió de vuelta con pocas ganas de escuchar palabrerías aduladoras—, mi familia está por delante de cualquier otra cosa. Espero que lo entendáis.
—¿Acaso nos queda otra opción? —Corté la sonrisa cuando Eloise pareció no querer descifrar el tono cómico de mis palabras—. Estoy bromeando, comprendo vuestra postura.
—¿Hacia dónde os marcháis?
—Es mejor si os mantenéis al margen —escupió Milo antes de poder increparle su lado cotilla—. Gracias por refugiarnos, no tardaremos en irnos una vez recojamos todo.
—Gracias. —Su mirada se paseó sobre mí unos segundos—. Por cierto, Iryna me ha comentado que tienes una relación romántica con la humana, Rina. Huelo su sangre en la punta de tus colmillos.
Me pasé la lengua por ellos.
—Me acabo de despertar, ni tiempo me has dado a hacer gárgaras con el enjuague bucal.
Se me escapó una sonrisa cuando puso los ojos en blanco, aunque su expresión no abandonaba la seriedad.
—Dada la situación, pese a no poder seguir dándoos refugio a vosotros dos, podemos cobijar a la humana. Aquí estará mucho más segura que entre chanchullos de criminales, sin intención de ofender.