Capítulo 40
Rina
N o sé cuántos minutos sostuve el tirador de la trampilla de la habitación entre las manos. Intentando entender qué narices buscaba, aunque parecía pensar poco con la cabeza, tan solo dejándome llevar por el retumbar de mi corazón.
No supe si lo estaba confundiendo con los golpes bajo mis costillas, o si tal vez estos siempre los había provocado yo misma, pero necesitaba sentir que no formaban parte de mí. Porque aceptarlo sería sucumbir.
Tal vez ya lo estaba haciendo al decidir abrir esa puerta.
Lo hice con una lentitud eterna, cerrándola a mi espalda con la misma suavidad. Me agarré a la fina baranda y bajé los pocos escalones que me dirigían a la habitación. Esta seguía iluminada de forma tenue por la débil luz de la lamparita que había dejado encendida.
Tuve que parpadear varias veces, tratando de que mis ojos se acomodaran a la oscuridad.
Observé el cuerpo de Velkan, en la misma posición en la que lo había visto antes de salir. Mismas respiraciones profundas e idéntica similitud a un ser humano vulnerable.
No sé qué fue lo que me provocó un suspiro de tranquilidad, como si mirarlo por unos instantes diera respuesta a todas las dudas y dolores de cabeza que yo misma me imponía. Era como si ninguno de ellos realmente importara más allá de nosotros.
No por él, o por lo que me hacía sentir.
Sino por mi parte más egocéntrica y egoísta, a la que solo parecía importarle lo que deseaba, anhelaba o quería conseguir. Sin preocuparme nada más.
Sin importarme las consecuencias, la maldad de sus actos, lo que llevaba acumulado, lo que quedaba por acumular. Lo que quería era terrible, cuestionable y monstruoso y debía sentirme mal por ello.
Pero en aquel momento había dejado de hacerlo.
Tragué saliva y volví a suspirar acallando mis latidos, que, si bien no eran rápidos, parecían retumbar por todo mi interior.
Los sentía pesados sobre el vientre. Me mordí el labio y asentí ligeramente para mí misma, supongo que como un acto de confirmación de lo que había decidido hacer los próximos días.
Una vez más tranquila, me acerqué a la cómoda y abrí con mucho cuidado el cajón en el que había guardado la ropa. Dando la espalda a la cama, me quité con lentitud la parte superior del pijama.
Me mordí el labio, esta vez escondiendo una sonrisa, mientras me ponía el sujetador.
Era una diversión absurda y sin sentido. Pero saber que tenía a Velkan tan cerca mientras me desnudaba, como había hecho en la habitación del hotel, volvió a hacerme sentir como una maldita adolescente haciendo una travesura.
Miré por encima del hombro a mi izquierda para observarlo dormir plácidamente…
Y ahogué un grito cuando me encontré la cama vacía.
Me agarré por inercia al borde de la cómoda, como si esta pudiera servirme de salvavidas. Miré al frente, hacia la pared, tan tensa como una rama. Supuse que eso debía hacer una presa cuando un depredador se acercaba a ella.
Velkan no emitió ningún ruido, pero pude percibir su presencia. Podía notarla en cualquier lado.
Giré la cabeza con lentitud hacia la derecha, donde la tenue luz de la lámpara apenas iluminaba el armario en el que Velkan apoyaba la espalda.
Su postura denotaba tensión, como si estuviera esforzándose por mantenerse alejado de mí.
Sus ojos brillaban más que sus colmillos y sus pupilas casi parecían rasgarse con una forma afilada terrorífica. Como un jaguar, un depredador a punto de atacar.
—Velkan —susurré temblorosa.
Ni siquiera pude parpadear antes de notar su pecho contra mi espalda, sus brazos encarcelándome contra el mueble, sus caderas arqueándose contra mí.
Se me escapó un leve gemido, y apreté los labios arrepintiéndome.
Respiraba con una agitación que jamás antes le había visto. La tensión de sus brazos era tal que por un segundo creí que podría llegar a partir el mueble bajo sus manos.
Ahogué otro grito cuando se inclinó sobre mí y la punta de su nariz me acarició el cuello, inhalando con desesperación.
—Dulce y tierna —ronroneó contra mi clavícula.
Una de sus manos se movió hacia mi cintura y la rodeó apretándome más contra su duro cuerpo.
Me mordí el interior de la mejilla con millones de sensaciones alterando la química de mi cuerpo, mente y alma. Eché las caderas hacia atrás tan solo milímetros, balanceando el culo contra aquella parte de su cuerpo que él apretaba contra mí.
Cogió aire por la boca como si su respiración no le proporcionara suficiente oxígeno. No dejaba de pasear la nariz por mi cuello, arriba y abajo. Notaba cómo se relamía cuando bajaba demasiado sus labios contra mí.
—Velkan.
Con la mano que no me sujetaba empezó a acariciarme el muslo, subiendo por mi vientre desnudo.
Toda mi piel se había erizado y él parecía querer leerme con las yemas de los dedos por todas partes.
Ascendió hasta el borde de mi sostén y ahora fui yo la que inhaló por la boca cuando se detuvo ahí unos instantes mientras la punta de su nariz me acariciaba tras la oreja.
Cuando volví a balancearme hacia atrás, dominada por la peor de mis naturalezas, Velkan gruñó y subió la mano hasta mi cuello.
Lo rodeó, con una suavidad ardiente. Tragué saliva al notar las cicatrices de su mano contra la garganta.
Me agarraba con firmeza, pero no fuerza. Y yo deseaba que lo hiciera.
Quise susurrar su nombre de nuevo, pero tan solo me atreví a gimotear cuando pasó la lengua sin pudor desde mi hombro hasta la mandíbula.
—Vete antes de que me arrepienta de dejarte ir.
Lo murmuró con verdadero pesar, como si se obligara a pronunciar cada palabra en contra de su deseo.
Las yemas de sus dedos ejercieron más presión en mi cuello cuando volví a arquearme hacia él.
Él respondió con un gruñido y se apretó contra mí con una desvergonzada brusquedad que me hizo notar lo dura que estaba cada parte de su cuerpo.
—Velkan —jadeé.
—Tenerte cerca y no poder probarte es una puta tortura.
Supe que estaba perdida en cuanto sentí afilarse su sonrisa contra mi cuello. O tal vez ya eran los colmillos arañándome la piel.
—Velkan…
—Tu petición será mi orden.
Me acarició el pecho al deshacer el agarre de mi garganta, solo para colarse tras mi espalda, entre mis mechones de pelo, y acunarlos con los dedos, apartándomelos de la nuca.
Ladeé el cuello, él me sostuvo el pelo con dureza, inmovilizándome en cuanto escuchó mi orden salir.
— Bébeme .
Gemí cuando sus colmillos me atravesaron la piel, provocando un doloroso escozor que rápidamente se entremezcló con el ardiente éxtasis de la depravación del momento.
La mano con la que había bajado a mi cintura se deslizó hasta mi vientre, abriendo la palma sobre este. Debía de notar el ardor que bajaba por él, porque siguió el recorrido con los dedos, metiéndose bajo mis pantalones de pijama.
El placer de su lengua succionándome el cuello se mezcló con los suaves círculos que empezó a ejercer sobre mi clítoris. Estaba mucho más húmeda de lo que esperaba, lo noté cuando su palma descendió para abarcarme todo el sexo como si quisiera guardarlo para él.
No podía hablar, tampoco moverme por la firmeza de la tensión con la que me tiraba del pelo, manteniéndome el cuello firme. No supe si lo hacía por temor a que hiciera algún movimiento brusco mientras se alimentaba de mí o por pura dominación. Tan solo me importaba cómo aquello me hacía sentir.
Lo único que podía mover eran las caderas, con las que me frotaba contra él una y otra vez, conforme me masturbaba con un ritmo ardientemente doloroso.
No sabía dónde enfocarme, el fluir de la sangre hacia mi cuello me hacía sentir cada vez más diluida, más levitante. Puse los ojos en blanco de puro placer mientras Velkan dominaba cada terminación nerviosa de mi cuerpo.
No podía pensar en nada más allá del enorme placer que estaba sintiendo. Gemía ahogada, sin siquiera poder gritar; gimoteaba, con la garganta húmeda y los ojos llorosos del éxtasis al que Velkan me acercaba.
Quise jadear su nombre para avisarle de que me estaba matando, que me estaba llevando al borde, a la caída. Pero cuando me corrí tan solo pude exhalar con profundidad, como si algo en mí hubiera estado asfixiándose hasta aquel momento.
Velkan me apretó contra él y gruñó, succionando con la furia que antes contenía. La luz a nuestro alrededor cada vez parecía más débil.
Pequeños puntitos negros empezaron a comerse la pared frente a mí.
Hasta fundir todo cuanto nos rodeaba en la oscuridad.